HÉCTOR ROJAS ERAZO (Tolú, 1921-Bogotá 2002)
Premio nacional de poesía José Asunción Silva, Bogotá, 1999.
Libros de poesía publicados: Rostros en la soledad (1952); Tránsito de Caín (1953); Desde la luz preguntan por nosotros (1956); Agresión de las normas contra el ángel (1961); Las úlceras de Adán (1995).
Novelas: Respirando el verano (1962). En noviembre llega el arzobispo, 1966. Celia se pudre. Madrid: Editorial Alfaguara, 1985.
Prosas: Señales y garabatos del habitante (1976).
Incursionó en el periodismo (El Heraldo, La Prensa, El Universal, Diario de Colombia, El Tiempo, El Espectador).
Como pintor realizó más de sesenta exposiciones dentro y fuera del país (España, Alemania, Estados Unidos, Canadá).
Con gran sentido del humor, Rojas Erazo publicó en 1968 un autorretrato con agudezas como ésta: “Quien le ve su andar de pesista de circo o luchador que se dirige a un gumiiasu, no sabe que toda su fisiología no pasa de ser un mueble (...) Tuvo la voz gruesa y afirmativa de los animales que viven atemorizados. Temor a todo: a cortarse cuando se afeita” a engordar más de la cuenta; a tener que dormir alguna noche en una casa sola; al solo hecho de estar vivo; a ser arrollado por un automóvil, por la espalda, cuando va caminando por una acera. Sabemos también que, para él, un viaje en avión es mucho más catastrófico que un juicio final”.
EL DESEO
El deseo es vegetal
pide caminos
aire
quiere temblar en fruto 
suspenderse
pide un cuerpo abonable
pide un labio
pide comer y ser comido
quiere
entrabarse y gemir con ramas duras.
Gime por ser
quiere temblar
sentirse
palparse desde dentro
saberse entre las cosas respirando.
Quiere el viento y el ala
quiere el día
quiere el follaje de su fuerza obscura
brillando entre la luz hoja por hoja.
Es vegetal por eso:
por su destino de tiniebla y cielo
porque rompe y emerge
porque sube
porque la muerte sufre con su anhelo.
EL AMIGO
De pronto me miró,
solitario el que más como ninguno.
Me miró con sus ojos y sus huesos
y sus desnudos pies entre zapatos.
No pude resistirlo (el hombre no soporta
lo que mira hasta el fondo).
A espaldas de él estaba el paraíso
con todos sus demonios y pucheros
y papá Dios haciendo sus globitos.
Y de este lado estaban la consola,
los muebles, los testigos de la sala.
Y el amigo sentado en su silleta.
Mirándome, sentado, respirando.
Ese pueblo de los tamboreS
El pueblo de nuestra costa atlántica es un pueblo hechizado. Nuestro campesino vive, ama, siembra, llora en el velorio o baila en la cumbiamba empujado por un hálito misterioso. Es un hombre rodeado de transmundo por todas partes. Cuando llega la fiesta de San Bartolo, por ejemplo, se pone —muy serio, muy reconcentrado, muy minucioso— a fabricar crucecitas de paja para colgárselas a los niños en el pecho. El campesino no quiere que el diablo —el diablo con cuernos de alcanfor y patas de azufre, el diablo que echa fuego por los ojos y por la boca y le mete el rabo a sus víctimas por las narices— se lleve a sus hijitos para el monte. Por eso riega, también, agua bendita detrás de los escaparates y los baúles. Para ahuyentar al enano cabezón que hurga el sexo de las doncellas con dedos de cristal y les mete palabras grandes y duras a los oídos de los infantes cuando duermen.
Nuestro campesino ha hecho de todo esto una poética y aplastante realidad. Muchos de ellos han visto, en el centro de la noche, al espíritu Lara. Lo han visto escribiendo sobre el agua, vocablos de fuego, el nombre de una mujer encinta para hacerla malparir y torcerle, con el alambre del vómito, las muelas y las tripas. Y hay viejos que nos hablan del brazo palpitante que quedó entre sus manos cuando tajaron, con un limpio círculo de su machete, el ala de una bruja convertida en gallina. Estas brujas las conocen todos. No es un secreto para nadie su sabiduría en la preparación de unturas y brebajes. Tienen algo de seres vegetales estas ancianas. Lentamente, a la vista del pueblo, se van secando, se van pudriendo, se van poniendo chiquiticas y amarillas, hasta que se quedan inútiles sobre una cama de viento como si fueran raíces.
