• GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

    GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

     

    Nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1927. Así al menos lo afirma su hermano, Luis Enrique. Aunque ahí mismo comienza el misterio que rodea a la figura de "Gabo", porque un certificado y hasta él mismo apuntan su venida al mundo en 1928.
    Es reconocido como uno de los grandes escritores colombianos del siglo XX. Premio Rómulo Gallegos 1972. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Entre sus obras figuran Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto y El amor en los tiempos del cólera.
    Creció entre fantasmas en un mundo mágico de supersticiones en el que su abuela hablaba con los muertos y una de sus tías cosía su mortaja.
    "Yo me acostumbré a vivir dentro de ese mundo y he seguido siempre viviendo en el mismo. Yo soy sumamente supersticioso y hago interpretaciones de mis propios sueños. Lo que pasa es que tengo mis propias supersticiones no la superstición del número 13, o la de no pasar por debajo de la escalera", comentó alguna vez García Márquez.
    En Aracataca,tuvo su primer acercamiento con las letras cuando encontró por accidente en el baúl de los abuelos un libro descuadernado y viejo. Eran Las mil y una noches. Desde entonces comenzó su intensa relación con la literatura.
    Estudió derecho, aunque su reducto favorito eran los cafés. Una serie de acontecimientos y la publicación de algunos de sus cuentos en diarios colombianos, lo encaminaron por el mundo del periodismo y la literatura.
    En 1955 fue a Europa como corresponsal del diario El Espectador. Estuvo en Ginebra, París, Roma, Checoeslovaquia, Polonia, Rusia, Ucrania. En ese tiempo alternaba su trabajo de corresponsal con la preparación de su legendario cuento largo, o novela corta, El coronel no tiene quien le escriba.

    En 1967 publica “Cien años de soledad”, que se constituyó en el símbolo de la erupción de la nueva novela latinoamericana, y del realismo mágico, manera de ver la realidad desde los mitos personales y de narrar los más extraordinarios hechos con impavidez proveniente de una sabiduría
    ancestral. Creador de Macondo y de un universo de ficción muy particular, reconocible en cada una de sus numerosas obras.

     

    Fragmentos de Cien Años de Soledad sobre el Idioma:

    Sólo entonces supo que no habían quemado sus versos. «No me quise precipitar», le explicó Úrsula. «Aquella noche, cuando iba a prender el horno, me dije que

    era mejor esperar que trajeran el cadáver.»En la neblina de la convalecencia, rodeado

    de las polvorientas muñecas de Remedios, el coronel Aureliano Buendía evocó en la lecturade sus versos los instantes decisivos de su existencia. Volvió a escribir. Durante muchas horas, al margen de los sobresaltos de una guerra sin futuro, resolvió en versos rimados sus experiencias a la orilla de la muerte. Entonces sus pensamientos se hicieron tan claros, que pudo examinarlos al derecho y al revés.

    (...)

    Aureliano Segundo estaba abstraído en la lectura de un libro. Aunque carecía de pastas y el título no aparecía por ninguna parte, el niño gozaba con la historia de una mujer que se sentaba a la mesa y sólo comía granos de arroz que prendía con alfileres, y con la historia del pescador que le pidió prestado a su vecino un plomo para su red y el pescado con que lo recompensó más tarde tenía un diamante en el estómago, y con la lámpara que satisfacía los deseos y las alfombras que volaban. Asombrado, le preguntó a Úrsula si todo aquello era verdad, y ella le contestó que sí, que muchos años antes los gitanos llevaban

    a Macondo las lámparas maravillosas y las esteras voladoras.

     

    (…)

     

    ...un sabio catalán tenía una tienda de libros donde había un Sanskrit Primer que sería devorado por las polillas seis años después si él no se apresuraba a comprarlo. Por primera vez en su larga vida Santa Sofía de la Piedad dejó traslucir un sentimiento, y era un sentimiento de estupor, cuando Aureliano le pidió que le llevara el libro que había de encontrar entre la Jerusalén Libertada y los poemas de Milton, en el extremo derecho del segundo renglón de los anaqueles. Como no sabía leer, se aprendió de memoria la parrafada, y

    consiguió el dinero con la venta de uno de los diecisiete pescaditos de oro que quedaban en el taller, y que sólo ella y Aureliano sabían dónde los habían puesto la noche en que los soldados registraron la casa.

     

     

    DISCURSO DEL NOBEL

     

    Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido

    con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el ofi ciode escribir. Sus nombres y sus obras se me

    presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor.Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido. Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra,

    qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sidola misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador delas naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que lasempuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños

    sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos. En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar encada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a

    todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

    Muchas gracias

     

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    Tomás Carrasquilla, gran novelista de costumbres

    Tomás Carrasquilla, gran novelista de costumbres

     

    Tomás Carrasquilla (Santo Domingo 1858 – Medellín 1940).

    Autor costumbrista por excelencia, su prosa retrata las costumbres y el habla regionales de Antioquia. Sus novelas más conocidas son “La marquesa de Yolombó” y “Frutos de mi tierra”

     

     

    La marquesa de Yolombó

     

    (Fragmento sobre el idioma)

    -¡Valiérale Dios a Doña Bárbara! A medida que sospecha lo que eso puede ser (aprender a leer y escribir) se va desvaneciendo en uno como sueño de pasmo. Los números se le hacían ya una simpleza. El que había inventado estas cosas no era un ayudado solamente: tenía que haber sido el diablo en persona. Sólo él era capaz de tanta magia y tantísima sutileza. ¿Ser unos garabatos,ahí pintados como un cristiano que cantara,que conversara y que echara sermón? ¡Eso no lo había inventado la gente! A ella no le metían esa tan gorda. Que levantaran cosas más creíbles;pero esa, no. ¿Y cómo harían las gentes para meterle el diente a ese enredo? Aprender a leer era más difícil que montar una mina. Esas letras embrujadas, que se llamaban de un modo, ellas solas, y que, cuando se iban a juntar con otras,no se decían más que media en una y casi nada en otras; esas, que eran una cosa hacia arriba yotra cosa hacia abajo; eso era horrible de trabajoso.Tan solamente eran fáciles de leer esas que se decían conforme se llamaban.

     

    En la Diestra de Dios Padre (cuento

    Este dizque era un hombre que se llamaba Peralta. Vivía en un pajarate muy grande y muy viejo, en el propio camino real y afuerita de un pueblo donde vivía el Rey. No era casao y vivía con una hermana soltera, algo viejona y muy aburrida.

    No había en el pueblo quién no conociera a Peralta por sus muchas caridades: él lavaba los llaguientos; él asistía a los enfermos; él enterraba a los muertos; se quitaba el pan de la boca y los trapitos del cuerpo para dárselos a los pobres; y por eso era que estaba en la pura inopia; y a la hermana se la llevaba el diablo con todos los limosneros y leprosos que Peralta mantenía en la casa. "¿Qué te ganás, hombre de Dios -le decía la hermana-, con trabajar como un macho, si todo lo que conseguís lo botás jartando y vistiendo a tanto perezoso y holgazán? Casáte, hombre; casáte pa que tengás hijos a quién mantener". "Cálle la boca, hermanita, y no diga disparates. Yo no necesito de hijos, ni de mujer ni de nadie, porque tengo mi prójimo a quién servir. Mi familia son los prójimos". "¡Tus prójimos! ¡Será por tanto que te lo agradecen; será por tanto que ti han dao! ¡Ai te veo siempre más hilachento y más infeliz que los limosneros que socorrés! Bien podías comprarte una muda y comprármela a yo, que harto la necesitamos; o tan siquiera traer comida alguna vez pa que llenáramos, ya que pasamos tantos hambres. Pero vos no te afanás por lo tuyo: tenés sangre de gusano".

    Esta era siempre la cantaleta de la hermana; pero como si predicara en desierto frío. Peralta seguía más pior; siempre hilachento y zarrapastroso, y el bolsico lámparo lámparo; con el fogoncito encendido tal cual vez, la despensa en las puras tablas y una pobrecía, señor, regada por aquella casa desde el chiquero hasta el corredor de afuera. Figúrese que no eran tan solamente los Peraltas, sino todos los lisiaos y leprosos, que se habían apoderao de los cuartos y de los corredores de la casa  "convidaos por el sangre de gusano", como decía la hermana.

    Una ocasioncita estaba Peralta muy fatigao de las afugias del día, cuando, a tiempo de largarse un aguacero, arriman dos pelegrinos a los portales de la casa y piden posada: "Con todo corazón se las doy, buenos señores -les dijo Peralta muy atencioso-;
    pero lo van a pasar muy mal, porqu'en esta casa no hay ni un grano de sal ni una tabla de cacao con qué hacerles una comidita. Pero prosigan pa dentro, que la buena voluntá es lo que vale".

    Dentraron los pelegrinos; trajo la hermana de Peralta el candil, y pudo desaminarlos a como quiso. Parecían mismamente el taita y el hijo. El uno era un viejito con los cachetes muy sumidos, ojitriste él, de barbitas rucias y cabecipelón. El otro era muchachón, muy buen mozo, medio mono, algo zarco y con una mata de pelo en cachumbos que le caían hasta media espalda. Le lucía mucho la saya y la capita de pelegrino. Todos dos tenían sombreritos de caña, y unos bordones muy gruesos, y albarcas. Se sentaron en una banca, muy cansaos, y se pusieron a hablar una jerigonza tan bonita, que los Peraltas, sin entender jota, no se cansaban di oirla. No sabían por qué sería, pero bien veían que el viejo respetaba más al muchacho que el muchacho al viejo; ni por qué sentían una alegría muy sabrosa  por  dentro; ni mucho menos de dónde salía un olor que trascendía toda la casa: aquello parecía de flores de naranjo, de albahaca y de romero de Castilla; parecía de incensio y del sahumerio de alhucema que le echan a la ropita
    de los niños; era un olor que los Peraltas no habían sentido ni en el monte, ni en las jardineras, ni en el santo templo de Dios.

    Manque estaba muy embelesao, le dijo Peralta a la hermana: "Hija, date una asomaíta por la despensa; desculcá por la cocina, a ver si encontrás alguito que darles a estos señores. Mirálos qué cansaos están; se les ve la fatiga". La hermana, sin saberse cómo, salió muy cambiada de genio y se fué derechito a la cocina. No halló más que media arepa tiesa y requemada, por allá en el  asiento di una cuyabra. Confundida con la poquedá, determinó que alguna gallina forastera  tal vez si había colao por un güeco del bahareque y había puesto en algún zurrón viejo di una montonera qui había en la despensa; que lo qu'era corotos y porquerías viejas sí había en la dichosa despensa hasta pa tirar pa lo alto; pero de comida, ni hebra. Abrió la puerta, y se quedó beleña y paralela: en aquel despensón, por los aparadores, por la escusa, por el granero, por los zurrones, por el suelo, había de cuanto Dios crió pa que coman sus criaturas. Del palo largo colgaban los tasajos de solomo y de falda, el tocino y la empella; de los garabatos colgaban las costillas de vaca y de cuchino; las longanizas y los chorizos se gulunguiaban y s'enroscaban que ni  culebras; en la escusa había por docenas los quesitos, y las bolas de mantequilla, y las tutumadas de cacao molido con jamaica, y las hojaldras y las carisecas; los zurrones estaban rebosaos de frijol cargamanto, de papas, y de revuelto di una y otra laya; cocos de güevos había  por toítas partes; en un rincón había un cerro de capachos de sal de Guaca; y por allá, junto al granero, había sobre una horqueta un bongo di arepas di arroz, tan blancas, tan esponjadas, y tan bien asaítas, que no parecían hechas de mano de cocinera d'este mundo; y muy sí señor un tercio de dulce que parecía la mismita azúcar. "Por fin le surtió a Peralta -pensó la hermana-. Esto es mi Dios pa premiale sus buenas obras. ¡Hasta ai víver! Pues, aprovechémonos".

    Y dicho y hecho: trajo el cuchillo cocinero y echó a cortar por lo redondo; trajo la batea grande y la colmó; y al momentico echó a chirriar la cazuela y a regase por toda la casa aquella güelentina tan sabrosa. Como Dios li ayudó les puso el comistraje. Y nada desganao qu'era el viejito; el mozo sí no comió cosa. A Peralta ya no le quedó ni hebra de duda que aquello era un milagro patente; y con todito aquel  contento que le bailaba en el cuerpo sargentió  por todas partes, y con lo menos roto y menos sucio de la casa les arregló las camitas en las dos puntas de la tarima. Se dieron las buenas noches y cada cual si acostó.

    Peralta se levantó, escuro, escuro,  y  no topó ni rastros de los güéspedes; pero sí topó una muchila muy grande requintada di onzas del Rey, en la propia cabecera del mocito. Corrió muy asustao a contarle a la hermana, que al momento se levantó de muy buen humor a hacer harto cacao; corrió a contarle a los llaguientos y a los tullidos, y los topó buenos y sanos y caminando y andando, como si en su vida no hubieran tenido achaque. Salió como loco en busca de los güéspedes pa entregarles la muchila di onzas del Rey. Echó a andar y a andar, cuesta arriba, porque puallí dizque era qui habían cogido los pelegrinos. Con tamaña lengua a fuera se sentó un momentico a la sombra di un árbol, cuando los divisó por allá muy arriba, casi a punto de trastornar el alto. Casi no podía gañir el pobrecito de puro cansao qu'estaba, pero ai como pudo les gritó: "¡Hola, señores; espéremen que les trae cuenta!". Y alzaba la muchila pa que la vieran. Los pelegrinos se contuvieron a las voces que les dió Peralta. Al ratico estuvo cerca d'ellos, y desde abajo les decía: "Bueno, señores, aquí está su plata". Bajaron ellos al tope y se sentaron  en un plancito, y entonces Peralta les dijo: "¡Caramba qu'el pobre siempre jiede! Miren que dejar este oral por el afán de venirse  de mi casa. Cuenten y verán que no les falta ni un medio!".

    El mocito lo voltió a ver con tan buen ojo, tan sumamente bueno, que Peralta, anqu'estaba muy cansao, volvió a sentir por dentro la cosa sabrosa qui había sentido por la noche; y el mocito le dijo: "Sentáte, amigo Peralta, en esa piedra, que tengo que hablarte". Y Peralta se sentó. "Nosotros -dijo el mocito con una calma y una cosa allá muy preciosa- no somos tales pelegrinos; no lo creás. Este -y señaló al viejo- es Pedro mi discípulo, el que maneja las llaves del cielo; y yo soy Jesús de Nazareno. No hemos venido a la tierra más que a probarte, y en verdá te digo, Peralta, que te lucites en la prueba. Otro que no fuera tan cristiano como vos, se guarda las onzas y si había quedao muy orondo. Voy a premiarte: los dineros  son tuyos: llevátelos; y voy a darte de encima las cinco cosas que me querás pedir. ¡Conque, pedí por esa boca!".

