• LA GRUTA SIMBÓLICA

    Por Ramiro Montoya

    Como demostración de que la poesía de tono menor no es triste, ni reflejo del tedio provinciano sino su antídoto, se da el hecho de que fue la generación del romanticismo la que más entrañablemente se identificó con la alegría de sus logros, mientras –en paralelo– acercaba sus poemas de tono elevado a cenicientos entornos del dolor y la muerte. Tuvo vigencia esa generación a finales del siglo XIX y principios del XX, en Bogotá, una aldea gris con menos de cien mil habitantes, capital de un país que por tres años (1899-1902) sufrió la última de las guerras civiles y que a partir de 1903 vivió humillado e impotente con la pérdida de Panamá. El ambiente no podía ser más propicio para que el grupo de sus intelectuales se adscribiera a un romanticismo trasnochado, entre el cual la única sonrisa que podía verse era la de sus poesías festivas, llenas de ironía y fino humor.

    Según los cronistas de la época, a causa de la guerra civil que se libraba en los campos, las autoridades suspendieron los pocos espectáculos nocturnos que había en Bogotá y exigían salvoconducto para transitar por las calles después de las siete de la noche; por eso “para alegrar la monotonía del ambiente al par que tener un refugio intelectual para poder mitigar las amargas horas que en esos días se vivían”, algunos jóvenes literatos buscaron refugio en la casa de Rafael Espinoza Guzmán –Reg– en la cual organizaron un tertulia que fue bautizada como “La Gruta Simbólica”. Se ha dicho que con ese nombre querían apartarse de la escuela romántica y acercarse al simbolismo, pero la verdad es que esta tendencia francesa no tuvo ningún seguimiento y en ningún momento dejaron su romanticismo.

    Sobre el dualismo entre lo festivo y lo romántico es buena la descripción que hizo Eduardo Carranza: “Hidalgos tocados por el ramo poético, versificadores jocundos o melancólicos, ingenios satíricos y festivos, poetas sentimentales y lunáticos, seres nocturnos y funambulescos (…) Nos han dejando una estela encantadora de epigramas, equívocos, coplas salaces, donaires picarescos, retruécanos y caricaturas verbales en verso, piropos y galanías: todo ellos nominado genéricamente chispazos. Y otra estela húmeda y enlunada de versos de muy diversa calidad al modo romántico en su crepúsculo enervante, febril, lloroso y necrofílico”.

    Desde entonces se formalizaron las reuniones, casi siempre en la casa de (Rafael) Espinosa, Conde de Chascarralia, mecenas del grupo. La rutina consistía el leer en voz alta poemas o textos en prosa –muchos de ellos improvisados– por los tertuliantes; representar comedias o sainetes; tocar y cantar bambucos o pasillos y beber grandes cantidades de licor, hasta la madrugada. Se mezclaba la poesía “seria” con piropos, chispazos, chascarrillos y calambures. En las sesiones solemnes se concedía grado en chistografía, o el título de Noctívago número 33, parodiando las ceremonias de la masonería. Y se cultivaban el arte de la conversación, tal vez perdido para siempre, y un acendrado sentido de la amistad. Había concursos de chispazos, batallas de sonetos, y campeonatos de siluetas bogotanas como la de don Vicente Montero –famoso inventor de extrañas cosas, como la máquina de coger culebras (…). Otros lugares de reunión eran bares, cantinas, restaurantes o piqueteaderos: La botella de oro, La torre de Londres, La rosa blanca, La cuna de Venus y La gata golosa, como llamaban los parroquianos a La gaité gauloise (La alegría gala). El licor consumido dependía del anfitrión o del bolsillo: cerveza La Pita, Néctar, champaña o brandy Tres Estrellas. Pero lo cierto es que los miembros de la Gruta se bebían hasta el agua de los floreros”. Adentrándose en la bruma sabanera había explosiones de vida en los piqueteaderos de viandas abundantes y trastiendas de chicha y licores baratos, por los cuales desfiló un numeroso grupo de cachacos que desde las polainas hasta el sombrero vestían una indumentaria propia de los figurines de mediados del siglo XIX, señal de su pretendido entronque europeo y de su clase, ya que pertenecían a familias con humos de hidalguía, casi todas con mediana fortuna.

    Las reuniones y tenidas se amenizaban con música que ellos mismos interpretaban, eran consumados pianistas y violinistas, y maestros de tiple, requinto y bandola, de modo que la vespertina literaria fácilmente terminaba en serenata nocturna. Para el trago no había un anfitrión puntual sino que se financiaba con lo que cada cual podía aportar y el consumo era de cerveza, aguardiente, ron, champaña, coñac. Cada brindis con su correspondiente chispazo:


    Tú, que eres bella entre las bellas,

    aunque esto te cause enojos,

    vendes brandy “Cinco Estrellas”:

    tres, que están en las botellas

    y dos que tienen tus ojos.

    (Víctor Martínez Rivas).


    Pertenecían a una hermandad libre de envidias y rencores, tan comunes entre literatos. Todo en ellos era alegría, espiritualidad, humor de los más altos quilates (…) Esta generación guiada por ideales y ensueños superiores, tenía por el dinero olímpico desprecio. La casona familiar de Reg dio albergue al grupo de los fundadores desde 1900 hasta diciembre de 1903. Ciertas formalidades de la Gruta dejaron de oficiarse y el nombre quedó para la posteridad, aunque la mayoría de los tertuliantes continuaron en su bohemia literaria. El siguiente paso fueron las animadas sesiones en La Gran Vía, almacén de rancho y licores que aún existe en el mismo local de la carrera séptima entre calles 17 y 18. La trastienda tenía pequeños salones reservados para grandes libaciones, al fondo el piano. Las tertulias se sucedieron por muchos años, los ecos de la Gruta se fueron apagando, y solamente quedaron imprecisas referencias sobre un tiempo que se juzgaba mejor para el quehacer poético. Allí se suicidó, en 1931, el caricaturista Ricardo Rendón.

    Los ingredientes que encontramos en los versos de este grupo son el ingenio inagotable, la riqueza verbal nutrida de todas las fuentes del idioma y la oportunidad que por un instante les confiere brillo, pero también los arrastra hacia la anécdota perecedera. Su expresa voluntad de ser alegres nace de un impulso lúdico que toma el idioma como juguete de goces intelectuales y busca que la estrofa cree una situación jocosa para que los versos finales lleven a la risa. Las situaciones que aborda el poeta no siempre son ligeras, con frecuencia debe enfrentar la fuerza o el poder, para lo cual le queda la salida satírica. Es un género de fronteras huidizas, que algunos quieren encuadrar como “epigramas”, dentro del cual caben la sátira, la copla, la trova, la charada, el retruécano, y hasta el chispazo de filiación muy bogotana.

    Otro elemento del juguete verbal era el molde en que debía meterse cada destello de acuciante inspiración: al bardo de la Gruta Simbólica le resultaba de absoluta facilidad encontrar la forma que debía dar a sus versos y cada tema iba saliendo en el molde apropiado, dentro de una amplia panoplia de estrofas a la moda: el pareado, la cuarteta con sus formas de seguidilla o redondilla, la décima, el soneto.


    INTEGRANTES DE LA GRUTA, MUESTRAS DE SUS OBRAS

     

     

    Clímaco Soto Borda

     

    La Gruta Simbólica llegó a tener 60 miembros, entre activos, espectadores e invitados. Fabio Peñarete en la crónica de ese grupo y selección de sus chispazos, trae la lista, con la advertencia de que algunos fueron asistentes esporádicos, pero los registra porque alcanzaron prestigio en otros ámbitos, como Rafael Pombo, Aquilino Villegas, Enrique Álvarez Henao, Julio Flórez, Emilio Murillo, Gonzalo Vidal.

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:

    Esos tres lunares son 

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría 

    de mi amante corazón.

     

    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:
     

    Este soy, un pobre diablo

    ue a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida  

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,  

    más no importa: sumo y sigo, 

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:
     

    De un balazo en el testuz 

    y entre las godas legiones, 

    murió un hijo de Jesús. 

    Como aquél, murió en la Cruz 

    y también entre ladrones.

    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:
     

    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división; 

    más murmura la gente 

    que sería más justo y más corriente 

    hacerlo general de sustracción. 

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama: 

    El Ministro de…no sé 

    juega tresillo conmigo; 

    y al decirle: –Róbe, amigo, 

    me contesta: –Ya robé!

     

    Jorge Pombo Ayerbe

     

    Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:
     

    El usurero García 

    de esta manera me hablaba, 

    cuando el pésame me daba 

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;  

    lo acompaño en su quebranto 

    y como lo siento tanto 

    me debe el tanto por ciento.

     

     

     

    Otros de la Gruta. Roberto Mac Douall:

    Hubo en la Recaudación 

    un ave de mala pluma, 

    que nada sabía de suma, 

    pero sí de sustracción.


    El curandero Morales 

    que tú de médico tienes– 

    en vez de sacar los males

    lo que saca son los bienes.


     

    Eduardo Echeverría

    Hay un problema endiablado 

    que me mantiene aburrido: 

    ¿Por qué estando yo quebrado 

    no he de ser un buen partido?

     

    Miguel Peñarredonda:

    En casa de don Jesús 

    y bailando con Crispín,

    le dio a Rosa un patatuz  

    y quedó privada al fin. 

    La vio el médico Agapito 

    y dijo ante la reunión: 

    Yo creo que la privación 

    es causa del apetito...


    Gonzalo Vidal (Popayán, 1863 – Bogotá, 1946):

    Tan largo estaba el discurso 

    del diputado Juan R., 

    que uno de la barra dijo: 

    Don Juan: cuando acabe, ¡cierre!

     

    Lleva consigo revólver, 

    muy arrogante, Giner,

    porque ha observado que nunca  

    le estorba para correr.


    Eduardo Ortega hace su “Semblanza” en esta décima:

    Escribo versos muy bellos

    repletos de inspiración,  

    y dejo mi corazón 

    hecho jirones en ellos. 

    Llevo en el alma destellos

    de la chispa que poseo,

    pero cuando alguno veo,  

    hombre o mujer, ¡cosa rara! 

    todos me miran a la cara 

    y luego dicen: –¡Qué feo!


    Fórmula”. (Con el juego de escribir “ciento” como número 100):

     

    Con cualquier preparación 

    se llena un baño de a...100, 

    se llena un fatuo de viento 

    y una botella de ron. 