Nuestro campesino cree en todo esto porque lo ama, porque lo necesita, porque sin todo esto se quedaría solo, vacío e inútil. Es más: porque, sin ese cúmulo de creencias, no podría hacerle frente al implacable empuje de la fatalidad y de los elementos. Sin el hechizo no resistiría la mala siembra, niel luto sobre la familia, ni las gusaneras que hacen caer a pedazos la carne de los ganados. Por eso en nuestros pueblos todavía existen brujos. Brujos de carne y hueso que tienen nombres de apóstoles y tiznan el padrenuestro y el avemaría con el carbón de la cábala. Es toda una cosmología primaria, un empirismo ritual, donde los santos tienen mochilas preñadas de semillas; donde los arcángeles usan rulas y fuman tabaco revuelto; donde la madre de Dios se sienta en las sementeras a jugar con el ciento, con las hojas y con la lluvia.
Este es nuestro pueblo. Un pueblo hechizado que ha buscado el tambor, la gaita, las guachas, el acordeón y el carángano, para darle nombre propio a un universo de polvo, de clorofila y de azufre. De allí ese extraño sedimento alegíaco que nutre el hípido de nuestras coplas. De allí esa nostalgia, ese acento de miedo y hermosura, que podemos apreciar en todo nuestro folklore. Quien crea que la música de nuestra costa caribe está solamente hecha para la epilepsia corporal o para la simple alegría de los sentidos, está totalmente equivocado. Para su cabal comprensión —para saber lo que bulle en el interior de un mapalé, de un merengue o de un fandango— es preciso emplearse, muy a fondo, en una militancia del corazón y de la inteligencia. Se necesita saber desentrañar lo que hay en aquellas mulatas, grandes y macizas, que cumplen, sobre el cáliz de los pilones, un rito agrario, se necesita conocer el color que tienen las aguas de un estanque cuando el mohán —con voz de niño adulto, del niño que tiene miles de años en su pelambre de musgo y de lodo— nos llama dulcemente con nuestro nombre de pila; se necesita haber visto un patio, simplemente un patio bajo el sol o la luna, cuando el mar es un bramido, grande y amargo, sobre la memoria del tiempo. Todo eso se encierra en esos instrumentos toscos, humildes, construidos con los elementos de una comarca misteriosa.
La gaita es el agua, el tambor es la tierra, en las guachas y las raspaderas está ese viento, cálido y tenso, que aprieta, como una arcilla tostada a fuego lento, las facciones de nuestros labriegos. Cuando uno escucha una gaita parece que el agua estuviera sollozando. Es una fuerza líquida, otra sangre la que navega por la nuestra. Sangre de toro, de yerba, de pegujal y de azucena. Y el tambor es un gran corazón, una gran mano que nos pega en el puro centro de las vísceras. Que nos recuerda quiénes somos, dónde estamos, de qué barro, exactamente, están amasadas nuestras costillas y nuestra epidermis. En todo esto hay tristeza, trabazón de conceptos, senequismo elemental, precisión ante la vida y la muerte. Detrás de todo esto hay abuelos y retratos y techumbres de paja que apenumbraron nuestro asombro primero. Detrás de todo esto hay espuelas de gallos y trajecitos almidonados y muchachas de quince años meciéndose en los corredores. Y está el pueblo. Ese pueblo costeño que se disfraza de alegría pero que, por dentro, tiene caballos desbocados, plegarias de cuero, crucecitas de paja para que el diablo no se lleve a los niños.
Por eso el hechizo es el clima natural de esa porción de la geografía colombiana. Por eso el grupo de hombres y mujeres que Manuel y Delia Zapata Olivella acaban de traer a Bogotá tiene importancia. Una importancia recóndita. Cuando Delia y Manuel ambulaban por pueblos y veredas y se ponían a escuchar a una viejita cantando canciones olvidadas, sabían muy bien lo que estaban haciendo. Delia misma ha buscado las telas y ha cortado y cosido los trajes con que han de presentarse estos hombres de nuestra tierra. Delia consiguió el barro para fabricar múcuras y el bejuco para trenzar los catabres y ella misma midió los compases y balanceó los volúmenes de esta coreografía alucinante y se puso a danzar —en el centro de todos ellos— hasta que el baile de los cabildantes y del gallinazo y los cartones de la vida del mar quedaron terminados. Por eso tienen todo el derecho a ser nuestros intérpretes. Por eso han podido reunir un poco de gente y un poco de instrumentos musicales y traerlos a Bogotá para que aquí se sepa, de verdad verdad, cómo es el mundo colombiano que vive asomado al océano. Aquí los tenemos ahora. Los hermanos Zapata Olivella y el trozo de pueblo y geografía que han traído consigo nos dirán el resto.