    Peralta, como era un hombre tan desentendido pa todas las cosas y tan parejo, no le dió mal ni se quedó pasmao, sino que muy tranquilo se puso a pensar a ver qué pedía. Todos tres se quedaron callaos como en misa, y a un rato dice San Pedro: "Hombre, Peralta, fijáte bien en lo que vas a pedir, no vas a salir con una buena bobada". "En eso estoy pensando, Su Mercé", contestó  Peralta, sin nadita  de susto. "Es que si pedís cosa mala, va y el Maestro te la concede; y, una vez concedida, te amolaste, porque la palabra del Maestro no puede faltar". "Déjeme pensar bien la cosa, Su Mercé";  y seguía pensando, con la cara pa otro lao y metiéndole uña a una barranquita. San Pedro le tosía, le aclariaba, y el tal Peralta no lo voltiaba a ver. A un ratísimo voltea a ver al Señor y le dice: "Bueno, Su Divina Majestá; lo primerito que le pido es que yo gane al juego siempre que me dé la gana".  "Concedido", dijo el Señor. "Lo segundo -siguió Peralta- es que cuando me vaya a morir me mande la Muerte por delante y no a la traición". "Concedido", dijo el Señor. Peralta seguía haciendo la cuenta en los dedos, y a San Pedro se lo llevaba Judas con las bobadas de ese hombre: él se rascaba la calva, él tosía, él le mataba el ojo, él alzaba el brazo y, con el dedito parao, le señalaba a Peralta el cielo; pero Peralta no se daba por notificao. Después de mucho pensar, dice Peralta: "Pues, bueno, Su Divina Majestá; lo tercero que mi ha de conceder es que yo pueda detener al que quiera en el puesto que yo le señale y por el tiempo qui a yo me parezca". "Rara es tu petición, amigo Peralta -dice el Señor, poniendo en él aquellos  ojos tan zarcos y tan lindos que parecía que limpiaban el alma de todo pecao mortal, con solamente fijarlos en los cristianos-. En verdá te digo que una petición como la tuya, jamás había oído; pero que sea lo que vos querás". A esto dió un gruñido San Pedro, y, acercándose a Peralta, lo tiró con disimulo de la ruana, y le dijo al oído, muy sofocao: "¡El cielo, hombre! ¡Pedí el cielo! ¡No sias bestia!". Ni an por eso: Peralta no aflojó un pite; y el Señor dijo: "Concedido". "La cuarta cosa -dijo Peralta sumamente fresco- es que Su Divina Majestá me dé  la virtú di achiquitame a como a yo me dé la gana, hasta volveme tan  chirringo com'una hormiga". Dicen los ejemplos y el misal que el Señor no se rió ni una merita vez; pero aquí sí li agarró la risa, y le dijo a Peralta: "Hombre, Peralta; ¡otro como vos no nace, y si nace, no se cría! Todos me piden grandor y vos, con ser un recorte di hombre, me pedís pequeñez. Pues, bueno...". San Pedro le arrebató la palabra a su Maestro, y le dijo en tonito bravo: "¿Pero no ve qu'esti hombre está loco?". "Pues no me arrepiento de lo pedido -dijo Peralta  muy resuelto-. Lo dicho, dicho". "Concedido", dijo el Señor. San Pedro se rascaba la saya muslo arriba, se ventiaba con el sombrero, y veía chiquito a Peralta. No pudo contenerse  y le dijo: "Mirá, hombre, que no has pedido lo principal y no te falta sino una sola cosa". "Por eso lo'stoy pensando; no si apure Su Mercé". Y se volvió a quedar  callao otro rato. Por allá, a las mil y quinientas, salió Peralta con esto: "Bueno, Su Divina Majestá; antes de pedile lo último, le quiero preguntar una cosa, y usté me dispense, Su Divina Majestá, por si fuere mal preguntao; pero eso sí: ¡mi ha de dar una contesta bien clara y bien patente!". "¡Loco di amarrar!
    -gritó San Pedro juntando las manos y voltiando a ver al cielo como el que reza el Bendito-. Va a salir con un disparate  gordo. ¡Padre mío, ilumínalo!". El Señor, que volvió a ponerse muy sereno, le dijo: "Preguntá, hijo, lo que querás, que todo te lo contestaré a tu gusto". "Dios se lo pague, Su Divina Majestá... Yo quería saber si el Patas es el que manda en el alma de los condenaos, go es vusté, go el Padre Eterno". "Yo, y mi Padre y el Espíritu Santo juntos y por separao, mandamos en todas partes; pero al Diablo l'hemos largao el mando del Infierno: él es amo de sus condenaos y manda en sus almas, como mandás vos en las onzas que te he dao". "Pues bueno, Su Divina Majestá -dijo Peralta muy contento-. Si asina es, voy a hacerle el último pido: yo quiero, ultimadamente, que Su Divina Majestá me conceda la gracia de que el Patas no mi haga trampa en el juego". "Concedido", dijo el Señor. Y El y el viejito se volvieron humo en la región.

    Peralta se quedó otro rato sentao en su piedra; sacó yesquero, encendió  su tabaco, y se puso a bombiar muy satisfecho. ¡Valientes cosas las que iba a hacer con aquel platal! No iba a quedar pobre sin su mudita nueva, ni vieja hambrienta sin su buena pulsetilla de chocolate de canela. ¡Allá verían los del sitio quién era Peralta! Se metió las onzas debajo del brazo; se cantió la ruanita, y echó falda abajo. Parecía  mismamente un limosnero: tan chiquito y tan entumido; con aquella carita  tan fea, sin pizca de barba, y con aquel ojo tan grande y aquellas pestañonas que parecían de ternero.

    Al otro día se fué p'al pueblo, y puso monte. ¡Cómo sería la angurria que se li abrió a tanto logrero cuando vieron en aquella mesa aquella montonera di onzas del Rey! "¿Onde te sacates ese entierro, hombre Peralta?, le decía  uno. "Este se robó el correo", decían otros en secreto; y Peralta se quedaba muy desentendido. Se pusieron a jugar. La noticia del platal corrió por todo el pueblo, y aquella sala se llenó de todo el ladronicio  y todos los perdidos. Pero eso sí; no les quedó ni un chimbo partido por la mitá; por más trampas qui hacían, por más que cambiaban baraja, por más que la señalaban con la uña, les dió capote, con ser que en el juego estaban toditos los caimanes d'esos laos. "Con ésta no  nos quedamos -dijo el más caliente-. A nosotros  no nos come este... -y ai mentó unas palabras muy feas-. ¡Voy a idiar unas suertes, y mañana no le queda ni liendra a este sinvergüenza!". Y ai  salió  del garito, echando por esa boca unos reniegos y unos dichos qui aquello parecía un condenao.

    Al otro día, desdi antes di almorzar, emprendieron el monte. Hubo cuchillo, hubo barbera; pero Peralta tampoco les dejó un medio. Como no era ningún bobo, se dejaba ganar en ocasiones pa empecinarlos más. Determinaron jugar dao, y montedao, y bisbís, y cachimona y roleta, a ver si con el cambio de juegos se caía Peralta; pero si se caía a raticos, era pa seguir más violento echando por lo negro y acertando  en unos y en otros juegos.

    Lo más particular era que Peralta  con tantísimo caudal como iba consiguiendo no se daba nadita d'importancia,  ni en la ropita, ni en la comida ni en nada: con su misma ruanita pastusa de listas azules, con sus mismitos calzones fundillirrotos se quedó el hombre, y con su mismita chácara de ratón di agua, pelada y hecha un cochambre.

    Pero eso sí: lo qu'era limosnas ni el Rey las daba tan grandes. Su casa parecía siempre publicación de bulas, con toda la pobrecía  y todos los lambisquiones del pueblo plañendo a toda  hora; y no tan solamente los del pueblo, sino que también echó a venir cuanto avistrujo había  en todos los pueblos de por ai y en otros del cabo del mundo. ¡Hasta de Jamaica y de Jerusalén venían los pedigüeños! Pero Peralta no reparaba: a todos les metía su peseta en la mano; y la cocina era un fogueo parejo que ni cocina de minas. Consiguió un montón de molenderas, y todo el día se lo pasaba repartiendo  tutumadas de mazamorra, los plataos de frijol y las arepas de maíz sancochao. Y mantenía  una maletada de plata, la mismita que vaciaba al día.

    Siguió siempre lavando sus leprosos, asistiendo  sus enfermos, y siempre con su sangre de gusano, como si fuera  el más pobrecito y el más arrastrao de la tierra.

    Pero lo que no canta el carro lo canta la carreta: ¡la Peraltona sí supo darse orgullo y meterse a señora  de media y zapato! Con todo el platal que le sacó al hermano, compró casa de balcón en el pueblo, y consiguió  serviciala y compró ropa muy buena y de usos muy bonitos. Cada rato se ponía en el balcón, y apenas veía gente, gritaba: "¡Maruchenga, tréme el pañuelo de tripilla, que voy a visitar a la Reina! ¡Maruchenga, tréme los frascos de perjume pa ruciar por aquí qu'está jediendo!". Y si veía pasar alguna señora, decía: "¡No pueden ver a uno de peinetón ni con usos  nuevos,
    porqui al momento la imitan estas ñapangas asomadas!". Cuando salía  a la calle, era un puro gesto y un puro melindre; y auque  era tan pánfila  y tan feróstica caminaba muy repechada  y muy menudito, como sintiéndose muy muchachita y muy preciosa. "Maruchenga, dáca la sombrilla qui hace sol; Maruchenga, sacame la crizneja; Maruchenga, componeme el esponje, que se me tuerce"; y no dejaba en paz a la pobre Maruchenga, con tanto orgullo y tanta jullería.

    La caridá de Peralta fué creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los lisiaos; y él mismo pagaba las medecinas, y él mismo con su misma mano se las  daba a los enfermos.

    Esto llegó  a oídos de su Saca Rial y lo mandó llamar. Los amigos de Peralta y la Peraltona le decían que se mudara y se engalanara hartísimo pa ir a cas del Rey; pero Peralta no hizo caso, sino que tuvo cara de presentársele con su mismito  vestido y a pata limpia, lo mismo qui un montañero. El Rey  y la Reina estaban tomando chocolate con bizcochuelos y quesito fresco, y pusieron a Peralta en medio de los dos, y le sirvieron vino en la copa del Rey qu'era  di oro, y l'echaron un brinde con palabras tan bonitas, qui aquello parecía lo mismo que si fuera con el obispo Gómez Plata.

    Peralta recorrió muchos pueblos, y en todas partes ganaba, y en todas partes  socorría a los  pobres; pero como en este mundo hay tanta gente mala y tan caudilla echaron a levantale testimonios. Unos decían qu'era ayudao; otros, qui ofendía  a mi Dios, en secreto, con pecaos muy horribles; otros, qu'era duende y que volaba de noche por los tejaos, y qu'escupía la imagen  de mi Amito y Señor. Toíto esto fué corruto en el pueblo, y los mismos  qu'él protegía, los mismitos que mataron la hambre con su comida, prencipiaron a mormurar. Tan solamente el curita del pueblo lo defendía; pero nadie le creyó, como si fuera  algún embustero. Toditico lo sabía Peralta, y nadita que se le daba, sino que seguía el mismito: siempre tan humilde la criatura de mi Dios. El cura le decía que compusiera la casa que se le estaba cayendo con las goteras y con los ratones y animales que si habían apoderao d'ella; y Peralta decía: "¿Pa qué,  señor? La plata qu'he de gastar en eso, la gasto en mis pobres: yo no soy el Rey pa tener palacio".

    Estaba  un día  Peralta solo en grima en dichosa  la casa, haciendo los montoncitos de plata pa repartir, cuando, ¡tun, tun! en la puerta. Fué a abrir, y... ¡mi amo de mi vida! ¡Qué escarramán tan horrible!  Era la Muerte, que venía por él. Traía la güesamenta muy lavada, y en la mano derecha la desjarretadera  encabada en un palo negro muy largo, y tan brillosa y cortadora que s'enfriaba uno hasta el cuajo de ver aquéllo! Traía en la otra mano un manojito de pelos que parecían hebritas de bayeta, para probar el filo de la herramienta. Cada rato sacaba un pelo y lo cortaba en el aire. "Vengo por vos", le dijo a Peralta. "¡Bueno! -le contestó éste-. Pero me tenés que dar un placito pa confesame  y hacer el testamento". "Con tal que no sea mucho -contestó la Muerte, de mal humor- porqui ando di afán". "Date por ai una güeltecita -le dijo Peralta-, mientras yo mi arreglo; go, si te parece, entretenéte aquí viendo el pueblo, que tiene muy bonita divisa. Mirá aquel aguacatillo tan alto; trepáte a él pa que divisés a tu gusto".

    La Muerte, que es muy  ágil, dió un brinco y se montó en una horqueta del aguacatillo; se echó la desjarretadera al hombro y se puso a divisar. "¡Dáte descanso, viejita, hasta qui a yo me dé la gana -le dijo Peralta- que ni Cristo, con toda su pionada, te baja d'es'horqueta!".

    Peralta  cerró su puerta, y tomó el tole de siempre. Pasaban las semanas y pasaban los meses y pasó un año. Vinieron  las virgüelas castellanas; vino el sarampión y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el  descenso, y el tabardillo, y nadie se moría. Vinieron las pestes en toítos los animales; pues tampoco se murieron.

    Al comienzo de la cosa echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sabían; pero luego la gente fue colando en malicia qu'eso no pendía de los dotores sino di algotra cosa. El cura, el sacristán y el sepolturero pasaron hambres a lo perro, porque ni un entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura güelieron en esos días. Los hijos de taitas viejos y ricos se los comía la incomodidá de ver a los viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ningún lao. Lo mismito les sucedía  a los sobrinos  con los tíos solteros y acaudalaos; y los maridos casaos con mujer vieja y fea se revestían di una enjuria, viendo la viejorra tan morocha, ¡habiendo por ai mozas tan bonitas con qué reponerlas! De todas partes venían correos a preguntar si en el pueblo se morían los cristianos. Aquello se volvió una batajola y una confundición tan horrible, como si al mundo li hubiera entrao algún trastorno. Al fin determinaron todos qu'era que la Muerte si había muerto, y ninguno volvió a misa ni a encomendarse a mi Dios.

    Mientras tanto, en el Cielo y en el Infierno estaban ofuscaos y confundidos, sin saber qué sería aquello tan particular. Ni un alma  asomaba las narices por esos laos: aquello  era la  desocupez más triste. El Diablo determinó ponese en cura de la rasquiña que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se moría de la pura  aburrición en la puerta del Cielo; se lo pasaba por  ai sentaíto en un banco, dormido, bosteciando y rezando a raticos en un rosario bendecido en Jerusalén.

    Pero viendo que la molienda seguía, cerró la puerta, se coló  al Cielo y le dijo al Señor: "Maestro; toda la vida l'he servido con mucho gusto; pero ai l'entrego el destino; ¡esto sí no lo aguanto yo! ¡Póngame algotro oficio qui'hacer o saque algún recurso!". Cristico y San Pedro se fueron por allá a un rincón a palabriase. Después de mucho secreteo, le dijo el Señor: "Pues eso tiene que ser; no hay otra causa. Volvé vos al mundo y tratá a esi'hombre con harta mañita, pa ver si nos presta la muerte, porque si no nos embromamos".

