• ANTONIO JOSÉ ÑITO RESTREPO

    Antonio José Restrepo nació en Concordia en 1855 y murió en Barcelona en 1933. En 1927 publicó El cancionero de Antioquia en el que incluyó más de mil coplas recogidas en su comarca natal y algunas de otras regiones de Colombia.1 Con esta obra la poesía popular se ve enriquecida por temas que estaban vedados por una pacatería de origen clerical, aceptada de buen grado por los cenáculos literarios, tanto de la prosa como del verso. Esos temas se abrieron paso en nuestras letras como armas de provocación y son, principalmente, las creencias religiosas planteadas como un asunto revisable; las clases sociales y el origen del poder, ridiculizados; y el tema del sexo, del acceso carnal y de las relaciones de pareja tratados en forma expresa, insistente, con gracia resalada e inagotable. Buen ejemplo son estas cuartetas, de las cuales las dos primeras son atribuidas por El Cancionero (pág. 124) a Francisco Ignacio Mejía (Tío Pacho):


    Admiro el desembarazo

    De mujer tan peregrina

    Que si así cierne la harina

    ¡Cómo será su cedazo!


    ¿Qué se casan? Ya lo sé.

    ¿Para qué? No se me responde.

    Pero esa chica ¿por donde?

    Y ese muchacho, ¿con qué?


    Yo quise una prima hermana,

    Una tía y una sobrina;

    El viejo se me escapó

    En el zarzo ´e la cocina.


    Méteme el dedo en… la boca,

    sacarás argollas de oro;

    méteme toda la mano

    y encontrarás el tesoro…


    Sacadas de una comarca campesina y minera, desfilan por las páginas del Cancionero diversas formas de la poesía menor: cuartetas, redondillas, décimas, con diferentes metros y rimas, algunas salen con toscas asonancias, otras con rima musical:


    Una niña me dijo

    en Salamina:

    ¿Cuándo va por el niño

    que ya camina?


    En ésta que es su obra principal y en otros escritos, Restrepo mantiene la preceptiva sobre las formas que siguieron los versificadores, anónimos o de nombre conocido y que nutren el inmenso venero de la poesía popular en Antioquia. En página 63 encontramos: “Las coplas son casi siempre en asonantes, aunque abundan también en consonantes. El octosílabo cantable es el único metro admitido, menos para la famosa tonada de guabina, en que es de regla la seguidilla de siete y cinco sílabas, suprimiendo generalmente los últimos tres versos…” En pág. 249: “…invariablemente la estrofa cantable antioqueña es el octosílabo del romance castellano”. Reclama el respeto por esas formas y cuenta –con mucha gracia– de un pueblerino respetable “que no leía versos si no eran en estrofas cuadraditas como los bocadillos de Vélez”. No se piense que la suya es una propuesta sobre cuartetas acartonadas sino que el respeto por la métrica permite multitud de licencias en el contenido, como en estas dos cuartetas, que traen una transposición la primera, y un juego de letras, la segunda:


    Mañana al trapiche voy,

    a pie, pero tempranito,

    a beber totuma en miel

    con mano Juan y quesito.


    De las cosas que me dan

    la que más me gusta a yo,

    una p con una i

    y una c con una o.


    También recoge el Cancionero ejemplos de métrica más suelta, como estos versos, sacados de los muchos que se cantaban con tonada de guabina:


    Dile, niña, a tu madre

    que no sea boba;

    que me tranque la puerta

    con una escoba…


    Unos sentimientitos

    tengo que darte

    cuando estemos a solas

    en cierta parte.


    Justo me quiere,

    yo quiero a Justo.

    Justo me cela,

    yo celo-a-Justo.

    1 Restrepo Antonio José, El cancionero de Antioquia, Editorial Bedout, Medellín,1971.

     

    II PARTE

    También Antonio José Restrepo (Ñito), en sus escritos sobre el tema, establece la raigambre de la poesía menor en Antioquia, como heredera del romance y de la copla españoles. Desde su adolescencia recogió en las minas, veredas y fondas del Suroeste de Antioquia un acervo de tradición oral que, acompañado por música, conservó en su memoria prodigiosa, enriqueció con sus propias aportes, organizó por temas y publicó durante una larga vida de conferencista y escritor. En 1911 leyó en Bogotá un extenso trabajo sobre la Poesía Popular en Colombia en el cual enseña que esta poesía “brota de todas partes y no sale de ninguna; la oímos dondequiera, aprendemos sus versos y tonadas (…) jamás se dejó poner a raya de nadie, corrió en sátiras mordaces y en desalmados cuartetos, no se vendió tampoco al poderoso, y estuvo a toda hora en boca de los truhanes y del ignorante vulgo”.

    Momento propicio para el verso es el de la trova, que surge entre dos repentistas que, acompañados de tiple u otro instrumento, intercambian cuartetas de tono menor sobre alguna anécdota del momento, temas de amor y desamor o entelequias por aclarar. “Cantan trovando, lo que debe entenderse respondiéndose uno a otro y hasta tres o cuatro parejas en redondel”. En el Diccionario Folklórico de Antioquia se transcribe un intercambio de trovas que Ñito tuvo con un campesino de Sonsón, a quien le salió con ésta:

    Dijo la niña Isabel

    Cuando con Juan se midió

    ¡no somos iguales!, no

    tiene un dedo más que yo.


    Le contesto el joven juglar:


    Juan si tiene un dedo más,

    la niña Isabel decía…

    ¡pero siempre deseosa

    del dedo más que él tenía!1


    Sin apartarse de las pautas impuestas por estos y otros precursores, van surgiendo poetas dedicados o cultivadores ocasionales que hacen narraciones en verso sobre las fiestas, las tragedias, la riqueza, la pobreza y sobre el filón inagotable de tipos populares y personajes cuestionables. La corriente de los escritos se mezcla con las creaciones de tradición oral, nacidas y trasmitidas bajo tonadas musicales que les confieren sello propio: la guabina, la caña, el gavilán, el caracumbé, el salgaelsol, el fandanguillo, la cartagena, el bizarro, la quebradita, la tirana, el gallinazo, el bambuco, los monos, el mapalé, el currulao. (Estos tres últimos propios de las tierras bajas).


    1 Sierra García Jaime, Diccionario folklórico antioqueño, segunda edición: Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1995.

     

     

    Concordia, Antioquia, tierra de Ñito

     

     

     

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    HÉCTOR ROJAS ERAZO


    HÉCTOR ROJAS ERAZO (Tolú, 1921-Bogotá 2002)

    Premio nacional de poesía José Asunción Silva, Bogotá, 1999.
    Libros de poesía publicados: Rostros en la soledad (1952); Tránsito de Caín (1953); Desde la luz preguntan por nosotros (1956); Agresión de las normas contra el ángel (1961); Las úlceras de Adán (1995).

    Novelas: Respirando el verano (1962). En noviembre llega el arzobispo, 1966. Celia se pudre. Madrid: Editorial Alfaguara, 1985.

    Prosas: Señales y garabatos del habitante (1976).

    Incursionó en el periodismo (El Heraldo, La Prensa, El Universal, Diario de Colombia, El Tiempo, El Espectador).

    Como pintor realizó más de sesenta exposiciones dentro y fuera del país (España, Alemania, Estados Unidos, Canadá).

    Con gran sentido del humor, Rojas Erazo publicó en 1968 un autorretrato con agudezas como ésta: “Quien le ve su andar de pesista de circo o luchador que se dirige a un gumiiasu, no sabe que toda su fisiología no pasa de ser un mueble (...) Tuvo la voz gruesa y afirmativa de los animales que viven atemorizados. Temor a todo: a cortarse cuando se afeita” a engordar más de la cuenta; a tener que dormir alguna noche en una casa sola; al solo hecho de estar vivo; a ser arrollado por un automóvil, por la espalda, cuando va caminando por una acera. Sabemos también que, para él, un viaje en avión es mucho más catastrófico que un juicio final”.


     

    EL DESEO

    El deseo es vegetal
    pide caminos
    aire
    quiere temblar en fruto

    suspenderse
    pide un cuerpo abonable
    pide un labio
    pide comer y ser comido
    quiere
    entrabarse y gemir con ramas duras.
    Gime por ser
    quiere temblar
    sentirse
    palparse desde dentro
    saberse entre las cosas respirando.
    Quiere el viento y el ala
    quiere el día
    quiere el follaje de su fuerza obscura
    brillando entre la luz hoja por hoja.
    Es vegetal por eso:
    por su destino de tiniebla y cielo
    porque rompe y emerge
    porque sube
    porque la muerte sufre con su anhelo.


     

    EL AMIGO

    De pronto me miró,
    solitario el que más como ninguno.
    Me miró con sus ojos y sus huesos
    y sus desnudos pies entre zapatos.
    No pude resistirlo (el hombre no soporta
    lo que mira hasta el fondo).
    A espaldas de él estaba el paraíso
    con todos sus demonios y pucheros
    y papá Dios haciendo sus globitos.
    Y de este lado estaban la consola,
    los muebles, los testigos de la sala.
    Y el amigo sentado en su silleta.
    Mirándome, sentado, respirando.


    Ese pueblo de los tamboreS

    El pueblo de nuestra costa atlántica es un pueblo hechizado. Nuestro campesino vive, ama, siembra, llora en el velorio o baila en la cumbiamba empujado por un hálito misterioso. Es un hombre rodeado de transmundo por todas partes. Cuando llega la fiesta de San Bartolo, por ejemplo, se pone —muy serio, muy reconcentrado, muy minucioso— a fabricar crucecitas de paja para colgárselas a los niños en el pecho. El campesino no quiere que el diablo —el diablo con cuernos de alcanfor y patas de azufre, el diablo que echa fuego por los ojos y por la boca y le mete el rabo a sus víctimas por las narices— se lleve a sus hijitos para el monte. Por eso riega, también, agua bendita detrás de los escaparates y los baúles. Para ahuyentar al enano cabezón que hurga el sexo de las doncellas con dedos de cristal y les mete palabras grandes y duras a los oídos de los infantes cuando duermen.