    Lo que es a mi corazón, 

    que pesa lo que no vale 

    y salta dále que dále

    con su esperanza burlada,

    no se le puede echar nada  

    porque está roto y se sale.

     

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.




     




     

    Ampliar la noticia

    JUAN DE CASTELLANOS


    Por Ramiro Montoya

    La escogencia del verso como forma de escritura para describir, criticar y ponderar acontecimientos y personas, está en la raíz misma de la nación colombiana, desde cuando Juan de Castellanos–uno de sus fundadores– dedicó los últimos 32 años de su vida a escribir las Elegías de varones ilustres de Indias en las que registra, con extensión de poema épico y detalles de cronista, el choque de los españoles con las tribus indígenas que habitaban lo que es el actual territorio de Venezuela y Colombia, la subyugación de esos pueblos y el nacimiento de un nuevo orden.

    En Las auroras de sangre,1William Ospina restablece el significado fundacional que la obra de este soldado de la conquista y clérigo en Tunja tiene para la poesía de Colombia y el Nuevo Mundo: “Es el primer poema verdaderamente americano de la historia escrito en lengua castellana, mucho más que una crónica en verso y mucho más que un relato histórico, un esfuerzo desmedido y afortunado por aprehender a América en el lenguaje y nombrarla por primera vez, no con el tono seco de un informe oficial, ni con el lenguaje fantasioso de un cazador de endriagos, ni con el tono probo pero incoloro de un acumulador de datos, sino con la voluntad de introducir todos esos hechos en el ritmo nuevo de la lengua, en la fluidez de una música, en un orden de belleza y de verdad” (pág.72). En alabanza a la inspiración de este poeta, Ospina sostiene que “en el corazón de esos hombres, perdidos en dédalos de insensibilidad y de ambición, cosa increíble, no había odio; por eso procuraban nombrarlo todo con amor; por eso, infatigablemente, podían cantar”. (pág. 96):

     

    Aquí se contarán casos terribles

     

    recuentros y proezas soberanas:

     

    muertes, riesgos, trabajos invencibles,

     

    más que pueden llevar fuerzas humanas,

     

    rabiosa sed y hambre perusina

    más grave, más pesada, más contina. (pág. 104).

    Bajo esa advertencia, cumplida en toda la extensión de la obra, afloran caricaturas de personajes como ésta del desnarigado Pedro de Heredia:


     

    Fue de Madrid hidalgo conocido,

     

    de noble parentela descendiente,

     

    hombre tan animoso y atrevido

     

    que jamás se halló volver la frente

     

    a peligrosos trances do se vido,

     

    saliendo dellos honorosamente;

     

    mas rodeándolo seis hombres buenos,

    escapó dellos las narices menos. (pág. 202).

    Con esos y otros ancestros de fecundos versificadores de la Colonia, a partir de la Patria Boba todo granadino y colombiano ha estado inclinado a poner en verso las dichas y desdichas de su tiempo y los sentimientos, amores y desamores personales. Los que han tenido acceso a pluma, tinta y papel los han dejado por escrito y otros con la facilidad del trovador –en un tributo a la primera forma de la poesía, la oral– los han improvisado en ferias, cantinas y tertulias bohemias, con ocasión de rivalidad entre varones o de galantería hacia las damas.

    Este ensayo se refiere a los poetas que, sin pretensiones de alcanzar las alturas de la consagración nacional, lograron estrofas de buena factura para reírse de gobernantes y prelados, de las desgracias de su tiempo, de sus contertulios y de ellos mismos. Alguno consiguió renombre en las antologías; pero el denominador común es la ligereza con que tomaban su vida y la alegría con que asumían el verso, pacientemente trabajado o elaborado sobre la marcha en ambientes de regocijo. Son versos festivos, improvisados, de encargo; pero son buenos versos.


    1 Ospina William, Las auroras de sangre, Editorial Norma, Bogotá, 1997. Estudio magistral sobre Juan de Castellanos (1522-1607), su época y sus Elegías, a las que se considera el poema más extenso de la lengua castellana, escrito en su mayoría en octavas reales –estrofas de ocho endecasílabos con rima ABABABCC–.



     

    Ampliar la noticia

    ADOLFO ARIZA GANA EL PREMIO JUAN RULFO

    Entrevista


    Con su novela corta 'Mañana, cuando encuentren mi cadáver', este samario, residente en Baranquilla, ha ganado el prestigioso concurso literario Juan Rulfo 2009, que otorgan Radio Francia Internacional y la Casa de América Latina de París.

     

    ¿Dónde nació y cuándo? Nací en1962, en Avianca, una población del Magdalena, que fue arrasada por la guerra entre paramilitares y guerrilleros. En el año 98 me tocó huir para salvar la vida, cargando los corotos, los dolores y los miedos.

    ¿Cómo recibió la noticia del premio Rulfo? Todavía no salgo del asombro y no termino de entender por la emoción. Este premio es un sueño, es como unirme en homenaje a ese Juan Rulfo que todos quisiéramos tener dentro.

    ¿De qué se trata su novela “Mañana, cuando encuentren mi cadáver”? Es un hombre que sufre un accidente que lo deja en silla de ruedas y con secuelas mentales, destruido espiritualmente. Entonces él habla para sí mismo de lo que somos, de sus dolores y de la vida que llevamos en nuestro país. Habla libremente de todo pues no tiene nada qué perder: ni sueños, ni su vida licenciosa. Se ha acabado todo, salvo el hálito de la vida y al final quiere suicidarse.

    Sabemos que también ha ganado otros concursos, de narrativa y poesía ¿Como se hizo escritor? En 2003 vi a mi pueblo desplazarse. Necesitaba contar esa historia y la realidad del desplazamiento que es, junto al secuestro, uno de los crímenes más terribles contra la humanidad, pues a una persona desplazada se le priva de todo.

    ¿Cómo enfrentó ese desplazamiento? Me tocó salir, venirme para Barranquilla, y trabajar en lo que fuera. Lo primero fue comprar un taxi, para buscar el sustento diario. Estudié periodismo en Inpahu de Bogotá.

    ¿Un mensaje para sus lectores? A pesar de las dificultades y pruebas que me ha puesto la vida, no desfallezco en el amor amor por las letras. Siempre he tenido el anhelo de contar muchas cosas al mundo. Y hoy, tal vez, soy el mismo escritor limitado de antes, pero bueno ahí vamos. Todavía me siento en los comienzos.



     

     

     

    Ampliar la noticia

    BARBA JACO, ENSAYO CRÍTICO SOBRE SU VIDA Y OBRA

    Miguel Ángel Osorio Benítez, Main Ximénez, Ricardo Arenales, Porfirio Barba-Jacob, fueron los nombres que sucesivamente usó el poeta colombiano conocido por el último de ellos. Aún cuando nunca publicó por iniciativa propia un libro de poemas, tres recopilaciones de sus versos se hicieron mientras estaba vivo. Editadas en México, Guatemala y Colombia, llevaban los títulos de |Canciones y elegías (1932), |Rosas negras (1933) y |La canción de la vida profunda y otros poemas (1937).

    Su obra, compuesta en realidad por unos 150 poemas, de los cuales se conservan 120 en la confiable edición preparada por Fernando Vallejo , es una buena muestra de cómo los últimos hálitos de la renovación modernista se personalizaban, con intensidad melódica, en una figura que padecía simultáneamente el lastre de un y lenguaje ya vuelto convención. Era un modernista rezagado, como lo ha llamado Octavio Paz. Por ello, y si toda obra completa es forzosamente desigual, la de Barba-Jacob lo es aún más.

    Allí se perciben los ecos evidentes de Rubén Darío, en composiciones rutinarias como la dedicada a Barranquilla, o en sus largas parábolas de reyes y campesinos, o en sus relatos, tan de época, de mujeres fatales. Hay en Barba-Jacob mucho de abalorio y de joyas de fantasía. Pero hay también, en este "desalado peregrino", la incontrovertible certeza de lo que sintió intensamente y escribió con brío. Más allá de lo declamatorio, consustancial a un período en que los recitales de poesía eran parte esencial del |modus vivendi del poeta, dicha altisonancia no alcanza a sepultar a un auténtico creador.

    ¿Qué advertimos en una primera lectura? Primero el mundo idealizado de la infancia y de la granja campesina, como lo atestigua uno de sus poemas más conocidos, "Parábola del retorno", en el cual el adulto que es Barba, acompañado por el niño que fue, se interrogan por lo que ya no existe más, su perdido paraíso:

    Señora, buenos días; señor muy buenos días...
    Decidme, ¿es esta granja la que fue de Ricard?
     ¿No estuvo recargada bajo frondas umbrías?
     ¿No tuvo un naranjero, y un sauce, y un palmar?
    El viejo huertecito de perfumadas grutas
    donde íbamos... donde iban los niños a jugar,
    ¿no tiene ahora nidos y pájaros y frutas?
    Señora, ¿y quién recoge los gajos del pomar?

    Esta poesía, que mira hacia la infancia como un agua redentora, borboteo onomatopéyico de juego de niños -"din-dán", "traque-que-traque", tal como lo hacían antes Pombo y Silva-, se va cargando poco a poco con toda la vitalidad errabunda de su existencia de poeta maldito: "El orgullo de ser, ¡oh América!, el Ashaverus de tu poesía", como dice en "El son del viento", un poema afín a los "Cantos de vida y esperanza" de Rubén Darío.

    En este marco surgen otros temas: su carne "ansiosa y opulenta", iluminada por un rojizo resplandor diabólico, sus contradicciones vitales, su homosexualismo, sus dudas y desfallecimientos, su alegría y su pavor ante la nada, su afán de perdurar y su aguda conciencia en torno al fracaso que implica todo existir. Proceso que ilustra un verso: "Mi mal es ir a tientas con el alma enardecida".

    Preguntas existenciales que, como sucede en "La estrella de la tarde", uno de sus más logrados poemas, sólo obtienen como respuesta un "Nunca sabremos nada", y una inmersión en el espectáculo que brinda la naturaleza, reconciliándonos con ella en su contemplación pacífica. Su infancia campesina y su vocación de maestro de escuela confluían así en un cuestionar incesante y en una idealización del paisaje.

    Barba incorpora además a su figura poética los rasgos de un paria, estéril como árbol que no da frutos, pero a la vez rebelde  e insumiso, "entre vanos amigos e impulsos desleales".

    De este modo, en este torbellino trashumante que fue su existencia, surge la conciencia de que su gran obra no habría de ser escrita: "Si ya mi juventud presiente la cercana/hora otoñal, de fuerza menguante o abolida" ("La hora cobarde").