    Se puso San Pedro la muda de pelegrino, se chantó las albarcas y el sombrero y cogió el bordón. Había caminao muy poquito, cuando s'encontró con un atisba que mandaba el Diablo pa que vigiara por los laos del Cielo, a ver  si era que todas las almas s'estaban salvando. "¡Qué salvación ni qué demontres! -le dijo San Pedro-. ¡Si esto s'está acabando!".

    Esa misma noche, casi al amanecer, llovía agua a Dios misericordia, y Peralta dormía quieto y sosegao en su cama. De presto se recordó, y oyó que le gritaban desdi afuera: "¡Abríme, Peraltica, por la Virgen, qu'es de mucha necesidá!". Se levantó Peralta, y al abrir la puerta se topó mano a mano con el viejito, que le dijo: "Hombre; no vengo a que me des posada tan solamente; ¡vengo mandao por el Maestro a que nos largués la muerte unos días, porque vos la tenés de pata y mano en algún encierro!". "Lo que menos, su Mercé -dijo Peralta-. La tengo muy bien asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condición de qui a yo no mi'haga nada". "¡Contá conmigo!" -le dijo San Pedro-.

    Apenitas aclarió salieron los dos a descolgar a la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu'había padecido; el telarañero se l'enredaba por todas partes, qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro lo tomaíta qu'estaba. Pero lo que más enjuria le daba a San Pedro era que parecía tuerta, porqui'un demontres diavispa había determinao hacer la casa en la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita balda, casi tullida d'estar horquetiada tantísimo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta  y San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron después una escoba y unos trapos; le sacaron el avispero, y ello más bien quedó  medio decente. Apenas se vio andando recobró fuerza, y en un instantico volvió  a amolar la desjarretadera... y tomó el mundo. ¡Cómo estaría di hambrienta con el ayuno! En un tris acaba con los cristianos en una semana. Los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni  an los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del mundo alcanzaba a comérsela. Peralta sí era verdá que parecía ahora un duende, di aquí pa'cá, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y socorriendo a los vivos.

    La Muerte si aplacó un poquito; los contaítos cristianos que quedaron volvieron a su oficio; y como los vivos  heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvió a agarrarlos a todos, consiguió Peralta más plata en esos días que la qui había conseguido en tanto tiempo. ¡Hijue pucha si'staba ricachón!  ¡Ya no tenía ondi acomodala!

    Pero cátatelo ai qui un día amanece con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso a pensar qui harto había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morise hoy que mañana go el otro día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu'era tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del cementerio onde  todos lo pisaran harto. Asina fué qui apenitas  se le presentó la Pelona cerró  el ojo, estiró la pata y le dijo: "¡Matáme pues!". ¡Poquito sería lo duro que li asestó el golpe, con el rincor que le tenía!

    Peralta s'encontró  en un paraje muy feíto, parecido a una plaza. Voltió a ver por todas partes, y por allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego  casi cerrao por las zarzas y los charrascales. "Ya sé aonde se va por ese camino -pensó Peralta-. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu'el otro lao!". Y cogió. Y se fué topando con mucha gente muy blanca y di agarre, que parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían principesas. Como nunca fué amigo de metese entre la gente grande, se fué por un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de la mano. ¡María Madre si había qué ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito! Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino que parecían flores muertas.

    Peralta  seguía a la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un llano, alcanzó a divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las iglesias, mucho más que la Piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com'un avispero; y como toda la gente se iba colando a la cosa, Peralta se coló también. Comprendió qu'era el Infierno, por el jumero que salía de p'arriba y el candelón que salía de p'abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.

    El se dentró por una gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fué a repuntar por allá a unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo  que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo'stán degollando, y  si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida  con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li  alzaban macho a toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao! ¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta! Y a cada golpe le gritaban los diablos a la señora: "¡Esto es pa que levantés testimonios, vieja maldita!  ¡Esto es pa que metás tus mentiras, vieja lambona! ¡Esto es pa qu'enredés a las personas, vieja culebrona!". Y a Peralta le dio tanta lástima que salió  de güída.

    De presto se zampó por una puerta muy anchona; y cuando menos acató, se topó en un salón muy grandote y muy altísimo que tenía hornos en todas las paredes, muy pegaos y muy junticos, como los roticos de las colmenas onde se meten las abejas. No había nadie en el salón; pero por allá en la mitá se veía un trapo colgao a moda de tolda di arriero. Peralta si asomó con mucha mañita, y ai estaba el Enemigo Malo acostao en un colchón, dormido y como enfermoso y aburridón él. De presto se recordó; se enderezó, y a lo que vió a Peralta le dijo muy fanfarrón y arrogante: "¿Qué venís hacer aquí, culichupao? Vos no sos di aquí; ¡rumbati al momento!". "Pues, como nadie mi atajó, yo me fuí colando, sin saber que me iba a topar con Su Mercé", contestó Peralta con mucha moderación. "¿Quién sos vos?", le dijo el Diablo. "Yo soy un pobrecito del mundo qui ando puaquí embolatao. Me dijeron qu'estaba en carrera de salvación, pero a yo no mi han recebido indagatoria ni nadie si ha metido con yo".

    Al  momento le comprendió el Diablo qu'era alma del Purgatorio o del Cielo. ¡Figúresen, no entenderlo él, con toda la marrulla que tiene! Pero como los buenos modos sacan los cimarrones del monte, y la humildá agrada hasta al mismo Diablo, con ser tan soberbio, resultó que Peralta más bien le cayó en gracia, más bien le pareció sabrosito y querido. "¿Su Mercé está como enfermoso?", le preguntó Peralta. "Sí, hombre -contestó Lucifer como muy aplacao-. Se mi han alborotao en estos días los achaques; y lo pior es que nadie viene a hacerme  compañía, porqu'el mayordomo, los agregaos y toda la pionada no tienen tiempo ni de comer, con todo el trabajo que nos ha caído en estos días".  "Pues, si yo le puedo servir di algo a su Mercé -dijo Peralta haciéndose el lambón-, mándeme lo que quiera, qu'el gusto mío es servile a las personas".

    Y ai se fueron enredando en una conversa  muy rasgada, hasta qu'el Diablo dijo que quería entretenerse en algo. "Pues, si su Mercé quiere que juguemos alguna cosita -dijo Peralta muy disimulao-, yo sé jugar toda laya de juegos; y en prueba d'ello es que mantengo mis útiles en el bolsico". Y sacó la baraja y los daos. "Hombre, Peralta -dijo el Diablo-, lo malo es que vos no tenés qué ganarte, y  yo no juego vicio". "¿Cómo  nu he de tener -dijo Peralta-, si yo tengo un alma como la de todos? Yo la juego con  su Mercé, pues también  soy muy vicioso. La juego contra cualquiera otra alma de la gente de su Mercé". El  Enemigo Malo, que ya le tenía ganas a esa almita de Peralta,  tan linda y tan buenita, li aparó la caña al momentico.

    Determinaron jugar tute, y le tocó dar al Diablo. Barajó muy ligero y con modos muy bonitos; alzó Peralta y principiaron a jugar. Iba el Diablo haciendo bazas muy satisfecho, cuando Peralta tiende sus cartas, y dice:  "¡Cuarenta, as y tres! ¡No la perderés por mal que la jugués!". "¡Así será! -dijo el Diablo bastante picao-. Pero sigamos a ver qué resulta". Pues, ¿qué había de resultar? Que Peralta se fué de sobra. Se puso el Diablo como la ira mala, y le dijo a Peralta, con un tonito muy maluco: "¿Vos sos culebra echada go qué demonios?". "¡Tanté, culebra! Lo que menos, su Mercé -le contestó Peralta  con su humildá tan grande-. Antes en el mundo decían que yo dizque era un gusano de puro arrastrao y miserable. Pero sigamos, su Mercé, que se desquita". Siguieron; a la otra mano salió  Peralta con tute de reyes. "¡Doblo!", gritó Lucifer con un vozachón que retumbó por todo el Infierno. La cola se le paró; los cachos se le abrían y se le cerraban como los di un alacrán; los  ojos le bailaban, que ni un trompo zangarria, de lo más bizcornetos y horrendos; ¡y por la boca echaba aquella babaza y aquel chispero! "Doblemos", dijo Peralta muy convenido. Ganó Peralta. "¡Doblo!", gritó el Diablo.

    Y doblando, doblando, jugaron diecisiete tutes. Hasta que el Patas dijo: "¡Ya no más!". Estaba tan sumamente medroso, daba unos bramidos tan espantosos, que toitica la gente del Infierno acudió a ver. ¡Cómo se quedarían de suspensos cuando vieron a su Amo y Señor llorando a moco tendido! Y aquellas lagrimonas se iban cuajando, cuajando, cachete abajo, que ni granizo. En el suelo iba  blanquiando la montonera, y toda la cama del Diablo quedó tapadita. Un diablito muy metido y muy chocante que parecía recién adotorao, dijo con tonito llorón: "¡Nunca me figuré que a mi Señor le diera pataleta!". "¿Pero por qué no seguimos, su Mercé? -dijo Peralta como suplicando-. Es cierto que le he ganao más de treinta y tres mil millones de almas; pero yo veo qu'el  Infierno está sin tocar". "¡Cierto! -dijo el Enemigo Malo haciendo pucheros-. Pero esas almas no las arriesgo yo: son mis almas queridas; ¡son mi familia, porque son las que más se parecen a yo!". Siguió moquiando, y  a un ratico  le dijo a uno  de sus edecanes: "¡ Andá,  hombre, sacále a este calzonsingente sus ganancias, y que se largue di aquí".

    Como lo mandó el Patas, asina mismo se cumplió. Mientras qui'una vieja ñata se persina, fueron  echando toditas las puertas del Infierno la churreta di almas. Aquello era churretiar y churretiar, y no si acababa. Lo qui a Peralta le parecía más particular era que, a conforme iban saliendo, s'iban poniendo más negras, más jediondas y más enjunecidas. Parecía como si a todos los cristianos del mundo les estuvieran sacando las muelas a la vez, según los bramidos y la chillería. Sin nadie mandárselos aquellas almas endemoniadas fueron haciendo en el aire un caracol que ni un remolino. Los aires se fueron escureciendo, escureciendo, con aquella gallinazada, hasta que todo quedó en la pura tiniebla.

    Peralta, tan desentendido como si no hubiera hecho nada, se fué yendo muy despacio, hasta que s'encontró con los tuneros del caminito del Cielo. ¡Aquello era caminar y caminar, y no llegaba! El tuvo que pasar por puentes di un pelo que tenían muchas leguas; él tuvo que pasar la hilacha de la eternidá, que tan solamente Nuestro Señor, ¡por ser quien es, la ha podido medir! Pero a Peralta no le dió váguido, sino que siguió serenito, serenito, y muy resuelto, hasta que se topó en las puertas del Cielo. Estaba eso bastante solo, y por allá divisó a San Pedro recostao en su banco. Apenitas lo vió San Pedro, se le vino a la carrera, se le encaró y le dijo, midiéndole  puño: "¡Quitá di aquí, so vagamundo! ¿Te parece que ti has portao muy bien y nos tenés muy contentos? ¡Si allá en la tierra no ti amasé  fue porque no pude, pero aquí sí chupás!". "¡No se fije en yo, viejito; fíjese en lo que viene por aquel lao! Vaya a ver cómo acomoda esa gentecita, y déjese de nojase". Voltió a ver  San Pedro, estiró bien la gaita y se puso la manito sobre las cejas, como pa vigiar mejor; y apenas entendió el enredo, pegó patas; abrió la puerta, la golvió a cerrar a la carrera y la trancó por dentro. Ni por ésas si agallinó Peralta, ni le coló cobardía, ni cavilosió  qu'en el Cielo le fueran a meter machorrucio.

    No bien se sintió San Pedro de  puertas pa dentro corrió muy trabucao, y le hizo una señita al Señor. Bajó el Señor de su trono, y se toparon como en la mitá del Cielo, y agarraron a conversar en un secreto tan larguísimo que a toda la gente de la Corte Celestial le pañó  la curiosidá. Bien comprendían toditos, por lo que manotiaba San Pedro y por lo desencajao qu'estaba, que la conversa era sobre cosa  gorda, ¡pero muy gorda! Las santas, qui anque sea en el Cielo siempre son mujeres, pusieron los antiojos de larga vista pa ver qué sacaban en limpio. ¡Pero ni lo negro e'l'uña!  El Señor, qui había estao muy sereno oyéndole las cosas a San Pedro, le dijo muy pasito a lo último:  "¡En buena nos ha metido este Peralta! Pero eso no se puede de ninguna manera: los condenaos, condenaos se tienen que quedar  por toda la eternidá. Andáte  a tu puesto, que yo iré a ver cómo arreglamos  esto.
    No abrás la puerta; los que vayan viniendo los entrás por el postigo chiquito".

    Se volvió  el Señor pa su trono, y  a un ratico le hizo señas a un santo, apersonao él, vestido de curita, y con un bonetón muy lindo. El santo se le vino muy respetoso, y  hablaron dos palabras en secreto. Y bastante susto que le dio: se le veía, porque de presto se puso descolorido y principió a meniase el bonete. A ésas le hizo el Señor otra seña a una santica qu'estaba  por allá  muy  lejos, ojo con él; y la santica  se vino muy modosa y muy  contenta al llamao, y entró en conversa con Cristico y el otro santo. Estaba vestida de carmelitana; también tenía bonete que le lucía mucho, y en la una mano una pluma  de ganso muy grandota.

    ¡Esto sí fue lo que más embelecó a las otras santas! Por todos los balcones empezó a oise una bullita y unos mormullos, que la Virgen tuvo que tocar la campanita pa que se callaran. ¡Pero nada  que les valió! Figúrese qu'en ese momento salió un ángel muy grande con un atril muy lindo, y más detrás un angelito de los guitarristas, con la guitarrita colgada  a un lao como carriel, y que llevaba en las dos manitos un tinterón di oro y piedras preciosas; y después salieron dos santicos negros con dos tabretes de plata; y los cuatro arreglaron por allá en un campito de lo más bueno un puesto como d'escribano. El cura y la monjita  se fueron derecho a los tabretes, y cada cual se sentó. El angelito se quedó muy formal teniendo el tintero.

    ¡Valientes criaturas las de mi Dios! En esti angelito sí s'esmeró El: tenía la cabecita com'una piña di oro; era de lo más gordito y achapao, con los ojos azulitos, azulitos, que ni dos flores de linaza, y sus alitas de garza eran más blancas qui una bretaña. Casi estaba en cueritos: tan solamente llevaba de la cinta p'abajo un faldellín coposo di un jeme di ancho, di un trapo qui unas veces era di oro y otras veces era de plata, flequiao de por abajo y con  unos caracoles y unas figuras de la pura perlería. Pero lo más lindo de todo, lo que más le lucía al demontres del angelito, era la cargadera de la vigüelita, qu'era todita de topacios y esmeraldas; la guitarrita también era muy linda, toda laboriada y con clavijitas y cuerdas di oro. Dizque era el ángel de la guarda de  la monjita, y por eso 'staba tan confianzudo con ella.

