• JORGE POMBO AYERBE

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:


    De un balazo en el testuz

    y entre las godas legiones,

    murió un hijo de Jesús.

    Como aquél, murió en la Cruz

    y también entre ladrones.


    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:


    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división;

    más murmura la gente

    que sería más justo y más corriente

    hacerlo general de sustracción.

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama:


     

     

     

    El Ministro de…no sé

     

     

     

    juega tresillo conmigo;

    y al decirle: –Róbe, amigo,

    me contesta: –Ya robé!

     

     


    “Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:


     

    El usurero García

     

    de esta manera me hablaba,

     

    cuando el pésame me daba

     

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;

     

    lo acompaño en su quebranto

     

    y como lo siento tanto

    me debe el tanto por ciento.

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    CLÍMACO SOTO BORDA

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:


    Esos tres lunares son

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría

    de mi amante corazón.


    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:


    Este soy, un pobre diablo

    que a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,

    más no importa: sumo y sigo,

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.

     

     

     

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    LA GRUTA SIMBÓLICA

    Por Ramiro Montoya

    Como demostración de que la poesía de tono menor no es triste, ni reflejo del tedio provinciano sino su antídoto, se da el hecho de que fue la generación del romanticismo la que más entrañablemente se identificó con la alegría de sus logros, mientras –en paralelo– acercaba sus poemas de tono elevado a cenicientos entornos del dolor y la muerte. Tuvo vigencia esa generación a finales del siglo XIX y principios del XX, en Bogotá, una aldea gris con menos de cien mil habitantes, capital de un país que por tres años (1899-1902) sufrió la última de las guerras civiles y que a partir de 1903 vivió humillado e impotente con la pérdida de Panamá. El ambiente no podía ser más propicio para que el grupo de sus intelectuales se adscribiera a un romanticismo trasnochado, entre el cual la única sonrisa que podía verse era la de sus poesías festivas, llenas de ironía y fino humor.

    Según los cronistas de la época, a causa de la guerra civil que se libraba en los campos, las autoridades suspendieron los pocos espectáculos nocturnos que había en Bogotá y exigían salvoconducto para transitar por las calles después de las siete de la noche; por eso “para alegrar la monotonía del ambiente al par que tener un refugio intelectual para poder mitigar las amargas horas que en esos días se vivían”, algunos jóvenes literatos buscaron refugio en la casa de Rafael Espinoza Guzmán –Reg– en la cual organizaron un tertulia que fue bautizada como “La Gruta Simbólica”. Se ha dicho que con ese nombre querían apartarse de la escuela romántica y acercarse al simbolismo, pero la verdad es que esta tendencia francesa no tuvo ningún seguimiento y en ningún momento dejaron su romanticismo.

    Sobre el dualismo entre lo festivo y lo romántico es buena la descripción que hizo Eduardo Carranza: “Hidalgos tocados por el ramo poético, versificadores jocundos o melancólicos, ingenios satíricos y festivos, poetas sentimentales y lunáticos, seres nocturnos y funambulescos (…) Nos han dejando una estela encantadora de epigramas, equívocos, coplas salaces, donaires picarescos, retruécanos y caricaturas verbales en verso, piropos y galanías: todo ellos nominado genéricamente chispazos. Y otra estela húmeda y enlunada de versos de muy diversa calidad al modo romántico en su crepúsculo enervante, febril, lloroso y necrofílico”.

    Desde entonces se formalizaron las reuniones, casi siempre en la casa de (Rafael) Espinosa, Conde de Chascarralia, mecenas del grupo. La rutina consistía el leer en voz alta poemas o textos en prosa –muchos de ellos improvisados– por los tertuliantes; representar comedias o sainetes; tocar y cantar bambucos o pasillos y beber grandes cantidades de licor, hasta la madrugada. Se mezclaba la poesía “seria” con piropos, chispazos, chascarrillos y calambures. En las sesiones solemnes se concedía grado en chistografía, o el título de Noctívago número 33, parodiando las ceremonias de la masonería. Y se cultivaban el arte de la conversación, tal vez perdido para siempre, y un acendrado sentido de la amistad. Había concursos de chispazos, batallas de sonetos, y campeonatos de siluetas bogotanas como la de don Vicente Montero –famoso inventor de extrañas cosas, como la máquina de coger culebras (…). Otros lugares de reunión eran bares, cantinas, restaurantes o piqueteaderos: La botella de oro, La torre de Londres, La rosa blanca, La cuna de Venus y La gata golosa, como llamaban los parroquianos a La gaité gauloise (La alegría gala). El licor consumido dependía del anfitrión o del bolsillo: cerveza La Pita, Néctar, champaña o brandy Tres Estrellas. Pero lo cierto es que los miembros de la Gruta se bebían hasta el agua de los floreros”. Adentrándose en la bruma sabanera había explosiones de vida en los piqueteaderos de viandas abundantes y trastiendas de chicha y licores baratos, por los cuales desfiló un numeroso grupo de cachacos que desde las polainas hasta el sombrero vestían una indumentaria propia de los figurines de mediados del siglo XIX, señal de su pretendido entronque europeo y de su clase, ya que pertenecían a familias con humos de hidalguía, casi todas con mediana fortuna.

    Las reuniones y tenidas se amenizaban con música que ellos mismos interpretaban, eran consumados pianistas y violinistas, y maestros de tiple, requinto y bandola, de modo que la vespertina literaria fácilmente terminaba en serenata nocturna. Para el trago no había un anfitrión puntual sino que se financiaba con lo que cada cual podía aportar y el consumo era de cerveza, aguardiente, ron, champaña, coñac. Cada brindis con su correspondiente chispazo:


    Tú, que eres bella entre las bellas,

    aunque esto te cause enojos,

    vendes brandy “Cinco Estrellas”:

    tres, que están en las botellas

    y dos que tienen tus ojos.

    (Víctor Martínez Rivas).


    Pertenecían a una hermandad libre de envidias y rencores, tan comunes entre literatos. Todo en ellos era alegría, espiritualidad, humor de los más altos quilates (…) Esta generación guiada por ideales y ensueños superiores, tenía por el dinero olímpico desprecio. La casona familiar de Reg dio albergue al grupo de los fundadores desde 1900 hasta diciembre de 1903. Ciertas formalidades de la Gruta dejaron de oficiarse y el nombre quedó para la posteridad, aunque la mayoría de los tertuliantes continuaron en su bohemia literaria. El siguiente paso fueron las animadas sesiones en La Gran Vía, almacén de rancho y licores que aún existe en el mismo local de la carrera séptima entre calles 17 y 18. La trastienda tenía pequeños salones reservados para grandes libaciones, al fondo el piano. Las tertulias se sucedieron por muchos años, los ecos de la Gruta se fueron apagando, y solamente quedaron imprecisas referencias sobre un tiempo que se juzgaba mejor para el quehacer poético. Allí se suicidó, en 1931, el caricaturista Ricardo Rendón.