    Nuestro campesino ha hecho de todo esto una poética y aplastante realidad. Muchos de ellos han visto, en el centro de la noche, al espíritu Lara. Lo han visto escribiendo sobre el agua, vocablos de fuego, el nombre de una mujer encinta para hacerla malparir y torcerle, con el alambre del vómito, las muelas y las tripas. Y hay viejos que nos hablan del brazo palpitante que quedó entre sus manos cuando tajaron, con un limpio círculo de su machete, el ala de una bruja convertida en gallina. Estas brujas las conocen todos. No es un secreto para nadie su sabiduría en la preparación de unturas y brebajes. Tienen algo de seres vegetales estas ancianas. Lentamente, a la vista del pueblo, se van secando, se van pudriendo, se van poniendo chiquiticas y amarillas, hasta que se quedan inútiles sobre una cama de viento como si fueran raíces.

    Nuestro campesino cree en todo esto porque lo ama, porque lo necesita, porque sin todo esto se quedaría solo, vacío e inútil. Es más: porque, sin ese cúmulo de creencias, no podría hacerle frente al implacable empuje de la fatalidad y de los elementos. Sin el hechizo no resistiría la mala siembra, niel luto sobre la familia, ni las gusaneras que hacen caer a pedazos la carne de los ganados. Por eso en nuestros pueblos todavía existen brujos. Brujos de carne y hueso que tienen nombres de apóstoles y tiznan el padrenuestro y el avemaría con el carbón de la cábala. Es toda una cosmología primaria, un empirismo ritual, donde los santos tienen mochilas preñadas de semillas; donde los arcángeles usan rulas y fuman tabaco revuelto; donde la madre de Dios se sienta en las sementeras a jugar con el ciento, con las hojas y con la lluvia.

    Este es nuestro pueblo. Un pueblo hechizado que ha buscado el tambor, la gaita, las guachas, el acordeón y el carángano, para darle nombre propio a un universo de polvo, de clorofila y de azufre. De allí ese extraño sedimento alegíaco que nutre el hípido de nuestras coplas. De allí esa nostalgia, ese acento de miedo y hermosura, que podemos apreciar en todo nuestro folklore. Quien crea que la música de nuestra costa caribe está solamente hecha para la epilepsia corporal o para la simple alegría de los sentidos, está totalmente equivocado. Para su cabal comprensión —para saber lo que bulle en el interior de un mapalé, de un merengue o de un fandango— es preciso emplearse, muy a fondo, en una militancia del corazón y de la inteligencia. Se necesita saber desentrañar lo que hay en aquellas mulatas, grandes y macizas, que cumplen, sobre el cáliz de los pilones, un rito agrario, se necesita conocer el color que tienen las aguas de un estanque cuando el mohán —con voz de niño adulto, del niño que tiene miles de años en su pelambre de musgo y de lodo— nos llama dulcemente con nuestro nombre de pila; se necesita haber visto un patio, simplemente un patio bajo el sol o la luna, cuando el mar es un bramido, grande y amargo, sobre la memoria del tiempo. Todo eso se encierra en esos instrumentos toscos, humildes, construidos con los elementos de una comarca misteriosa.

    La gaita es el agua, el tambor es la tierra, en las guachas y las raspaderas está ese viento, cálido y tenso, que aprieta, como una arcilla tostada a fuego lento, las facciones de nuestros labriegos. Cuando uno escucha una gaita parece que el agua estuviera sollozando. Es una fuerza líquida, otra sangre la que navega por la nuestra. Sangre de toro, de yerba, de pegujal y de azucena. Y el tambor es un gran corazón, una gran mano que nos pega en el puro centro de las vísceras. Que nos recuerda quiénes somos, dónde estamos, de qué barro, exactamente, están amasadas nuestras costillas y nuestra epidermis. En todo esto hay tristeza, trabazón de conceptos, senequismo elemental, precisión ante la vida y la muerte. Detrás de todo esto hay abuelos y retratos y techumbres de paja que apenumbraron nuestro asombro primero. Detrás de todo esto hay espuelas de gallos y trajecitos almidonados y muchachas de quince años meciéndose en los corredores. Y está el pueblo. Ese pueblo costeño que se disfraza de alegría pero que, por dentro, tiene caballos desbocados, plegarias de cuero, crucecitas de paja para que el diablo no se lleve a los niños.

    Por eso el hechizo es el clima natural de esa porción de la geografía colombiana. Por eso el grupo de hombres y mujeres que Manuel y Delia Zapata Olivella acaban de traer a Bogotá tiene importancia. Una importancia recóndita. Cuando Delia y Manuel ambulaban por pueblos y veredas y se ponían a escuchar a una viejita cantando canciones olvidadas, sabían muy bien lo que estaban haciendo. Delia misma ha buscado las telas y ha cortado y cosido los trajes con que han de presentarse estos hombres de nuestra tierra. Delia consiguió el barro para fabricar múcuras y el bejuco para trenzar los catabres y ella misma midió los compases y balanceó los volúmenes de esta coreografía alucinante y se puso a danzar —en el centro de todos ellos— hasta que el baile de los cabildantes y del gallinazo y los cartones de la vida del mar quedaron terminados. Por eso tienen todo el derecho a ser nuestros intérpretes. Por eso han podido reunir un poco de gente y un poco de instrumentos musicales y traerlos a Bogotá para que aquí se sepa, de verdad verdad, cómo es el mundo colombiano que vive asomado al océano. Aquí los tenemos ahora. Los hermanos Zapata Olivella y el trozo de pueblo y geografía que han traído consigo nos dirán el resto.


     

    TARJETA SOBRE AZORIN

    Con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo.

    Era un ciudadano como otro cualquiera, un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, y se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. “Tenga juicio y aprenda a estarse quieto, no grite nunca”, es la consigna de Azorín. Nada de aspavientos en esto de sentir y ver. Cuestión de tiempo, de paciencia y de tiempo. Tenía el silencio, la minuciosidad y la parsimonia, pero también la confianza en su trabajo, de un miniaturista japonés.

    A Azorín le tocó, como saludable contrapunto, una generación de Do mayor. Por un lado el vozarrón de Unamuno, por el otro (solo las “sonatas” fueron escritas para clavicordio) la petulancia orquestal de Valle Inclán Maeztu que en el centro golpeaba duro en el pupitre (¡niños, niños, nada de recreo; eso era de aprenderse la lección!) cuando, a marchas forzadas y comandando dos generaciones de repuesto, llega Ortega. El gran publicista lo saca garante, más que su totemismo cogiativo, su limpia, su depurada gracia española lo que, muy a su pesar, tenía de azorinesco. El resto eran unos señores tremendos cejijuntos. Y cada uno de ellos, a su manera, vivió convencido de que tenía a España arrodillada, con unas orejas de burro colocadas por escarmiento en la cabeza, en un rincón de su aula de pedagogo. Se lamentaron de Unamuno, que acostumbraba a meterse huesos adentro en busca de sus fantasmas egolátricos y de unas virtudes nacionales que ya habían cumplido su oficio —que la pobre España, asustada por tanta alharaca, se acurrucó muchos lustros en la creencia de que era una niña culpable—. A Baroja lo salvaron su soledad y su tozudez de labriego. “De puro vasco y de puro bruto” como tan desen-fadadamente decía de sí mismo en sus memorias, con el único fin, eso se ve muy claro, de bajarle los humos al estentóreo rector de Salamanca.

    Mientras tanto, con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo. Era un ciudadano como otro cualquiera. Un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, que se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. Un buen parroquiano. Estuvo gordo el hombre en sus años de mocedad y madurez. Después le dio por las frutas, ¿ven ustedes? Alcanzó como premio una vejez delgada y transparente, una vejez apacible, sin artritis ni dolores en la vejiga. Era el único serio. Y lo que pasaba era que Azorín iba por el otro lado, exactamente por el otro lado. Su secreto, era el aplomo, los nervios en su sitio, el tono bajo. Nada de englotonamientos, ¿para qué ? Sabrá, como muy pocos en su oficio, que el escritor y su lector terminan por encontrarse a solas en una página. Y cuando esto ocurre ya no valen trucos. Su labor, pues, se redujo a comunicar —en la forma más diestra, honesta y rigurosa que le fue posible— lo que veía y sentía. Ya nos ha dado su fórmula. Es, ni más ni menos, la de un buen jornalero. “Cuando escribas —nos recomienda— pon una cosa después de la otra”. Oigase bien, como quien dice: si las echas de bulto, si las derramas y mezclas al azar o si las metes unas en otras, o te las das de muy sabido, te dañas el asunto. Y tal y como lo recomendaba lo hacía. El idioma no estaba acostumbrado a esta impecable humildad.

    Buen caminador Azorín. Otra de sus claves. Y esto de caminar, de saber caminar, se entiende, tiene sus bemoles. Un arte aparentemente menor, es cierto, pero que se rige por leyes sutiles y complejísimas. Consiste sobre todo, vean la nadería, en paladear lo que se recorre. Ya esto, de contra, implica un juego doble: aprontamente en la morosidad. Los sentidos deben mantenerse ágiles, coordinados y atentos como galgos de caza. Se requiere, además, una ternura silenciosa, funcional, de la misma jerarquía de la compasión, para desentrañar la fidelidad a esos códigos memoriosos en que se desenvuelven conversaciones familiares; para ver la luz propia, el contorno y la energía de cada objeto; para desmontar y luego sumar armoniosamente cada fragmento de la totalidad. Todo esto conduce a quien lo ejecuta a descubrir la sutura —que de hecho es historia palpitante, tradición y carácter—entre el lugar, los utensilios y el habitante. Se está de cacería repetimos y a todo momento el dedo debe estar en el disparador. Entonces el agua, cuando atraviesa una prosa, fluye, sabe y oficia como agua. Igual con los ganados y con las mieses. Prueben a oler una parvada de trigo en un relato de Azorín y conocerán de nuevo —en Tolstoi o en Thoreau— la delicia de respirar la libertad, el perfumado equilibrio, la intensidad apasionada que atesora la atmósfera de un día estival. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con Gabriel Miró, para remitirnos a un coterráneo que se enfrentó a sus mismos problemas. El alicantino veía un campo y en seguida (no sabemos qué le picaba al buen señor en la cabeza) se dedicaba a calumniarlo con la mejor buena fe, aplicaba toda clase de galantes necedades a apesadumbrarlo. El resultado son esos cortijos, como las malas cortesanas, de albayalde y carmín.