    La santica entró como en un alegato con el cura; pero a lo último, él se puso a relatar y ella a jalar pluma. ¡Esa sí era escribana! ¡Se le veía todo lo baquiana qu'era en esas cosas d'escribanía! Acomodada en su tabrete, iba escribiendo, escribiendo, sobre el atril; y a conforme escribía, iba colgando por detrás de los trimotriles ésos, un papelón muy  tieso ya escrito, que se iba enrollando, enrollando. Sólo mi Dios sabe el tiempo que gastó escribiendo, porque en el Cielo nu'hay reló. Por allá al mucho rato la monja echó una plumada muy larga, y le hizo  seña al Señor de que ya había acabao.

    No  bien entendió el Señor, se paró en su trono, y dijo: "¡Toquen bando y que entre Peralta!". Y principiaron a redoblar todas las  tamboras del Cielo, y a desgajarse a los trompicones toda la gente de su puesto, pa oir aquello nunca oído en ese paraje: porque ni San Joaquín, el agüelito del Señor, había oído nunca leyendas de gaceta en la plaza de la Corte Celestial. Cuando todos estuvieron sosegaos en sus puestos y Peralta  por allá en un rinconcito, mandó Cristo que si asilenciaran los tamboreos, y dijo: "¡Pongan harto cuidao, pa que vean que la Gloria Celestial  nu'es cualquier cosa!". Y después se voltió p'onde la monjita, y muy cariñoso, le dijo: "Leé vos el escrito, hijita, que tenés tan linda pronuncia".

    ¡Caramba si  la tenía! Esu'era como cuando los mozos montañeros  agarran a tocar el capador; como cuando en las faldas echan a gotiar los rezumideros en los charquitos insolvaos. La leyenda comenzaba d'esta laya: "Nós, Tomás di  Aquino y Teresa de Jesús, mayores  d'edá, y  del vecindario del Cielo, por mandato de Nuestro Señor, hemos venido a resolver un punto muy trabajoso..." tan trabajoso, tan sumamente trabajoso, que ni an siquiera se puede contar bien patente las retajilas tan lindas y tan bien empatadas escritas en la dichosa gaceta. ¡Hasta ai mecha la que tenían esos escribanos!

    Ultimadamente el documento quería decir qu'era muy cierto que Peralta li había ganao al Enemigo Malo esa traquilada di almas con mucha legalidá y en juego muy limpio y muy decente; pero que, mas sin embargo, esas almas no podían colar al Cielo ni de chiripa, y que por eso tenían que  quedasi afuera. Pero que, al mismo tiempo, como todas las cosas de Dios tenían remedio, esta cosa se podía arreglar  sin que Peralta ni el Patas se llamaran a engaño. Y el arreglo era asina: que todas las glorias que debían haber ganao esas almas redimidas por Peralta si ajuntaran en una gloriona grande y se la metieran enterita a Peralta, qu'era el que l'había ganao con su puño. Y que la cosa del Infierno si arreglaba d'esta laya: qu'esos condenaos no volvían a las penas de las llamas sino a otro infierno de nuevo uso que valía lo mismo qu'el de candela. Y era este Infierno una indormia muy particular que sacaron de su cabeza el cura y la monjita. Esta indormia dizqu'era d'esta moda:  que mi Dios echaba al mundo treinta y tres mil millones de cuerpos, y qu'esos cuerpos les metían adentro las almas que sacó Peralta de los profundos infiernos; y qu'estas almas, manque los taitas de los cuerpos creyeran qu'eran pal Cielo, ya'staban condenadas desde en vida; y que por eso no les alcanzaba el santo bautismo, porque ya la gracia de mi Dios no les valía, aunque el bautismo fuera de verdá; y que se morían los cuerpos, y volvían las almas a otros, y después a otros, y seguía la misma fiesta hasta el día del juicio; que di ai  pendelante las ponían  a voltiar en rueda en redondo del Infierno por |secula seculorum amen.

    Que por todo esto quizqu'es qui hay en este mundo una gente tan canóniga y tan mala, que goza tanto con el mal de los cristianos: porque ya son gente del Patas; y por eso es que se mantienen tan enjunecidos y padeciendo tantísimos tormentos sin candela. Estos quizque son los envidiosos. Y por eso quizque fue qu'el Enemigo Malo no quiso arriesgar  las almas aquellas del Infierno, porqu'esas también eran d'envidiosos.

    Peralta entendió muy bien entendido el relate, y muy contento que se puso, y muy verdá y muy buena que le pareció la inguandia. Pero este Peralta era tan sumamente parejo, que ni con todo el alegrón que tenía por dentro se le vio mover las pestañas de ternero: ai se quedó en su puesto como si no fuera con él. Pero de golpe se vio solo en la plaza del Cielo. ¡Hast'ai placitas!

     Aquello era una cosa redonda, enladrillada con diamantes y piedras preciosas de toda color, qui hacían unas labores como los dechaos de las maestras. En redondo había una ringlera de pilas di oro que chorriaban agua florida y pachulí de la gloria; y cada una d'estas pilitas tenía su jardinera de cuantas flores Dios ha criao, pero toditas di oro y de plata. También era di oro y de plata el balconerío de la plaza; y al mismito frente de l'entrada, estaba el trono de la Santísima Trinidá. Era a modo de una custodia muy grandota, encaramada en unos escalones muy altos. En el redondel de la custoria estaban el Padre y el Hijo, y allá en la punta di arriba estaba prendido el Espíritu Santo, aliabierto y con  el piquito de p'abajo. De la punta del piquito le salía un vaho di una luz mucho más alumbradora que la del sol, y esa luz se regaba y se desparpajaba por arriba y por abajo, de frente y por  todos los costaos del Cielo, y todo relumbraba, y todo se ponía brilloso con aquella luminaria.

    El Padre Eterno, qu'en todas las bullas de Peralta nu'había hablao palabra, se paró y dijo d'esta moda: "Peralta; escogé el puesto que querás. ¡Ninguno lu'ha ganao tan alto como vos, porque vos sos la Humildá, porque vos sos la Caridá! Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao. Escogé el puesto. ¡No ti humillés más, que ya'stás ensalzao!". Y entonaron todos los coros celestiales el trisagio d'Isaías, y Peralta, que todavía nu'había usao la virtú di achiquitase, se fue achiquitando, achiquitando, hasta volverse un Peraltica de tres pulgadas; y derechito, con la agilidá que tienen los  bienaventuraos, se brincó al mundo que tiene el Padre en su diestra, si acomodó muy bien y si abrazó con la Cruz. ¡Allí está por toda l'Eternidá!

    ¡Botín colorao, perdone lo malo qui hubiera'stao!

     

     

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    PORFIRIO BARBA JACOB

     

    Porfirio Barba Jacob
    Pseudónimo de Miguel Ángel Osorio, quien también usó los nombres de Maín Ximénez y Ricardo Arenales.

    (Angostura, Antioquia, 1883; Ciudad de México, 1942).

     

    CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA

    Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
    como las leves briznas al viento y al azar...
    Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría...
    La vida es clara, undívaga y abierta como un mar...

    Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
    como en Abril el campo, que tiembla de pasión;
    bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
    el alma está brotando florestas de ilusión.

    Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
    como la entraña obscura de obscuro pedernal;
    la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
    en rútilas monedas tasando el bien y el mal.

    Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
    -¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir! -
    que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
    ¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír...

    Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
    que nos depara en vano su carne la mujer;
    tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
    la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

    Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
    como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
    el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
    y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

    Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día...
    en que levamos anclas para jamás volver;
    un día en que discurren vientos ineluctables...
    ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

     

     

    LA ESTRELLA DE LA TARDE

    Un monte azul, un pájaro viajero,
    un roble, una llanura,
    un niño, una canción... Y, sin embargo,
    nada sabemos hoy, hermano mío.

    Bórranse los senderos en la sombra;
    el corazón del monte está cerrado;
    el perro del pastor trágicamente
    aúlla entre las hierbas del vallado.

    Apoya tu fatiga en mi fatiga,
    que yo mi pena apoyaré en tu pena,
    y llora, como yo, por el influjo
    de la tarde traslúcida y serena.

    Nunca sabremos nada...

    ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
    vago rumor de mares en zozobra,
    emoción desatada,
    quimeras vanas, ilusión sin obra?
    Hermano mío, en la inquietud constante,
    nunca sabremos nada...

    ¿En qué grutas de islas misteriosas
    arrullaron los Números tu sueño?
    ¿Quién me da los carbones irreales
    de mi ardiente pasión, y la resina
    que efunde en mis poemas su fragancia?

    ¿Qué voz suave, que ansiedad divina
    tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

    Todo inquirir fracasa en el vacío,
    cual fracasan los bólidos nocturnos
    en el fondo del mar; toda pregunta
    vuelve a nosotros trémula y fallida,
    como del choque en el cantil fragoso
    la flecha por el arco despedida.

    Hermano mío, en el impulso errante,
    nunca sabremos nada...

    Y sin embargo...
    ¿Qué mística influencia
    vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
    ¿Quién prende a nuestros hombros
    manto real de púrpuras gloriosas,
    y quién a nuestras llagas
    viene y las unge y las convierte en rosas?
    Tú, que sobre las hierbas reposabas
    de cara al cielo, dices de repente:
    —«La estrella de la tarde está encendida».
    Ávidos buscan su fulgor mis ojos
    a través de la bruma, y ascendemos
    por el hilo de luz...

    Un grillo canta
    en los repuestos musgos del cercado,
    y un incendio de estrellas se levanta
    en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
    y en mi pecho en la tarde sosegado...

     

     

     

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    RAFAEL POMBO, POETA Y FABULISTA

    Rafael Pombo, poeta y fabulista

     

    Rafael Pombo (Bogotá 1833 – 1912)

    Gran fabulista en verso, es también apreciado por los poemas filosóficos “Hora de Tinieblas” y “Elvira Tracy”. Su obra fue comentada por José Martí, quien lo incluyó en su lista única e incomparable de héroes y poetas, teniéndolo por un león encerrado en una jaula de pájaros.

     

     

    ALFABETO IMAGINARIO

    Letras son las mudas que hablan

    Almas pintadas que vuelan

    Las que al ausente consuelan

    Levándole un corazón.

    Lenguas del muerto y del ido,

    Cuenteras de lo pasado,

    Herramientas y alumbrado

    Que dio el cielo a la razón

    Contiene el abecedario

    Veintinueve, de las cuales

    Cinco se llaman vocales,

    Consonantes las demás.

    Las vocales suenan solas;

    Mientras que una consonante

    Sin vocal de acompañante

    No se hace escuchar jamás.

    A

    La A recuerda la campana

    Con que nos llama el Señor;

    Y el techo, nido de amor,

    De madre, esposa, hija, hermana.

    B

    La B y sus dos buches son

    Un tercio sobre otro tercio,

    Enseñando que el comercio

    Hará engordar la nación.

    C

    Mas la corcovada C,

    Cuarto menguante de luna

    Anuncia mengua en fortuna

    Donde haya ocio y mala fe.

    D

    Es la D luna sin cuernos

    Por la mitad bien cortada;

    O el sombrerón de empanada

    Que usan los héroes modernos.

    E

    Plan de cocina o salón

    Pinta la E; y estando abierta

    Vemos enfrente a la puerta

    Algo entre altar y fogón.

    F

    La F es la E no concluída,

    Que abajo pared no han hecho,

    O es un portal con su techo

    Y con la llave prendida.

    G

    ¡ Jesús, qué arete tan lindo

    Es la agachadita G!

    Cuando con mi novia esté

    En la oreja se lo guindo.

    H

    Entre dos palos de pie

    Hay un palo atravesado

    Haciendo una H, un cercado

    Que paso a bestia no dé.

    CH

    Daré un chelín de contado

    Al que explique bien la CH

    Pues para mí no es más que

    Una C con H al lado.

    I

    Es la I el niño menor

    De la familia: un palito

    Siempre a plomo y derechito

    Cual hombre que odia el licor.

    J

    Y así es la J (quizás

    Tienen las dos parentesco)

    Mas calza botín chinesco

    Y está viendo para atrás.

    K

    A la K le quebró

    El palo de la derecha

    Que como punta de fl echa

    Contra el centro se dobló.

    L

    Es la escuadra que en la mano

    Ver del carpintero sueles:

    Y la LL son dos ELES

    Como un mellizo y su hermano.

    M

    La M es la muela, y nos manda

    Trabajar para comer;

    Sudar cada cual su haber

    O morir en la demanda.

    N

    ¡Oh N, oh viga entre dos hilos

    malamente atravesada!

    Debajo de tu enramada

    No dormiremos tranquilos.

    Ñ

    Y aun más temor la Ñ da,

    Que es la N con un sombrero,

    Pájaro de mal agüero

    Que encima volando va.

    O

    Cuando un bobo exclama ¡oh!

    Vemos la letra en su boca.

    A ti adivinar te toca

    Cómo fue que se le vio.

    P

    Puño de espada es la P,

    Y aun se ve la hoja truncada.

    ¡Plegue a Dios que toda espada

    trozada así pronto esté!

    Q

    La Q es naranja o melón

    Sentadito sobre un ramo;

    O un reloj que dice al amo:

    ¡No pierdas tiempo, holgachón!”

    R

    La R no es fruta, es mujer

    Que está sentada en su silla;

    Mas sólo pecho y rodilla

    Falda y pie se deja ver.

    S

    El borracho y la serpiente

    Pintan la S al caminar,

    Y a ambas debes evitar

    Cuidadosísimamente.

    T

    Cruz sin cabeza es la T

    O ancho martillo de herrero,

    O lezna de carpintero

    Como la usó san José.

    U

    La U es el dedal, el castillo

    Del dedo de la mujer;

    O un pocillo de beber

    El chocolate en pocillo.

    V

    La V o U de corazón

    Es el corazón: tesoro

    Mejor que el poder y el oro

    De un feroz o de un collón.

    W

    La W es la M al revés;

    Dos corazones atados:

    Cifra de dos bien casados

    Que haciendo uno solo ves.

    X

    La X es tijera abierta

    Para cortarle la lengua

    A aquel que diga algo en mengua

    De persona ausente o muerta.

    Y

    La Y griega, o Ye servirá

    De horqueta de colgar ropa,

    O de apuntalar la copa

    Que el árbol rindiendo va.

    Z

    Y es la Z la N acostada

    Que está pasando un desmayo;

    O es como el surco del rayo

    Que al herir nos vuelve nada.