    Sin embargo, todo su vaivén vital parece concentrarse en la música asonante de su "Canción de la vida profunda", su poema más conocido, en el cual la ondeante volubilidad de los estados de ánimo y la perpetua inestabilidad del .ser humano se tornan  armonía y prosadia en las siete estrofas de la "Canción":

    Hay días que somos tan móviles, tan móviles,
    como las leves briznas al viento y al azar.
     Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría.
     La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
    Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
    como en abril el campo, que tiembla de pasión;
    bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
     el alma está brotando florestas de ilusión.
    [...]
    Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
     en que levamos anclas para jamás volver;
    un día en que discurren vientos ineluctables...
     ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

    Las palabras típicas del vocabulario modernista, "undívaga", "próvido", y el uso reiterado de los signos de admiración no elevan el tono de su poesía a un enrarecimiento ininteligible. Por el contrario, en sus poemas más notables -"Parábola del retorno", "La estrella de la tarde", "Canción de la vida profunda", "Elegía de septiembre", "Lamentación de octubre", "Los desposados de la muerte", "Balada de la loca alegría", "La reina" o "Futuro"- la intensa carga vital es la que garantiza su capacidad de comunicación. No era necesario que recalcase: "Mi poesía es para hechizados". En sus mejores momentos su arrebato patético, "Desprecio de mí mismo: ¡estoy llagado!", supera la autocrítica personal y se trueca en intuición generalizada. La muerte, la nada que a todos nos cerca, terminará por convertirse en esa "Reina, rencorosa y enlutada". Lo afligente de toda existencia individual se ha vuelto así la certidumbre última que es el idioma. Se ha encarnado en un símbolo.

    Enrique González Martínez, el poeta modernista mexicano que lo conocía bien y que le dedicó varios poemas, escribió estas palabras: "Alma solemne, sólo el humorismo le está vedado [...]. Hay en su obra un gemido de angustia, una sed insaciada que le turba el goce de la contemplación y la jocundidad de vivir. No es pesimista, sino ávido, y su avidez se transforma en suplicio espiritual y clamor persistente [...] El gemido, como el de Prometeo, es angustioso y viril. Su erotismo es amargo, siente el dolor de lo efímero y la resignación del hastío. Nada hay más grande sino la muerte" . Esta muerte a la que Barba opone sus coros de alegría.

    En uno de sus pocos sonetos, "Sapiencia", formula su estética: "Bruñir mi obra y cultivar mis vicios". Pero lo que en dicha afirmación hay de desplante no nos hace perder de vista al otro Barba, artesano del verso. El mismo que por su trabajo con la palabra logra trasmitirnos la precisa intensidad de su visión. "Yo tuve el ensueño", como dice en la "Elegía de septiembre", o "¡todo pudo ser mío!", como recuerda en "La dama de cabellos ardientes". Un hombre, en definitiva, que luego de sentir muy próxima la inasible plenitud, contempla, atónito y dolido, su caída. Un romántico que debe renacer, cada día, a partir de las heridas que él mismo se ha infligido: sus ilusiones, sus ímpetus, sus brutales apetitos, hechos trizas. Convertidos en hastío.

    Las causas, como él mismo lo dice, bien pueden ser las drogas, la concupiscencia, la voluptuosidad y la lujuria, pero el motivo quizá sea aún más elemental y terrible: el simple hecho de vivir, y dirigirse ahora, de modo inexorable, a la disolución y al olvido. De ahí su pavura, como repite, y los plazos cada vez más cortos que la existencia le impone: "¡Pero la vida está acabando,/y ya no es hora de aprender!", concluye su "Lamentación de octubre". Poeta que ve la inexpresada maravilla y que lucha para que ella se perciba a través de un lenguaje propio, en medio de la retórica de la época: tal su dilema. Ya en 1920, en "La divina tragedia", había anticipado el conflicto: "Tampoco los príncipes de la lengua me dieron mi desatada libertad, sino que yo me la tomé y a mí me sirve para escribir como me da la gana, yo pomposo, yo romántico, yo engreído, yo delirante, yo prestidigitador". Y en sus "Claves", de 1930, que sirve de prólogo a |Canciones y elegías, dirá: "Luché por trascender la retórica 'modernista'; por volar libremente hacia la forma pura, simple, de inagotable virtud germinal". Reconociendo, cómo no, "que debemos a Rubén el sentimiento de la aristocracia formal como una conquista democrática".

    Así toda la obra de Barba oscila entre ese ideal elevado, de refinamiento artístico -"codicié la estrella", encendí lámparas ante "El ara del ideal", tuve "hambre de azul" o sentí "pensamientos de inspiración divina"- y ese otro tipo de impulso, terrestre y sombrío, que abarcaba tanto el alcohol y la marihuana como el homosexualismo y que, haciendo de su existencia un anecdotario más patético que pintoresco y no por ello desprovisto de ingenioso cinismo, le dictaría también algunas de sus canciones más jubilosas y libres. Allí donde la culpa se ha diluido en música y el arrebato eufórico aplaca todo remordimiento, acrecentando su goce. El caso de su "Balada de la loca alegría":

    Mi vaso lleno -el vino de Anáhuac-
    mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
    soy un perdido -soy un marihuano-
    a beber, a danzar al son de mi canción...
    [...]
    ¡Ah de la vida parva que no nos da sus mieles
    sino con cierto ritmo y en cierta proporción!
    ¡Reíd, danzad al soplo de Dionisos que embriaga el corazón!
    La Muerte viene, todo será polvo
    bajo su imperio; ¡polvo de Pericles,
    polvo de Codro, polvo de Cimón!

    ¿Qué es poesía?, se preguntaba en su "Canción en la alegría". "El pensamiento divino hecho melodía humana", se responde. Por ello el principio que regía la búsqueda de su libertad expresiva era "la sustitución de las relaciones lógicas por las relaciones melódicas". Lo cual, como lo ha recordado Fernando Vallejo, lo lleva a emplear un curioso método de composición:

    En un esfuerzo de concentración iba acomodando el acento y sobre el acento las palabras. Venía primero el zumbido del ritmo y la música del verso, luego la distribución de los acentos y por último la colocación de las palabras. Caso único en la lírica española, Barba-Jacob alcanzaba así el dominio casi absoluto de la onomatopeya .

    La música como fuerza que dará vida a todos esos moldes vacíos -mundo, hombres, cosas-, presos de una gran mudez. Barba intenta conferirles vida con su palabra, impedir que desaparezcan, insuflarles su ilusión juvenil. Encontrar, para ellos como para él, "norma y destino". Como él mismo lo dice en un poema revelador, "En la muerte del poeta Porfirio Barba-Jacob", la suya es una tragedia grotesca y sin sentido. Al Barba posmodernista le habían trocado todas las músicas. De ahí que se autoflagele llegando a la más grotesca de las ironías: "¡Qué miquito tan ridículo!". El drama ha sido un drama "horrible, ruin y frustrado"  |.

    El hombre que se había arruinado poco a poco, dilapidando su herencia verbal, y cuyo cuerpo ya olía mal -ese lenguaje desueto vuelto sudario indesarraigable- abandonaba, como una serpiente que muda su piel, sus sucesivos nombres, queriendo rehacerse a sí mismo a partir de cero. La ilusión de cambiar de identidad a medida que cambiaba de país, en su peregrinaje centroamericano. Sólo que niño, adolescente o maduro, siempre lo acompañaba su "roto, cansado, viejo corazón" y su "egregia Musa", que ya no creía en nada, "ni aun en la poesía", como escribe en su "Canción de la hora feliz". Por ello, en "La reina", insistiría en el mismo motivo: "Mi Musa fue de dioses engañada".

    Al percibir "¡la realidad, la realidad!" como un reflejo apenas, "una ilusión entre los oros de mi espejo", la poesía de Barba sólo podía hallar asidero en una realidad interior. Como el mismo Barba lo razonaba en "La divina tragedia": "Yo antes veía el crepúsculo. Después supe que el verdadero crepúsculo es el que está en lo íntimo de nosotros...".

    Realidad interior que va desde la exacerbación de los sentidos, "en los abrazos férreos de una pasión inicua", a la recuperación esperanzada de un ideal trascendente, como en el caso de "Acuarimántima", un largo y pretencioso poema donde Barba, a través de Main Ximénez, busca resumir toda su trayectoria, perpetuándose "en la virtud del canto". Aún cuando allí se dan "el arduo afán [...] por resolver el canto en melodía" y el enfrentarse a fondo con la dolorosa irrealidad que lo circunda:

    ¡Sé digna de este horror y de esta nada,
    y activa y valerosa, oh Alma mía!

    el resultado no es del todo feliz, ni logrado en su totalidad. El propio Barba ya había hablado de su "genio a relámpagos" y de cómo "mis fugas [...] amenguaban en mí la capacidad de la inteligencia; extinguían la impulsión creadora". Allí, sin embargo, retoma con acierto sus raíces:

    Yo descendí de la antioqueña cumbre,
    de austera estirpe que el honor decora,
     el alma en paz y el corazón en lumbre,
    y el claro sortilegio de la aurora
    bruñó mi lira y la libró de herrumbre.

    Asume sus dudas: "Un no sé qué... que túrbame el sentido", y sus perennes dualidades: "Ser yo, no ser, en sucesión alterna". Sólo que la febril inquietud que lima su vigor le hará sentir hasta qué punto "el tiempo es breve y el vigor escaso". Su meditación sobre la vida, sobre su propia vida, concluye, más que en suma, en resta:

    Sólo el amor de un vago viento vano
    volando en los velámenes expira.

    Un viento americano, como diría Gastón Baquero, "informe, violento, inestable, dominado por la natuRALEZA que aún agita esa docena de "Antorchas contra el viento" que son sus mejores poemas, entre los que hay que destacar "Futuro". El cual tiene la acerada intensidad lacónica de los epitafios, resumiendo esa huida constante de sí mismo que fue su vida y esa contradictoria tensión que le dio a la vez energía y muerte a su poesía, todo ello dentro de una erguida concreción verbal.

    Oigamos, entonces, a Barba, comprendiendo, por fin, su voz más pura. Aquella que encarnó en auténtica poesía y pudo, por ello, preveer su segura perdurabilidad.