    El pincel de Azorín es fino. Mojado con los tintes precisos. Su línea es neta, segura. Su línea de un maestro. Tenía el don, otro de los frutos de su paciencia, de apretar lo sugerente. Una barda aquí, un sendero allá, unas techumbres de ópalo sobre un bloque que encalado en el centro y ya tenemos un pueblo. Adentro, encontraremos a los eternos personajes. Pero Azorín los conversa, los vive, los manosea, los acompaña. Miren lo cazurro. Se les va, por los entresijos, a ellos y a su contorno. Y en el mueble polvoriento, desfondado —con su tacto y finura de siempre, sin perder la compostura— no insinúa la muerte, y en la calma de una abuela que canturrea una nana, al rescoldo de su fláccido pecho, nos muestra las brasas de una venganza y en la sonrisa de la zagala, frente al pelotón lleno de uvas, el tiempo sutil, de la melancolía de amores, el enigma de una comarca.

    Después, mientras se solaza con frituras y colaciones, a darle otra vez al asunto. A taladrar almas, a buscar la madeja en el laberinto. Pocos han caído en la cuenta de que Azorín es uno de los mejores novelistas de España. Sólo que él no trabaja de corrido. Nos deja muñones, cejas, mejillas, torsos de personajes. Eructos y ruidos en el pecho y el alma, suspiros. Alumbra la realidad. Mire usted que ese arcón junto al tinajero y esos retratos colgados ahí no más, a la derecha del armario, a pocos pasos de la puerta. Pues sí señor. Dentro de ellos, como un quieto pero rumoroso testimonio, están apetitos de mujeres en lechos bañados por la luna, orgullos de varón, pasiones sombrías, consejas. El crimen puede galopar en la noche, el duende sale, los jazmines están a punto de aromar una infidencia. Pero, eso sí, cuando la cosa se va a poner trágica, trágica de verdad, Azorín hace el esguince. Nos ama, ama el empalme y el equilibrio de la vida. Vuelve otra vez a su fórmula: nada de aspavientos, mis hijos tranquilos, a tener juicio. Y sigue hablándonos de tiestos con rosas, de hidalgos resecos, de caballos y mulas piafando, al amanecer entre un perfume de naranjos.

    Pero lo que nos gusta sobremanera de Azorín, lo que explica que lo consideremos un gran novelista, es lo que tiene de listo, de entremetido, de buen pícaro. No puede ver una ranura, porque la vuelve brecha. Si le dan un dedo se coge toda la mano y, de encime, se carga con el santo y la limosna. En esa forma pudo meter en cintura, en la cintura de su estilo, muchos pueblos que ya no pertenecen a España solamente. Así, al desgaire, con su apacible rostro de notario (el del período cincuentón, el mejor y más productivo) se las sabía todas. Solo que la cuestión iba para su coleto y para el coleto de sus lectores. Claro, de todo esto, de tan rico y bien ejercitado vagabundaje, nos ha quedado la prosa más cuajada y substanciosa, la que destila mejores juegos, del lagor de los noventa y ocho. Azorín es el último de los clásicos españoles.

     

    CARNET DE UN ESCRITOR

    Quién soy. Soy un híbrido de furia, ignorancia, cobardía, esperanza, inconsecuencia, ternura y desesperación. Un hombre totalmente normal, como puede verse. Escribo o pinto para ejercitar una incoercible y casi siempre fracasada necesidad de comunicarme con los otros.

    Estoy convencido de que algo terrible —hacer política o meterme a actor o libretista o intentar la fundación de una empresa relacionada con la explotación del turismo o fundar una secta religiosa, basada en conseguir nuestra purificación a través del delito— me ocurriría si no lo hiciera.

    Mis influencias. He sido influido por las cosas más aparentemente —sólo aparentemente— heterogéneas: los magazines y los ejercicios yoga; los novelistas ingleses y las tarjetas pornográficas; el Reader Digest y los camajanes del Arsenal de Cartagena; el cine (más que todo el cine rojo) y la Biblia; Quevedo y los sermones del Viernes Santo; los periódicos y las revistas de modas como «Vanidades»; los burdeles con traganíqueles y los novenarios de difuntos.

    Por ello mismo estoy convencido de que toda experiencia en un hombre —sea ella moral, estética, política o amorosa— es fundamental y única, y está ligada a su totalidad existencial.

    Por qué escribo. Escribo novelas porque es una larga tarea en la cual necesitamos emplear a fondo nuestra lucidez, nuestra eficacia testimonial y nuestra compasión. Sea buena o mala, toda novela es un intento de justificar, más allá de cualquier horror o cualquier equivocación, la inocencia del hombre. Por eso la novela y el cine, la pintura y la arquitectura urbanística, son los últimos refugios funcionales que le quedan a la poesía.

    La vida sobre todo. Considero que toda vida humana es excelsa por lo misteriosa y cerrada en sí misma y que ningún ideal, ni ningún objetivo, pueden justificar un cadáver.

    Mis terrores. Profeso un terror, estrictamente animal, por los viajes aéreos, por las visitas de pésame, por las ventanas sobre abismos y por lo desvergonzadamente inermes que estamos frente al cáncer. Pero el mayor de mis terrores es dormir en una casa sola.

    Complejos de culpa. Me siento culpable, abstracta pero ferozmente culpable, de muchas cosas que no he cometido. Esto, como es apenas lógico, me ha conducido muchas veces a la orilla del mesianismo. Pero no soy peligroso.

    Lecturas al día. Para mantenerme humanamente aceptable, para seguir en circulación, leo cada mañana un buen trozo de hipocresía con fines proselitistas: un mensaje político, un reportaje literario o una amonestación episcopal. Depende de mi estado de ánimo. Todo esto me hace pensar a ratos, no siempre afortunadamente, que vivir es un juego siniestro.

    Leo también, con más interés del que yo mismo pueda presumir, las recetas médicas sobre la erradicación definitiva de los callos o el cuidado de las hemorroides durante los resfríos o las recomendaciones dietéticas para conservar el vigor de la próstata ya bien adentrada la senectud.

    Mis fracasos. Confieso que me he cansado —por sucesivos fracasos— de intentar cualquier conocimiento por correspondencia o de ejercitarme en alguna actividad comercial o dolosa. Para esto soy implacablemente inepto.

    Lo que más envidio. Todas las noches, en alguna forma ominosa que me es imposible precisar, sueño con mis propios apetitos. Siento envidia, verdadera envidia, por todas aquellas personas que creen en el triunfo del optimismo, en la curación por la voluntad, y en el paraíso atlético del profesor Contreras. Por eso experimento una especie de orgullo al revés cuando, en periódicos o revistas, leo títulos como éstos:

    «Método práctico para aprender a través de la gimnasia, a amar a nuestros compañeros de oficina». «He alcanzado la felicidad con mi tumor abdominal» : «De cómo el abandono del alcohol me convirtió en un próspero hotelero».

    Todo esto, repito, me entusiasma, me remueve sinceros pero pasajeros ímpetus teosóficos y termina por producirme envidia.

    Lo que más detesto. Detesto a los hombres ocupados y las conversaciones apresuradas; el café sintético, el toreo bufo, los objetos plásticos, las conferencias y las películas cómicas. La falsedad, en suma, convertida en profesión o en objeto.

    Lo que respeto. Dos cosas me producen un respeto escalofriante: una mujer encinta jugando ajedrez, y la agonía de un elefante envenenado.

    Las cosas que más amo. Un pedazo de papel arrastrado por el viento en las graderías de un estadio vacío...

    El dinero bien ganado...

    La serenidad de una cometa en una tarde de agosto, sobre el mar...

    Una mujer madura, en silencio, sentada en un mecedor bajo unos árboles de naranjo.

    Un convaleciente mirando el mediodía en la plaza de un pueblo...

    Un amigo aproximándose a mi casa, en mi búsqueda, a la hora del crepúsculo...

    Las páginas que el uso ha vuelto amarillas en un libro entrañable...

    Mirar mi rostro en los ojos de una mujer desnuda que, desde hace mucho, sabe de qué color tengo los míos...

    La hermosura (y el familiar enigma) de las conversaciones corrientes...

    Escuchar el susurro del viento entre los árboles de un patio...

    Mi deporte favorito. Cruzar los brazos bajo la cabeza y, gozosamente relajado sobre la cama, ponerme a descifrar los jeroglíficos que la humedad y el polvo han trazado en el cielo raso de mi cuarto.

    Mis mejores libros. «Las veladas de la quinta», «Sandokán», «Las mil y una noches», «La guerra y la paz», «Del tiempo y del río», «Entreacto», y «El Villorrio».

    Las mejores películas. Las cinco películas que verdaderamente me han hecho creer en el cine : «En pos del oro», «Humberto D», «Las fresas salvajes», «Rashomon», y «La aventura».

    El cuadro más bello. El cuadro viviente más puro que he contemplado: un caballo jineteado por un niño, al atardecer, saliendo de las olas. Sobre ambos ardía un lucero temprano.