     

    El gato bandido

    Michín dijo a su mamá:
    "Voy a volverme Pateta,
    y el que a impedirlo se meta
    en el acto morirá.
    Ya le he robado a papá
    daga y pistolas; ya estoy
    armado y listo; y me voy
    a robar y matar gente,
    y nunca más (¡ten presente!)
    verás a Michín desde hoy".
    Yéndose al monte, encontró
    a un gallo por el camino,
    y dijo: "A ver qué tal tino
    para matar tengo yo".
    Puesto en facha disparó,
    retumba el monte al estallo,
    Michín maltrátase un callo
    y se chamusca el bigote;
    pero tronchado el cogote,
    cayó de redondo el gallo.
    Luego a robar se encarama,
    tentado de la gazuza,
    al nido de una lechuza
    que en furia al verlo se inflama,
    mas se le rompe la rama,
    vuelan chambergo y puñal,
    y al son de silba infernal
    que taladra los oídos
    cae dando vueltas y aullidos
    el prófugo criminal.
    Repuesto de su caída
    ve otro gato, y da el asalto
    "¡Tocayito, haga usted alto!
    ¡Déme la bolsa o la vida!"
    El otro no se intimida
    y antes grita: "¡Alto el ladrón!"
    Tira el pillo, hace explosión
    el arma por la culata,
    y casi se desbarata
    Michín de la contusión.
    Topando armado otro día
    a un perro, gran bandolero,
    se le acercó el marrullero
    con cariño y cortesía:
    "Camarada, le decía,
    celebremos nuestra alianza";
    y así fue: diéronse chanza,
    baile y brandy, hasta que al fin
    cayó rendido Michín
    y se rascaba la panza.
    "Compañero", dijo el perro,
    "debemos juntar caudales
    y asegurar los reales
    haciéndoles un entierro".
    Hubo al contar cierto yerro
    y grita y gresca se armó,
    hasta que el perro empuñó
    a dos manos el garrote:
    Zumba, cae, y el amigote
    medio muerto se tendió.
    Con la fresca matinal
    Michín recobró el sentido
    y se halló manco, impedido,
    tuerto, hambriento y sin un
    real.
    Y en tanto que su rival
    va ladrando a carcajadas,
    con orejas agachadas
    y con el rabo entre piernas,
    Michín llora en voces tiernas
    todas sus barrabasadas.
    Recoge su sombrerito,
    y bajo un sol que lo abrasa,
    paso a paso vuelve a casa
    con aire humilde y contrito.
    "Confieso mi gran delito
    y purgarlo es menester",
    dice a la madre; "has de ver
    que nunca más seré malo,
    ¡oh mamita! dame palo
    ¡pero dame qué comer!"

    El renacuajo paseador

    El hijo de rana, Rinrín renacuajo 
    Salió esta mañana muy tieso y muy majo 
    Con pantalón corto, corbata a la moda 
    Sombrero encintado y chupa de boda. 
    
    -¡Muchacho, no salgas¡- le grita mamá 
    pero él hace un gesto y orondo se va.   
    
    Halló en el camino, a un ratón vecino 
    Y le dijo: -¡amigo!- venga usted conmigo, 
    Visitemos juntos a doña ratona 
    Y habrá francachela y habrá comilona. 
     
    A poco llegaron, y avanza ratón, 
    Estírase el cuello, coge el aldabón, 
    Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es? 
    -Yo doña ratona, beso a usted los pies 
      
    ¿Está usted en casa? -Sí señor sí estoy, 
    y celebro mucho ver a ustedes hoy; 
    estaba en mi oficio, hilando algodón, 
    pero eso no importa; bienvenidos son. 
    
    Se hicieron la venia, se dieron la mano, 
    Y dice Ratico, que es más veterano : 
    Mi amigo el de verde rabia de calor, 
    Démele cerveza, hágame el favor. 
    
    Y en tanto que el pillo consume la jarra 
    Mandó la señora traer la guitarra 
    Y a renacuajo le pide que cante 
    Versitos alegres, tonada elegante. 
    
    -¡Ay! de mil amores lo hiciera, señora, 
    pero es imposible darle gusto ahora, 
    que tengo el gaznate más seco que estopa 
    y me aprieta mucho esta nueva ropa. 
    
    -Lo siento infinito, responde tía rata, 
    aflójese un poco chaleco y corbata, 
    y yo mientras tanto les voy a cantar 
    una cancioncita muy particular. 
    
    Mas estando en esta brillante función 
    De baile y cerveza, guitarra y canción, 
    La gata y sus gatos salvan el umbral, 
    Y vuélvese aquello el juicio final 
    
    Doña gata vieja trinchó por la oreja 
    Al niño Ratico maullándole: ¡Hola! 
    Y los niños gatos a la vieja rata 
    Uno por la pata y otro por la cola 
      
    Don Renacuajito mirando este asalto 
    Tomó su sombrero, dio un tremendo salto 
    Y abriendo la puerta con mano y narices, 
    Se fue dando a todos noches muy felices 
      
    Y siguió saltando tan alto y aprisa, 
    Que perdió el sombrero, rasgó la camisa, 
    se coló en la boca de un pato tragón 
    y éste se lo embucha de un solo estirón 
      
    Y así concluyeron, uno, dos y tres 
    Ratón y Ratona, y el Rana después; 
    Los gatos comieron y el pato cenó, 
    ¡y mamá Ranita solita quedó!

    La pobre viejecita

    Érase una viejecita 
    Sin nadita que comer 
    Sino carnes, frutas, dulces, 
    Tortas, huevos, pan y pez 
    
    Bebía caldo, chocolate, 
    Leche, vino, té y café, 
    Y la pobre no encontraba 
    Qué comer ni qué beber.   
    
    Y esta vieja no tenía 
    Ni un ranchito en que vivir 
    Fuera de una casa grande 
    Con su huerta y su jardín   
    
    Nadie, nadie la cuidaba 
    Sino Andrés y Juan y Gil 
    Y ocho criados y dos pajes 
    De librea y corbatín   
    
    Nunca tuvo en qué sentarse 
    Sino sillas y sofás 
    Con banquitos y cojines 
    Y resorte al espaldar   
    
    Ni otra cama que una grande 
    Más dorada que un altar, 
    Con colchón de blanda pluma, 
    Mucha seda y mucho olán.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    Cada año, hasta su fin, 
    Tuvo un año más de vieja 
    Y uno menos que vivir 
      
    
    Y al mirarse en el espejo 
    La espantaba siempre allí 
    Otra vieja de antiparras, 
    Papalina y peluquín.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    No tenía que vestir 
    Sino trajes de mil cortes 
    Y de telas mil y mil. 
      
    Y a no ser por sus zapatos, 
    Chanclas, botas y escarpín, 
    Descalcita por el suelo 
    Anduviera la infeliz   
    
    Apetito nunca tuvo 
    Acabando de comer, 
    Ni gozó salud completa 
    Cuando no se hallaba bien   
    
    Se murió del mal de arrugas, 
    Ya encorvada como un tres, 
    Y jamás volvió a quejarse 
    Ni de hambre ni de sed.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    Al morir no dejó más 
    Que onzas, joyas, tierras, casas, 
    Ocho gatos y un turpial   
    
    Duerma en paz, y Dios permita 
    Que logremos disfrutar 
    Las pobrezas de esa pobre 
    Y morir del mismo mal.

    Mirringa Mirronga

    Mirringa Mirronga, la gata candonga
    va a dar un convite jugando escondite,
    y quiere que todos los gatos y gatas
    no almuercen ratones ni cenen con ratas.
    "A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
    y vamos poniendo las cartas primero.
    Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
    y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
    "Ahora veamos qué tal la alacena.
    Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
    Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
    ¡Qué amable señora la dueña de casa!
    "Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
    Id volando al cuarto de mamá Fogón
    por ocho escudillas y cuatro bandejas
    que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
    "Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
    traed la canasta y el dindirindín,
    ¡y zape, al mercado! que faltan lechugas
    y nabos y coles y arroz y tortuga.
    "Decid a mi amita que tengo visita,
    que no venga a verme, no sea que se enferme
    que mañana mismo devuelvo sus platos,
    que agradezco mucho y están muy baratos.
    "¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
    ¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
    ¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
    Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!".
    Llegaron en coche ya entrada la noche
    señores y damas, con muchas zalemas,
    en grande uniforme, de cola y de guante,
    con cuellos muy tiesos y frac elegante.
    Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
    en una cabriola se mordió la cola,
    mas olió el tocino y dijo "¡Miaao!
    ¡Este es un banquete de pipiripao!"
    Con muy buenos modos sentáronse todos,
    tomaron la sopa y alzaron la copa;
    el pescado frito estaba exquisito
    y el pavo sin hueso era un embeleso.
    De todo les brinda Mirringa Mirronga:"¿Le sirvo pechuga?" – "Como usted disponga,
    y yo a usted pescado, que está delicado"."Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
    "Repita sin miedo". Y él dice: – "Concedo".
    Mas ¡ay! que una espina se le atasca indina,
    y Ñoña la hermosa que es habilidosa
    metiéndole el fuelle le dice: "¡Resuelle!"
    Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
    y pasó al instante la espina del diantre,
    sirvieron los postres y luego el café,
    y empezó la danza bailando un minué.
    Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
    y Tompo que estaba con máxima turca,
    enreda en las uñas el traje de Ñoña
    y ambos van al suelo y ella se desmoña.
    Maullaron de risa todos los danzantes
    y siguió el jaleo más alegre que antes,
    y gritó Mirringa: "¡Ya cerré la puerta!
    ¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!"
    Pero ¡qué desgracia! entró doña Engracia
    y armó un gatuperio un poquito serio
    dándoles chorizo de tío Pegadizo
    para que hagan cenas con tortas ajenas.

    Simón el bobito

    Simón el bobito llamó al pastelero: 
    ¡a ver los pasteles, los quiero probar! 
    -Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero 
    ver ese cuartillo con que has de pagar. 
    Buscó en los bolsillos el buen Simoncito 
    y dijo: ¡de veras! no tengo ni unito. 
    
    A Simón el bobito le gusta el pescado 
    Y quiere volverse también pescador, 
    Y pasa las horas sentado, sentado, 
    Pescando en el balde de mamá Leonor. 
    
    Hizo Simoncito un pastel de nieve 
    Y a asar en las brasas hambriento lo echó, 
    Pero el pastelito se deshizo en breve, 
    Y apagó las brasas y nada comió. 
    
    Simón vio unos cardos cargando viruelas 
    Y dijo: -¡qué bueno! las voy a coger. 
    Pero peor que agujas y puntas de espuelas 
    Le hicieron brincar y silbar y morder. 
      
    Se lavó con negro de embolar zapatos 
    Porque su mamita no le dio jabón, 
    Y cuando cazaban ratones los gatos 
    Espantaba al gato gritando: ¡ratón! 
    
    Ordeñando un día la vaca pintada 
    Le apretó la cola en vez del pezón; 
    Y ¡aquí de la vaca! le dio tal patada 
    Que como un trompito bailó don Simón. 
      
    Y cayó montado sobre la ternera 
    Y doña ternera se enojó también 
    Y ahí va otro brinco y otra pateadera 
    Y dos revolcadas en un santiamén. 
    
    Se montó en un burro que halló en el mercado 
    Y a cazar venados alegre partió, 
    Voló por las calles sin ver un venado, 
    Rodó por las piedras y el asno se huyó. 
     
    A comprar un lomo lo envió taita Lucio, 
    Y él lo trajo a casa con gran precaución 
    Colgado del rabo de un caballo rucio 
    Para que llegase limpio y sabrosón. 
    
    Empezando apenas a cuajarse el hielo 
    Simón el bobito se fue a patinar, 
    Cuando de repente se le rompe el suelo 
    Y grita: ¡me ahogo! ¡vénganme a sacar! 
     
    Trepándose a un árbol a robarse un nido, 
    La pobre casita de un mirlo cantor, 
    Desgájase el árbol, Simón da un chillido, 
    Y cayó en un pozo de pésimo olor 
      
    Ve un pato, le apunta, descarga el trabuco: 
    Y volviendo a casa le dijo a papá: 
    Taita yo no puedo matar pajaruco 
    Porque cuando tiro se espanta y se va. 
    
    Viendo una salsera llena de mostaza 
    Se tomó un buen trago creyéndola miel, 
    Y estuvo rabiando y echando babaza 
    Con tamaña lengua y ojos de clavel. 
    
    Vio un montón de tierra que estorbaba el paso 
    Y unos preguntaban ¿qué haremos aquí? 
    Bobos dijo el niño resolviendo el caso; 
    Que abran un grande hoyo y la echen allí 
    
    Lo enviaron por agua, y él fue volandito 
    Llevando el cedazo para echarla en él 
    Así que la traiga el buen Simoncito 
    Seguirá su historia pintoresca y fiel. 

    Noche de diciembre

    Noche como ésta, y contemplada a solas
    No la puede sufrir mi corazón:
    Da un dolor de hermosura irresistible
    Un miedo profundísimo de Dios.

    Ven a partir conmigo lo que siento,
    Esto que abrumador desborda en mí;
    Ven a hacerme finito lo infinito
    Y a encarnar el angélico festín.

    ¡Mira ese cielo!... Es demasiado cielo
    Para el ojo de insecto de un mortal
    Refléjame en tus ojos un fragmento
    Que yo alcance a medir y a sondear.

    Un cielo que responda a mi delirio
    Sin hacerme sentir mi pequeñez;
    Un cielo mío, que me esté mirando
    Y que tan sólo a mí mirando esté.

    Esas estrellas . . . ¡ ay, brillan tan lejos!
    Con tus pupilas tráemelas aquí
    Donde yo pueda en mi avidez tocarlas
    Y apurar su seráfico elíxir.

    Hay un silencio en esta inmensa noche
    Que no es silencio: es místico disfraz
    De un concierto inmortal. Por escucharlo
    Mudo como la muerte el orbe está.

    Déjame oírlo, enamorada mía
    Al través de tu ardiente corazón:
    Sólo el amor transporta a nuestro mundo
    Las notas de la música de Dios.

    El es la clave de la ciencia eterna,
    La invisible cadena creatriz
    Que une al hombre con Dios y con sus obras,
    Y Adán a Cristo, y el principio al fin.

    De aquel hervor de luz está manando
    El rocío del alma. Ebrio de amor
    Y de delicia tiembla el firmamento,
    Inunda el Creador la creación.

    ¡Sí, el Creador! cuya grandeza misma
    Es la que nos impide verlo aquí,
    Pero que, como atmósfera de gracia,
    Se hace entretanto por doquier sentir. . .

    Déjame unir mis labios a tus labios,
    Une a tu corazón mi corazón,
    Doblemos nuestro ser para que alcance
    A recoger la bendición de Dios.

    Todo, la gota como el orte, cabe
    En su grandeza y su bondad. Tal vez
    Pensó en nosotros cuando abrió esta noche,
    Como a las turbas su palacio un rey.

    ¡Danza gloriosa de almas y de estrellas!
    ¡Banquete de inmortales! Y pues ya,
    Por su largueza en él nos encontramos,
    De amor y vida en el cenit fugaz.

    Ven a partir conmigo lo que siento,
    Esto que abrumador desborda en mí;
    Ven a hacerme finito lo infinito
    Y a encarnar el angélico festín.

    ¿Qué perdió Adán perdiendo el paraíso
    Si ese azul firmamento le quedó
    Y una mujer, compendio de Natura,
    Donde saborear la obra de Dios?

    ¡Tú y Dios me disputáis en este instante!
    Fúndanse nuestras almas, y en audaz
    Rapto de adoración volemos juntas
    De nuestro amor al santo manantial.

    Te abrazaré como la tierra al cielo
    En consorcio sagrado; oirás de mí
    Lo que oidos mortales nunca oyeron,
    Lo que habla el serafin al serafín.

    Y entonces esta angustia de hermosura,
    Este miedo de Dios que al hombre da
    El sentirlo tan cerca, tendrá un nombre
    Eterno entre los dos: ¡felicidad!