    Decid cuando yo muera... (¡y el día esté lejano!):
    soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,
    en el vital deliquio por siempre insaciado,
     era una llama al viento...
    Vagó, sensual y triste, por islas de su América;
    en un pinar de Honduras vigorizó el aliento;
    la tierra mexicana le dio su rebeldía,
    su libertad, sus ímpetus... Y era una llama al viento.
    De simas no sondadas subía a las estrellas;
    un gran dolor incógnito vibraba por su acento;
    fue sabio en sus abismos -y humilde, humilde, humilde-
    porque no es nada una llamita al viento...
    Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
    que nunca humana lira jamás esclareció,
    y nadie ha comprendido su trágico lamento...
    Era una llama al viento y el viento la apagó.

     

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)

    Ampliar la noticia

    LUIS CARLOS LÓPEZ, POETA SATÍRICO

    LUIS CARLOS LÓPEZ (1879-1950)

    Trazos, viñetas, cromos, croquis: Luis Carlos López dibuja. Y en ocasiones caricaturiza. Lo hace con línea firme y rápida, apelan do a los catorce versos que arman el soneto. De esos pequeños cuadros surgen figuras con un encanto agridulce, entre zumbón y bonachón. Son apuntes callejeros, tomados del natural, que terminan por componer una colección de postales provincianas, redactadas en tono menor. "La comedia tropical", como la llamó Jorge Zalamea.

    Un álbum, en definitiva, de personajes típicos, y todas sus ilusiones perdidas, vistos con la mirada fraterna ("A Basilio"):

    Cuando a media noche, bajo los balcones,
    gime tu organillo de dolientes sones,
    con plañir mimoso, con amargo dejo,
    de seguro arrulla muchos corazones,
    mientras acaricia mis desilusiones
    tu organillo triste, tu organillo viejo...

    Esta es la música de López, dotada de un encanto que puede ser tan cómplice en la nostalgia, como crítico en el sarcasmo.

    El poeta se halla involucrado, no hay duda, en el asunto, y si puede reírse de todo cuanto le rodea, hasta llegar a la exageración -un cochero se equipara a un elefante, la musa llega a tener "mirada de buey"-, también su propia figura de poeta es ironizada debido a su cobardía ante los timoratos prejuicios rurales, ante su fingida "seriedad episcopal" ("Barrio abajo"). Y más tarde, en 1940, cuando lo coronan como poeta, por "el infeliz pecado/de hilvanar unos versos", su rechazo "a remontarme al cielo/tan desacreditado del Parnaso..." se basa, ante todo, en su calidad de buen burgués.

    López tiene humor y compasión. Disfruta con sus travesuras, adopta "posturas difíciles", pero se sabe también irremediable mente condenado a compartir ese clima en ocasiones letárgico, de vulgo "municipal y espeso", en otras placentero, pícaro y distendido, de rumor de parroquia, de tertulia con un vaso de anís de coco, su bebida predilecta, junto con el infaltable cigarro.

    En el poema titulado "Mi burgo" traza, de modo certero, esa relación amor-odio característica de todo poeta ante su ciudad. En su caso las murallas eran reales y no lo sacaron fuera del mundo, como en el poema de Cavafy. Lo obligaron, por el contrario, a sumergirse más en él.

    Los mismos rudimentos de hace tres siglos... Nada
    de una protesta. Todo completamente igual:
    callejas, caserones de ventruda fachada
    y un sopor, un eterno sopor dominical.
    Población anodina, roñosa, intoxicada
    de incuria -aquella incuria del tiempo colonial-
    con su falsa nobleza de acéfalos, minada
    por el fraile y la hueca política venal.
    Pobre tierra, caduca tierra que tanto quiero,
    que hoy rumia mansamente su estolidez, veneno
    de las intransigencias del medio parroquial,
    que aún vive -si es acaso vivir en la atonía
    de lo incurable-, bajo la risueña ironía
    de un cielo azul, de un cielo siempre primaveral...

    El texto es duro y sin excusas. Allí se hallan concentrados los elementos de su cosmovisión: el pasado colonial, la pérdida de vitalidad, las pretensiones de nobleza, los efectos conjugados y nocivos de politiquería y falsa religiosidad, la intolerancia, una existencia clausurada y, al final, como exudatorio y catarsis, "la risueña ironía" de un cielo siempre azul, que vuelve irrelevantes los anteriores dramas y que puede concluir tanto en la risa como en el cinismo. Es la pregunta escéptica acerca de qué uso dar a un fusil, como lo estudió Nicolás del Castillo, en un útil trabajo sobre la poesía de Luis Carlos López.

    Campea, a pesar del aparente tono de rebajamiento y de burla, un afecto sincero por el terruño natal, una sentida nostalgia por los tiempos idos y por el heroísmo pasado y un hondo amor que se demuestra plenamente en ese nocturno recorrer de las oscuras y solitarias callejas de la vieja Cartagena.

    Añadiendo respecto al propio poeta:

    Sin ser un poeta alegre, López hace de su cinismo cordial el mejor antídoto contra su innato pero inofensivo pesimismo. Y lo que muchos románticos solucionan con una bala de revólver, López lo resuelve con una sonrisa burlona.

    Bohemia y burguesía

    La prosa de la vida vigoriza esta poesía con su referencia cotidiana, con su apelación a personajes únicos -un agiotista, un campanero, un borracho- con nombre propio, con la inclusión de animales y frutos inconfundibles: iguana y cangrejo, alcatraz y jicotea, icaco y guama. En otras ocasiones, sus renglones se tornan débiles e imprecisos, en la ataraxia de una "cerebral masturbación". Son los devaneos de quien bosteza, en verso. O de quien formula gracejos, no demasiado memorables.

    Pero en realidad algunos de sus mejores momentos se logran en la aparente aceptación de una tradición inamovible. "No hay fuerza contra la tradición": al aceptarla, la cuestiona. Al sugerir que es imposible superarla, va más allá de ella ("Canción burguesa"):

    sin asomo de pena, sin torpes rebeldías,
    fingiendo la indulgente pasividad del buey.

    El saberse vencido de antemano en esas mezquinas luchas cotidianas y el reírse de ello a través de la evasión o la burla, dota a su poesía del compartido interés por una batalla de la cual nadie se halla exento. La rebeldía bohemia. La claudicación burguesa.

    Villorios y poblachones, cerca del mar. "Holgazanería parroquial": no se pueden elegir escenarios menos nobles, ni una historia tan descalabrada. Al pensar en su Cartagena, todo ímpetu heroico resulta cosa del pasado y los colores buscan, con pertinacia, resultar incómodos y disonantes ("Cromito"):

    La testa del cerro. Rugosa y rapada,
    brilla con los tintes de la mermelada,
    y detrás de un techo de color de ají
    se asoma el cigarro de una chimenea,
    que en la paz del croquis, lentamente humea,
    taladrando el cielo como un berbiquí.

    El título, en diminutivo, lo dice todo. Las suntuosas músicas del modernismo hallan en estos escorzos una refutación radical. Al reducirse, reniegan de sus anteriores júbilos, a veces tan altisonantes, y de su musicalidad a toda costa, para brindarnos este grabado expresionista, contenido y a punto de estallar. Por un lado lo acecha el mal gusto. Por el otro, la poesía social con ímpetus redentores.

    López no se halla exento de las dos tentaciones pero termina, en definitiva, por ironizar sobre su instrumento y sobre sus objetivos, desacralizando el lenguaje pretendidamente poético y colombianizándolo en sus giros, como señaló James J. Alstrum . Y como lo aclaró el propio López, en una entrevista concedida en 1950 al periodista José Morillo: "Nunca presumí de innovar en poesía, de ser un 'poeta nuevo' en mi época. Apenas me he considerado un autor con un modo de sentir distinto, producto de un temperamento propio" . Él maneja, en definitiva, palabras y no balas. Y lo que puede sonar chabacano, distorsionado, y en ocasiones grotesco, termina por actuar como revulsivo apenas, dentro de la secular historia de ímpetu y caída, de subversión cuestionadora y orden recompuesto. La obra de López no altera la forma del poema. Inserta apenas elementos antes no usados que, dentro del ámbito por entonces tan convencional de la poesía colombiana, producen una gran sacudida. El estremecimiento nuevo. Un poema como "Medio ambiente" es paradigmático en tal sentido. Los nombres propios, dicientes en su universalidad -un don Sabas, un don Lucas-, los objetos precisos como la máquina de coser Singer, el recuerdo de la juventud ida, concluyen, tajantes, en los seis últimos versos, en los que una cotidianeidad vulgar anula cualquier intento de vida propia y creativa ("Medio ambiente"):

    Quimeras moceriles -mitad sueño y locura-,
    quimeras y quimeras de anhelos infinitos,
    y que hoy -como las piedras tiradas en el mar-
    se han ido a pique oyendo las pláticas del cura,
    junto con la consorte, la suegra y los niñitos...
    ¡Qué diablo!... Si estas cosas dan ganas de llorar.

    Nada más refrescante que los poemas de Luis Carlos López, vistos en la perspectiva de la tradición colombiana que lo circunda. Al lado del aticismo que preconizaba Cornelio Hispano, o teniendo como parangón los convencionalismos piadosos de Diego Uribe, López tiene el mérito de lo singular, como en "De perfil":

    Cutis garrapiñado,
    nariz curva de anzuelo,
    y del gorro, que porta a medio lado,
    surge la hirsuta rebelión del pelo.
    La brusca pincelada
    de la ceja, enfocando la azogada
    mirada socarrona, una mirada
    de bebedor de whiskey.
    Es una coma
    y un signo musical, bajo un violento
    golpe de luz, la oreja.
    Y la cachimba vieja,
    la panza gris de la cachimba asoma
    por un bigote ahumado y soñoliento.

    Dibujo exacto de un viejo lobo de mar, sostenido apenas en la concisión de unos pocos trazos definitorios. Sólo que su repertorio no es mayor que el mundo de Sancho Panza, tal como lo describe el poema de Guillermo Valencia, tan admirado por López: "Por él supe los chismes de la parroquia artera,/los líos del barbero, del cura y la sobrina,/la fofa brillantez de la clase altanera,/y la malignidad de la chusma ladina".