    Un deseo. Mi único, mi más pueril deseo: no morir nunca.

     

    TELON DE FONDO

    La iglesia de este pueblo es sencilla como un vocablo familiar. Una espadaña. Dos campanas. Un cuerpo macizo y rectangular. Seis columnas. Un altar. Cuatro nichos. Las imágenes son hermosas y entrañables en su simple escultura. Muchas de ellas han acompañado, desde su nacimiento, la historia de este pueblo.

    Pero entre todas hay una, en especial, que me ha atraído y llenado de fervor desde niño. Es la del patrono de la villa: Santiago. Imagen que pide a gritos el ámbito de un mural. Es más pintura que escultura. Más calor que volumen.

    El santo aparece cabalgando un caballito, blanco y hermoso como los potros de los carruseles. La cabeza y los cascos excesivamente pequeños para su tamaño. Aquélla es briosa, altiva, enjoyada con dos bolitas de cristal a manera de ojos. Los cascos, al igual de la cola, son de un negro denso y alquitranado. Las patas delanteras encogidas para un salto detenido hacia hipotéticos abismos.

    Santiago lo cabalga con la tiesura de las estatuas que ignoran el movimiento. El imaginero lo concibió terrible, devastador, inexorable. Pero de sus manos, en cambio, salió un adorable caballero que emana dulzura desde sus ojos asombrados. Dos colores priman en todo él: azul y rojo. La barba es un brochazo uniforme sobre el rostro pálido, virgen de arrugas como el de un infante. La mano derecha sostiene, en alto, una espada de madera. La izquierda retiene las bridas que justifican el recogimiento de su corcel. Un casco de cartón, solícito trabajo de una ferviente e ignorada devota, le da un aire de niño disfrazado en trance de jugar a los soldaditos. El casco está coronado por flamígero penacho coloreado con anilina. En torno suyo los cirios y los lampadarios derriten su lumbre votiva llenándolo de claridad y silencio.

    Difícilmente puede encontrarse una imagen que llene, tan contrariamente, su cometido. Y es que este Santiago fue concebido y realizado por un poeta. Por un poeta que pintaba sobre yeso. Debió ser un imaginero que heredó, sin saberlo, la beatitud de los viejos maestros. Este santo se escapó un día cualquiera, por las manos de su escultor, de uno de aquellos retablos que traspasara de claridad el pincel de Federico de Pantoja el Menor. Aquel que decorara, para deleite religioso de don Alfonso el sabio, la capilla que el monarca erigiera en la entonces incipiente Santiago de Compostela.

    El guerrero cristiano —caballero en su corcel de yeso— atravesó el mar para venir, nutrido de infantiles arrestos, a amenazar a los sarracenos agrarios que pueblan la sacristía de esta iglesia aldeana. Que no otros se encuentran por estos contornos. Allí está el santo, con su espadita de madera y sus ojos hermosos, en su sagrado belicismo. Esperando, tal vez, que un día cualquiera se levanten los niños de este pueblo, echen al aire la inofensiva voz de sus clarines de cartón y, como en un poema de García Lorca, lo nombren general en una guerra de mentirijillas contra el sultán de la media luna y alfange plateado que vive en el recodo de un cuento.

     

     

     

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    JOSE EUSTASIO RIVERA

    JOSÉ EUSTASIO RIVERA, POETA Y NOVELISTA

     

    Nació Neiva el 19 de febrero de 1889 y murió en Nueva York el 1 de diciembre de 1928. Maestro y abogado, de dedicó al quehacer político, siendo parlamentario, cumplió diversas misiones diplomáticas en Perú, Cuba y México. A los 30 años en su libro de versos “Tierra de promisión” publica sonetos de lograda arquitectura formal y estilo parnasianos, con singulares descripciones de la vida de los Llanos Orientales, logrados con sorprendente serenidad lírica.

    Su nombre es inmortal por “La Vorágine”, calificada de “novela nacional por excelencia” donde el estilo de su prosa y serenidad casi impasible, describe la vida en las caucherías de las selvas del alto Amazonas. Con esta novela el mundo conoció por primera vez el drama oscuro e ignorado del cauchero indígena, esclavo contemporáneo de la civilización blanca. Rivera pudo escribir esta obra gracias a sus observaciones en el terreno de los sucesos siendo miembro de la comisión de límites entre Colombia, Venezuela, Brasil y Ecuador, que le dió oportunidad de recorrer el Orinoco, el Negro y el Casiquiare e internarse en las selvas amazónicas.


     

    LOS POTROS


    Atropellados, por la pampa suelta,

    los raudos potros, en febril disputa,

    hacen silbar sobre la sorda ruta

    los huracanes en su crin revuelta.


    Atrás dejando la llanura envuelta

    en polvo, alargan la cerviz enjuta,

    y a su carrera retumbante y bruta,

    cimbran los pindos y la palma esbelta.


    Ya cuando cruzan el austral peñasco,

    vibra un relincho por las altas rocas;

    entonces paran el triunfante casco,


    resoplan, roncos, ante el sol violento,

    y alzando en grupo las cabezas locas

    oyen llegar el retrasado viento.

     

    LA VORÁGINE (fragmento inicial)

     

    Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores ni de la confidencia sentimental ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino de amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.

    Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos -tediosos de libertad- se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

    Alicia fue un amorío fácil; se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros.

    -Yo moriré sola -decía-: mi desgracia se opone a tu porvenir.

    Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente:

    -¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor.

    ¡Y huimos!

    Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente al insomnio.

    Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos límites, veía parpadear las estrellas. Los follajes de las palmeras que nos daban abrigo enmudecían sobre nosotros. Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la transparencia del aire. Al lado de mi chinchorro, en su angosto catrecillo de viaje, Alicia dormía con agitada respiración.

    Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiadoras:

    ¿Qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad? ¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une lo anuda el hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta criatura lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el ideal no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo, ¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y aunque ahora recibas el calor de su sangre y sientas su respiro cerca de tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos, de ella como de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte.

    En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi energía desmayara ante la responsabilidad de mis actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio de la manceba. Poco empeño hubiera sido el poseerla, aun a trueque de las mayores locuras; ¿pero después de las locuras y de la posesión?...

     

    Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando las cabalgaduras.

    Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugitivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la vía para esquivar el encuentro con los transeúntes, campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro paso interrogándome conmovidos:

    -Patrón, ¿por qué va llorando la niña?

    Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté romper el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión. Por las afueras del pueblo pasamos la primera noche, y desviando luego hacia la vega de río, entre cañaverales ruidosos que nuestros jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una enramada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo sentimos gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se cocía la miel cruzaban intermitentes las sombras de los bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres aderezaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para calmarle la fiebre.

    Allí permanecimos una semana.

    El peón que envié a Bogotá a caza de noticias, me las trajo inquietantes. El escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de mis malquerientes; comentábase nuestra fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta del amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención tenía este remate: "¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un hombre como tú busque el desierto?"

    Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y le instó con zalemas a que le mostrara algunas de las monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, "en lo que no había nada de malo, dada la tirantez de la situación". Al siguiente día partimos antes del amanecer.

    -¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?

    -¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿Para qué me trajiste? Porque la idea partió de ti. ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!

    Y de nuevo se echó a llorar.

    El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de su fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los días que me conoció. Ella se había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque, con quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el vejete por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuantiosas dádivas y estrechó el asedio ayudado por la parentela entusiástica. Entonces, Alicia, buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.

    Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, quería casarse con ella.

    ¡Déjame! -repitió, arrojándose del caballo- ¡De ti no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos un alma caritativa! ¡infame!, nada quiero de ti.

    Yo, que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo replicarle a una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente mudo, en tanto que ella, sentada en el césped, con mano convulsa arrancaba puñados de yerba...

    -Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.

    -¡Nunca!

    Y volvió los ojos a otra parte.

    Quejóse luego de descaro con que la engañaba:

    -¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es ahora, ¿qué será después? ¡Déjame! ¡A Casanare, jamás, y contigo, ni al cielo¡

    Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole sus celos con un abrazo de despedida. ¿Si quería que la abandonara, tenía yo la culpa?

    Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación, vimos descender por la pendiente un hombre que galopába en dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi brazo.

    El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo en la mano.

    -Caballero, permítame una palabra.

    -¿Yo? -repuse con voz enérgica.

    -Sí, su mercé. -Y terciándose la ruana me alargó un papel enrollado- Es que lo manda notificar mi padrino.

    -¿Quién es su padrino?

    -Mi padrino, el alcalde.

    -Esto no es para mí -dije, devolviendo el papel, sin haberlo leído.

    -¿No son, pues, sus mercedes, los que estuvieron en el trapiche?

    -Absolutamente. Voy de intendente a Villavicencio, y esta señora es mi esposa.

    Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.

    -Yo creí -balbuceó- que eran sus mercedes los acuñadores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino estaba en el campo, pues sólo abre la alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora soy comisario...

    Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el rostro con la gasa de¡ sombrero. El importuno nos veía partir sin pronunciar palabra. Mas de repente montó en su yegua, y acomodándose en la enjalma que le servía de montura, nos flanqueó sonriendo:

    -Su mercé, firme la notificación para que mi padrino vea que cumplí. Firme como intendente.

    -¿Tiene usted una pluma?

    -No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contrario, el alcalde me archiva.

    -¿Cómo así? -respondíle sin detenerme.

    -Ojalá su mercé me ayude, si es cierto que va de empleado. Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel; y luego, a falta de comisario, me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me dicen Pipa.

    El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra relatando sus padecimientos. Pidióme la maleta de la ropa, y la atravesó en la enjalma, sobre sus muslos, cuidando de que no se cayera.

    -No tengo -dijo- con qué comprar una ruana decente, y la situación me ha reducido a vivir descalzo. Aquí donde sus mercedes me ven, este sombrero tiene más de dos años, y lo saqué de Casanaré.

    Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos.

    -¿Ha vivido usted en Casanare? -le preguntó.

    -Sí, su mercé, y conozco el llano y las caucherías del Amazonas. Mucho tigre y mucha culebra he matado con la ayuda de Dios.

    A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus recuas. El Pipa les suplicaba:

    -Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.

    -No "cargarnos" eso.

    -Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de la señora -le dije en voz baja- Siga usted conmigo, y en la primera oportunidad me da a solas los informes que puedan ser útiles al intendente.

    El dichoso Pepe habló cuanto pudo, derrochando hipérboles. Pernoctó con nosotros en las cercanías de Villavicencio, convertido en paje de Alicia, a quien distraía con su verba. Y esa noche se picureó, robándose mi caballo ensillado.

    Mientras mi mentoria se empañaba con estos recuerdos, una claridad rojiza se encendió de súbito. Era la fogata de insomne reflejo, colocada a pocos metros de los chinchorros para conjurar el acecho del tigre y otros riesgos nocturnos. Arrodillado ante ella como ante una divinidad, don Rafo la soplaba con su resuello.

    Entre tanto continuaba el silencio en las melancólicas soledades, y en mi espíritu penetraba una sensación de infinito que fluía de las constelaciones cercanas.

    Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se había hundido irremediablemente la mitad de mi ser, y ya debía iniciar una nueva vida, distinta de la anterior, comprometiendo el resto de mi juventud y hasta la razón de mis ilusiones, porque cuando reflorecieran ya no habría quizás al quién ofrendarlas, o dioses desconocidos ocuparían el altar a que se destinaron. Alicia pensaría lo mismo, y de esta suerte, al par que me servía de remordimiento, era el lenitivo de mi congoja, la compañera de mi pesar, porque ella iba también, como la semilla en el viento, sin saber adónde, y miedosa de la tierra que la esperaba.

    indudablemente, era de carácter apasionado: de su t triunfaba a ratos la decisión que Imponen las cosas irreparables. Dolíase otras veces de no haberse tomado un veneno.

    -Aunque no te ame como quieres -decía-, ¿dejarás de ser para mí el hombre que me sacó de la inexperiencia para entregarme a la desgracia? ¿Cómo podré olvidar el papel que has desempeñado en mi vida? ¿Cómo podrás pagarme lo que me debes? No será enamorando las campesinas de las posadas ni haciéndome ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto es lo que piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me conoces. ¡Tú responderás!

    -¿Y sabes que soy ridículamente pobre?

    -Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El amparo que ahora te pido no es el de tu dinero, sino el de tu corazón.

    -¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte de manera espontánea? Por ti dejé todo, y me lancé a la aventura, cualesquiera que fuesen los resultados. ¿Pero tendrás valor de sufrir y confiar?

    -¿No hice por ti todos los sacrificios?

    -Pero le temes a Casanare.

    -Le temo por ti.

    -¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!

    Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavicencio la noche que esperábamos al jefe de la gendarmería. Era éste un quídam semicano y rechoncho, vestido de caqui, de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.

    -Salud, señor -le dije en tono despectivo cuando apoyó su sable en el umbral.

    -¡Oh, poeta! ¡Esta chica es digna hermana de las nueve musas! ¡No sea egoísta con los amigos!

    Y me echó su tufo de anetol en la cara.

    Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en el banco, resopló, asiéndola de las muñecas:

    -¡Qué pimpollo! ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Soy Gámez y Roca, el general Gámez y Roca! Cuando eras pequeña te sentaba en mis rodillas.

    Y probó a sentarla de nuevo.

    Alicia, inmutada, estalló:

    -¡Atrevido, atrevido! -Y lo empujó lejos.

    -¿Qué quiere usted? -gruñí, cerrando las puertas. Y lo degradé con un salivazo.

    -¿Poeta, qué es esto? ¿Corresponde así a la hidalguía de quien no quiere echarlo a prisión? ¡Déjeme la muchacha, porque soy amigo de sus papás, y en Casanare se le muere! Yo le guardaré la reserva. ¡El cuerpo de¡ delito para mí, para mí! ¡Déjemela, para mí!

    Antes que terminara, con esguince colérico le zafé a Alicia uno de sus zapatos, y lanzando al hombre contra el tabique, lo acometí a golpes de tacón en el rostro y en la cabeza. El borracho, tartamudeante, se desplomó sobre los sacos de arroz que ocupaban el ángulo de la sala.

    Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don Rafo y yo huimos en busca de las llanuras intérminas.

    -Aquí está el café -dijo don Rafo, parándose delante del mosquitero- Despabílense, niños, que estamos en Casanare.

    Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio.

    -¿Ya quiere salir el sol?

    -Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va llegando a la loma. -Y nos señaló don Rafo la cordillera, diciendo-: Despidámonos de ella, porque no la volveremos a ver. Sólo quedan llanos, llanos y llanos.

    Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la madrugada, un olor a pajonal fresco, a tierra removida, a leños recién cortados, y se insinuaban leves susurros en los abanicos de los moriches. A veces, bajo la transparencia estelar, cabeceaba alguna palmera humillándose hacia el oriente. Un regocijo inesperado nos henchía las venas, a tiempo que nuestros espíritus, dilatados como la pampa, ascendían agradecidos de la vida y de la creación.


     

     

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    LEÓN DE GREIFF, ERUDICIÓN Y MÚSICA

    León de Greiff

    León de Greiff (Medellín 1895 – Bogotá 1976)

    Es la tradición de la poesía llevada al extremo de su aventura en la creación de lenguaje, sonido, música, erudición. Nuestro gran poeta, y nuestro más disciplinado y honesto artista punta de lanza de los escritores colombianos.

     

     

    YO ESCRIBO PROSA SOSA, sosa prosa sin ninguna salsa. Mal cocinero, si peor repostero literario (Repostero, seor linotipista). No que lo acepte, que ya lo sabía, que adrede la facturo así: prosa sosa. Reacepto, entonces: prosa sosa. Rechazo: soserías en prosa. Distingo: en prosa sosa puede escribirse

    sin sosería, y con sosería en toda clase de prosa.

    No arguyera mejor Pero Grullo ni el que

    descubrió la perogrullada.

    Se irá por partes. La llamada prosa sosa, distínguese, de la sápida, en que aquella es más lenta, vagueante y perezosa y es aquésta de caminar o andonear presuroso: es prosa rápida. No es paradoja. Ni yo soy paradojo.

    A diferencia de la aliñada y sápida, la prosa sosa (en insípida) no daña el alma de quien la escribe ni del que la leyere –si le hay-: es anodina entonces, por punta y punta, si no calmante.

    Suele ser “inaccesible al vulpino intelecto” (que decía su reverencia el padre Roberto) e inasequible – además- (como dice el reverendo padre León) cuando el aludido azorrado intelecto no es como de persona sino de cosa

    semejante. Es, aunque no agrade, una especie de prosa con ángel (quizá demoníaco) no muy pariente de la prosa con ángeles querúbeos y serafi -

    nales y presencia de la rosa o de la poma rosa y substancia de la mermelada de nubes con aljófares y azófares, maneras de la evasión y demás garambáinas, arrequives y requilorios que nunca acaban de pasar, opita ¡

    Es una especie de prosa (como se dice de la música, pura, y de la poesía, pura, sin programa ni argumento –sí con despropósitos...).

    Prosa no excipiente de nada sino vehículo de sí misma, función de sí propia:

    Es decir, prosa que se escribe en esa prosa, o que no se escribe, que no se escribiría en otra.

     

    RAMÓN ANTIGUA

    (FRAGMENTO)

    Ahora llegó el recuento

    balance de la jornada;

    mientras sirven el condumio

    gozosamente se parla;

    mientras se parla se fuma;

    se bebe mientras se yanta;

    se conversa en hiperbólico

    cuasi mentir, mientras canta

    la marmita en el fogón,

    mientras sueña la montaña

    -sueño de ceibos robustos

    y de esbeltísimas palmas-,

    mientras el río se fuga

    y al son de su absorta cántiga

    de leyendas y de mitos;

    mientras la luna se apaga

    para darle espacio al sol

    -madrugón de mala gana-,

    al sol con cara de jaque

    muy mimado de su daifa

    -levantado a contra pelo

    tras la incruenta batalla-,

    para darle espacio al sol,

    Caimacán de Xenufána,

    Cacique de Bolombolo

    -región salida del mapa-.

     

     

     

    DIALOGAN: BARUCH Y LOPE DE AGUINAGA

     

    A.-

    Versos, Versos, Versos urde.

    ¿Quizá con ellos aturde

    su soledad? ¿Quizá canta

    para adiestrar su garganta?

    ¿Tal vez apenas pretenda

    yuxtaponer una venda?

    Juego enervante, ya sé.

     

    B.-

    Versos urdí y urdiré

    Hodie et Semper, ab aeterno:

    Vétero vate y moderno,

    vate futurista, antiguo,

    vate ingente, vate exiguo,

    obsoleto vate y vate

    que la oreja asorda y bate

    con alta y baja frecuencia,

    vate sin gracia y sin ciencia,

    pero vate que no escampa,

    vate de la créme y el hampa,

    vate en vulgar, vate en culto,

    vate tabú del estulto

    y del tonto o pluscuam-tonto

    -de Astrakán o de Toronto,

    de la Sorbona, o de Babia,

    de Elsinor, Úbeda o Praviacomo

    del apenas laico:

    más del fósil sabio arcaico;

    mucho más del tierno fósil,

    a la moda blando y dócil;

    vate tabú de sí mismo:

    (¿ceguera? ¿o mero estrabismo?)

    Vate tabú de la grácil

    pudorosa, o de la fácil

    dona o donina venusta.