TARJETA SOBRE AZORIN
Con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo.
Era un ciudadano como otro cualquiera, un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, y se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. “Tenga juicio y aprenda a estarse quieto, no grite nunca”, es la consigna de Azorín. Nada de aspavientos en esto de sentir y ver. Cuestión de tiempo, de paciencia y de tiempo. Tenía el silencio, la minuciosidad y la parsimonia, pero también la confianza en su trabajo, de un miniaturista japonés.
A Azorín le tocó, como saludable contrapunto, una generación de Do mayor. Por un lado el vozarrón de Unamuno, por el otro (solo las “sonatas” fueron escritas para clavicordio) la petulancia orquestal de Valle Inclán Maeztu que en el centro golpeaba duro en el pupitre (¡niños, niños, nada de recreo; eso era de aprenderse la lección!) cuando, a marchas forzadas y comandando dos generaciones de repuesto, llega Ortega. El gran publicista lo saca garante, más que su totemismo cogiativo, su limpia, su depurada gracia española lo que, muy a su pesar, tenía de azorinesco. El resto eran unos señores tremendos cejijuntos. Y cada uno de ellos, a su manera, vivió convencido de que tenía a España arrodillada, con unas orejas de burro colocadas por escarmiento en la cabeza, en un rincón de su aula de pedagogo. Se lamentaron de Unamuno, que acostumbraba a meterse huesos adentro en busca de sus fantasmas egolátricos y de unas virtudes nacionales que ya habían cumplido su oficio —que la pobre España, asustada por tanta alharaca, se acurrucó muchos lustros en la creencia de que era una niña culpable—. A Baroja lo salvaron su soledad y su tozudez de labriego. “De puro vasco y de puro bruto” como tan desen-fadadamente decía de sí mismo en sus memorias, con el único fin, eso se ve muy claro, de bajarle los humos al estentóreo rector de Salamanca.
Mientras tanto, con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo. Era un ciudadano como otro cualquiera. Un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, que se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. Un buen parroquiano. Estuvo gordo el hombre en sus años de mocedad y madurez. Después le dio por las frutas, ¿ven ustedes? Alcanzó como premio una vejez delgada y transparente, una vejez apacible, sin artritis ni dolores en la vejiga. Era el único serio. Y lo que pasaba era que Azorín iba por el otro lado, exactamente por el otro lado. Su secreto, era el aplomo, los nervios en su sitio, el tono bajo. Nada de englotonamientos, ¿para qué ? Sabrá, como muy pocos en su oficio, que el escritor y su lector terminan por encontrarse a solas en una página. Y cuando esto ocurre ya no valen trucos. Su labor, pues, se redujo a comunicar —en la forma más diestra, honesta y rigurosa que le fue posible— lo que veía y sentía. Ya nos ha dado su fórmula. Es, ni más ni menos, la de un buen jornalero. “Cuando escribas —nos recomienda— pon una cosa después de la otra”. Oigase bien, como quien dice: si las echas de bulto, si las derramas y mezclas al azar o si las metes unas en otras, o te las das de muy sabido, te dañas el asunto. Y tal y como lo recomendaba lo hacía. El idioma no estaba acostumbrado a esta impecable humildad.