    Los ingredientes que encontramos en los versos de este grupo son el ingenio inagotable, la riqueza verbal nutrida de todas las fuentes del idioma y la oportunidad que por un instante les confiere brillo, pero también los arrastra hacia la anécdota perecedera. Su expresa voluntad de ser alegres nace de un impulso lúdico que toma el idioma como juguete de goces intelectuales y busca que la estrofa cree una situación jocosa para que los versos finales lleven a la risa. Las situaciones que aborda el poeta no siempre son ligeras, con frecuencia debe enfrentar la fuerza o el poder, para lo cual le queda la salida satírica. Es un género de fronteras huidizas, que algunos quieren encuadrar como “epigramas”, dentro del cual caben la sátira, la copla, la trova, la charada, el retruécano, y hasta el chispazo de filiación muy bogotana.

    Otro elemento del juguete verbal era el molde en que debía meterse cada destello de acuciante inspiración: al bardo de la Gruta Simbólica le resultaba de absoluta facilidad encontrar la forma que debía dar a sus versos y cada tema iba saliendo en el molde apropiado, dentro de una amplia panoplia de estrofas a la moda: el pareado, la cuarteta con sus formas de seguidilla o redondilla, la décima, el soneto.


    INTEGRANTES DE LA GRUTA, MUESTRAS DE SUS OBRAS

     

     

    Clímaco Soto Borda

     

    La Gruta Simbólica llegó a tener 60 miembros, entre activos, espectadores e invitados. Fabio Peñarete en la crónica de ese grupo y selección de sus chispazos, trae la lista, con la advertencia de que algunos fueron asistentes esporádicos, pero los registra porque alcanzaron prestigio en otros ámbitos, como Rafael Pombo, Aquilino Villegas, Enrique Álvarez Henao, Julio Flórez, Emilio Murillo, Gonzalo Vidal.

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:

    Esos tres lunares son 

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría 

    de mi amante corazón.

     

    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:
     

    Este soy, un pobre diablo

    ue a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida  

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,  

    más no importa: sumo y sigo, 

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:
     

    De un balazo en el testuz 

    y entre las godas legiones, 

    murió un hijo de Jesús. 

    Como aquél, murió en la Cruz 

    y también entre ladrones.

    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:
     

    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división; 

    más murmura la gente 

    que sería más justo y más corriente 

    hacerlo general de sustracción. 

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama: 

    El Ministro de…no sé 

    juega tresillo conmigo; 

    y al decirle: –Róbe, amigo, 

    me contesta: –Ya robé!

     

    Jorge Pombo Ayerbe

     

    Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:
     

    El usurero García 

    de esta manera me hablaba, 

    cuando el pésame me daba 

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;  

    lo acompaño en su quebranto 

    y como lo siento tanto 

    me debe el tanto por ciento.

     

     

     

    Otros de la Gruta. Roberto Mac Douall:

    Hubo en la Recaudación 

    un ave de mala pluma, 

    que nada sabía de suma, 

    pero sí de sustracción.


    El curandero Morales 

    que tú de médico tienes– 

    en vez de sacar los males

    lo que saca son los bienes.


     

    Eduardo Echeverría

    Hay un problema endiablado 

    que me mantiene aburrido: 

    ¿Por qué estando yo quebrado 

    no he de ser un buen partido?

     

    Miguel Peñarredonda:

    En casa de don Jesús 

    y bailando con Crispín,

    le dio a Rosa un patatuz  

    y quedó privada al fin. 

    La vio el médico Agapito 

    y dijo ante la reunión: 

    Yo creo que la privación 

    es causa del apetito...


    Gonzalo Vidal (Popayán, 1863 – Bogotá, 1946):

    Tan largo estaba el discurso 

    del diputado Juan R., 

    que uno de la barra dijo: 

    Don Juan: cuando acabe, ¡cierre!

     

    Lleva consigo revólver, 

    muy arrogante, Giner,

    porque ha observado que nunca  

    le estorba para correr.


    Eduardo Ortega hace su “Semblanza” en esta décima:

    Escribo versos muy bellos

    repletos de inspiración,  

    y dejo mi corazón 

    hecho jirones en ellos. 

    Llevo en el alma destellos

    de la chispa que poseo,

    pero cuando alguno veo,  

    hombre o mujer, ¡cosa rara! 

    todos me miran a la cara 

    y luego dicen: –¡Qué feo!


    Fórmula”. (Con el juego de escribir “ciento” como número 100):

     

    Con cualquier preparación 

    se llena un baño de a...100, 

    se llena un fatuo de viento 

    y una botella de ron. 

    Lo que es a mi corazón, 

    que pesa lo que no vale 

    y salta dále que dále

    con su esperanza burlada,

    no se le puede echar nada  

    porque está roto y se sale.

     

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.




     




     

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    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA, POETA, BIOGRAFÍA

    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (1865-1896)

    Durante un siglo colombianos y extranjeros han leído la obra de José Asunción Silva con sincero interés. Han expresado su admiración en páginas que iluminan aspectos de su poesía y su novela y que establecen, a lo largo de estos cien años, las modalidades de recepción crítica de una de las más notables creaciones literarias colombianas.

    Aun cuando ya se han hecho tres recopilaciones de trabajos críticos sobre Silva |y en los últimos años la biografía pionera de Alberto Miramón se ha visto superada por nuevos aportes, entre los que se destaca el libro de Ricardo Cano Gaviriatodavía subsisten multitud de miradas sin recopilar que nos permiten medir la sugerente resonancia de su escritura. Y la forma como ella se ha estudiado mediante muy diversos análisis.

    Cómo en muchos casos, su obra se convierte en un simple pretexto para trasmitir los intereses de la hora y cómo en una segunda vuelta del tiempo todos esos análisis se van adhiriendo como pólipos a la desnuda música de sus versos, otorgándoles la pátina de una riqueza más honda. De un eco que se prolonga y modifica a través de oyentes dispersos en el tiempo y en el espacio! ¿Por qué el mismo poema suscita reacciones tan variadas? No se trata tan sólo de un ejercicio universitario, como, con tanta agudeza, propuso I. A. Richards en |Lectura y crítica (1929, versión española, 1967) sino, en cierto modo, de un corte longitudinal a lo largo de nuestra historia literaria y sus repercusiones en todo el ámbito de la lengua española.

    Tales reacciones van desde quienes conocieron a Silva y permanecieron dentro de la órbita de una personalidad singular y un drama humano que marcaría, por mucho tiempo, cualquier aproximación a sus textos, enturbiados por el escándalo de su muerte, hasta los estudiosos que revalúan hoy una novela como |De sobremesa y la sitúan, de lleno, dentro de la renovación modernista y sus preocupaciones esotéricas. Cada época proyecta sus intereses al poner énfasis, en los mismos renglones, sobre quien los redactó o en la buscada autonomía de tales textos.

    Entre esos dos puntos operan ensayistas hispanoamericanos como Rufino Blanco Fombona y Ventura García Calderón, o poetas como el español Francisco Villaespesa, tan influido por Silva, el nicaragüense Salomón de la Selva, el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y los colombianos León de Greiff y Germán Pardo García, quienes desde su ademán creativo asediaron el mundo de Silva, en pos de sus propias imágenes personales, como es obvio, pero también como un reconocimiento franco de quien los urgía y conmovía con la sinceridad entrañable de su poesía, en especial el "Nocturno", por antonomasia, piedra de toque de cuantos escriben sobre su obra.