    Vate que al efebo asusta

    diletante del andrógino

    gay dezir, o del misógino

    gay saber... (no tanto gay

    como triste si los hay).

    Vate tabú, ya del rígido

    por fláccido, ya del frígido

    de gracia... Vate tabú

    del Hereford y el Zebú

    y hasta del orejinegro.

    Vate en grave y en Allegro.

    Vate en Adagio y Andante

    y en Scherzo jubilante

    y en Prestissimo (a la Fuga

    no! ni a paso de tortuga)

    Vate tabú de sí mismo:

    -refi nado Narcisismo-.

     

    A.-

    -Caballero de Quimera,

    versos traba a su manera,

    a su modo versos trova

    -dichoso de su joroba-

    Versos trova. Versos traba,

    trabó, trabará y trababa.

    Versos traba –Versos urde.

    ¿Quizá con ellos aturde

    su soledad? ¿Quizás, sólo,

    canta como sopla Eolo,

    -es decir, por no otra cosa

    saber hacer? Quizás osa

    (¿Osa mínima? ¿Osa máxima?)

    condensar en una máxima,

    -en un elocuente dístico

    su credo total artístico?

    ¿O disociar en informe

    cronicón vasto y diforme

    -basto además, si difuso

    su artístico Credo, al uso?

    Versos urde (versos trenza

    trovador de otra Provenza,

    tañedor de su laúd.

     

     

     

     

    ANOTHER FACECIA EN SECUENCIA ALTERNA

     

    Another facecia en

    secuencia alterna

    de soporosa virtud

    dormitiva) con notoria

    terquedad. ¿No es una noria

    -al alba, al vésper-, un mismo

    cantar, con isocronismo

    mecánico, dando en serie?

    Noria al sol, a la intemperie.

    Noria en velada guarida

    penumbrosa, o en ardida

    playa que el tifón azota.

    Noria en la Thule remota.

    Noria en sellado recinto.

    ¿No dimitió Carlos Quinto?

    ¿No la tu reina Cristina

    de Suecia, abdicó? Y asina

    no abdicó –y una o dos vecesel

    Corso, y “hasta las heces”?

    No más Aguinaga! ¡Un tajo

    da a tu facundia! De cuajo

    cercena (si la Clepsidra

    filtró la hora!) a la Hidra

    policéfala sus tantas

    lenguas como testas cuantas!

     

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    JORGE ZALAMEA, POETA Y POLITICO

     

    Jorge Zalamea (Bogotá, 1905 - 1969)  poeta, ensayista y político colombiano.

    Lo que hay de mayor valor en su obra son los gigantescos poemas El Gran Burundún-Burundá ha muerto y El sueño de las Escalinatas (Bogotá 1964).

    Premio Lenin de Literatura 1968, su excelente obra está en la tradición de la poesía en prosa. Traductor de T.S. Eliot y Saint John Perse.

     

    En Colombia, tuvo intervención muy activa en el gobierno de Alfonso López —1936, «la revolución en marcha»—, y en la política. De 1950 a 1957 vivió en el destierro, porque de regresar a Colombia lo habrían encarcelado por razones políticas. Zalamea siguió siendo fiel a sus ideas políticas —el socialismo—, que, sin embargo, habían sido abandonadas por sus compañeros de generación, los intelectuales jóvenes de la «república liberal».

    Fue el traductor oficial para el castellano de la obra de Saint-John Perse: Elogios, México 1946; Lluvias, Nieves, Exilio, Milán 1946; Anábasis, Bogotá 1946; Vientos, Bogotá 1960; Antología Poética, Buenos Aires 1960; Mares, Caracas 1961; Crónica, Bogotá 1967; Pájaros, México 1968.

    Escritor prolífico, ha tratado los más diversos géneros: ensayo, teatro, poesía. Su temática, intencionalmente social, se reitera a través del extenso curso de su obra con motivos políticos, críticos y estéticos.


     

    ¿A QUIÉNES OFENDE LA PALABRA?

     

    A los incapaces de fervor, a los que carecen de imaginación,a los que jamás se hablaron a sí mismos, a los que nunca administraron a las cosas el sacramento del bautismo, a los que ignoran la comparación, a los que pegan a las bestias y a los niños cuando no entienden sus miradas, a los que no quieren ganar fama, a los que temerían confesarse, a los que siempre esperan la delación o la denuncia,a los que no tienen caridad, a los impotentes, a los que no saben qué hacer con la libertad, a los temerosos de la justicia,a los que no pueden trascender dela sensación a la emoción, a los que nada tienen qué decir a un árbol, a un cántaro o a una abeja, a los que fastidia el silbo de un pájaro, a los que cuando levantan el rostro a la noche no sienten sobre su piel

    el picotear de las estrellas, a los que no-escuchan las historias apasionadas que-narran los leños en la chimenea, a los quese taponan los oídos para no oír los relatosde viaje del viento. A los que no tienen Dios, ni amada, ni amigo,ni hijo, ni siquiera una bestia que les pida con inundados ojos la caricia de una palabra.

     

     

    EL SUEÑO DE LAS ESCALINATAS

    [Fragmentos]

    Como los lectores de libros sacros, los pregoneros de milagrerías y los loteadores de paraísos y nirvanas, también yo he de sentarme de espaldas al Rió, frente a las
    escalinatas plagadas de creyentes y obsedidas por dioses vi­vos y muertos; frente a los Templos de ladrillo y cobre sobre cuyas escamas la luz hierve y crepita; bajo los empinados Palacios en cuyas azoteas cunde la algarabía de los monos.
    También yo he de llamar a los creyentes para que formen corro en torno mío, y me escuchen.
    Pero no he de leerles milagros de dioses, ni hazañas de héroes, ni amores de príncipes, ni proverbios de sabios. Pues respondiendo a lo que viera el ojo, el duro brazo de la cólera arrebató el libro abierto sobre mis rodillas y lo destrozó contra el viento. Y ahora el viento dispersa sus ho­jas sobre el Río, como ahuyenta el huracán a una bandada de pájaros de mal agüero.
    ¡AH! He repudiado el libro. He abolido los libros.
    Solo quiero ahora la palabra viva e hiriente que, como piedra de honda, hienda los pechos y, como el vahoroso acero desenvainado, sepa hallar el camino de la Sangre. Solo quiero el grito que destroce la garganta, deje en el paladar sabor de entraña y calcine los labios profirientes. Solo quiero el lenguaje de que se hace uso en las escalinatas.
    Pues tengo el designio, ¡oh creyentes! De abrir audiencia aquí, sobre las escalinatas, de espaldas al Río, frente a los Templos y bajo los Palacios.
    Designio de incoar un proceso —el vuestro—; de armar un alegato —el vuestro—; de reanudar, fomentar y dirimir la más antigua querella — la vuestra.
    Apelo a vosotros, ¡creyentes! Necesito de vosotros y c todos los seres de condición contradicha.
    He aquí, pues, mis citaciones a esta audiencia:

    En primer término, cito a los hongos humanos que proliferan  sobre las escalinatas o agonizan en ellas:
    Esculturas vivientes, gesticulantes y gimientes que abren avenida hacia la abierta sala de nuestra audiencia:
    El adolescente epiléptico que hace precipitar el ritmo de las plegarias con su alarido de entusiasmó y su bramar de espanto;
    El enano que salmodia su irreparable mendicidad bajo lujo de su enorme turbante amarillo;
    El paralítico que con sus tablillas ambulatorias, remeda sobre la sorda piedra la invitación de las castañuelas la danza;
    La leprosa que, mendicante, púdica, coqueta, desesperada, exasperada, cierra o hace flotar el vuelo violeta de su manto sobre su desleída carne gris;
    El niño que pone al sol los coágulos azulencos desus  ojos descompuestos;
    El hermoso mozo mutilado por sus propios padres para que la muda y nuda plegaria de sus muñones le garantice el pan de cada día;
    El demente, el sifilítico,
    El calenturiento,
    El idiota,
    El varioloso, el pianoso, el tiñoso,
    El sarnoso, el caratoso,
    El tuberculoso,
    Y toda la horda innumerable de los consuntos.
    -Que vengan aquí, que se acuclillen en primera fila, muy cerca de mí para que su yerta brasa haga borbollar las pa­labras en mi pecho hasta que broten de él lenguas de fuego.
    Pues quiero desatar un gran incendio.
    Doy luego precedencia en mis invitaciones a las gentes que viven un poco más allá de las escalinatas, detrás de los Templos y los Palacios:
    Las muchachas que acarrean las arenas y reciben en pago de su afán minúsculas hojuelas de estaño;
    Los vendedores de leños para las piras funerarias;
    Los vendedores de tierras de colores para los tatuajes de la casta y el rito;
    Los vendedores de rosarios de sándalo, nueces o vidriería. Que amansan la ira e inoculan la resignación;
    Las niñas que venden guirnaldas para adornar las esqui­vas gargantas del Río:
    Las niñas que venden diminutas almadías de paja con dos velillas encendidas para ofrendar al Río;
    Las solitarias abuelas varicosas que exponen con tímido orgullo, sobre un pingajo de saco seis nueces, cuatro pi­mientos rojos y un mango marchito:
    Los escribanos que copian la letanía de las miserias ile­tradas de la madre que busca al hijo para que le dé un sudario; de la niña abandonada que no quiere perder el cielo del pecho de su amante; del jornalero que clama con­tra una justicia de expropiadores;
    Los vendedores de tortillas; los vendedores de especias;
    Los vendedores de hojas de betel;
    Los vendedores de buñuelos en que se arraciman las abejas;
    Los vendedores de emplastos; los vendedores de pájaros;
    Los vendedores de bálsamos y laxantes;
    Los vendedores de ceniza;
    Los vendedores de sal;
    Los vendedores de agua...
    ¡OH delirante confusión del comercio de las cosas más nimias y necesarias!
    El comerciante cuenta en fracciones de rupias sus ganancias y el comprador irrita su propia hambre con un puñadito de garbanzos o recontados granos de arroz.
    Que abran el parque de los profetas y los dejen venir hasta mí, con sus salientes ojos alucinados, sus arremoli­nadas greñas, sus barbas cundidas de piojos y sus inciertas piernas de ebrios de Dios. Que los dejen llegar hasta nos­otros, pues necesitamos su testimonió. Su demencia corrobora nuestra razón y sus palabras nuestro designio.,
    ¡Crece, crece la audiencia! Hay ya silbos de llama en la brasa.
    Que vengan también el herborista y el sacamuelas; el botero y el guía; el alfarero y el tejedor de mimbre; el as­trólogo y el sastre; el homeópata y el acupuntista…
    Las mujeres que trituran las piedras al borde de las carreteras;
    Los ancianos que rasuran el vello amarillo de la tierra secana;
    El niño tuerto que teje los saríes de púrpura y de oro; los hombres que tiran de los carros cargados con grandes vasijas de gres;
    Los encantadores de serpientes;
    Los cornacas;
    Los colectores de boñiga;
    Los niños que pastorean jabalíes y búfalos;
    Los hombres que cuidan de los monos en los templos olorosos a orina y benjuí;
    Los remendones de babuchas;
    Los barberos que, en cuclillas, rasuran y tonsuran a sus clientes entre las ruedas locas de los rickshaws; los mozos de tiro de los rickshaws: los Ganimedes de leche de coco; los trenzadores de cuerdas;
    Los basureros y los recogedores de colillas; los esquiladores y cardadores; los camelleros y burreros;
    Los poceros y los pregoneros;
    Los estafetas y las plañideras;
    La mujer que tuesta los garbanzos; la que cuece el arroz;
    La que sabe parar los flujos;
    La que maquilla a la niña impúber;
    La casamentera y la amortajadora;
    Los que baten el cobre, los que graban el cobre, los que nielan el cobre...
    Y los incineradores de cadáveres,
    ¡Y las parteras de la miseria recién parida!
    ¡OH lancinante algarabía de los humildes menesteres! Y de los bajos oficios. ¡Oh inacabable necesidad de las manos que ofrecen su trabajo! ¡Oh codicia fatal de las manos que reciben el trabajo!
    Crece, crece la audiencia:
    Que vengan todas las gentes de sudor y de pena de Benarés, y me den todas ellas su venia para citar a los cam­pesinos rebeldes de Hayderabad:
    A los artesanos maldicientes de Jaipur;
    A los tasadores de basuras de Bombay;
    A los pescadores acongojados de Madrás;
    A los pastores de Cachemira:
    A los tejedores del Deccan:
    A los chóferes de Delhi:
    A los leñadores del Punjab;
    A los colectores de cadáveres de Calcuta.
    Que vengan todas las gentes de sudor y de pena de la India. Pues plantearemos un gran pleito y fomentaremos una gran querella con su asentimiento y testimonio.
    Audiencias entre el Río y los Templos: sobre las esca­linatas y bajo los Palacios. Sin esperar la tarde: bajo el colérico sol que denuncia hasta el bongo en la axila del notable.
    Detrás está la ciudad: henchida clueca erizada de cúpulas. Minaretes y terrazas, empollando sus muchos siglos; rumiando su pasado, tal una vaca bajo el bordoneo de los tábanos; pasando y repasando su rosario de soles y de lunas como un fakir encenizado; censando sus caudillos; sus khanes, emires, emperadores y goberna­dores; empadronando sus hechiceros, sus brahmines, sus la­mas, sus imanes; haciendo balance de invasiones y contabilidad de lenguas; recitando crónicas, anales y memorias de pestes. Incendios, deslizamientos, inundaciones, terremotos, Tifones, sequías, guerras y hambrunas; sepultando sus muertos que descienden hacia el Río e inventariando sus recién nacidos que suben hacia el hambre.
    En la confusión de los elementos, —cuando el aire, el fuego, las aguas y la tierra eran un común hervor—, surgió del légamo el ligam legatario y esparció su quemante es­perma, confirmando las inciertas riberas, dando cauce al Río y engendrando la ciudad.
    Unas cuevas en las escarpadas orillas, unos montoncillos de adobes más arriba, tal fue su origen, su remoto comienzo. Y la necesidad rondando desde entonces, en torno, como ocelada fiera.
    Su rumia secular le repite a la ciudad el sabor de los sudores iniciales, la quemadura de las primeras lágrimas; el hedor de las primeras negras sangres humeantes; fermentación bajo el sol altanero; proliferación so­bre el humus del Río... Y el infatigable conato del hombre por reproducir sus manos pedigüeñas y su boca insaciada. Y su precipitado corazón
    ¡AH! Rumia la ciudad sus gemidos de parturienta perma­nente: ora pariendo fosos y murallas; ora pariendo fuertes
    Y fronteras; ora pariendo mezquitas y pagodas; ora parien­do palacios y vanas tumbas. Toda cosa parida hermosa, grandiosa, fabulosa envuelta en la amarilla placenta del hambre
    Vientre cuyo flujo no reconoce tasa ni peaje, en el impudor de su celo milenario expele generaciones como vas­tas ovadas de renacuajos y pone esos huevos cósmicos bajo cuyo esculpido dombo se refugian los dioses y tratan de re­calentar los hombres la yerta metafísica del hambre.
    Indiferente al destino de sus criaturas, adorna su gran cuerpo polvoriento con pulidos falos de piedra, de madera. De cobre, de hierro, de oro...P
    or su eterna herida supurando generaciones necesitadas.
    A cada vuelta de siglo, se hacen más distintas en el clamor de sus criaturas palabras, quejas, gemidos, gritos, alaridos de hambre, reclamos de justicia y de paz. Los siente en sus flancos como breve quemadura, como fugaz herida recurrente. Y se voltea sobre su propia desazón tal una bar­caza abandonada da tumbos sobre la ola contraria.
    Sobre la rumia de la ciudad, el cielo azul, impasible, surcado el vuelo místico de las apsaras y el vuelo es­candaloso de las guacamayas.
    Manan los hombres de la ciudad hacia el Río; se vierten
    por las escalinatas como una lava lenta y escabrosa: extraviado cada uno en un sobresaltado ensueño de viandas humeantes y divinos visajes.
    Consolación de los colores: el incierto, el inquieto descendimiento de la muchedumbre
    por las graderías, se afirma e ilumina con las rojas trenzas de un turbante, los pliegues de un manto amarillo. Los visos de un sari violeta, el breve vuelo de un velo verde y la vasta palpitación de un gran lienzo blanco entregado al mudo furor del viento.
    Estáis aquí, creyentes. En torno mío, poblando las escalinatas. Y va a ser posible abrir audiencia pues otras gentes de vuestra misma condición han venido de todos los rumbos: ora
    por sobre las sobresaltadas praderas marítimas; ora traspasando las montañas en que tienen sede sabios, santos y otros fantasmas; ora por los polvorientos caminos que el árbol niim sombrea con sus ramas carita­tivas y sus hojas sanatorias.
    ¡Nombrarlos, enumerarlos! Cada nombre será una nueva brasa y cada número otra ira.
    Que nuestra condición se muestre en toda la majestad de su horror.
    ¡Censar, censar es mi retórica!
    Vedlos aquí: venidos de todo foco de infección, de todo hogar de miseria, de la ubicua sede de la necesidad:

    De Nagasaki e Hiroshima y Okinawa las madres frustra­das, los hombres mutilados y los campesinos desposeídos;
    De las islas de Sonda los caucheros de quienes nadie re­cogió la leche de su fatiga ni la resina de sus huesos;De Indonesia las víctimas de los remotos especuladores del estaño;
    De Turquía los aldeanos que devoran al ras del suelo, en competencia con las bestias, las hierbas amargas;
    Del Irak los supervivientes de las matanzas de Basra, de Habanieh y de las islas letales;
    De Ceilán las víctimas de los avisados especuladores del arroz;
    Del Irán los rehenes de la guerra cruda del petróleo y los habitantes famélicos de las cuevas de la prestigiosa Teherán, so el miraje de sus los palacios: como aquí;
    De Argelia los macilentos próceres que roen con sus dien­tes de leche las cadenas del cainita;

    De Egipto los fellahs que perdieron en el turbión de los siglos el crédito de su angustia y el débito de su cólera;
    De Kenya los kikuyus engañados
    por las grandes fábri­cas del saber occidental; los masai empenachados con su propia belleza, pero ampolladospor la consunción; los mau­mau exorcizándose a sí mismos en un tenebroso ensueño de ira y reconciliación;
    De Sur África los míseros viejos negros sollozando sobre el destine' de sus hijos terroristas y sus hijas prostitutas; de Madagascar los sobrevivientes de la orgía represiva.

    ¡Crece, crece la audiencia!
    Pues también de la orgullosa península minúscula deri­van aquí nuestros semejantes:
    De Francia, la bien garnida, los mineros silicosos, los re­cogedores de remolacha, los galanes sin techo, los ancianos que abren la espita del gas y escuchan la silbante canción del gas como final melodía de su desamparo; las maquilla­das marionetas mecánicas de la prostitución; los obreros roídos
    por las hormigas de los dividendos;
    De la España bronca, los cosecheros de aceitunas de An­dalucía, los vascos de sellada furia, los asturianos cosidos de recuerdos como de cicatrices: todos los españoles humillados y ofendidos;

    De la imperial Britania, los lémures humanos de los slums londinenses; los labriegos que revientan de fatiga y de hambre sobre los terrones de Irlanda; las viejas que vendimian el vino de su embriaguez en lagares de esperanzas fallidas y mancillados recuerdos; los marinos que buscan en los siete mares el olvido del hogar ingrato. Y todos los que, ruborosos, se dicen a sí mismos, como Chariot: no hay miseria comparable a la de Londres;

    De la Italia azul y miel, las mondadoras de arroz que son mondadoras de sus propios sueños; los pastores de Calabria que apacientan la negra ira; los vidrieros vénetos que traspasan el agonizante fuego de sus venas a las cintilantes copas que saciarán a otros labios: las niñas negociadas de Nápoles; los carusi de Sicilia, precozmente corrompidos
    por la opresión y contrahechos por la explotación; las muchachas vergonzantes de Roma a las que encontrará la muerte más blancas y temblorosas que una hoja de papel, más yertas que el alba del desahucio, y toda la innúmera emigra­ción desesperada;

    De Grecia, toda Grecia, la traicionada y vilipendiada: el devorante chancro de nuestros vicios, nuestra más secreta vergüenza.