    La luna apareció: sol de las almas
    Si astro de los sentidos es el sol.
    Nunca desde una cúpula más bella
    Ni templo más magnífico alumbró.

    ¡Rito imponente! Ahuyéntase el pecado
    Y hasta su sombra. El rayo de esta luz
    Te transfigura en ángel. Nuestra dicha
    Toca al fin su solemne plenitud.

    A consagrar nuestras eternas nupcias
    Esta noche llegó... ¡Siento soplar
    Brisa de gloria, estamos en el puerto!
    Esa luna feliz viene de allá.

    Cándida vela que redonda se alza
    Sobre el piélago azul

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    MEIRA DEL MAR, POETISA DEL DESAMOR

    MEIRA DELMAR, POETISA DEL DESAMOR

    MEIRA DELMAR. Olga Chams Eljach, (Barranquilla , Colombia, 1922-2009)

    Su verdadero nombre era Olga Chams Eljach, hija de padres libaneses. Realizó sus estudios de Bachillerato en el Colegio Barranquilla para Señoritas y sus estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes del centro de estudios Dante Alihieri de Roma (Italia). Es el nombre femenino más destacado de la poesía colombiana de influencia piedracielista. Su obra posee una musicalidad interior, recurriendo con frecuencia a temas sobre el mar y el universo, el amor y los clásicos griegos.

    Meira era flor y miel de nuestra patria. Sus antepasados son originarios del Líbano impregnado de antiguas culturas. Las remotas herencias orientales explican la fina y refinada personalidad humana de Olga Chams, capaz de sacrificar un mundo para hallarse a su propia altura.

    Bajo el seudónimo de Meira Delmar se ocultó cuando la revista Vanidades de La Habana publicó sus primeros poemas. Su obra literaria resume la unidad de una vida modelada por el ritmo en una honda melodía, jubilosa en los versos marineros con las gaviotas y las barcas pescadoras, lejana en milenios de añoranzas cuando el amor madrugó en romanzas y elegías.

    LIBROS PUBLICADOS

    * Alba de Olvido (1942)

    * Sitio del Amor (1944)

    * Verdad del Sueño (1946)

    * Secreta Isla (1951)

    * Sus Mejores Versos. Antología (1957)

    * Poesía (Antología bilingüe en italiano y español, 1970)

    * Huésped sin Sombras (1971)

    * Reencuentro (1981)

    * Laúd Memorioso (1995) y Alguien pasa (1998)

      Raíz antigua

    No es de ahora este amor.
    No es en nosotros
    donde empieza a sentirse enamorado
    este amor por amor, que nada espera.
    Este vago misterio que nos vuelve
    habitantes de niebla entre los otros.
    Este desposeído
    amor, sin tardes que nos miren juntos
    a través de los trigos derramados
    como un viento de oro por la tierra;
    este extraño
    amor,
    de frío y llama,
    de nieve y sol, que nos tomó la vida,
    aleve, sigiloso, a espaldas nuestras,
    en tanto que tú y yo, los distraídos,
    mirábamos pasar nubes y rosas
    en el torrente azul de la mañana.
    No es de ahora. No.
    De lejos viene
    -de un silencio de siglos,
    de un instante
    en que tuvimos otro nombre y otra
    sangre fugaz nos inundó las venas-,
    este amor por amor,
    este sollozo
    donde estamos perdidos en querernos
    como en un laberinto iluminado.

    Muerte mía
    La muerte no es quedarme
    con las manos ancladas
    como barcos inútiles
    a mis propias orillas,
    ni tener en los ojos,
    tras la sombra del párpado,
    el último paisaje
    hundiéndose en sí mismo.
    La muerte no es sentirme
    fija en la tierra oscura
    mientras mueve la noche
    su gajo de luceros,
    y mueve el mar profundo
    las naves y los peces,
    y el viento mueve estíos,
    otoños, primaveras.
    ¡Otra cosa es la muerte!
    Decir tu nombre una
    y una vez en la niebla
    sin que tornes el rostro
    a mi rostro, es la muerte.
    Y estar de ti lejana
    cuando dices: "La tarde
    vuela sobre las rosas
    como un ala de oro".
    La muerte es ir borrando
    caminos de regreso
    y llegar con mis lágrimas
    a un país sin nosotros,
    y es saber que pregunta
    mi corazón en vano,
    ya para siempre en vano,
    por tu melancolía.
    Otra cosa es la muerte.

    El Milagro


    Pienso en ti.

    La tarde,

    no es una tarde más;

    es el recuerdo

    de aquella, otra, azul,

    en que se hizo

    el amor en nosotros

    como un día la luz en las tinieblas.

    Y fue entonces más clara

    la estrella, el perfume

    del jazmín más cercano,

    menos

    punzantes las espinas.

    Ahora

    al evocarlo creo

    haber sido testigo

    de un milagro.



    Reclamo


    ¡Amor! ¡Amor! ¡Qué has hecho de mi vida!

    Mi vida que era como una agua mansa,

    como una agua ceñida...

    Antes de ti, qué fácil para el alma

    la espera de sus pasos y qué fácil

    su ligera partida...!

    Antes de ti qué fácil la ventura

    frente a la lluvia clara y el silencio

    de las tardes dormidas...!

    Pero contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia"

    ni me da su regalo de sonrisas,

    y es tortura el silencio cuando pasa

    por las tardes dormidas...

    Antes de ti, qué fácil el olvido

    del país todo rutas para el sueño

    que detrás de tus ojos existía...

    Antes de ti, ¡qué fácil el momento

    de la estrella primera, sobre el Ángelus

    brillando sorprendida!

    Pero contigo, Amor, cómo se vuelven

    la estrella y olvidar angustia viva...

    Cómo tus manos claras, inasibles,

    la dulzura me trizan...

    Contigo, Amor, este fingido gozo

    mientras el alma cuenta sus espinas,

    y esta quebrada voz para su nombre,

    y este afán inquietando la alegría...

    Contigo este decir atribulado...

    ¡Amor! ¡Amor! Qué has hecho de mi vida!



    Corazón


    Este es mi corazón. Mi enamorado

    corazón, delirante todavía.

    Un ángel en azul de poesía

    le tiene para siempre traspasado.

    En él, como en un río sosegado,

    el cielo es de cristal y melodía.

    Y a su dulce comarca llegó un día

    con un paso de niño iluminado.

    Este es mi corazón. La primavera

    que inaugura las rosas, vana fuera

    sin su espejo de gozos repetido.

    Y vano el tiempo del amor que mueve

    las alas de los sueños, y conmueve

    la sangre con su canto sostenido.


     


     

    Olvido


     

    Ha de pasar la vida. Ha de llegar la muerte.

    He de quedar tendida bajo la tierra, inerte,

    insensible, callada, como estatua de cera

    que al romperse en pedazos abandonada fuera.


    Ya sin brillo los ojos que te siguen ahora

    con miradas que besan y besos que te imploran,

    y muy quieta la inquieta ambición de caminos

    que embriagada me tiene como mágico vino...


    Ha de pasar la vida. Ha de llegar el largo

    dolor de estar sin verte. Acaso el grito amargo

    de tu angustia la tierra estremezca un momento..

    Mas, después, poco a poco callará tu lamento.


    Y de nuevo otro paso, no mi paso ligero,

    a compás con el tuyo cruzará los senderos,

    y otro labio ¡no el mío! te dirá que la vida

    es hermosa: "...La rama que se da florecida,


    el temblor del lucero, y la nube, y el canto,

    alegría te enseñan... Es inútil el llanto...!"

    Y una vez más el viento jugará con tu risa,

    y miel pura en tu boca otra boca sumisa


    dejará bien amado, mientras rueda el estío...!

    Y tal vez cuando lleguen esos días sombríos,

    en que llora la lluvia su dolor lentamente,

    y en las sombras el paso del misterio se siente


    surgiré en tu recuerdo con aquella encantada

    vaguedad de las cosas hace tiempo olvidadas,

    que retornan a veces en la luna de oro,

    en lo triste de un verso, en el eco sonoro


    de un arroyo que pasa... Y dirás: "¿Cómo era

    la mujer que yo quise una azul primavera

    en que estaban los campos aromados y llenos

    de rumores festivos bajo el cielo sereno...?


    ¿Eran claros sus ojos? ¿me embriagó su dulzura?

    ¿Sus cabellos... tenían de las mieses maduras

    el color milagroso? ¿Era leve su mano?

    ¿Sonreía? ¿Lloraba? ...". ¡Y tu afán será en vano!


    La mujer que quisiste una azul primavera

    y cruzó de tu brazo por caminos y eras.

    volverá a ti sin llanto, ni color, ni sonrisa

    -como un poco de bruma que deshace la brisa


    sobre el río cansado -imprecisa, distante,

    como estrella que rueda temblorosa un instante

    y se pierde en la noche... ¡Y ya nunca sabrás

    si me hallaste en la vida o en un sueño no más!


     

     

     

     

     

     

     

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    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA, MÁXIMO POETA COLOMBIANO

    José Asunción Silva, máximo colombiano

     

    José Asunción Silva (Bogotá 1865 – 1896)

    Precursor del modernismo en Colombia y uno de sus principales poetas. El “Nocturno” es considerado una obra maestra.

     


     

    Nocturno I

    A veces, cuando en alta noche tranquila,
    Sobre las teclas vuela tu mano blanca,
    Como una mariposa sobre una lila
    Y al teclado sonoro notas arranca,
    Cruzando del espacio la negra sombra
    Filtran por la ventana rayos de luna,
    Que trazan luces largas sobre la alfombra,
    Y en alas de las notas a otros lugares,
    Vuelan mis pensamientos, cruzan los mares,
    Y en gótico castillo donde en las piedras
    Musgosas por los siglos, crecen las yedras,
    Puestos de codos ambos en tu ventana
    Miramos en las sombras morir el día
    Y subir de los valles la noche umbría
    Y soy tu paje rubio, mi castellana,
    Y cuando en los espacios la noche cierra,
    El fuego de tu estancia los muebles dora,
    Y los dos nos miramos y sonreímos
    Mientras que el viento afuera suspira y llora!
    .....................................................................................
    ¡Cómo tendéis las alas, ensueños vanos,
    cuando sobre las teclas vuelan tus manos!


     

    NOCTURNO II

     

    Poeta, di paso
    ¡Los furtivos besos!...

    ¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
    Allí ni un solo rayo... Temblabas y eras mía.
    Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
    Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
    El contacto furtivo de tus labios de seda...
    La selva negra y mística fue la alcoba sombría...

    En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda ...
    Filtró luz por las ramas cual si llegará el día,
    Entre las nieblas pálidas la luna aparecía...

    Poeta, di paso
    ¡Los íntimos besos!

    ¡Ah, de las noches dulces me acuerdo todavía!
    En señorial alcoba, do la tapicería
    Amortiguaba el ruido con sus hilos espesos
    Desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos;
    Tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,


    Tus cabellos dorados y tu melancolía
    Tus frescuras de virgen y tu olor de reseda...
    Apenas alumbraba la lámpara sombría
    Los desteñidos hilos de la tapicería.

    Poeta, di paso
    ¡El último beso!

    ¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
    El ataúd heráldico en el salón yacía,
    Mi oído fatigado por vigilias y excesos,
    ¡Sintió como a distancia los monótonos rezos!
    Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,
    La llama de los cirios temblaba y se movía,
    Perfumaba la atmósfera un olor de reseda,
    Un crucifijo pálido los brazos extendía
    ¡Y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía!


     


    NOCTURNO III

    Una noche
    una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
    Una noche
    en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
    a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
    muda y pálida
    como si un presentimiento de amarguras infinitas,
    hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
    por la senda que atraviesa la llanura florecida
    caminabas,
    y la luna llena
    por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
    y tu sombra
    fina y lángida
    y mi sombra
    por los rayos de la luna proyectada
    sobre las arenas tristes
    de la senda se juntaban.

    Y eran una
    y eran una
    ¡y eran una sola sombra larga!
    ¡y eran una sola sombra larga!
    ¡y eran una sola sombra larga!

    Esta noche
    solo, el alma
    llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
    separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
    por el infinito negro,
    donde nuestra voz no alcanza,
    solo y mudo
    por la senda caminaba,
    y se oían los ladridos de los perros a la luna,
    a la luna pálida
    y el chillido
    de las ranas,
    sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
    tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
    ¡entre las blancuras níveas
    de las mortüorias sábanas!
    Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
    Era el frío de la nada...

    Y mi sombra
    por los rayos de la luna proyectada,
    iba sola,
    iba sola
    ¡iba sola por la estepa solitaria!
    Y tu sombra esbelta y ágil

    fina y lánguida,
    como en esa noche tibia de la muerta primavera,
    como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
    se acercó y marchó con ella,
    se acercó y marchó con ella,
    se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
    ¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...


     


     


     




    UN POEMA

    Soñaba en ese entonces en forjar un poema,

    de arte nervioso y nuevo obra audaz y suprema,

    escogí entre un asunto grotesco y otro trágico

    llamé a todos los ritmos con un conjuro mágico

    Y los ritmos indóciles vinieron acercándose,

    juntándose en las sombras, huyéndose y buscándose,

    ritmos sonoros, ritmos potentes, ritmos graves,

    unos cual choques de armas, otros cual cantos de aves,

    de Oriente hasta Occidente, desde el Sur hasta el Norte

    de metros y de formas se presentó la Corte.

    Tascando frenos áureos bajo las riendas frágiles

    cruzaron los tercetos, como corceles ágiles

    abriéndose ancho paso por entre aquella grey

    vestido de oro y púrpura llegó el soneto rey,

    y allí cantaron todos... Entre la algarabía,

    me fascinó el espíritu, por su coquetería

    alguna estrofa aguda que excitó mi deseo,

    con el retintín claro de su campanilleo.

    Y la escogí entre todas... Por regalo nupcial

    le di unas rimas ricas, de plata y de cristal.

    En ella conté un cuento, que huyendo lo servil

    tomó un carácter trágico, fantástico y sutil,

    era la historia triste, desprestigiada y cierta

    de una mujer hermosa, idolatrada y muerta,

    y para que sintieran la amargura, exprofeso

    junté sílabas dulces como el sabor de un beso,

    bordé las frases de oro, les di música extraña

    como de mandolinas que un laúd acompaña,

    dejé en una luz vaga las hondas lejanías

    llenas de nieblas húmedas y de melancolías

    y por el fondo oscuro, como en mundana fi esta,

    cruzan ágiles máscaras al compás de la orquesta,

    envueltas en palabras que ocultan como un velo,

    y con caretas negras de raso y terciopelo,

    cruzar hice en el fondo las vagas sugestiones

    de sentimientos místicos y humanas tentaciones...

    Complacido en mis versos, con orgullo de artista,

    les di olor de heliotropos y color de amatista...

    Le mostré mi poema a un crítico estupendo...

    Y lo leyó seis veces y me dijo... «¡No entiendo!».

     

     

     



    I

     

     

     

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    GREGORIO GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, CLÁSICO DE LA POESÍA ANTIOQUEÑA

    Gregorio Gutiérrez González, clásico de la poesía antioqueña

     

    Gregorio Gutiérrez González (La Ceja del Tambo 1826 – Medellín 1872).