    De todos modos, en este repaso de textos, que atiende tanto a las peculiaridades de la ciudad que lo vio nacer -caso del historiador Indalecio Liévano Aguirre- como a los conflictos sociales, económicos y políticos que un español como Juan de Garganta resume, en 1947, revisando la bibliografía disponible hasta la fecha, es factible concluir reafirmando el valor innegable de su aporte, ya nunca más regateado al lado de las figuras centrales de su tiempo, como es el caso de Rubén Darío y José Martí, cuyas obras leyó, asimiló e hizo suyas incluso hasta la parodia.

    II

    ¿Quién fue entonces este poeta singular? Hijo de una familia acomodada de origen andaluz, su padre, Ricardo Silva, era un escritor costumbrista dueño de un almacén bogotano, como varios de su época, que importaba de Europa artículos de lujo.

    Después de la muerte de su padre, Silva verá quebrar tal negocio y sufrirá el embargo que su abuela materna le declara luego de padecer 52 ejecuciones judiciales. Verá también morir a Elvira, su hermana más querida, y en el naufragio del vapor |L´Amerique desaparecer lo que consideraba más valioso de su obra literaria. A pesar de tales desdichas muchos continuaron aludiendo a la belleza de su figura, la elegancia de sus maneras y la pulcritud de su camisa. Un dandy nazareno que buscaba ser fiel, hasta el final, al desapego apolíneo, sintetizado en esta frase: "Antes me verán muerto que pálido".

    Las anécdotas nos lo muestran sensible e irónico, avanzado para su tiempo pero unido de modo irremediable con su entorno, que lo vio vivir durante treinta y un años y le dictó muchas de las pautas de su conducta. Un viaje a Europa y una estadía en Caracas, como miembro de la legación colombiana, constituyen sus dos únicas salidas al exterior, igualmente decisivas: adquirió distancia. Supo de otras formas de convivencia. Se sintió sólo y escribió para comunicar ese misterio que une a todos los hombres.

    Una última y fracasada aventura comercial -el montaje de una fábrica de baldosines de cemento- y una cena final, con diez amigos, cierra la breve novela de su existencia. Luego de ella, y vestido con elegancia, se dispararía un tiro en el corazón: el lugar preciso que un médico amigo le había señalado días antes. No vio publicada su obra.

    Tales elementos darían origen a una catarata inagotable de medallones románticos, agravados por unos supuestos amores con su hermana, y harían de su silueta la de un maldito o, por lo menos, un "raro", para usar la terminología impuesta por Darío. Tal sustrato se percibe en múltiples aproximaciones a Silva. La leyenda será consustancial a su figura. Ni la más objetiva de las lecturas puede prescindir de tales datos.

    Pero el ser alejado del mundo, víctima de la ensoñación, impráctico para los negocios, era también el miembro de una familia liberal atraído pragmáticamente por la pragmática política conservadora de Rafael Núñez. Al elogiar los versos de Núñez, Silva buscaba conservar su puesto diplomático o, si era posible, mejorarlo.

    Lo apasionante, en todo caso, fueron sus contradicciones y la forma como se trasmutaron en un música verbal de nitidez mágica. No era un hombre al margen de las tensiones sociales de su pequeño mundo, de las herencias y los pleitos del sectarismo político y las heridas no cerradas de varias guerras civiles. Pero era, ante todo, un poeta. Pudo escribir sobre los fantasmas difuntos que la bruma de su ciudad natal insinuaba en torno suyo.

    Algo de esto había visto Laureano García Ortiz en 1896 al decir:

    Si bien es cierto que Silva era de naturaleza sensible en grado extremo, y de una sensibilidad que no iba siempre en vía y a paso normales, igualmente es cierto que jamás apareció en él indicio alguno |sentimental; murió, según todo lo hace creer, en ejercicio de una libre y fría volición, como ponían fin a su vida las
    fuertes naturalezas del paganismo 

    Esa fuerza para hacer suyo el destino también se percibe en, sus versos: trascienden su época convertidos en imagen aún válida.

    Si en la adolescencia comienza a ayudar a su padre en el negocio familiar y a los 18 años fue incorporado como socio, teniendo que habilitarle la edad, su interés por la poesía se mantendrá alerta a lo largo de estos años y la literatura francesa, como apunta Sanín Cano, estará siempre presente dentro de su horizonte intelectual.

    Pero ese afrancesamiento, consustancial al latinoamericano de la época, no eludía, en ningún momento, el humus cultural que su medio le proporcionaba. El cual, como lo ha sintetizado Malcom Deas refiriéndose al período de hegemonía conservadora entre 1885 y 1930, podía resumirse así:

    cuidar la lengua es preservar la comunicación con el mundo hispanoparlante,

    añadiendo, al referirse a Miguel Antonio Caro:

    La preocupación por el idioma no se derivaba del temor al aislamiento aunque Colombia estuviera aislada, ni del menguante nivel de comunicación con los mexicanos, chilenos o argentinos, que le importaban poco. Me parece que el interés radicaba en que la lengua le permitía la conexión con el pasado español, lo que definía la clase de república que estos humanistas querían .

    No fue Silva, como se dijo, un solitario aislado en su torre de marfil. Sí un hombre de carácter que sabía trazar distancias y que trató, en prosa y verso, de lograr que los modos de percepción de la realidad se hiciesen más sutiles, al trascender el debate que muchos de sus poemas plantean -el peso de la herencia hispánica, el drama de las guerras civiles, el papel de Bolívar- hacia una dimensión más compleja e íntima, de innegable universalidad. Fue crítico de su herencia, pero lo mejor suyo es la consubstanciación entre la palabra y un clima que sin la palabra no subsistiría envuelto entre las nieblas del deseo.

    III

    Ismael Enrique Arciniegas recuerda su participación en las reuniones que se realizaban en la imprenta de José María Rivas Groot. Allí donde se compiló |Víctor Hugo en América y en las cuales participaban Julio Flórez, Diego Uribe, Federico Rivas Frade, los hermanos León Gómez, Joaquín González Camargo y Carlos Arturo Torres, el ensayista de los |Idola Fori. En ellas Silva leyó "Ars", su definición estética, y páginas en prosa.

    Allí se acordó publicar un libro colectivo de poesía con el título de Arpas amigas que luego se convertiría en |La lira nueva (1886), cuyo prólogo, firmado por Rivas Groot, sintetiza el idea firmado por Rivas Groot, sintetiza el ideario del poeta del momento en tres palabras-temas: "Cristo, la Re pública y la Naturaleza".

    Un ideario que no coincide exactamente con el de Silva. El suyo era más amplio, sí, pero también más ceñido a la propia fuerza expresiva de su trabajo verbal. No era un teórico de la reconciliación histórica con España. Era un creador que transformaba la lengua española y le hacía decir:

    El verso es vaso santo. Poned en él tan solo
    Un pensamiento puro,
    En cuyo fondo bullen brillantes las imágenes,
    Como burbujas de oro de viejo vino oscuro.