    Era, además, en sus primeros poemas, fervoroso españolizante: allí asoman alquerías y pesetas, duros y molinos, mesones, cortijos, chopos, mozas, pollinos y botas de vino. Incluso un paisaje de Sorolla. Pero luego este vocabulario se americaniza, en sabor y compenetración, aunque muchos de sus chistes gruesos y sus exageraciones poco fundamentadas no pueden atribuirse, tan sólo, a una españolería de segunda mano. Pertenecen más bien a las limitaciones de un adolescente que prefiere el choque al entendimiento. López mantuvo, durante buena parte de su vida, el enfoque de un humorista de provincia, aun cuando varios de sus textos superen tales restricciones. De "Visión inesperada", donde en forma tan tosca compara un faro a "un erecto pene fenomenal", a poemas que pudiéramos llamar clásicos dentro de su producción, como "Muchachas solteronas", "En tono menor" o "Sepelio", con su humanidad entrañable y no por ello menos cuestionada por el humor, la distancia es abismal. Pero los poetas son recordados por su buenos poemas y no por sus caídas en la banalidad.

    Pero la desigualdad no es demasiado perceptible en la obra de López. Mantiene una calidad constante, quizá debido a lo restrictivo de su temática y la estrechez de su horizonte. "Vivir en la provinciana niñez": así lo hace, con entereza. El liberal, radical y masón, lector de Vargas Vila y de Voltaire, termina por estar férreamente unido al entorno que repudió, compenetrado hasta el tuétano con sus virtudes y sus males, no en su pulcra y discreta vida personal, sin mayores altibajos, sino en los elementos que su poesía encarnaba, dentro de una constante tensión antinómica, nunca resulta del todo.

    De ahí las tres grandes afluencias temáticas de que habla Ramón de Zubiría -el realismo, la sátira social, lo gnómico-, y de ahí también la perspectiva que este mismo crítico esboza, refiriéndose al afincamiento de López en su veracidad histórica indisociable del proceso que vivió su ciudad natal:

    La erosión de aquella altiva grandeza, por la irrupción del más burdo materialismo, la pequeña insolentada, el fariseísmo y la más rampante grosería, con un correlativo desquiciamiento de valores y la aparición de toda la gama del arribismo |

    Como todo nostálgico, también era un conservador: mantenía viva, en la memoria de los versos, lo que había dejado de ser: "Fuiste heroica en los años coloniales [ Mas hoy, plena de rancio desaliño/bien puedes inspirar ese cariño/que uno le tiene a sus zapatos viejos...". Se opuso a ello con la firmeza del crítico que señala abusos y desigualdades, frío como un erudito, porque jamás termina por cortar amarras, ni romper del todo.

    Por ello sus viajes, trátese de Munich o Baltimore, donde fue cónsul de Colombia, apenas sí se reflejan en sus versos más que como una acentuación de sus lazos con "la nueva Arcadia del Caribe", como llama a su solar nativo. Refrenda así su dependencia emotiva y recalca, ante las nuevas exigencias, las mismas e incurables limitaciones, como en el caso de su poema "Nueva York": "No sabiendo nosotros, biznietos del atraso/ni jugar ese juego científico del golf". Lo que hubiera sido, para cualquier futurista, el incentivo máximo, se convirtió para Luis Carlos López en la urgente necesidad de tornar a "la tierra tranquila del banano", a "la oscura grieta/sabrosa de mi pueblo". Su corazón y su mirada habían que dado atrapados para siempre por Cartagena y los pequeños pueblos vecinos, a la orilla del mar Caribe, donde alegres muchachas pregonan "camarones frescos" con su batea.

    Su rechazo al progreso, el sarcasmo explícito en "Versos futuristas" o en "Película", ponen en duda las virtudes del movimiento o el simbolismo de los sueños, tan trajinados en aquellos años veinte por futuristas y surrealistas. Él prefería seguir anclado en su parroquia, haciendo bromas en los juegos florales o redactando epístolas "entreabiertas" a sus colegas y amigos de la prensa de la capital. Allí hará el elogio del mondongo y concluirá: "Que así somos, sublime Don Quijote,/y así seremos: tipos de comedia,/con birrete, sotana, chafarote,/mandil y mostrador".

    De la tienda de ultramarinos al periodismo, de la tertulia a la política: así transcurrieron también sus días, "la sonrisa en los labios/y la pistola Colt en el bolsillo", como le escribe a su amigo Jorge Mateus, pero esto último no era más que una baladronada. Nadie más pacífico, incluso en sus propios versos, que el Tuerto López. Por ello en el poema "Al padre Donoso" o en la respuesta a Evaristo Carrillo, desde Berlín, en 1928, Luis Carlos López, desde el exterior, sigue manteniendo su actitud inmodificable: la de un humorista que añora los motivos de su risa. La del cronista de la ciudad, que a través de viñetas dedicadas a sus calles y a sus personajes más llamativos, nutre el dilema entre lo que fuera una grandeza épica y un deterioro actual ("Naturaleza irónica..."):

    ¿Qué contradicción dinámica
    desorganiza a un plácido terruño
    de sacapotras y de tinterillos?
    -Nada: elecciones para concejales.

    El título, con sus puntos suspensivos, lo dice todo: mirar y dejar pasar. Ser feroz en la denuncia, pero resignarse sabiendo que nada se podrá cambiar. Sólo que al decirlas, ya ha modifica do las cosas.

    Los antiguos palacios se vienen abajo y necesitan ser restaurados, pero él, por falta de dinero, no podrá adquirirlos, él, "biznieto aburrido y sin dos cuartos". Continúa así la dicotomía entre encanto secular y la modernización inexorable. Realismo y añoranza: sombra y luz de un mestizaje.

    Si nos hemos referido al contrapunto bohemia-burguesía, dentro de "el fastidio/del ambiente letal", como característico de la poesía de López, con sus "neurasténicos bardos melenudos" que terminan por abandonar su arte a cambio de un plato de carne y arroz, ese descenso del estereotipo romántico ya adocenado al más crudo realismo se hace a partir del recuerdo crítico de su pasado colonial. De su española raza, dado que el Tuerto López provenía directamente de inmigrantes españoles, como eran sus abuelos maternos y paternos. Su poema al respecto, apenas una enumeración, es una forma de dilucidar sus raíces, y de ver cómo la relación de España con sus provincias, que él llama "de trabuco y pastoral", se diversifica y se hace mucho más compleja ("Mi española raza"):

    Del seminario,
    mientras las campanas
    citan para el rosario,
    van saliendo sotanas y sotanas...
    Después, tras la eminente
    nulidad de un político, en la acera
    de enfrente
    luce su desparpajo una ramera.
    Y delante de mí, cabe un mendigo
    de hosco sombrero
    y de peludo ombligo,
    pasan dos militares y un torero.

    Aguafuerte goyesco del poeta de una ciudad ya legendaria que en el hoy de López había quedado reducida, en sus versos, a un pequeño ámbito donde se vive "siempre a plomada". Aburrimiento y rutina, para emplear sus propias palabras, donde apenas si ladrones y demagogos alteran su perpetuo sopor dominical. Sus retratos de amigos y contertulios, en las reuniones de "El Bodegón", transcriben perfiles escuetos y complicaciones simples. Jóvenes que se casan y cuyas mujeres los dominan, condiscípulos que se han hecho ricos, conocidos que pasan del lirismo a la política. Sin embargo, como lo anotó con sagacidad Baldomero Sanín Cano:

    Esta cosa insípida, gris, blanda y desarticulada que es la vida política de Colombia en los últimos treinta años, está admirablemente vertida por la poesía insuperable, por el humor penetrante y sano de Luis Carlos López .

    Fue, no hay duda, un poeta que secó los excesos retóricos del modernismo y puso un dique al caudal lacrimógeno del romanticismo, aún activo entonces. Por ello sus vuelos evasivos, dentro de ese "pueblo intonso, pueblo asnal", no van más allá de un cambio de postura en la poltrona o de alguna chuscada erótica. La verdadera evasión era escribir "librejos", como los llamaba, donde un lector "hueco y panzudo" encuentra expresados, con certeza inmodificable, el aburrimiento sin límites y la rutina cotidiana, tan simple como la vaselina. Este era el tipo de comparaciones que usaba López. Comparaciones que disminuyen y re bajan. De ahí que Héctor Rojas Herazo no lo considere poeta logrado, debido a su "monocordia psicológica"  y a sus aires de censor. Germán Espinosa, por el contrario, dice:

    Ello no quiere decir que eludiera los contextos puramente líricos, en él frecuentes. Ocurre tan sólo que prefería oponerles un contra. punto prosaico, logrando así una especie de desacorde armónico que, milagrosamente, en virtud acaso de un don muy personal, enriquecía su poesía |

    De mi villorio (1908) y |Por el atajo (1920), títulos del primero y último de sus libros, resultan una definición personal. Retorno a la provincia, porque allí está lo universal, al margen de cualquier cosmopolitismo espúreo, sea el de Grecia o el de Ver salles. Y desde allí mirar las cosas con el desnivel filosófico, "bisojo y medio cínico", de quien ríe gravemente y no termina por desesperarse del todo ante lo irremediable, ni siquiera ante la agorera, "la última farsa hecha en latín/junto al cochero de chistera/senatorial ebrio de anís" ("Sepelio"). Le queda el sarcástico consuelo en su poesía, a veces acre y brutal, como la consideró Eduardo Castillo, en otra amplia y tajante en la captura de lo humano, con todos sus matices. Allí queda, entonces, el Tuerto López, "conmovido por dentro y burlón por fuera", tal como se describió a sí mismo, con profundo conocimiento de causa.

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)

     

    Ampliar la noticia

    GUILLERMO VALENCIA, VIDA Y POESÍA

    GUILLERMO VALENCIA: TRES IMÁGENES (1873-1943)

    I

    Leyendo a Silva  

    Vestía traje suelto de recamado biso
    en voluptuosos pliegues de un color indeciso,
    y en el diván tendidas, de rojo terciopelo,
    sus manos, como vivas parásitas de hielo,
    sostenían un libro de corte fino y largo,
    un libro de poemas delicioso y amargo.
    De aquellos dedos pálidos la tibia yema blanda
    rozaba tenuemente con el papel de Holanda
    por cuyas blancas hojas vagaron los pinceles
    de los más refinados discípulos de Apeles:
    era un lindo manojo que en sus claros lucía
    los sueños más audaces de la Crisografía:
    sus cuerpos de serpiente dilatan las mayúsculas
    que desde el ancho margen acechan las minúsculas,
    o trazan por los bordes caminos plateados
    los lentos caracoles, babosos y cansados.
    Para el poema heroico se vía allí la espada
    con un león por puño y contera labrada,
    donde evocó las formas del ciclo legendario
    con sus torres y grifos un pincel lapidario.
    Allí la dama gótica de rectilínea cara,
    partida por las rejas de la viñeta rara;
    allí las hadas tristes de la pasión excelsa;
    la férvida Eloísa, la suspirada Elsa.
    Allí los metros raros de musicales timbres;
    ya móviles y largos como jugosos mimbres,
    ya diáfanos, que visten la idea levemente
    como las albas guijas un río transparente.
    Allí la vida llora y la Muerte sonríe
    y el Tedio, como un ácido, corazones deslíe...