    !Que numerosa audiencia!

    ¡Que tumultuosa audiencia!

    Y aun crecerá la audiencia sobre las escalinatas. Pues no ha finido el censo.

    DEL quieto país de muchos lagos y volcanes de agua, han venido los guatemaltecos tratando de revivir entre sus manos desposeídas un quetzal malherido;

    De México —sangrante, agonizante— han llegado los agra­ristas engañados, los guerreros vendidos, los revolucionarios frustrados. Los sindicalistas abozalados: toda la gente mexi­cana como un erizado bosque en marcha de cactus;

    De otras naciones del Caribe, blancos y negros, indios, mestizos, mulatos, zambos y cuarterones han venido, —al­zados todos ellos contra la sangrienta demencia que sirve de Celestina a los rijosos patrones del azúcar y el banano;

    De las gélidas mesetas en que el guanaco curiosea, han ve­nido otras víctimas de los remotos especuladores del estaño;

    De Venezuela la rica, la más rica, la mil veces rica, la riquísima, —inesperado centro de musicalia, sede de la más audaz arquitectura, lonja de artistas, mecenas estrellado (¡oh antifaz, oh máscara, oh irrisión!)— de Venezuela hu­meante de petróleo, husmeante de pan, han venido cinco millones de pobres venezolanos y los millares de sombras que toman aquí, entre vosotros, vacaciones de los penales,

    Presidios y cárceles en que pagan el planteamiento de un pleito: ¡el vuestro, el nuestro!

    Que cada palabra mía fuese ahora como piedra de cien filos: llave inmisericorde que abra y destroce todo corazón. O como dentellada de lobo que tiene prisa
    por llegar a la entraña palpitante de su presa. Pues mi pobre corazón está desnudo y llagado viendo llegar a las escalinatas la de­legación de mi pueblo: mis hermanos, mi más inmediata semejanza (...)

     

     

     

     

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    JOSÁ MARÍA VARGAS VILA, NOVELISTA Y PANFLETARIO

     

    JOSÉ MARÍA VARGAS VILA, novelista y panfletario

     

    (Bogotá 1860 – Barcelona 1933)

    Agitador y orador político, es el máximo escritor panfletario de Colombia; su estilo demoledor e iconoclasta refleja sus ideas libertarias. Publicó gran cantidad de folletones y varias novelas. 

     

     

    ¿Qué es un libro?

     

    Un libro es: TODO;

    puede ser la Verdad, ser la Mentira, ser

    una Tempesatd, ser una Lira, tener alma

    de luz, o alma de lodo;

    un libro puede ser lo mismo: un pedazo

    de Sol o un jirón de abismo;

    un libro es como un Universo; ya sea en

    prosa, ya en verso, que esté escrito, todo

    el Infi nito en sus páginas cabe;

    puede ser, armonioso como un jilguero,

    y feroz como un buitre carnicero;

    pájaro extraño, pájaro huraño, como el

    cuervo de Minerva, puede ser un ave de

    Ciencia y de Meditación;

    o como el cisne de Leda, puede ser un

    ave de Voluptuosidad y de Pasión;

    puede ser como un canario amoroso y

    dolorido...

    ¿de los libros, no has oído muchas veces,

    cómo escapa una Canción?

    puede ser como un cóndor visionario ,

    deteniendo en un osario, sus enormes

    alas negras, como un negro Gonfalón...

    o, de un viejo Antifonario, la blanca

    paloma Mística, que en un horizonte de

    oro, abre el tesoro de sus alas jeroglífi cas;

    de las águilas proféticas de Patmos, puede

    ser un polluelo;

    o, tener la Sabiduría del cielo, como el

    águila hierática de Jove;

    y, ya sea que vuele, ya que se arrobe en

    actitud extática, o abra las alas, en un

    gesto tranquilo, puede ser ora la del

    Dante, ora la de Esquilo, ora la de Hugo,

    el águila Poética;

    lo nuevo y lo antiguo de la Vida y del

    Mundo, un libro puede contener, porque

    un libro es ambiguo, porque un

    libro es profundo, como un alma de

    Mujer;

    ¿un libro es un pendón?

    puede ser un pendón de Gallardía y de

    Arrojo; un pendón blanco y rojo;

    el pendón que va a la Gloria; el pendón

    nunca vencido; el pendón de la Victoria,

    sobre el muro derruido;

    el pendón vencedor de la Envidia y del

    Olvido;

    ¿un libro puede ser una bandera?...

    dondequiera;

    bandera que es en guerra parte; bandera

    que en dos va hendida; en la una faja,

    dice: ARTE, y en la otra dice. VIDA;

    ARTE y VIDA, el lema son, que en un

    campo de Infi nito, con estrellas lleva

    escrito, el heráldico blasón de las Letras;

    Y, ¿del ARTE el Estandarte?

    añadid un lirio blanco, en el campo de ese

    Escudo de Templarios, y tendréis el Estandarte

    del ARTE;

    del Arte de los Grandes Visionarios, que por

    ser visionario, es el solo ARTE.

     

     

     

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    ÁLVARO MUTIS

    ÁLVARO MUTIS 

    (Bogotá 1923) Premio Cervantes 2002; este gran poeta joven y novelista tardío, representa el texto más moderno y asombrosamente anárquico de nuestra poesía. Con gran tono elegante, su obra se debate entre la desesperanza y esa belleza incomprensible que yace en lo trágico de la miseria.

     

    UNA PALABRA

    Cuando de repente en la mitad de la vida llega una palabra jamás antes

    pronunciada, una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre

    la magia recién iniciada, que se levanta como un grito en en un inmenso hangar abandonado donde el musgo cobija las paredes, entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una palabra basta, una palabra y se inicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso polvo de ciudades, hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el hollín y anidan densas sombras,

    húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres...

    Camino del mar pronto se olvidan estas cosas. Y si una mujer esperas con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas de un fl orido písamo centenario, entonces el poema llega a su fi n, no tiene ya sentido su monótono treno de fuente turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas.

    Sólo una palabra.

    Una palabra y se inicia la danza

    de una fértil miseria.

     

    Los Trabajos Perdidos

    Por un oscuro túnel en donde se mezclan ciudades, olores, tapetes, iras y ríos, crece la

    planta del poema. Una seca y amarilla hoja prensada en las páginas de un libro olvidado,

    es el vano fruto que se ofrece.

    La poesía sustituye,

    la palabra sustituye,

    el hombre sustituye,

    los vientos y las aguas sustituyen...

    la derrota se repite a través de los

    tiempos

    ¡ay, sin remedio!

    Si matar los leones y alimentar las cebras, perseguir a los indios y acariciar mujeres en

    mugrientos solares, olvidar las comidas y dormir sobre las piedras... es la poesía, entonces ya está hecho el milagro y sobran las palabras.

    ...Pero si acaso el poema viene de otras regiones, si su música predica la evidencia de

    futuras miserias, entonces los dioses hacen el poema. No hay hombres para esta faena.

    Pasar el desierto cantando, con la arena triturada en los dientes y las uñas con sangre

    de monarcas, es el destino de los mejores, de los puros en el sueño y la vigilia.

    Los días partidos por el pálido cuchillo de las horas, los días delgados como el manantial

    que brota de las minas, los días del poema...

    Cuánta vana y frágil materia preparan para las noches que cobija una lluvia insistente

    sobre el cinc de los trópicos. Hierbas del dolor.

    Todo aquí muere lentamente, evidentemente, sin vergüenza: hasta los rieles del tren se

    entregan al óxido y marcan la tierra con infinita ira paralela y dorada.

    La gracia de una danza que rigen escondidos instrumentos. La voz perdida en las pisadas,las pisadas perdidas en el polvo, el polvo perdido en la vasta noche de cálidas extensiones...o solamente la gracia de la fresca madrugada que todo lo olvida. El puente del alba con sus dientes y sombras de agria leche.

    Poesía: moneda inútil que paga pecados ajenos con falsas intenciones de dar a los

    hombres la esperanza. Comercio milenario de los prostíbulos.

    Esperar el tiempo del poema es matar el deseo, aniquilar las ansias, entregarse a la

    estéril angustia... y además las palabras nos cubren de tal modo que no podemos ver lo

    mejor de la batalla cuando la bandera florece en los sangrientos muñones del príncipe.

    ¡Eternizad ese instante!

    El metal blando y certero que equilibra los

    pechos de incógnitas mujeres

    es el poema

    El amargo nudo que ahoga a los ladrones de

    ganado cuando se acerca el alba

    es el poema

    El tibio y dulce hedor que inaugura los

    muertos

    es el poema

    La duda entre las palabras vulgares, para

    decir pasiones innombrables y esconder la

    vergüenza

    es el poema

    El cadáver hinchado y gris del sapo lapidado

    por los escolares

    es el poema

    La caspa luminosa de los chacales

    es el poema

    De nada vale que el poeta lo diga... el poema está hecho desde siempre. Viento solitario.

    Garra disecada y quebradiza de un ave poderosa y tranquila, vieja en edad y valerosa en

    su trance.

     

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