     

    Uno de los poetas más americanos que ha existido”, dijo de él don Marcelino Menéndez y Pelayo. Su poema “Memoria del cultivo del maíz en Antioquia” es un viaje épico por la siembra de este grano, en un lenguaje bucólico, regional, sencillo. “Yo no escribo español sino antioqueño”, afirmaba.

     

     

    ¿ POR QUÉ NO CANTO ?

     

    ¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma

    que cuando asoma en el oriente el sol,

    con tierno arrullo su canción levanta,

    y alegre canta

    la dulce aurora de su dulce amor?

    ¿Y no la has visto cuando el sol avanza

    y ardiente lanza rayos del cenit,

    que, fatigada, tiende silenciosa

    ala amorosa

    sobre su nido, y calla, y es feliz?

    Todos cantamos en la edad primera

    cuando hechicera inspíranos la edad,

    y publicamos necios, indiscretos,

    muchos secretos

    que el corazón debiera sepultar.

    Cuando al encuentro del placer salimos,

    cuando sentimos el primer amor,

    entusiasmados de placer cantamos,

    y evaporamos

    nuestra dicha al compás de una canción.

    Debe cantar el que en su pecho siente

    que brota ardiente su primer amor;

    debe cantar el corazón que, herido,

    llora afl igido,

    si ha de ser inmortal su inspiración.

    Porque la lira, en cuyo pie grabado

    un nombre amado por nosotros fue,

    debe a los cielos levantar sus notas,

    o hacer que rotas

    todas sus cuerdas para siempre estén.

    Pero cantar cuando insegura y muerta

    la voz incierta triste sonará...

    pero cantar cuando jamás se eleva

    y el aire lleva

    perdida la canción...¡triste es cantar!

    ¡Triste es cantar cuando se escucha al lado

    de enamorado trovador la voz!

    ¡Triste es cantar cuando impotentes vemos

    que no podemos

    nuestras voces unir a la canción!

    Mas tú debes cantar. Tú con tu acento

    al sentimiento más nobleza das;

    tus versos pueden, fáciles y tiernos,

    hacer eternos

    tu nombre y tu laúd... ¡Debes cantar!

    ¡Canta, y arrulle tu canción sabrosa

    mi silenciosa, humilde oscuridad!

    Canta, que es solo a los aplausos dado

    con eco prolongado

    tu voz interrumpir... ¡Debes cantar!

    Pero no puedes, como yo he podido,

    en el olvido sepultarte tú;

    que sin cesar y por doquier resuena

    y el aire llena

    la dulce vibración de tu laúd.

    No hay sombras para ti. Como el cocuyo,

    el genio tuyo ostenta su fanal;

    y huyendo de la luz, la luz llevando

    sigue alumbrandolas mismas sombras que buscando va.

     

    MEMORIA SOBRE EL CULTIVO DEL MAIZ EN ANTIOQUIA

     

    CAPITULO I
    De los terrenos propios para el cultivo, y manera de hacerse los barbechos, que decimos rozas.

    Buscando en dónde comenzar la Roza,

    De un bosque primitivo la espesura,
    Treinta peones y un patrón por jefe
    Van recorriendo en silenciosa turba.

    Vestidos todos de calzón de manta,
    Y de camisa de coleta cruda,
    Aquél a la rodilla, ésta a los codos,
    Dejan sus formas de titán desnudas

    El sombrero de caña con el ala
    Prendida de la copa con la aguja,
    Deja mirar el bronceado rostro
    Que la bondad y la franqueza anuncia.

    Atado por detrás con la correa
    Que el pantalón sujeta a la cintura,
    Con el recado de sacar candela,
    Llevan repleto su carriel de nutria.

    Envainado y pendiente del costado
    Va su cuchillo de afilada punta;
    Y en fin, al hombro, con marcial despejo,
    El calabozo que en el sol relumbra.

    Al fin eligen un tendón de tierra
    Que dos quebradas serpeando cruzan,
    En el declive de una cuesta amena,
    Poco cargada de maderas duras.

    Y dan principio a socolar el monte,
    Los peones formados en columna;
    A seis varas distante uno de otro
    Marchan de frente con presteza suma.

    Voleando el calabozo a un lado y otro,
    Que relámpagos forma en la espesura,
    Los débiles arbustos, los helechos
    Y los bejucos por doquiera truncan.

    Las matambas, los chusques, los carrizos,
    Que formaban un toldo de verdura,
    Todo deshecho y arrollado cede
    Del calabozo a la encorvada punta.

    Con el rastro encendido, jadeantes,
    Los unos a los otros se estimulan;
    Ir adelante alegres quieren todos,
    Romper la fila cada cual procura.

    Cantando a todo pecho la guabina,
    Canción sabrosa, dejativa y ruda,
    Ruda cual las montañas antioqueñas
    Donde tiene su imperio y fue su cuna.

    No miran en su ardor a la culebra
    Que entre las hojas se desliza en fuga
    Y presurosa en su sesgada marcha,
    Cinta de azogue, abrillantada undula;

    Ni de monos observan las manadas
    Que por las ramas juguetonas cruzan;
    Ni se paran a ver de aves alegres
    Las mil bandadas de pintadas plumas;

    Ni ven los saltos de la inquieta ardilla,
    Ni las nubes de insectos que pululan,
    Ni los verdes lagartos que huyen listos,
    Ni el enjambre de abejas que susurra.

    Concluye la socola. De malezas
    Queda la tierra vegetal desnuda.
    Los árboles elevan sus cañones
    Hasta perderse en prodigiosa altura.

    Semejantes de un templo a los pilares
    Que sostienen su toldo de verdura;
    Varales largos de ese palio inmenso,
    De esa bóveda verde altas columnas.

    El viento, en su follaje entretejido,
    Con voz ahogada y fúnebre susurra,
    Como un eco lejano de otro tiempo,
    Como un vago recuerdo de ventura.

    Los árboles sacuden sus bejucos,
    Cual destrenzada cabellera rubia
    Donde tienen guardados los aromas
    Con que el ambiente, en su vaivén, perfuman.

    De sus copas galanas se desprende
    Una constante, embalsamada lluvia
    De frescas flores, de marchitas hojas,
    Verdes botones y amarillas frutas.

    Muestra el cachimbo su follaje rojo,
    Cual canastillo que una ninfa pura
    En la fiesta del Corpus, lleva ufana
    Entre la virgen, inocente turba.

    El guayacán con su amarilla copa
    Luce a lo lejos en la selva oscura,
    Cual luce entre las nubes una estrella,
    Cual grano de oro que la jagua oculta.

    El azucena, el floro-azul, el caunce
    Y el yarumo, en el monte se dibujan
    Como piedras preciosas que recaman
    El manto azul que con la brisa undula.

    Y sobre ellos gallarda se levanta,
    Meciendo sus racimos en la altura,
    Recta y flexible la altanera palma,
    Que aire mejor entre las nubes busca.

    Ved otra vez a los robustos peones
    Que el mismo bosque secular circundan;
    Divididos están en dos partidas,
    Y un capitán dirige cada una.

    Su alegre charla, sus sonoras risas,
    No se oyen ya, ni su canción se escucha;
    De una grave atención cuidado serio
    Se halla pintado en sus facciones rudas.

    En lugar del ligero calabozo
    La hacha afilada con su mano empuñan;
    Miran atentos el cañón del árbol,
    Su comba ven, su inclinación calculan.

    Y a dos manos el hacha levantando,
    Con golpe igual y precisión segura,
    Y redoblando golpes sobre golpes,
    Cansan los ecos de la selva augusta.

    Anchas astillas y cortezas leves
    Rápidamente por el aire cruzan;
    A cada golpe el árbol se estremece,
    Tiemblan sus hojas, y vacila... y duda...

    Tembloroso un momento cabecea,
    Cruje en su corte, y en graciosa curva
    Empieza a descender, y rechinando
    Sus ramas enlazadas se apañuzcan;

    Y silbando al caer, cortando el viento,
    Despedazado por los aires zumba...
    Sobre el tronco el peón apoya el hacha
    Y el trueno, al lejos, repetir escucha.

    Las tres partidas observad. A un tiempo
    Para echar una galga se apresuran;
    En tres faldas distintas, el redoble
    Se oye del hacha en variedad confusa.

    Un fila de árboles picando,
    Sin hacerlos caer, está la turba,
    Y arriba de ellos, para echarlo encima,
    El más copudo por madrino buscan.


    Y recostando andamios en su tronco
    Para cortarlo a regular altura,
    Sobre las bambas y al andamio trepan
    Cuatro peones con destreza suma.

    Y en rededor del corpulento tronco
    Sus hachas baten y a compás sepultan,
    Y repiten hachazos sobre hachazos
    Sin descansar, aunque en sudor se inundan.

    Y vencido por fin, cruje el madrino,
    Y el otro más allá: todos a una,
    Las ramas extendidas enlazando,
    Con otras ramas enredadas pugnan;

    Y abrazando al caer los de adelante,
    Se atropellan, se enredan y se empujan,
    Y así arrollados en revuelta tromba
    En trueno sordo, aterrador, retumban...

    El viento azota el destrozado monte,
    Leves cortezas por el aire cruzan,
    Tiembla la tierra, y el estruendo ronco
    Se va a perder en las lejanas grutas.

    Todo queda en silencio. Acaba el día,
    Todo en redor desolación anuncia.
    Cual hostia santa que se eleva al cielo
    Se alza callada la modesta luna.

    Troncos tendidos, destrozadas ramas,
    Y un campo extenso desolado alumbra,
    Donde se ven como fantasmas negros
    Los viejos troncos, centinelas mudas.


     

    CAPITULO II
    Que trata de la limpia y abono de los terrenos, muy especialmente por el método de la quema. De la manera de hacer las habitaciones, y de la siembra.

    Un mes se pasa. El sol desde la altura
    Manda a la Roza, vertical su rayo;
    Ya los troncos, las ramas y las hojas
    Han tostado los vientos del verano.

    Las hojas en las ramas se encartuchan,
    Sobre los troncos se blanquean los ramos,
    Y las secas cortezas se desprenden,
    De trecho en trecho, de los troncos largos.

    Aquí y allá la enredadera verde
    Tímida muestra sus primeros tallos,
    La guadua ostenta su primer retoño
    De terciopelo de color castaño.

    Ya el verano llegó para la quema;
    La Candelaria ya se va acercando,
    Es un domingo a medio día.
    El viento Barre las nubes en el cielo claro.

    Por la orilla del monte los peones
    Vagan al rededor del derribado,
    Con los hachones de cortezas secas
    Con flexibles bejucos amarrados.

    Prenden la punta del hachón con yesca,
    Y brotando la llama al ventearlo
    Varios fogones en contorno encienden,
    La Roza toda en derredor cercando.

    Lame la llama con su inquieta lengua
    La blanca barba a los tendidos palos;
    Prende en las hojas y chamizas secas,
    Y se avanza, temblante, serpeando.

    Vese de lejos la espiral del humo
    Que tenue brota caprichoso y blanco,
    O lento sube en copos sobre copos,
    Como blanco algodón escarmenado.

    La llama crece; envuelve la madera
    Y se retuerce en los nudosos brazos,
    Y silba, y desigual chisporrotea,
    Lenguas de fuego por doquier lanzando.

    Y el fuego envuelto en remolinos de humo,
    Por los vientos contrarios azotado
    Se alza a los cielos, o a lo lejos prende
    Nuevas hogueras con creciente estrago.

    Ensordecen los aires el traquido
    De las guaduas y troncos reventando,
    Del huracán el mugidor empuje,
    De las llamas el trueno redoblado.

    Y nubes sobre nubes se amontonan
    Y se elevan el cielo encapotando
    De un humo negro que arrebata chispas,
    Pardas cenizas y quemados ramos.

    Aves y fieras asustadas huyen;
    Pero encuentran el fuego a todos lados,
    El fuego, que se avanza lentamente,
    Estrechando su círculo incendiario.

    Al ave que su prole dejar teme,
    La encierra el humo al rededor volando,
    Y con sus alas chamuscadas cae
    Junto del nido que le fue tan caro.

    Aquí y allá se vuelve la serpiente,
    Buscando una salida, y en su espanto
    Se exaspera, se enrosca, se retuerce,
    Y el fuego cierra el reducido campo.

    Del aire al soplo se dilata el humo
    Hasta que llena el anchuroso espacio;
    Rosados se perciben los objetos;
    Redondo y rojo el sol se ve sin rayos.

    Sobre el monte, la Roza y el contorno
    Tiende la noche su callado manto,
    Bordado con las chispas del incendio,
    Que parecen cocuyos revolando.

    Se ve de lejos la quemada Roza,
    Con los restos del fuego no apagado,
    Donde brillan inciertos mil fogones,
    Cual vivac de un ejército acampado.

    El lunes de mañana, los peones
    Van, en la Roza, a improvisar un rancho;
    Como hormigas arrieras se dispersan
    Los materiales cada cual buscando.

    Van llegando cargados con horquetas,
    Estantillos, soleras, encañados,
    Latas y paja y ruedas de bejuco,
    En un plancito, todo amontonado.

    En línea recta clavan tres horquetas,
    La cumbrera sobre ellas levantando,
    Para formar el, rancho vara en tierra,
    Con un pequeño alar al otro lado.

    Los encañados con bejuco amarran,
    En la larga cumbrera recostados,
    Y formando sobre ellos una reja
    Concluyen con destreza el enlatado.

    Empezando de abajo para arriba,
    El rancho en derredor van empajando,
    Pajas diversas confundidas mezclan;
    Palmicho, santainés y rabihorcado.

    Y después de formarle el caballete
    Lo dividen en dos con un cercado.
    Del un lado colocan la cocina,
    De habitación sirviendo el otro lado.

    Hacen la barbacoa, en que colocan
    Las ollas, las cucharas y los platos;
    Ponen la vara de colgar la carne,
    Y las tres piedras de fogón debajo.

    La piedra de moler en cuatro estacas
    Aseguran muy bien, y en otras cuatro
    Una cuyabra aparadora ponen,
    Y a su lado, con agua, un calabazo.

    Es hora de sembrar. Ya los peones
    Con el catabre sembrador terciado,
    Se colocan en fila al pie del monte,
    Guardando de distancia cuatro pasos;

    Y con un largo recatón de punta
    Hacen los hoyos con la diestra mano,
    Donde arrojan mezclada la semilla:
    Un grano de frisol, de maíz cuatro.

    Dan con el mismo recatón un golpe
    Sobre el terrón para cubrir el grano,
    Y otros hoyos haciendo, en recto surco,
    Siguen de frente y avanzando un paso.

    Se miran desplegados en guerrilla,
    Como haciendo ejercicio los soldados;
    Como blancas manadas de corderos,
    Sobre el oscuro fondo del quemado.

    Cantando alegres, siempre la guabina,
    Teñidos de carbón, siguen sembrando,
    Haciendo calles paralelas, rectas...
    Y al llegar la oración vuelven al rancho.


    CAPITULO III


    Método sencillo de regar las sementeras, y provechosas advertencias para espantar los animales que hacen daño en los granos.

    Hoy es domingo. En el vecino pueblo
    Las campanas con júbilo repican,
    Del mercado en la plaza ya hormiguean
    Los campesinos al salir de misa.