    La primera imagen es la de un joven de mostacho romántico y mirada ensoñadora que llega a una Bogotá finisecular como secretario del general Rafael Reyes y allí retoma la rica tradición poética colombiana y le confiere un renovado esplendor.

    En 1987, con ocasión del primer aniversario de la muerte de José Asunción Silva, declama ante su tumba su poema "Leyendo a Silva", el cual se inicia con las estrofas antes citadas.

    La breve y trágica vida de Silva, sellada por el suicidio y la musicalidad incomparable de su poesía, lo habían convertido en una figura mítica. Silva, el iniciador, el último nacido del viejo cisne y Leda, como lo llama Valencia, sería una referencia magnética para este joven de Popayán.

    Luego de estudiar en el seminario sus griegos y latines, sus padres de la Iglesia y su historia antigua, descubría, en aquella también remota capital sudamericana, algo de los esplendores decadentes de un siglo que moría, con el disparo de Silva en su corazón, y algo también del pragmatismo reformista con que el general Reyes buscaba las soluciones prácticas y los hombres de acción, llamando luego a colaborar, durante su gobierno, a elementos del rival partido liberal.

    Valencia, quien se definía a sí mismo como "conservador por estética", lograba en sus poemas establecer una profunda empatía con el precursor, al formular, en un verso preciso, el carácter del poeta: "Amando los detalles, odiar el universo/sacrificar un mundo para pulir un verso".

    El poeta, el más concreto de los seres, aspira a la totalidad. A que toda las cosas se conviertan en palabras para darles así su última y más perdurable resonancia. La de una memoria que se renueva cada vez que volvemos a leer el poema. "Tener la frente en llamas y los pies entre el lodo;/querer sentirlo, verlo y adivinarlo todo".

    Lo que Valencia decía sobre Silva lo decía también sobre sí mismo. Los textos que/por entonces escribió hablaban de Oriente, de Grecia y Roma, la Edad Media y el Renacimiento, de Nerón, Miguel Ángel y Durero. De la transición del mundo pagano al orbe cristiano.

    Y también, cómo no, del conflictivo mundo que tenía allí delante. Dos años después de declamar "Leyendo a Silva" ante su tumba, recitará "Anarkos", por primera vez, en el Teatro Colón de Bogotá.

    Por donde quiera que mi ser camine
    Anarkos va, que todo lo deslustra:
    un rito secular que no decline
    ante el puño brutal de Bakunine
    y el heraldo feroz de Zarathustra.
    No puede ser que vivan en la arena
    los hombres como púgiles: la vida
    es una fuente para todos llena;
    id a beber, esclavo sin cadena;
    potentado, ¡tu siervo te convida!
    ¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula
    de la miseria se resisten fieras,
    y con brazo de adustos domadores
    y el ojo sin ternura, ¡les enjaula
    la codicia sin fin de los señores!

    Ese largo poema donde los perros, los mineros y los artistas se unen, en su marginalidad, opondrá a la dinamita del anarquismo las enseñanzas sociales de la Iglesia a través de la encíclica |Rerum Novarum, de León XIII. Como en el caso del poema dedicado a Silva, Valencia operaba por contrastes y su desarrollo se basaba en tesis, antítesis y síntesis. Sólo que más allá del de bate ideológico que lo sustentaba, la mirada de Valencia se sentía atraída, en este como en otros textos, tanto por el deleite sensual de Salomé como por el rayo demoledor de una sentencia bíblica. Por los mármoles romanos como por la palabra de Cristo. Trataba, como poeta, de presentar las dos caras del asunto y dejar que, más allá de sus simpatías, la imparcialidad insobornable de la poesía dirimiese el conflicto.

    Sólo que el mundo ideal hacia el cual Valencia dirigía sus aspiraciones -"quien pudiera volar a donde brota/la savia de tus mármoles, Atenas"- contrastaba, y en qué forma, con el real mundo de esa Colombia de guerras civiles y fracciones hirsutas, donde una poesía suntuosa, difícil y saturada de referencias culturales como la suya, no parecía tener demasiado sentido.

    En todo caso cuando apareció |Ritos (1899), su primer libro, y en realidad el único, transcurría la Guerra de los Mil Días y 200 ejemplares del mismo que eran remitidos a Valencia, entonces en París, pasaron a formar parte del morral de los soldados que combatían en Palonegro, al ser decomisados en el combate naval de "Los Obispos", en el río Magdalena.

    II

    El joven reconocido y consagrado en la capital extendía, de este modo tan involuntario, su eco por otras regiones del país, y el ávido turista que en el café |Katisaya de París intercambiaba libros con Oscar Wilde y recibía el espaldarazo de Rubén Darío, padre y maestro mágico del modernismo, en una de sus crónicas para |La Nación de Buenos Aires, volvería a Colombia a sumergirse en las turbulencias de las luchas políticas para ser en dos ocasiones, 1918 y 1930, candidato derrotado a la presidencia por el cual votaron 216.000 y 240.000 personas respectivamente, cifras significativas para la época.

    Y para comprobar reconfortado que, cuando salía a los balcones de las plazas a explicar su programa de gobierno, recibía la insólita petición por parte del público de que recitase.

    Tal fervor no era indiscriminado: le pedían que recitase "Anarkos". Ese largo poema de una docena de páginas que su propio autor consideraba "un editorial en verso" y que cuando una falla de su memoria lo obligaba a detenerse, buscando la rima mnemotécnica, toda la multitud, en coro, salvaba el bache y así, de modo colectivo, proseguía su sinuoso curso. Los asistentes al mitin político no eran tan ajenos al canto de los bardos decadentes, "con el azul cuaderno bajo el ala", y la luz del ideal en la mirada.

    Aunque nadie lo crea así era la Colombia de aquel entonces y los que hoy se asombran de cómo aquel país, regido por poetas y gramáticos, subsistió, no captan quizá cómo la gente transfería sus ideales de conocimientos y horizontes más amplios a la figura ya entonces anacrónica del vate, tan ciego para los avatares de la vida práctica como lo debió ser Homero y lo sería Borges años más tarde, y le pedían, en esta forma, diera un sentido más puro a las palabras de la tribu.

    Le pedían, también, que fortaleciera con estos versos su memoria colectiva y desarrollara ante gentes quizá analfabeta un espejismo irresistible: la tentación de la belleza. Aquella que los sacaba de sí mismos y los obligaba a mirar con más detalle el mundo, lejos de sus agobiantes preocupaciones cotidianas.

    Hay un instante...

    Hay un instante del crepúsculo
    en que las cosas brillan más,
    fugaz momento palpitante
    de una morosa intensidad.
    Se aterciopelan los ramajes,
    pulen las torres su perfil,
    burila un ave su silueta
    sobre el plafondo de zafir.
    Muda la tarde, se concentra
    para el olvido de la luz,
    y la penetra un don suave
    de melancólica quietud,
    como si el orbe recogiera
    todo su bien y su beldad,
    toda su fe, toda su gracia
    contra la sombra que vendrá...
    Mi ser florece en esa hora
    de misterioso florecer;
    llevo un crepúsculo en el alma,
    de ensoñadora placidez;
    en él revientan los renuevos
    de la ilusión primaveral,
    y en él m'embriago con aromas
    de algún jardín que hay ¡ |más allá!...

    Ir más allá, oponiéndose a las sombras. Sin abandonar lo cotidiano, esclarecer su intimidad. Como en "Hay un instante", la poesía habla por sí misma, en su gratuito desinterés, y no requiere de citas ni del epígrafe de ninguna autoridad. Nos abre los ojos hacia una realidad más intensa que la anodina realidad de todos los días, sin por ello hacernos perder el sabor de su milagro diario. Tal fue el logro de Valencia en sus mejores momentos, hable de un crepúsculo, o de la muerte de su mujer, en su inolvidable soneto "A Josefina".

    Valencia encarnó así todas las apasionantes contradicciones del político que, herido por la ingratitud, se refugiaba en la poesía o en la traducción de la misma -Baudelaire, Mallarmé, D'Annunzio y Hoofmansthal-, y el poeta curioso y sensual que, dispersándose entre variadas sugestiones, no dejaba de estar atraído por la mayor: el fuego fatuo del poder.

    Mirando hacia el pasado, el hidalgo payanés cantaba en su hacienda de Belalcázar a sus antepasados, ennoblecidos por la corona española o fusilados por sus ansias de libertad. A esa tradición se aferraba para entender mejor su actual perplejidad. La de quien, gracias a la poesía, había obtenido todos los frutos, salvo la presidencia de la república.

    Sólo que no había nunca demasiado tiempo para recordar, en este sosiego contemplativo, la anterior emoción. Al convertirse en hombre público, la historia no dejaba de llamar a su puerta y la intimidad pudorosa que asomó tan pocas veces, preservada al margen de tantos versos de ocasión, debía volcarse hacia el compromiso público, hable de Bolívar o de Miguel Antonio Caro, de Córdoba o de Popayán, o defienda la pena de muerte ante el Senado.

    La tribuna del orador se trocaba en cátedra y púlpito y el pueblo, en tantos casos pobre y afligido ante la desaparición de los mejores, se aferraba al esplendor sonoro de esas joyas verbales con que el orador engalanaba sus párrafos y veía así desfilar, exaltados, los héroes y caudillos de su historia. Las incipientes leyendas de un país recién hecho sobre las cuales todos, por haberlas conocido, tenían algo que decir, y así la oración fúnebre se convertía en punto de referencia, memorizado y debatido hasta en los más remotos confines.