Buen caminador Azorín. Otra de sus claves. Y esto de caminar, de saber caminar, se entiende, tiene sus bemoles. Un arte aparentemente menor, es cierto, pero que se rige por leyes sutiles y complejísimas. Consiste sobre todo, vean la nadería, en paladear lo que se recorre. Ya esto, de contra, implica un juego doble: aprontamente en la morosidad. Los sentidos deben mantenerse ágiles, coordinados y atentos como galgos de caza. Se requiere, además, una ternura silenciosa, funcional, de la misma jerarquía de la compasión, para desentrañar la fidelidad a esos códigos memoriosos en que se desenvuelven conversaciones familiares; para ver la luz propia, el contorno y la energía de cada objeto; para desmontar y luego sumar armoniosamente cada fragmento de la totalidad. Todo esto conduce a quien lo ejecuta a descubrir la sutura —que de hecho es historia palpitante, tradición y carácter—entre el lugar, los utensilios y el habitante. Se está de cacería repetimos y a todo momento el dedo debe estar en el disparador. Entonces el agua, cuando atraviesa una prosa, fluye, sabe y oficia como agua. Igual con los ganados y con las mieses. Prueben a oler una parvada de trigo en un relato de Azorín y conocerán de nuevo —en Tolstoi o en Thoreau— la delicia de respirar la libertad, el perfumado equilibrio, la intensidad apasionada que atesora la atmósfera de un día estival. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con Gabriel Miró, para remitirnos a un coterráneo que se enfrentó a sus mismos problemas. El alicantino veía un campo y en seguida (no sabemos qué le picaba al buen señor en la cabeza) se dedicaba a calumniarlo con la mejor buena fe, aplicaba toda clase de galantes necedades a apesadumbrarlo. El resultado son esos cortijos, como las malas cortesanas, de albayalde y carmín.
El pincel de Azorín es fino. Mojado con los tintes precisos. Su línea es neta, segura. Su línea de un maestro. Tenía el don, otro de los frutos de su paciencia, de apretar lo sugerente. Una barda aquí, un sendero allá, unas techumbres de ópalo sobre un bloque que encalado en el centro y ya tenemos un pueblo. Adentro, encontraremos a los eternos personajes. Pero Azorín los conversa, los vive, los manosea, los acompaña. Miren lo cazurro. Se les va, por los entresijos, a ellos y a su contorno. Y en el mueble polvoriento, desfondado —con su tacto y finura de siempre, sin perder la compostura— no insinúa la muerte, y en la calma de una abuela que canturrea una nana, al rescoldo de su fláccido pecho, nos muestra las brasas de una venganza y en la sonrisa de la zagala, frente al pelotón lleno de uvas, el tiempo sutil, de la melancolía de amores, el enigma de una comarca.
Después, mientras se solaza con frituras y colaciones, a darle otra vez al asunto. A taladrar almas, a buscar la madeja en el laberinto. Pocos han caído en la cuenta de que Azorín es uno de los mejores novelistas de España. Sólo que él no trabaja de corrido. Nos deja muñones, cejas, mejillas, torsos de personajes. Eructos y ruidos en el pecho y el alma, suspiros. Alumbra la realidad. Mire usted que ese arcón junto al tinajero y esos retratos colgados ahí no más, a la derecha del armario, a pocos pasos de la puerta. Pues sí señor. Dentro de ellos, como un quieto pero rumoroso testimonio, están apetitos de mujeres en lechos bañados por la luna, orgullos de varón, pasiones sombrías, consejas. El crimen puede galopar en la noche, el duende sale, los jazmines están a punto de aromar una infidencia. Pero, eso sí, cuando la cosa se va a poner trágica, trágica de verdad, Azorín hace el esguince. Nos ama, ama el empalme y el equilibrio de la vida. Vuelve otra vez a su fórmula: nada de aspavientos, mis hijos tranquilos, a tener juicio. Y sigue hablándonos de tiestos con rosas, de hidalgos resecos, de caballos y mulas piafando, al amanecer entre un perfume de naranjos.
Pero lo que nos gusta sobremanera de Azorín, lo que explica que lo consideremos un gran novelista, es lo que tiene de listo, de entremetido, de buen pícaro. No puede ver una ranura, porque la vuelve brecha. Si le dan un dedo se coge toda la mano y, de encime, se carga con el santo y la limosna. En esa forma pudo meter en cintura, en la cintura de su estilo, muchos pueblos que ya no pertenecen a España solamente. Así, al desgaire, con su apacible rostro de notario (el del período cincuentón, el mejor y más productivo) se las sabía todas. Solo que la cuestión iba para su coleto y para el coleto de sus lectores. Claro, de todo esto, de tan rico y bien ejercitado vagabundaje, nos ha quedado la prosa más cuajada y substanciosa, la que destila mejores juegos, del lagor de los noventa y ocho. Azorín es el último de los clásicos españoles.
CARNET DE UN ESCRITOR
Quién soy. Soy un híbrido de furia, ignorancia, cobardía, esperanza, inconsecuencia, ternura y desesperación. Un hombre totalmente normal, como puede verse. Escribo o pinto para ejercitar una incoercible y casi siempre fracasada necesidad de comunicarme con los otros.