    Hoy han resuelto los vecinos todos
    Hacer a la patrona rogativa,
    Para pedirle que el verano cese,
    Pues lluvia ya las rozas necesitan.

    De golpe el gran rumor calla en la plaza,
    El sombrero, a una vez, todos se quitan....
    Es que a la puerta de la iglesia asoma
    La procesión en prolongada fila.

    Va detrás de la cruz y los ciriales
    Una imagen llevada en andas limpias,
    De la que siempre, aun en imagen tosca
    Llena de gracia y de pureza brilla.

    Todo el pueblo la sigue, y en voz baja
    Sus oraciones cada cual recita,
    Suplicando a los cielos que derramen
    Fecunda lluvia que la tierra ansía.

    ¡Hay algo de sublime, algo de tierno
    En aquella oración pura y sencilla,
    Inocente paráfrasis del pueblo,
    Del "Danos hoy el pan de cada día!"

    Nuestro patrón y el grupo de peones
    Mezclados en la turba se divisan
    Murmurando sus rezos, porque saben
    Que Dios su oreja a nuestro ruego inclina.

    Pero, no. Yo no quiero con vosotros
    Asistir a esa humilde rogativa;
    Porque todos nosotros somos sabios,
    Y no quisimos asistir a misa.

    Y ya la moda va quitando al pueblo
    El único tesoro que tenía.
    (Una duda me queda solamente:
    ¿Con qué le pagará lo que le quita?)

    Brotaron del maíz en cada hoyo
    Tres o cuatro maticas amarillas,
    Que con dos hojas anchas y redondas
    La tierna mata de frisol abriga.

    Salpicada de estrellas de esmeralda
    Desde lejos la Roza se divisa;
    Manto real de terciopelo negro
    Que las espaldas de un titán cobija.

    Aborlonados sus airosos pliegues
    Formados de cañadas y colinas;
    Con el humo argentado de su rancho,
    De sus quebradas con la blanca cinta.

    El maíz con las lluvias va creciendo
    Henchido de verdor y lozanía,
    Y en torno dél, entapizando el suelo,
    Va naciendo la yerba entretejida.

    Por doquiera se prenden los bejucos
    Que la silvestre enredadera estira;
    Y en florida espiral trepando, envuelve
    Las cañas del maíz la batatilla.

    Sobre esa alfombra de amarillo y verde
    Los primeros retoños se divisan,
    Que en grupos brotan del cortado tronco
    Al cual su savia exuberante quitan.

    Ya llegó la deshierba; la ancha Roza
    De peones invade la cuadrilla,
    Y armados de azadón y calabozo
    La yerba toda y la maleza limpian.

    Queda el maíz en toda su belleza,
    Mostrando su verdor en largas filas,
    En las cuales se ve la frisolera,
    Con lujo tropical entretejida.

    ¡Qué bello es el maíz! Mas la costumbre
    No nos deja admirar su bizarría,
    Ni agradecer al cielo ese presente,
    Sólo porque lo da todos los días.

    El don primero que con mano larga
    Al Nuevo Mundo el Hacedor destina;
    El más vistoso pabellón que undula
    De la virgen América en las cimas.

    Contemplad una mata. A cada lado
    De su caña robusta y amarilla,
    Penden sus tiernas hojas arqueadas,
    Por el ambiente juguetón mecidas.

    Su pie desnudo muestra los anillos
    Que a trecho igual sobre sus nudos brillan,
    Y racimos de dedos elegantes,
    En los cuales parece que se empina.

    Más distantes las hojas hacia abajo,
    Más rectas y agrupadas hacia arriba,
    Donde empieza a mostrar tímidamente
    Sus blancos tilos la primera espiga,

    Semejante a una joven de quince años,
    De esbeltas formas y de frente erguida,
    Rodeada de alegres compañeras
    Rebosando salud y ansiando dicha.

    Forma el viento al mover sus largas hojas,
    El rumor de dulzura indefinida
    De los trajes de seda que se rozan
    En el baile de bodas de una niña.

    Se despliegan al sol y, se levantan
    Ya doradas, temblando, las espigas,
    Que sobresalen cual penachos jaldes
    De un escuadrón en las revueltas filas.

    Brota el blondo cabello del Pilote,
    Que muellemente al despuntar se inclina;
    El manso viento con sus hebras juega
    Y cariñoso el sol las tuesta y riza.

    La mata el seno suavemente abulta
    Donde la tusa aprisionada cría,
    Y allí los granos como blancas perlas,
    Cuajan envueltos en sus hojas finas.

    Los chócolos se ven a cada lado,
    Como rubios gemelos que reclinan,
    En los costados de su joven madre,
    Sus doradas y tiernas cabecitas.

    El pajarero, niño de diez años,
    Desde su andamio sin cesar vigila
    Las bandadas de pájaros diversos,
    Que hambrientos vienen a ese mar de espigas.

    En el extremo de una vara larga
    Coloca su sombrero y su camisa;
    Y silbando, y cantando, y dando gritos,
    Días enteros el sembrado cuida.

    Con su churreta de flexibles guascas
    Que fuertemente al agitar rechina;
    Desbandadas las aves se dispersan
    Y fugitivas corren las ardillas.

    Los pericos en círculos volando
    En caprichosas espirales giran;
    Dando al sol su plumaje de esmeralda
    Y al aire su salvaje algarabía.

    Y sobre el verde manto de la Roza
    El amarillo de los taches brilla,
    Como onzas de oro en la carpeta verde
    De una mesa de juego repartidas.

    Meciéndose galán y enamorado,
    Gentil turpial en la flexible espiga,
    Rubí con alas de azabache, ostenta
    Su bella pluma y su canción divina.

    El duro pico del chamán desgarra
    De las hojas del chócolo las fibras,
    Dejando ver los granos, cual los dientes
    De una bella al través de su sonrisa.

    Cuelga el gulungo su oscilante nido
    De un árbol en las ramas extendidas,
    Y se columpia blandamente al viento,
    Incensario de rústica capilla.

    La boba, el carriquí, la guacamaya,
    El afrechero, el diostedé, la mirla,
    Con sus pulmones de metal que aturden,
    Cantan, gritan, gorjean, silban, chillan.


    CAPITULO IV


    De la recolección de frutos y de cómo deben alimentarse los trabajadores.

    Es el amanecer de un día de junio;
    El sol no asoma, pero ya blanquea
    Por el oriente el aplomado cielo,
    Con la sonrisa de su luz primera.

    Ya dio el gurri su fúnebre chillido
    Largo y agudo, en la vecina selva;
    Ya la Roza se va cubriendo en partes
    Con los jirones de su chal de nieblas.

    Lanza la choza cual penacho blanco
    La vara de humo que se eleva recta;
    Es que antes que el sol y que las aves
    Se levantó, al fogón, la cocinera.

    Ya tiene preparado el desayuno
    Cuando el peón más listo se despierta;
    Chocolate de harina en coco negro
    Recibe cada cual, con media arepa.

    Con un costal terciado cada uno
    Todos saliendo van; sólo se queda
    El muchacho que debe cargar agua,
    Fregar los trastos y rajar la leña.

    Van a coger frisoles; por la Roza
    Los peones sin orden se dispersan
    Cogiendo a manotadas los racimos
    Que de las matas enredados cuelgan.

    Los chócolos picados por las aves
    Cogen también, y los que están en tierra
    Echan en el costal y los revuelven
    De los frisoles con las vainas secas.

    El que llena su tercio a vaciarlo
    Va en el rancho, y se vuelve a la faena;
    Y llenando y vaciando sus costales
    Siguen sin descansar hasta que almuerzan.

    Mientras que van y vuelven los peones
    Que han almorzado ya, la cocinera,
    Infatigable y siempre con buen modo,
    Se ocupa sin cesar en sus tareas.

    En la misma cuyabra aparadora
    Pone el maíz a remojar, y deja
    La mitad para hacer la mazamorra,
    La otra mitad para moler la arepa.

    Era la cocinera una muchacha
    Agil, arrutanada, alta y morena,
    Que su saya de fula con el chumbe
    En su cintura arregazada lleva.

    Descubiertas los brazos musculosos
    Y la redonda pantorrilla muestra
    Con inocente libertad, pues sabe
    Que sólo para andar sirven las piernas.

    Medio cubre su seno prominente
    La camisa de tira de arandela,
    En donde se sepulta su rosario
    Con sus cuentas de oro y su pajuela.

    Un poco cortas, negras y brillantes,
    De su crespo cabello las dos trenzas,
    Rematando sus puntas en cachumbos,
    Graciosamente por la espalda cuelgan.

    Pero vedla cascando mazamorra,
    O moliendo en su trono, que es la piedra;
    A su vaivén cachumbos y mejillas,
    Arandelas y seno, todo tiembla.

    Arreglado el fogón alza dos ollas,
    Y los frisoles echa en la pequeña;
    Va en la grande a poner la mazamorra,
    De su quehacer la operación más seria.

    Se moja en agua-masa las dos manos,
    Las pone encima de ceniza fresca,
    Las sacude muy bien, y en la agua-masa
    Las lava luego y la ceniza deja.

    De agua-masa y arroz llena la olla,
    Le echa la bendición, y la menea
    Con el ahumado mecedor de palo;
    Sopla el fogón y aviva la candela.

    Acaba de moler, y con la masa
    Va extendiendo en las manos las arepas,
    Que coloca después en la cayana;
    Ya tostadas de un lado, las voltea.

    Y luego las entierra en el rescoldo,
    Y brasas amontona encima de ellas,
    Y chócolos encima de las brasas
    Pone a asar recostados a las piedras:

    Estos se van dorando poco a poco;
    Los granos al calor se caponean
    Y exhalan un olor... que aun los peones
    Cuando vienen, un chócolo se llevan.

    A las dos de la tarde suena el cacho
    Para que todos hacia el rancho vengan,
    Pues ya está la comida. Van llegando
    Y en el suelo sentados forman rueda.

    El muchacho que ayuda en la cocina
    Reparte a los peones las arepas;
    De frisoles con carne de marrano
    Un plato lleno a cada par entrega.

    En seguida les da la mazamorra,
    Que algunas de ellos con la leche mezclan;
    Otros se bogan el caliente claro
    Y se toman la leche con la arepa.

    Medio cuarto de dulce melcochudo
    Les sirve para hacer la sobremesa,
    Y una totuma rebosando de agua
    Su comida magnífica completa.

    ¡Salve, segunda trinidad bendita,
    Salve, frisoles, mazamorra, arepa!
    Con nombraros no más se siente hambre.
    "¡No muera yo sin que otra vez os vea!"

    Pero hay ¡gran Dios! algunos petulantes,
    Que sólo porque han ido a tierra ajena,
    Y han comido jamón y carnes crudas,
    De su comida y su niñez reniegan.

    Y escritores parciales y vendidos
    De las papas pregonan la excelencia,
    Pretendiendo amenguar la mazamorra,
    Con la calumnia vil, sin conocerla.

    Yo quisiera mirarlos en Antioquia
    Y presentarles la totuma llena
    De mazamorra de esponjados granos,
    Más blancos que la leche en que se mezclan;

    Que metieran en ella la cuchara,
    Y la sacaran del manjar repleta,
    Cual isla de marfil que flota en leche,
    Coma mazorca de nevadas perlas;

    Y que dejando chorrear el claro
    La comieran después, y que dijeran,
    Si es que tienen pudor, si con las papas
    Alguno habrá que compararla pueda.

    ¡Oh, comparar con el maíz las papas,
    Es una atrocidad, una blasfemia!
    ¡Comparar con el rey que se levanta
    La ridícula chiza que se entierra!

    Y ¿qué dirían si frisoles verdes
    Con el mote de chócolo comieran,
    Y con una tajada de aguacate
    Blanda, amarilla, mantecosa, tierna...?

    ¿Si una postrera de espumosa leche
    Con arepa de chócolo bebieran,
    Una arepa dorada envuelta en hojas,
    Que hay que soplar porque al partirla humea?

    Y la natilla.... ¡Oh!, la más sabrosa
    De todas las comidas de la tierra,
    Con aquella dureza tentadora
    Con que sus flancos ruborosos tiemblan....

    ¡Y tú también, la fermentada en tarros,
    Remedio del calor, chicha antioqueña!
    Y el mote, los tamales, los masatos,
    El guarrús, los buñuelos, la conserva...

    ¡Y mil y mil manjares deliciosos
    Que da el maíz en variedad inmensa....!
    Empero, con la papa, la vil papa,
    ¿Qué cosa puede hacerse....? No comerla.

    A veces el patrón lleva a la Roza
    A los niños pequeños de la hacienda,
    Después de conseguir con mil trabajos
    Que conceda la madre la licencia.

    Sale la turba gritadora, alegre,
    A asistir juguetona a la cogienda,
    Con carrieles y jíqueras terciados
    Cual los peones sus costales llevan.

    ¿Quién puede calcular los mil placeres
    Que proporciona tan sabrosa fiesta....?
    ¡Amalaya volver a aquellos tiempos,
    Amalaya esa edad pura y risueña!

    Avaro guarda el corazón del hombre
    Esos recuerdos que del niño quedan;
    Ese rayo de sol en una cárcel
    Es el tesoro de la edad proyecta.

    También la juventud guarda recuerdos
    De placeres sin fin.... pero con mezcla.
    Las memorias campestres de la infancia
    Tienen siempre el sabor de la inocencia.

    Esos recuerdos con olor de helecho
    Son el idilio de la edad primera,
    Son la planta parásita del hombre,
    Que aún seco el árbol, su verdor conservan.

    Pero en tanto vosotros, pobres socios
    De una escuela de artes y de ciencias,
    Siempre en medio de libros y papeles
    Y viviendo en ciudades opulentas;

    Nacidos en la alcoba empapelada
    De una casa sin patios y sin huerta,
    Que jamás conocisteis otro árbol
    Que el naranjo del patio de la escuela;

    Vosotros ¡ay! cuyos primeros pasos
    Se dieron en alfombras y en esteras,
    Y lo que es más horrible, con botines,
    Vosotros que nacisteis con chaqueta;

    Vosotros, que no os criasteis en camisa
    Cruzando montes y saltando cercas,
    ¡Oh, no podéis saber, desventurados,
    Cuánta es la dicha que un recuerdo encierra!

    ¿Con cuál, decidme, alegraréis vosotros
    De la helada vejez las horas lentas,
    Si no tuvisteis perros ni gallinas
    Ni disteis muerte a patos ni culebras?

    No endulzarán vuestros postreros días
    El sabroso balar de las ovejas,
    De las vacas el nombre, uno por uno,
    La imagen del solar, piedra por piedra;

    Las sabaletas conservadas vivas,
    Sirviendo de vivero una batea;
    Las moras y guayabas del rastrojo,
    El columpio del guamo de la huerta;

    La golondrina a la oración volando
    Al rededor de las tostadas tejas,
    La queja del pichón aprisionado,
    La siempre dulce reprensión materna;

    La cometa enredada en el papayo,
    Los primeros perritos de Marbella...
    En fin... vuestra vejez será horrorosa,
    Pues no habéis asistido a una cogienda.

     

     

     

     

     

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