    En dicha tertulia se rechazaban los versos agudos y esdrújulos. Las octavas bermudinas, las octavas reales, las sextillas que puso de moda el doctor Rafael Núñez. Se vivía, en consecuencia, dentro del debate vital del idioma. De sus modos de conjurar una realidad fugaz.

    En una Bogotá "aletargada y brumosa" la vida literaria podía ser muy intensa, mezclada con las pasiones políticas, las preocupaciones gramaticales y los "sueltos", con pseudónimo, que todos los periódicos acogían, recogiendo chismes y maledicencias: así lo ha rescatado Enrique Santos Molano en |El corazón del poeta (1992). Otra biografía de Silva donde se palpa la estrecha ligazón entre el poeta y su mundo.

    La vida social, dentro de los comprensibles límites de una ciudad que sólo en 1900 alcanzaría los 100.000 habitantes, desplegó en torno suyo la secuencia de cenas y bailes, escenario este último de varios de sus poemas, como lo corroboran la crónica humorística de Clímaco Soto Borda y las propias crónicas de Silva, v.gr. la dedicada a la fiesta de los Koop (1887) .

    La doble vida del joven de sociedad que buscaba compaginar sus actividades de comerciante y poeta, no queriendo que las segundas interfiriesen en el crédito que los prestamistas le otorgaban para subsistir a él y su familia en la primera, será una constante y explica quizá el sarcasmo de sus "Gotas amargas".

    Exudaba lo que había visto y padecido. Hacía público el malestar que le producía tal conflicto y la estrechez burguesa de su clase social leyéndolas, en confidencia, a los amigos más íntimos. Mantenía la dualidad que corresponde al creador en sociedades de incipiente capitalismo, impedido de concretar, a cabalidad, su vocación.

    Ese "filósofo engarzado en un petimetre" que había retrata do Pedro Emilio Coll con pechera blanca y zapatillas de charol, debió sufrir demasiados chistes malévolos y responder con varia das frases hirientes, para terminar marginado en el cementerio de los suicidas. Pero, de otra parte, estuvo próximo, en la tertulia de su padre, en las relaciones familiares, en las colaboraciones periodísticas, en el mostrador de su almacén, a lo decisivo de la sociedad de su tiempo: la que ejercía el poder. La que firmaba los nombramientos en el exterior.

    Pero reconociendo esa unión entre persona y sociedad, entre entorno y familia, lo importante es también subrayar la ruptura. Si no estaríamos preguntándonos lo mismo que Luis López de Mesa se preguntó en 1928:

    ¿Para qué un Silva empleado de segunda categoría en un banco, subalterno de un ministro agreste o diputado por las derechas del hirsuto gamonalismo provinciano.

    Silva rompió y a través de su poesía reestableció el vínculo, en un nivel mucho más profundo. Se convirtió en símbolo de Colombia, como lo denomina Alejandro Vallejo, al señalar cómo el "Nocturno", al igual que "La canción de la vida profunda" de Barba-Jacob o "Las cigüeñas", de Valencia, encierran "algo que a todos nos es propio".

    Pero el carácter representativo de Silva, como uno de los mas altos logros de nuestra cultura, en la plenitud de sus versos y la amargura final de su existencia, cancelada con un gesto que tiñe de dolor retrospectivo todos sus actos anteriores, no nos impide intentar comprenderlo más allá del mito, al revisar el mayor número posible de puntos de vista sobre su humanidad y su escritura. Eduardo Zalamea, en 1946, señalaba:

    Se diría que nuestra literatura no ha llegado a la madurez necesaria para analizar la vida de nuestros grandes poetas.
    ¿En dónde el libro que nos muestre el verdadero Silva y el que despoje a Caro de su clámide clásica para que podamos verle en su humana desnudez y el que nos revele el secreto del genio de Pombo y el que aclare la penumbra que vela el rostro de Flórez, y el que nos entregue completo a Barba-Jacob y el que nos dé la cabal medida de Valencia?

    Mucho se ha avanzado en tal sentido, pero aún faltan varias piezas del mosaico. De todos modos hoy conocemos mejor ese mundo de Silva ante los avances historiográficos y la voluntad esclarecedora de las sucesivas aproximaciones a su trayectoria. Lo cual impone, por cierto, un retorno a su poesía, que no supera las 220 páginas, y a su prosa, que no va más allá de las 160 cuartillas. Tomando en cuenta, como hoy lo hace la crítica, su rigurosa conciencia de artista y lo novedoso de su novela-ensayo-diario íntimo.

    Las numerosas variaciones críticas en torno a Silva podrían llevarnos a desalentadoras conclusiones sobre el tedio de la vida académica, pero el cambio de atención de su poesía a su novela y de su drama personal al estado general de las letras hispanoamericanas durante el modernismo, y la sociedad en que se dio, es un buen síntoma. Enriquece la vista.

    Además, el requisito previo de conocer cuanto se ha escrito sobre Silva resulta imprescindible. Quizá ya allí, en aquel olvida do estudio, estaban las bases de la interpretación que hoy se nos brinda como muy renovadora, en enrevesada terminología. En todo caso, es curioso oír hablar de Silva, desde la intuición como desde el prejuicio. Es esclarecedor, en definitiva, ver cómo los otros leían a Silva. Esas miradas aumentan nuestro asombro ante la belleza de tantas de sus líneas.

    En todo caso, desde los 44 textos sobre Silva que con ayuda de Santiago Mutis y Mauricio Pombo rescatamos en Bogotá para la edición de |Poesía y prosa de 1979 y los 15 textos que en 1988 agrupé, desde Buenos Aires, en |José Asunción Silva, bogotano universal, el interés prosigue. Sigo fiel al primer trabajo crítico que escribí: una aproximación a Silva publicada en la revista Arco de Bogotá.

    Vale la pena recalcar el valor propio de Silva y la forma como se apreció su contribución a la literatura hispanoamericana. Feliz contrapunto de admiración y análisis técnico de sus estructuras. Esclarecimiento de su secreto personal y contemplación del ámbito que lo circunda.

    Estas lecturas de Silva terminan por multiplicar la pluralidad de sentido que alberga una obra como la suya y reconocen, con honesta autocrítica, cómo la auténtica poesía siempre dice un poco más (o un poco menos) de lo que los críticos intentan hacerle decir.

    Podemos entonces citar el hermoso verso de Silva -"Si aprisionaros pudiera el verso/Fantasmas grises cuando pasaís"- como epígrafe adecuado. La crítica será siempre inferior a la poesía. Son los poemas de Silva los que, en definitiva, justifican estas mediaciones críticas y los que subsisten intactos más allá de tan tos asedios. La poesía, iluminada por las palabras que la circundan, termina por celebrar, en solitario diálogo compartido, su voz única. Así sucede, por ejemplo, con sus "Midnight Dreams":

    Anoche, estando solo y ya medio dormido,
    Mis sueños de otras épocas se me han aparecido.
    Los sueños de esperanza, de glorias, de alegrías
    Y de felicidades que nunca han sido mías
    Se fueron acercando en lentas procesiones
    Y de la alcoba oscura poblaron los rincones
    Hubo un silencio grave en todo el aposento
    Y en el reloj la péndola detúvose al momento.
    La fragancia indecisa de un olor olvidado,
    Llegó como un fantasma y me habló del pasado.
    Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
    Y oí voces oídas ya no recuerdo donde.
    Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
    Se fueron alejando sin hacerme ruido
    Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra
    Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra..