    A la imagen del poeta debemos añadir la del orador y recordar, siquiera, el momento en que Valencia, ante el cadáver de quien fuera su adversario político desde las filas liberales, Rafael Uribe Uribe, vilmente asesinado, se levantaba sobre su propio dolor y en la marea del arrebato componía imprecaciones perfectas:

    ¿Así premias, oh Democracia, a los mejores de tus hijos? ¿Con óleo de sangre los unges? ¿Los vistes de escarnio y los paseas ceñidos en los cascabeles de los locos? ¡Sucre, Arboleda, Uribe! A quien sólo tuvo para ti palabra de miel, ¿tú le respondes con la voz del agravio? A quien se desveló sirviéndote, ¿así lo galardonas tú con el sueño medroso de los sepulcros? A quien cantó para ti con labios encendidos el himno de tus glorias, ¿tú sólo le respondes con el yambo de las venganzas? A quien te ofrendó sus placeres, ¿tú le retribuyes con tormentos? ¡Lincoln, Canalejas, Jaures...! Oh Democracia, bendita seas aunque así nos mates .

    El poeta exquisito era también el orador eficaz y su pompa todavía resuena acercándonos esta segunda imagen: la del hombre que durante muchos años fue la voz de Colombia y propugnó, por encima de tantas tumbas, una convivencia civilizada a través de esa cultura, católica, apostólica y romana, que era la suya. Un bálsamo, no siempre eficaz, ante tantos sectarismos fratricidas, tantas vanidades y tantos orgullos heridos. Tantas desigualdades sociales, nunca bien asumidas.

    III

    En 1941 el diario El Espectador realizó una encuesta acerca de cuál era el poeta más popular de Colombia. Valencia ganó por una amplia mayoría: el 46 por ciento. Le seguían Porfirio Barba- Jacob y Eduardo Carranza con apenas un 9.5 por ciento.

    Este demócrata reinaba imperial sobre la poesía de su patria, dos años antes de su muerte, y los jóvenes impacientes, como Eduardo Carranza, podían acercársele y reprocharle la frialdad de sus poemas recibiendo la respuesta que su insolencia merecía: "Amigo, en las más altas cumbres hace frío".

    El país de frases continuaba intacto y Valencia, entonces, se envolvía en su capa de hidalgo y se retiraba, convertido en el símbolo de su ciudad, Popayán. Consustanciado con ella, Valencia paseaba su mirada irónica y su barbilla pugnaz, manteniendo vivas las tradiciones. Aquella, por ejemplo, que hablaba de cómo allí estaba enterrado Don Quijote. Por ello, en un último avatar, Valencia dejaba atrás al poeta sofisticado y al orador relampagueante, para metamorfosearse detrás de una figura mucho más próxima y mucho más humana, por ser quizá una figura literaria.

    el corazón de corazones,
    el paladín sin tacha, el andariego,
    mi adorado pariente, el gran manchego,
    honra con su presencia estos rincones.
    Esos mostachos negros y caídos,
    ese bravo pensar, esa amarilla
    tez y ese rostro de travieso alarde
    ¿son los suyos, Alonso? Mis sentidos
    evocan tu figura sin mancilla
    y en tu loco fervor mi pecho arde.

    Hablaba de Don Alonso Quijano, alias Don Quijote. No es insólito, entonces, que haya un busto suyo en el Colegio Colombiano Miguel Antonio Caro, de Madrid, sito en la Avenida Séneca. Su talante corresponde a tales nombres. Forma parte de la fructífera tradición poética colombiana que no ignora el aporte hispánico, para llevarlo más allá. Una tradición que recordaba así Gabriel García Márquez, en sus raíces pedagógicas y populares, aún no perdidas del todo.

    Los jóvenes de ahora no pueden imaginarse hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. No se decía primero de bachillerato sino primero de literatura, y el título que se otorgaba, a pesar de la química y la trigonometría, era de bachiller en letras. Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá no era la capital del país ni la sede del gobierno, sino la ciudad de las lloviznas heladas donde vivían los poetas. No sólo creíamos en la poesía, sino que sabíamos con certeza -como lo diría Luis Cardoza y Aragón- que es la única prueba concreta de la existencia del hombre .

    En un momento dado Valencia fue la poesía. Por eso hoy está vivo y nosotros también estamos vivos recordándolo. Una prueba más, si hiciese falta, de cómo Colombia, a través de su poesía, resiste y perdura.

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)

     

     

    Ampliar la noticia

    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA, POETA, BIOGRAFÍA

    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (1865-1896)

    Durante un siglo colombianos y extranjeros han leído la obra de José Asunción Silva con sincero interés. Han expresado su admiración en páginas que iluminan aspectos de su poesía y su novela y que establecen, a lo largo de estos cien años, las modalidades de recepción crítica de una de las más notables creaciones literarias colombianas.

    Aun cuando ya se han hecho tres recopilaciones de trabajos críticos sobre Silva |y en los últimos años la biografía pionera de Alberto Miramón se ha visto superada por nuevos aportes, entre los que se destaca el libro de Ricardo Cano Gaviriatodavía subsisten multitud de miradas sin recopilar que nos permiten medir la sugerente resonancia de su escritura. Y la forma como ella se ha estudiado mediante muy diversos análisis.

    Cómo en muchos casos, su obra se convierte en un simple pretexto para trasmitir los intereses de la hora y cómo en una segunda vuelta del tiempo todos esos análisis se van adhiriendo como pólipos a la desnuda música de sus versos, otorgándoles la pátina de una riqueza más honda. De un eco que se prolonga y modifica a través de oyentes dispersos en el tiempo y en el espacio! ¿Por qué el mismo poema suscita reacciones tan variadas? No se trata tan sólo de un ejercicio universitario, como, con tanta agudeza, propuso I. A. Richards en |Lectura y crítica (1929, versión española, 1967) sino, en cierto modo, de un corte longitudinal a lo largo de nuestra historia literaria y sus repercusiones en todo el ámbito de la lengua española.

    Tales reacciones van desde quienes conocieron a Silva y permanecieron dentro de la órbita de una personalidad singular y un drama humano que marcaría, por mucho tiempo, cualquier aproximación a sus textos, enturbiados por el escándalo de su muerte, hasta los estudiosos que revalúan hoy una novela como |De sobremesa y la sitúan, de lleno, dentro de la renovación modernista y sus preocupaciones esotéricas. Cada época proyecta sus intereses al poner énfasis, en los mismos renglones, sobre quien los redactó o en la buscada autonomía de tales textos.

    Entre esos dos puntos operan ensayistas hispanoamericanos como Rufino Blanco Fombona y Ventura García Calderón, o poetas como el español Francisco Villaespesa, tan influido por Silva, el nicaragüense Salomón de la Selva, el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y los colombianos León de Greiff y Germán Pardo García, quienes desde su ademán creativo asediaron el mundo de Silva, en pos de sus propias imágenes personales, como es obvio, pero también como un reconocimiento franco de quien los urgía y conmovía con la sinceridad entrañable de su poesía, en especial el "Nocturno", por antonomasia, piedra de toque de cuantos escriben sobre su obra.

    De todos modos, en este repaso de textos, que atiende tanto a las peculiaridades de la ciudad que lo vio nacer -caso del historiador Indalecio Liévano Aguirre- como a los conflictos sociales, económicos y políticos que un español como Juan de Garganta resume, en 1947, revisando la bibliografía disponible hasta la fecha, es factible concluir reafirmando el valor innegable de su aporte, ya nunca más regateado al lado de las figuras centrales de su tiempo, como es el caso de Rubén Darío y José Martí, cuyas obras leyó, asimiló e hizo suyas incluso hasta la parodia.

    II

    ¿Quién fue entonces este poeta singular? Hijo de una familia acomodada de origen andaluz, su padre, Ricardo Silva, era un escritor costumbrista dueño de un almacén bogotano, como varios de su época, que importaba de Europa artículos de lujo.

    Después de la muerte de su padre, Silva verá quebrar tal negocio y sufrirá el embargo que su abuela materna le declara luego de padecer 52 ejecuciones judiciales. Verá también morir a Elvira, su hermana más querida, y en el naufragio del vapor |L´Amerique desaparecer lo que consideraba más valioso de su obra literaria. A pesar de tales desdichas muchos continuaron aludiendo a la belleza de su figura, la elegancia de sus maneras y la pulcritud de su camisa. Un dandy nazareno que buscaba ser fiel, hasta el final, al desapego apolíneo, sintetizado en esta frase: "Antes me verán muerto que pálido".

    Las anécdotas nos lo muestran sensible e irónico, avanzado para su tiempo pero unido de modo irremediable con su entorno, que lo vio vivir durante treinta y un años y le dictó muchas de las pautas de su conducta. Un viaje a Europa y una estadía en Caracas, como miembro de la legación colombiana, constituyen sus dos únicas salidas al exterior, igualmente decisivas: adquirió distancia. Supo de otras formas de convivencia. Se sintió sólo y escribió para comunicar ese misterio que une a todos los hombres.

    Una última y fracasada aventura comercial -el montaje de una fábrica de baldosines de cemento- y una cena final, con diez amigos, cierra la breve novela de su existencia. Luego de ella, y vestido con elegancia, se dispararía un tiro en el corazón: el lugar preciso que un médico amigo le había señalado días antes. No vio publicada su obra.

    Tales elementos darían origen a una catarata inagotable de medallones románticos, agravados por unos supuestos amores con su hermana, y harían de su silueta la de un maldito o, por lo menos, un "raro", para usar la terminología impuesta por Darío. Tal sustrato se percibe en múltiples aproximaciones a Silva. La leyenda será consustancial a su figura. Ni la más objetiva de las lecturas puede prescindir de tales datos.

    Pero el ser alejado del mundo, víctima de la ensoñación, impráctico para los negocios, era también el miembro de una familia liberal atraído pragmáticamente por la pragmática política conservadora de Rafael Núñez. Al elogiar los versos de Núñez, Silva buscaba conservar su puesto diplomático o, si era posible, mejorarlo.

    Lo apasionante, en todo caso, fueron sus contradicciones y la forma como se trasmutaron en un música verbal de nitidez mágica. No era un hombre al margen de las tensiones sociales de su pequeño mundo, de las herencias y los pleitos del sectarismo político y las heridas no cerradas de varias guerras civiles. Pero era, ante todo, un poeta. Pudo escribir sobre los fantasmas difuntos que la bruma de su ciudad natal insinuaba en torno suyo.

    Algo de esto había visto Laureano García Ortiz en 1896 al decir:

    Si bien es cierto que Silva era de naturaleza sensible en grado extremo, y de una sensibilidad que no iba siempre en vía y a paso normales, igualmente es cierto que jamás apareció en él indicio alguno |sentimental; murió, según todo lo hace creer, en ejercicio de una libre y fría volición, como ponían fin a su vida las
    fuertes naturalezas del paganismo 

    Esa fuerza para hacer suyo el destino también se percibe en, sus versos: trascienden su época convertidos en imagen aún válida.