Estoy convencido de que algo terrible —hacer política o meterme a actor o libretista o intentar la fundación de una empresa relacionada con la explotación del turismo o fundar una secta religiosa, basada en conseguir nuestra purificación a través del delito— me ocurriría si no lo hiciera.
Mis influencias. He sido influido por las cosas más aparentemente —sólo aparentemente— heterogéneas: los magazines y los ejercicios yoga; los novelistas ingleses y las tarjetas pornográficas; el Reader Digest y los camajanes del Arsenal de Cartagena; el cine (más que todo el cine rojo) y la Biblia; Quevedo y los sermones del Viernes Santo; los periódicos y las revistas de modas como «Vanidades»; los burdeles con traganíqueles y los novenarios de difuntos.
Por ello mismo estoy convencido de que toda experiencia en un hombre —sea ella moral, estética, política o amorosa— es fundamental y única, y está ligada a su totalidad existencial.
Por qué escribo. Escribo novelas porque es una larga tarea en la cual necesitamos emplear a fondo nuestra lucidez, nuestra eficacia testimonial y nuestra compasión. Sea buena o mala, toda novela es un intento de justificar, más allá de cualquier horror o cualquier equivocación, la inocencia del hombre. Por eso la novela y el cine, la pintura y la arquitectura urbanística, son los últimos refugios funcionales que le quedan a la poesía.
La vida sobre todo. Considero que toda vida humana es excelsa por lo misteriosa y cerrada en sí misma y que ningún ideal, ni ningún objetivo, pueden justificar un cadáver.
Mis terrores. Profeso un terror, estrictamente animal, por los viajes aéreos, por las visitas de pésame, por las ventanas sobre abismos y por lo desvergonzadamente inermes que estamos frente al cáncer. Pero el mayor de mis terrores es dormir en una casa sola.
Complejos de culpa. Me siento culpable, abstracta pero ferozmente culpable, de muchas cosas que no he cometido. Esto, como es apenas lógico, me ha conducido muchas veces a la orilla del mesianismo. Pero no soy peligroso.
Lecturas al día. Para mantenerme humanamente aceptable, para seguir en circulación, leo cada mañana un buen trozo de hipocresía con fines proselitistas: un mensaje político, un reportaje literario o una amonestación episcopal. Depende de mi estado de ánimo. Todo esto me hace pensar a ratos, no siempre afortunadamente, que vivir es un juego siniestro.
Leo también, con más interés del que yo mismo pueda presumir, las recetas médicas sobre la erradicación definitiva de los callos o el cuidado de las hemorroides durante los resfríos o las recomendaciones dietéticas para conservar el vigor de la próstata ya bien adentrada la senectud.
Mis fracasos. Confieso que me he cansado —por sucesivos fracasos— de intentar cualquier conocimiento por correspondencia o de ejercitarme en alguna actividad comercial o dolosa. Para esto soy implacablemente inepto.
Lo que más envidio. Todas las noches, en alguna forma ominosa que me es imposible precisar, sueño con mis propios apetitos. Siento envidia, verdadera envidia, por todas aquellas personas que creen en el triunfo del optimismo, en la curación por la voluntad, y en el paraíso atlético del profesor Contreras. Por eso experimento una especie de orgullo al revés cuando, en periódicos o revistas, leo títulos como éstos:
«Método práctico para aprender a través de la gimnasia, a amar a nuestros compañeros de oficina». «He alcanzado la felicidad con mi tumor abdominal» : «De cómo el abandono del alcohol me convirtió en un próspero hotelero».
Todo esto, repito, me entusiasma, me remueve sinceros pero pasajeros ímpetus teosóficos y termina por producirme envidia.
Lo que más detesto. Detesto a los hombres ocupados y las conversaciones apresuradas; el café sintético, el toreo bufo, los objetos plásticos, las conferencias y las películas cómicas. La falsedad, en suma, convertida en profesión o en objeto.
Lo que respeto. Dos cosas me producen un respeto escalofriante: una mujer encinta jugando ajedrez, y la agonía de un elefante envenenado.
Las cosas que más amo. Un pedazo de papel arrastrado por el viento en las graderías de un estadio vacío...
El dinero bien ganado...
La serenidad de una cometa en una tarde de agosto, sobre el mar...
Una mujer madura, en silencio, sentada en un mecedor bajo unos árboles de naranjo.
Un convaleciente mirando el mediodía en la plaza de un pueblo...