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)


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    RAFAEL POMBO, POETA Y FABULISTA

    Rafael Pombo, poeta y fabulista

     

    Rafael Pombo (Bogotá 1833 – 1912)

    Gran fabulista en verso, es también apreciado por los poemas filosóficos “Hora de Tinieblas” y “Elvira Tracy”. Su obra fue comentada por José Martí, quien lo incluyó en su lista única e incomparable de héroes y poetas, teniéndolo por un león encerrado en una jaula de pájaros.

     

     

    ALFABETO IMAGINARIO

    Letras son las mudas que hablan

    Almas pintadas que vuelan

    Las que al ausente consuelan

    Levándole un corazón.

    Lenguas del muerto y del ido,

    Cuenteras de lo pasado,

    Herramientas y alumbrado

    Que dio el cielo a la razón

    Contiene el abecedario

    Veintinueve, de las cuales

    Cinco se llaman vocales,

    Consonantes las demás.

    Las vocales suenan solas;

    Mientras que una consonante

    Sin vocal de acompañante

    No se hace escuchar jamás.

    A

    La A recuerda la campana

    Con que nos llama el Señor;

    Y el techo, nido de amor,

    De madre, esposa, hija, hermana.

    B

    La B y sus dos buches son

    Un tercio sobre otro tercio,

    Enseñando que el comercio

    Hará engordar la nación.

    C

    Mas la corcovada C,

    Cuarto menguante de luna

    Anuncia mengua en fortuna

    Donde haya ocio y mala fe.

    D

    Es la D luna sin cuernos

    Por la mitad bien cortada;

    O el sombrerón de empanada

    Que usan los héroes modernos.

    E

    Plan de cocina o salón

    Pinta la E; y estando abierta

    Vemos enfrente a la puerta

    Algo entre altar y fogón.

    F

    La F es la E no concluída,

    Que abajo pared no han hecho,

    O es un portal con su techo

    Y con la llave prendida.

    G

    ¡ Jesús, qué arete tan lindo

    Es la agachadita G!

    Cuando con mi novia esté

    En la oreja se lo guindo.

    H

    Entre dos palos de pie

    Hay un palo atravesado

    Haciendo una H, un cercado

    Que paso a bestia no dé.

    CH

    Daré un chelín de contado

    Al que explique bien la CH

    Pues para mí no es más que

    Una C con H al lado.

    I

    Es la I el niño menor

    De la familia: un palito

    Siempre a plomo y derechito

    Cual hombre que odia el licor.

    J

    Y así es la J (quizás

    Tienen las dos parentesco)

    Mas calza botín chinesco

    Y está viendo para atrás.

    K

    A la K le quebró

    El palo de la derecha

    Que como punta de fl echa

    Contra el centro se dobló.

    L

    Es la escuadra que en la mano

    Ver del carpintero sueles:

    Y la LL son dos ELES

    Como un mellizo y su hermano.

    M

    La M es la muela, y nos manda

    Trabajar para comer;

    Sudar cada cual su haber

    O morir en la demanda.

    N

    ¡Oh N, oh viga entre dos hilos

    malamente atravesada!

    Debajo de tu enramada

    No dormiremos tranquilos.

    Ñ

    Y aun más temor la Ñ da,

    Que es la N con un sombrero,

    Pájaro de mal agüero

    Que encima volando va.

    O

    Cuando un bobo exclama ¡oh!

    Vemos la letra en su boca.

    A ti adivinar te toca

    Cómo fue que se le vio.

    P

    Puño de espada es la P,

    Y aun se ve la hoja truncada.

    ¡Plegue a Dios que toda espada

    trozada así pronto esté!

    Q

    La Q es naranja o melón

    Sentadito sobre un ramo;

    O un reloj que dice al amo:

    ¡No pierdas tiempo, holgachón!”

    R

    La R no es fruta, es mujer

    Que está sentada en su silla;

    Mas sólo pecho y rodilla

    Falda y pie se deja ver.

    S

    El borracho y la serpiente

    Pintan la S al caminar,

    Y a ambas debes evitar

    Cuidadosísimamente.

    T

    Cruz sin cabeza es la T

    O ancho martillo de herrero,

    O lezna de carpintero

    Como la usó san José.

    U

    La U es el dedal, el castillo

    Del dedo de la mujer;

    O un pocillo de beber

    El chocolate en pocillo.

    V

    La V o U de corazón

    Es el corazón: tesoro

    Mejor que el poder y el oro

    De un feroz o de un collón.

    W

    La W es la M al revés;

    Dos corazones atados:

    Cifra de dos bien casados

    Que haciendo uno solo ves.

    X

    La X es tijera abierta

    Para cortarle la lengua

    A aquel que diga algo en mengua

    De persona ausente o muerta.

    Y

    La Y griega, o Ye servirá

    De horqueta de colgar ropa,

    O de apuntalar la copa

    Que el árbol rindiendo va.

    Z

    Y es la Z la N acostada

    Que está pasando un desmayo;

    O es como el surco del rayo

    Que al herir nos vuelve nada.

     

    El gato bandido

    Michín dijo a su mamá:
    "Voy a volverme Pateta,
    y el que a impedirlo se meta
    en el acto morirá.
    Ya le he robado a papá
    daga y pistolas; ya estoy
    armado y listo; y me voy
    a robar y matar gente,
    y nunca más (¡ten presente!)
    verás a Michín desde hoy".
    Yéndose al monte, encontró
    a un gallo por el camino,
    y dijo: "A ver qué tal tino
    para matar tengo yo".
    Puesto en facha disparó,
    retumba el monte al estallo,
    Michín maltrátase un callo
    y se chamusca el bigote;
    pero tronchado el cogote,
    cayó de redondo el gallo.
    Luego a robar se encarama,
    tentado de la gazuza,
    al nido de una lechuza
    que en furia al verlo se inflama,
    mas se le rompe la rama,
    vuelan chambergo y puñal,
    y al son de silba infernal
    que taladra los oídos
    cae dando vueltas y aullidos
    el prófugo criminal.
    Repuesto de su caída
    ve otro gato, y da el asalto
    "¡Tocayito, haga usted alto!
    ¡Déme la bolsa o la vida!"
    El otro no se intimida
    y antes grita: "¡Alto el ladrón!"
    Tira el pillo, hace explosión
    el arma por la culata,
    y casi se desbarata
    Michín de la contusión.
    Topando armado otro día
    a un perro, gran bandolero,
    se le acercó el marrullero
    con cariño y cortesía:
    "Camarada, le decía,
    celebremos nuestra alianza";
    y así fue: diéronse chanza,
    baile y brandy, hasta que al fin
    cayó rendido Michín
    y se rascaba la panza.
    "Compañero", dijo el perro,
    "debemos juntar caudales
    y asegurar los reales
    haciéndoles un entierro".
    Hubo al contar cierto yerro
    y grita y gresca se armó,
    hasta que el perro empuñó
    a dos manos el garrote:
    Zumba, cae, y el amigote
    medio muerto se tendió.
    Con la fresca matinal
    Michín recobró el sentido
    y se halló manco, impedido,
    tuerto, hambriento y sin un
    real.
    Y en tanto que su rival
    va ladrando a carcajadas,
    con orejas agachadas
    y con el rabo entre piernas,
    Michín llora en voces tiernas
    todas sus barrabasadas.
    Recoge su sombrerito,
    y bajo un sol que lo abrasa,
    paso a paso vuelve a casa
    con aire humilde y contrito.
    "Confieso mi gran delito
    y purgarlo es menester",
    dice a la madre; "has de ver
    que nunca más seré malo,
    ¡oh mamita! dame palo
    ¡pero dame qué comer!"