    Si en la adolescencia comienza a ayudar a su padre en el negocio familiar y a los 18 años fue incorporado como socio, teniendo que habilitarle la edad, su interés por la poesía se mantendrá alerta a lo largo de estos años y la literatura francesa, como apunta Sanín Cano, estará siempre presente dentro de su horizonte intelectual.

    Pero ese afrancesamiento, consustancial al latinoamericano de la época, no eludía, en ningún momento, el humus cultural que su medio le proporcionaba. El cual, como lo ha sintetizado Malcom Deas refiriéndose al período de hegemonía conservadora entre 1885 y 1930, podía resumirse así:

    cuidar la lengua es preservar la comunicación con el mundo hispanoparlante,

    añadiendo, al referirse a Miguel Antonio Caro:

    La preocupación por el idioma no se derivaba del temor al aislamiento aunque Colombia estuviera aislada, ni del menguante nivel de comunicación con los mexicanos, chilenos o argentinos, que le importaban poco. Me parece que el interés radicaba en que la lengua le permitía la conexión con el pasado español, lo que definía la clase de república que estos humanistas querían .

    No fue Silva, como se dijo, un solitario aislado en su torre de marfil. Sí un hombre de carácter que sabía trazar distancias y que trató, en prosa y verso, de lograr que los modos de percepción de la realidad se hiciesen más sutiles, al trascender el debate que muchos de sus poemas plantean -el peso de la herencia hispánica, el drama de las guerras civiles, el papel de Bolívar- hacia una dimensión más compleja e íntima, de innegable universalidad. Fue crítico de su herencia, pero lo mejor suyo es la consubstanciación entre la palabra y un clima que sin la palabra no subsistiría envuelto entre las nieblas del deseo.

    III

    Ismael Enrique Arciniegas recuerda su participación en las reuniones que se realizaban en la imprenta de José María Rivas Groot. Allí donde se compiló |Víctor Hugo en América y en las cuales participaban Julio Flórez, Diego Uribe, Federico Rivas Frade, los hermanos León Gómez, Joaquín González Camargo y Carlos Arturo Torres, el ensayista de los |Idola Fori. En ellas Silva leyó "Ars", su definición estética, y páginas en prosa.

    Allí se acordó publicar un libro colectivo de poesía con el título de Arpas amigas que luego se convertiría en |La lira nueva (1886), cuyo prólogo, firmado por Rivas Groot, sintetiza el idea firmado por Rivas Groot, sintetiza el ideario del poeta del momento en tres palabras-temas: "Cristo, la Re pública y la Naturaleza".

    Un ideario que no coincide exactamente con el de Silva. El suyo era más amplio, sí, pero también más ceñido a la propia fuerza expresiva de su trabajo verbal. No era un teórico de la reconciliación histórica con España. Era un creador que transformaba la lengua española y le hacía decir:

    El verso es vaso santo. Poned en él tan solo
    Un pensamiento puro,
    En cuyo fondo bullen brillantes las imágenes,
    Como burbujas de oro de viejo vino oscuro.

    En dicha tertulia se rechazaban los versos agudos y esdrújulos. Las octavas bermudinas, las octavas reales, las sextillas que puso de moda el doctor Rafael Núñez. Se vivía, en consecuencia, dentro del debate vital del idioma. De sus modos de conjurar una realidad fugaz.

    En una Bogotá "aletargada y brumosa" la vida literaria podía ser muy intensa, mezclada con las pasiones políticas, las preocupaciones gramaticales y los "sueltos", con pseudónimo, que todos los periódicos acogían, recogiendo chismes y maledicencias: así lo ha rescatado Enrique Santos Molano en |El corazón del poeta (1992). Otra biografía de Silva donde se palpa la estrecha ligazón entre el poeta y su mundo.

    La vida social, dentro de los comprensibles límites de una ciudad que sólo en 1900 alcanzaría los 100.000 habitantes, desplegó en torno suyo la secuencia de cenas y bailes, escenario este último de varios de sus poemas, como lo corroboran la crónica humorística de Clímaco Soto Borda y las propias crónicas de Silva, v.gr. la dedicada a la fiesta de los Koop (1887) .

    La doble vida del joven de sociedad que buscaba compaginar sus actividades de comerciante y poeta, no queriendo que las segundas interfiriesen en el crédito que los prestamistas le otorgaban para subsistir a él y su familia en la primera, será una constante y explica quizá el sarcasmo de sus "Gotas amargas".

    Exudaba lo que había visto y padecido. Hacía público el malestar que le producía tal conflicto y la estrechez burguesa de su clase social leyéndolas, en confidencia, a los amigos más íntimos. Mantenía la dualidad que corresponde al creador en sociedades de incipiente capitalismo, impedido de concretar, a cabalidad, su vocación.

    Ese "filósofo engarzado en un petimetre" que había retrata do Pedro Emilio Coll con pechera blanca y zapatillas de charol, debió sufrir demasiados chistes malévolos y responder con varia das frases hirientes, para terminar marginado en el cementerio de los suicidas. Pero, de otra parte, estuvo próximo, en la tertulia de su padre, en las relaciones familiares, en las colaboraciones periodísticas, en el mostrador de su almacén, a lo decisivo de la sociedad de su tiempo: la que ejercía el poder. La que firmaba los nombramientos en el exterior.

    Pero reconociendo esa unión entre persona y sociedad, entre entorno y familia, lo importante es también subrayar la ruptura. Si no estaríamos preguntándonos lo mismo que Luis López de Mesa se preguntó en 1928:

    ¿Para qué un Silva empleado de segunda categoría en un banco, subalterno de un ministro agreste o diputado por las derechas del hirsuto gamonalismo provinciano.

    Silva rompió y a través de su poesía reestableció el vínculo, en un nivel mucho más profundo. Se convirtió en símbolo de Colombia, como lo denomina Alejandro Vallejo, al señalar cómo el "Nocturno", al igual que "La canción de la vida profunda" de Barba-Jacob o "Las cigüeñas", de Valencia, encierran "algo que a todos nos es propio".

    Pero el carácter representativo de Silva, como uno de los mas altos logros de nuestra cultura, en la plenitud de sus versos y la amargura final de su existencia, cancelada con un gesto que tiñe de dolor retrospectivo todos sus actos anteriores, no nos impide intentar comprenderlo más allá del mito, al revisar el mayor número posible de puntos de vista sobre su humanidad y su escritura. Eduardo Zalamea, en 1946, señalaba:

    Se diría que nuestra literatura no ha llegado a la madurez necesaria para analizar la vida de nuestros grandes poetas.
    ¿En dónde el libro que nos muestre el verdadero Silva y el que despoje a Caro de su clámide clásica para que podamos verle en su humana desnudez y el que nos revele el secreto del genio de Pombo y el que aclare la penumbra que vela el rostro de Flórez, y el que nos entregue completo a Barba-Jacob y el que nos dé la cabal medida de Valencia?

    Mucho se ha avanzado en tal sentido, pero aún faltan varias piezas del mosaico. De todos modos hoy conocemos mejor ese mundo de Silva ante los avances historiográficos y la voluntad esclarecedora de las sucesivas aproximaciones a su trayectoria. Lo cual impone, por cierto, un retorno a su poesía, que no supera las 220 páginas, y a su prosa, que no va más allá de las 160 cuartillas. Tomando en cuenta, como hoy lo hace la crítica, su rigurosa conciencia de artista y lo novedoso de su novela-ensayo-diario íntimo.

    Las numerosas variaciones críticas en torno a Silva podrían llevarnos a desalentadoras conclusiones sobre el tedio de la vida académica, pero el cambio de atención de su poesía a su novela y de su drama personal al estado general de las letras hispanoamericanas durante el modernismo, y la sociedad en que se dio, es un buen síntoma. Enriquece la vista.

    Además, el requisito previo de conocer cuanto se ha escrito sobre Silva resulta imprescindible. Quizá ya allí, en aquel olvida do estudio, estaban las bases de la interpretación que hoy se nos brinda como muy renovadora, en enrevesada terminología. En todo caso, es curioso oír hablar de Silva, desde la intuición como desde el prejuicio. Es esclarecedor, en definitiva, ver cómo los otros leían a Silva. Esas miradas aumentan nuestro asombro ante la belleza de tantas de sus líneas.

    En todo caso, desde los 44 textos sobre Silva que con ayuda de Santiago Mutis y Mauricio Pombo rescatamos en Bogotá para la edición de |Poesía y prosa de 1979 y los 15 textos que en 1988 agrupé, desde Buenos Aires, en |José Asunción Silva, bogotano universal, el interés prosigue. Sigo fiel al primer trabajo crítico que escribí: una aproximación a Silva publicada en la revista Arco de Bogotá.

    Vale la pena recalcar el valor propio de Silva y la forma como se apreció su contribución a la literatura hispanoamericana. Feliz contrapunto de admiración y análisis técnico de sus estructuras. Esclarecimiento de su secreto personal y contemplación del ámbito que lo circunda.

    Estas lecturas de Silva terminan por multiplicar la pluralidad de sentido que alberga una obra como la suya y reconocen, con honesta autocrítica, cómo la auténtica poesía siempre dice un poco más (o un poco menos) de lo que los críticos intentan hacerle decir.

    Podemos entonces citar el hermoso verso de Silva -"Si aprisionaros pudiera el verso/Fantasmas grises cuando pasaís"- como epígrafe adecuado. La crítica será siempre inferior a la poesía. Son los poemas de Silva los que, en definitiva, justifican estas mediaciones críticas y los que subsisten intactos más allá de tan tos asedios. La poesía, iluminada por las palabras que la circundan, termina por celebrar, en solitario diálogo compartido, su voz única. Así sucede, por ejemplo, con sus "Midnight Dreams":

    Anoche, estando solo y ya medio dormido,
    Mis sueños de otras épocas se me han aparecido.
    Los sueños de esperanza, de glorias, de alegrías
    Y de felicidades que nunca han sido mías
    Se fueron acercando en lentas procesiones
    Y de la alcoba oscura poblaron los rincones
    Hubo un silencio grave en todo el aposento
    Y en el reloj la péndola detúvose al momento.
    La fragancia indecisa de un olor olvidado,
    Llegó como un fantasma y me habló del pasado.
    Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
    Y oí voces oídas ya no recuerdo donde.
    Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
    Se fueron alejando sin hacerme ruido
    Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra
    Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra..

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)


    Ampliar la noticia