Un amigo aproximándose a mi casa, en mi búsqueda, a la hora del crepúsculo...
Las páginas que el uso ha vuelto amarillas en un libro entrañable...
Mirar mi rostro en los ojos de una mujer desnuda que, desde hace mucho, sabe de qué color tengo los míos...
La hermosura (y el familiar enigma) de las conversaciones corrientes...
Escuchar el susurro del viento entre los árboles de un patio...
Mi deporte favorito. Cruzar los brazos bajo la cabeza y, gozosamente relajado sobre la cama, ponerme a descifrar los jeroglíficos que la humedad y el polvo han trazado en el cielo raso de mi cuarto.
Mis mejores libros. «Las veladas de la quinta», «Sandokán», «Las mil y una noches», «La guerra y la paz», «Del tiempo y del río», «Entreacto», y «El Villorrio».
Las mejores películas. Las cinco películas que verdaderamente me han hecho creer en el cine : «En pos del oro», «Humberto D», «Las fresas salvajes», «Rashomon», y «La aventura».
El cuadro más bello. El cuadro viviente más puro que he contemplado: un caballo jineteado por un niño, al atardecer, saliendo de las olas. Sobre ambos ardía un lucero temprano.
Un deseo. Mi único, mi más pueril deseo: no morir nunca.
TELON DE FONDO
La iglesia de este pueblo es sencilla como un vocablo familiar. Una espadaña. Dos campanas. Un cuerpo macizo y rectangular. Seis columnas. Un altar. Cuatro nichos. Las imágenes son hermosas y entrañables en su simple escultura. Muchas de ellas han acompañado, desde su nacimiento, la historia de este pueblo.
Pero entre todas hay una, en especial, que me ha atraído y llenado de fervor desde niño. Es la del patrono de la villa: Santiago. Imagen que pide a gritos el ámbito de un mural. Es más pintura que escultura. Más calor que volumen.
El santo aparece cabalgando un caballito, blanco y hermoso como los potros de los carruseles. La cabeza y los cascos excesivamente pequeños para su tamaño. Aquélla es briosa, altiva, enjoyada con dos bolitas de cristal a manera de ojos. Los cascos, al igual de la cola, son de un negro denso y alquitranado. Las patas delanteras encogidas para un salto detenido hacia hipotéticos abismos.
Santiago lo cabalga con la tiesura de las estatuas que ignoran el movimiento. El imaginero lo concibió terrible, devastador, inexorable. Pero de sus manos, en cambio, salió un adorable caballero que emana dulzura desde sus ojos asombrados. Dos colores priman en todo él: azul y rojo. La barba es un brochazo uniforme sobre el rostro pálido, virgen de arrugas como el de un infante. La mano derecha sostiene, en alto, una espada de madera. La izquierda retiene las bridas que justifican el recogimiento de su corcel. Un casco de cartón, solícito trabajo de una ferviente e ignorada devota, le da un aire de niño disfrazado en trance de jugar a los soldaditos. El casco está coronado por flamígero penacho coloreado con anilina. En torno suyo los cirios y los lampadarios derriten su lumbre votiva llenándolo de claridad y silencio.
Difícilmente puede encontrarse una imagen que llene, tan contrariamente, su cometido. Y es que este Santiago fue concebido y realizado por un poeta. Por un poeta que pintaba sobre yeso. Debió ser un imaginero que heredó, sin saberlo, la beatitud de los viejos maestros. Este santo se escapó un día cualquiera, por las manos de su escultor, de uno de aquellos retablos que traspasara de claridad el pincel de Federico de Pantoja el Menor. Aquel que decorara, para deleite religioso de don Alfonso el sabio, la capilla que el monarca erigiera en la entonces incipiente Santiago de Compostela.
El guerrero cristiano —caballero en su corcel de yeso— atravesó el mar para venir, nutrido de infantiles arrestos, a amenazar a los sarracenos agrarios que pueblan la sacristía de esta iglesia aldeana. Que no otros se encuentran por estos contornos. Allí está el santo, con su espadita de madera y sus ojos hermosos, en su sagrado belicismo. Esperando, tal vez, que un día cualquiera se levanten los niños de este pueblo, echen al aire la inofensiva voz de sus clarines de cartón y, como en un poema de García Lorca, lo nombren general en una guerra de mentirijillas contra el sultán de la media luna y alfange plateado que vive en el recodo de un cuento.