    El renacuajo paseador

    El hijo de rana, Rinrín renacuajo 
    Salió esta mañana muy tieso y muy majo 
    Con pantalón corto, corbata a la moda 
    Sombrero encintado y chupa de boda. 
    
    -¡Muchacho, no salgas¡- le grita mamá 
    pero él hace un gesto y orondo se va.   
    
    Halló en el camino, a un ratón vecino 
    Y le dijo: -¡amigo!- venga usted conmigo, 
    Visitemos juntos a doña ratona 
    Y habrá francachela y habrá comilona. 
     
    A poco llegaron, y avanza ratón, 
    Estírase el cuello, coge el aldabón, 
    Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es? 
    -Yo doña ratona, beso a usted los pies 
      
    ¿Está usted en casa? -Sí señor sí estoy, 
    y celebro mucho ver a ustedes hoy; 
    estaba en mi oficio, hilando algodón, 
    pero eso no importa; bienvenidos son. 
    
    Se hicieron la venia, se dieron la mano, 
    Y dice Ratico, que es más veterano : 
    Mi amigo el de verde rabia de calor, 
    Démele cerveza, hágame el favor. 
    
    Y en tanto que el pillo consume la jarra 
    Mandó la señora traer la guitarra 
    Y a renacuajo le pide que cante 
    Versitos alegres, tonada elegante. 
    
    -¡Ay! de mil amores lo hiciera, señora, 
    pero es imposible darle gusto ahora, 
    que tengo el gaznate más seco que estopa 
    y me aprieta mucho esta nueva ropa. 
    
    -Lo siento infinito, responde tía rata, 
    aflójese un poco chaleco y corbata, 
    y yo mientras tanto les voy a cantar 
    una cancioncita muy particular. 
    
    Mas estando en esta brillante función 
    De baile y cerveza, guitarra y canción, 
    La gata y sus gatos salvan el umbral, 
    Y vuélvese aquello el juicio final 
    
    Doña gata vieja trinchó por la oreja 
    Al niño Ratico maullándole: ¡Hola! 
    Y los niños gatos a la vieja rata 
    Uno por la pata y otro por la cola 
      
    Don Renacuajito mirando este asalto 
    Tomó su sombrero, dio un tremendo salto 
    Y abriendo la puerta con mano y narices, 
    Se fue dando a todos noches muy felices 
      
    Y siguió saltando tan alto y aprisa, 
    Que perdió el sombrero, rasgó la camisa, 
    se coló en la boca de un pato tragón 
    y éste se lo embucha de un solo estirón 
      
    Y así concluyeron, uno, dos y tres 
    Ratón y Ratona, y el Rana después; 
    Los gatos comieron y el pato cenó, 
    ¡y mamá Ranita solita quedó!

    La pobre viejecita

    Érase una viejecita 
    Sin nadita que comer 
    Sino carnes, frutas, dulces, 
    Tortas, huevos, pan y pez 
    
    Bebía caldo, chocolate, 
    Leche, vino, té y café, 
    Y la pobre no encontraba 
    Qué comer ni qué beber.   
    
    Y esta vieja no tenía 
    Ni un ranchito en que vivir 
    Fuera de una casa grande 
    Con su huerta y su jardín   
    
    Nadie, nadie la cuidaba 
    Sino Andrés y Juan y Gil 
    Y ocho criados y dos pajes 
    De librea y corbatín   
    
    Nunca tuvo en qué sentarse 
    Sino sillas y sofás 
    Con banquitos y cojines 
    Y resorte al espaldar   
    
    Ni otra cama que una grande 
    Más dorada que un altar, 
    Con colchón de blanda pluma, 
    Mucha seda y mucho olán.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    Cada año, hasta su fin, 
    Tuvo un año más de vieja 
    Y uno menos que vivir 
      
    
    Y al mirarse en el espejo 
    La espantaba siempre allí 
    Otra vieja de antiparras, 
    Papalina y peluquín.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    No tenía que vestir 
    Sino trajes de mil cortes 
    Y de telas mil y mil. 
      
    Y a no ser por sus zapatos, 
    Chanclas, botas y escarpín, 
    Descalcita por el suelo 
    Anduviera la infeliz   
    
    Apetito nunca tuvo 
    Acabando de comer, 
    Ni gozó salud completa 
    Cuando no se hallaba bien   
    
    Se murió del mal de arrugas, 
    Ya encorvada como un tres, 
    Y jamás volvió a quejarse 
    Ni de hambre ni de sed.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    Al morir no dejó más 
    Que onzas, joyas, tierras, casas, 
    Ocho gatos y un turpial   
    
    Duerma en paz, y Dios permita 
    Que logremos disfrutar 
    Las pobrezas de esa pobre 
    Y morir del mismo mal.

    Mirringa Mirronga

    Mirringa Mirronga, la gata candonga
    va a dar un convite jugando escondite,
    y quiere que todos los gatos y gatas
    no almuercen ratones ni cenen con ratas.
    "A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
    y vamos poniendo las cartas primero.
    Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
    y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
    "Ahora veamos qué tal la alacena.
    Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
    Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
    ¡Qué amable señora la dueña de casa!
    "Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
    Id volando al cuarto de mamá Fogón
    por ocho escudillas y cuatro bandejas
    que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
    "Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
    traed la canasta y el dindirindín,
    ¡y zape, al mercado! que faltan lechugas
    y nabos y coles y arroz y tortuga.
    "Decid a mi amita que tengo visita,
    que no venga a verme, no sea que se enferme
    que mañana mismo devuelvo sus platos,
    que agradezco mucho y están muy baratos.
    "¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
    ¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
    ¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
    Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!".
    Llegaron en coche ya entrada la noche
    señores y damas, con muchas zalemas,
    en grande uniforme, de cola y de guante,
    con cuellos muy tiesos y frac elegante.
    Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
    en una cabriola se mordió la cola,
    mas olió el tocino y dijo "¡Miaao!
    ¡Este es un banquete de pipiripao!"
    Con muy buenos modos sentáronse todos,
    tomaron la sopa y alzaron la copa;
    el pescado frito estaba exquisito
    y el pavo sin hueso era un embeleso.
    De todo les brinda Mirringa Mirronga:"¿Le sirvo pechuga?" – "Como usted disponga,
    y yo a usted pescado, que está delicado"."Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
    "Repita sin miedo". Y él dice: – "Concedo".
    Mas ¡ay! que una espina se le atasca indina,
    y Ñoña la hermosa que es habilidosa
    metiéndole el fuelle le dice: "¡Resuelle!"
    Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
    y pasó al instante la espina del diantre,
    sirvieron los postres y luego el café,
    y empezó la danza bailando un minué.
    Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
    y Tompo que estaba con máxima turca,
    enreda en las uñas el traje de Ñoña
    y ambos van al suelo y ella se desmoña.
    Maullaron de risa todos los danzantes
    y siguió el jaleo más alegre que antes,
    y gritó Mirringa: "¡Ya cerré la puerta!
    ¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!"
    Pero ¡qué desgracia! entró doña Engracia
    y armó un gatuperio un poquito serio
    dándoles chorizo de tío Pegadizo
    para que hagan cenas con tortas ajenas.

    Simón el bobito

    Simón el bobito llamó al pastelero: 
    ¡a ver los pasteles, los quiero probar! 
    -Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero 
    ver ese cuartillo con que has de pagar. 
    Buscó en los bolsillos el buen Simoncito 
    y dijo: ¡de veras! no tengo ni unito. 
    
    A Simón el bobito le gusta el pescado 
    Y quiere volverse también pescador, 
    Y pasa las horas sentado, sentado, 
    Pescando en el balde de mamá Leonor. 
    
    Hizo Simoncito un pastel de nieve 
    Y a asar en las brasas hambriento lo echó, 
    Pero el pastelito se deshizo en breve, 
    Y apagó las brasas y nada comió. 
    
    Simón vio unos cardos cargando viruelas 
    Y dijo: -¡qué bueno! las voy a coger. 
    Pero peor que agujas y puntas de espuelas 
    Le hicieron brincar y silbar y morder. 
      
    Se lavó con negro de embolar zapatos 
    Porque su mamita no le dio jabón, 
    Y cuando cazaban ratones los gatos 
    Espantaba al gato gritando: ¡ratón! 
    
    Ordeñando un día la vaca pintada 
    Le apretó la cola en vez del pezón; 
    Y ¡aquí de la vaca! le dio tal patada 
    Que como un trompito bailó don Simón. 
      
    Y cayó montado sobre la ternera 
    Y doña ternera se enojó también 
    Y ahí va otro brinco y otra pateadera 
    Y dos revolcadas en un santiamén. 
    
    Se montó en un burro que halló en el mercado 
    Y a cazar venados alegre partió, 
    Voló por las calles sin ver un venado, 
    Rodó por las piedras y el asno se huyó. 
     
    A comprar un lomo lo envió taita Lucio, 
    Y él lo trajo a casa con gran precaución 
    Colgado del rabo de un caballo rucio 
    Para que llegase limpio y sabrosón. 
    
    Empezando apenas a cuajarse el hielo 
    Simón el bobito se fue a patinar, 
    Cuando de repente se le rompe el suelo 
    Y grita: ¡me ahogo! ¡vénganme a sacar! 
     
    Trepándose a un árbol a robarse un nido, 
    La pobre casita de un mirlo cantor, 
    Desgájase el árbol, Simón da un chillido, 
    Y cayó en un pozo de pésimo olor 
      
    Ve un pato, le apunta, descarga el trabuco: 
    Y volviendo a casa le dijo a papá: 
    Taita yo no puedo matar pajaruco 
    Porque cuando tiro se espanta y se va. 
    
    Viendo una salsera llena de mostaza 
    Se tomó un buen trago creyéndola miel, 
    Y estuvo rabiando y echando babaza 
    Con tamaña lengua y ojos de clavel. 
    
    Vio un montón de tierra que estorbaba el paso 
    Y unos preguntaban ¿qué haremos aquí? 
    Bobos dijo el niño resolviendo el caso; 
    Que abran un grande hoyo y la echen allí 
    
    Lo enviaron por agua, y él fue volandito 
    Llevando el cedazo para echarla en él 
    Así que la traiga el buen Simoncito 
    Seguirá su historia pintoresca y fiel. 

    Noche de diciembre

    Noche como ésta, y contemplada a solas
    No la puede sufrir mi corazón:
    Da un dolor de hermosura irresistible
    Un miedo profundísimo de Dios.

    Ven a partir conmigo lo que siento,
    Esto que abrumador desborda en mí;
    Ven a hacerme finito lo infinito
    Y a encarnar el angélico festín.

    ¡Mira ese cielo!... Es demasiado cielo
    Para el ojo de insecto de un mortal
    Refléjame en tus ojos un fragmento
    Que yo alcance a medir y a sondear.

    Un cielo que responda a mi delirio
    Sin hacerme sentir mi pequeñez;
    Un cielo mío, que me esté mirando
    Y que tan sólo a mí mirando esté.

    Esas estrellas . . . ¡ ay, brillan tan lejos!
    Con tus pupilas tráemelas aquí
    Donde yo pueda en mi avidez tocarlas
    Y apurar su seráfico elíxir.

    Hay un silencio en esta inmensa noche
    Que no es silencio: es místico disfraz
    De un concierto inmortal. Por escucharlo
    Mudo como la muerte el orbe está.

    Déjame oírlo, enamorada mía
    Al través de tu ardiente corazón:
    Sólo el amor transporta a nuestro mundo
    Las notas de la música de Dios.

    El es la clave de la ciencia eterna,
    La invisible cadena creatriz
    Que une al hombre con Dios y con sus obras,
    Y Adán a Cristo, y el principio al fin.

    De aquel hervor de luz está manando
    El rocío del alma. Ebrio de amor
    Y de delicia tiembla el firmamento,
    Inunda el Creador la creación.

    ¡Sí, el Creador! cuya grandeza misma
    Es la que nos impide verlo aquí,
    Pero que, como atmósfera de gracia,
    Se hace entretanto por doquier sentir. . .

    Déjame unir mis labios a tus labios,
    Une a tu corazón mi corazón,
    Doblemos nuestro ser para que alcance
    A recoger la bendición de Dios.

    Todo, la gota como el orte, cabe
    En su grandeza y su bondad. Tal vez
    Pensó en nosotros cuando abrió esta noche,
    Como a las turbas su palacio un rey.

    ¡Danza gloriosa de almas y de estrellas!
    ¡Banquete de inmortales! Y pues ya,
    Por su largueza en él nos encontramos,
    De amor y vida en el cenit fugaz.

    Ven a partir conmigo lo que siento,
    Esto que abrumador desborda en mí;
    Ven a hacerme finito lo infinito
    Y a encarnar el angélico festín.

    ¿Qué perdió Adán perdiendo el paraíso
    Si ese azul firmamento le quedó
    Y una mujer, compendio de Natura,
    Donde saborear la obra de Dios?

    ¡Tú y Dios me disputáis en este instante!
    Fúndanse nuestras almas, y en audaz
    Rapto de adoración volemos juntas
    De nuestro amor al santo manantial.

    Te abrazaré como la tierra al cielo
    En consorcio sagrado; oirás de mí
    Lo que oidos mortales nunca oyeron,
    Lo que habla el serafin al serafín.

    Y entonces esta angustia de hermosura,
    Este miedo de Dios que al hombre da
    El sentirlo tan cerca, tendrá un nombre
    Eterno entre los dos: ¡felicidad!

    La luna apareció: sol de las almas
    Si astro de los sentidos es el sol.
    Nunca desde una cúpula más bella
    Ni templo más magnífico alumbró.

    ¡Rito imponente! Ahuyéntase el pecado
    Y hasta su sombra. El rayo de esta luz
    Te transfigura en ángel. Nuestra dicha
    Toca al fin su solemne plenitud.

    A consagrar nuestras eternas nupcias
    Esta noche llegó... ¡Siento soplar
    Brisa de gloria, estamos en el puerto!
    Esa luna feliz viene de allá.

    Cándida vela que redonda se alza
    Sobre el piélago azul

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    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA, MÁXIMO POETA COLOMBIANO

    José Asunción Silva, máximo colombiano

     

    José Asunción Silva (Bogotá 1865 – 1896)

    Precursor del modernismo en Colombia y uno de sus principales poetas. El “Nocturno” es considerado una obra maestra.

     


     

    Nocturno I

    A veces, cuando en alta noche tranquila,
    Sobre las teclas vuela tu mano blanca,
    Como una mariposa sobre una lila
    Y al teclado sonoro notas arranca,
    Cruzando del espacio la negra sombra
    Filtran por la ventana rayos de luna,
    Que trazan luces largas sobre la alfombra,
    Y en alas de las notas a otros lugares,
    Vuelan mis pensamientos, cruzan los mares,
    Y en gótico castillo donde en las piedras
    Musgosas por los siglos, crecen las yedras,
    Puestos de codos ambos en tu ventana
    Miramos en las sombras morir el día
    Y subir de los valles la noche umbría
    Y soy tu paje rubio, mi castellana,
    Y cuando en los espacios la noche cierra,
    El fuego de tu estancia los muebles dora,
    Y los dos nos miramos y sonreímos
    Mientras que el viento afuera suspira y llora!
    .....................................................................................
    ¡Cómo tendéis las alas, ensueños vanos,
    cuando sobre las teclas vuelan tus manos!


     

    NOCTURNO II

     

    Poeta, di paso
    ¡Los furtivos besos!...

    ¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
    Allí ni un solo rayo... Temblabas y eras mía.
    Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
    Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
    El contacto furtivo de tus labios de seda...
    La selva negra y mística fue la alcoba sombría...

    En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda ...
    Filtró luz por las ramas cual si llegará el día,
    Entre las nieblas pálidas la luna aparecía...

    Poeta, di paso
    ¡Los íntimos besos!

    ¡Ah, de las noches dulces me acuerdo todavía!
    En señorial alcoba, do la tapicería
    Amortiguaba el ruido con sus hilos espesos
    Desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos;
    Tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,


    Tus cabellos dorados y tu melancolía
    Tus frescuras de virgen y tu olor de reseda...
    Apenas alumbraba la lámpara sombría
    Los desteñidos hilos de la tapicería.

    Poeta, di paso
    ¡El último beso!

    ¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
    El ataúd heráldico en el salón yacía,
    Mi oído fatigado por vigilias y excesos,
    ¡Sintió como a distancia los monótonos rezos!
    Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,
    La llama de los cirios temblaba y se movía,
    Perfumaba la atmósfera un olor de reseda,
    Un crucifijo pálido los brazos extendía
    ¡Y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía!


     


    NOCTURNO III

    Una noche
    una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
    Una noche
    en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
    a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
    muda y pálida
    como si un presentimiento de amarguras infinitas,
    hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
    por la senda que atraviesa la llanura florecida
    caminabas,
    y la luna llena
    por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
    y tu sombra
    fina y lángida
    y mi sombra
    por los rayos de la luna proyectada
    sobre las arenas tristes
    de la senda se juntaban.

    Y eran una
    y eran una
    ¡y eran una sola sombra larga!
    ¡y eran una sola sombra larga!
    ¡y eran una sola sombra larga!

    Esta noche
    solo, el alma
    llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
    separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
    por el infinito negro,
    donde nuestra voz no alcanza,
    solo y mudo
    por la senda caminaba,
    y se oían los ladridos de los perros a la luna,
    a la luna pálida
    y el chillido
    de las ranas,
    sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
    tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
    ¡entre las blancuras níveas
    de las mortüorias sábanas!
    Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
    Era el frío de la nada...

    Y mi sombra
    por los rayos de la luna proyectada,
    iba sola,
    iba sola
    ¡iba sola por la estepa solitaria!
    Y tu sombra esbelta y ágil

    fina y lánguida,
    como en esa noche tibia de la muerta primavera,
    como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
    se acercó y marchó con ella,
    se acercó y marchó con ella,
    se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
    ¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...


     


     


     




    UN POEMA

    Soñaba en ese entonces en forjar un poema,

    de arte nervioso y nuevo obra audaz y suprema,

    escogí entre un asunto grotesco y otro trágico

    llamé a todos los ritmos con un conjuro mágico

    Y los ritmos indóciles vinieron acercándose,

    juntándose en las sombras, huyéndose y buscándose,

    ritmos sonoros, ritmos potentes, ritmos graves,

    unos cual choques de armas, otros cual cantos de aves,

    de Oriente hasta Occidente, desde el Sur hasta el Norte

    de metros y de formas se presentó la Corte.

    Tascando frenos áureos bajo las riendas frágiles

    cruzaron los tercetos, como corceles ágiles

    abriéndose ancho paso por entre aquella grey

    vestido de oro y púrpura llegó el soneto rey,

    y allí cantaron todos... Entre la algarabía,

    me fascinó el espíritu, por su coquetería

    alguna estrofa aguda que excitó mi deseo,

    con el retintín claro de su campanilleo.

    Y la escogí entre todas... Por regalo nupcial

    le di unas rimas ricas, de plata y de cristal.

    En ella conté un cuento, que huyendo lo servil

    tomó un carácter trágico, fantástico y sutil,

    era la historia triste, desprestigiada y cierta

    de una mujer hermosa, idolatrada y muerta,

    y para que sintieran la amargura, exprofeso

    junté sílabas dulces como el sabor de un beso,

    bordé las frases de oro, les di música extraña

    como de mandolinas que un laúd acompaña,

    dejé en una luz vaga las hondas lejanías

    llenas de nieblas húmedas y de melancolías

    y por el fondo oscuro, como en mundana fi esta,

    cruzan ágiles máscaras al compás de la orquesta,

    envueltas en palabras que ocultan como un velo,

    y con caretas negras de raso y terciopelo,

    cruzar hice en el fondo las vagas sugestiones

    de sentimientos místicos y humanas tentaciones...

    Complacido en mis versos, con orgullo de artista,

    les di olor de heliotropos y color de amatista...

    Le mostré mi poema a un crítico estupendo...

    Y lo leyó seis veces y me dijo... «¡No entiendo!».

     

     

     



    I

     

     

     

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    GREGORIO GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, CLÁSICO DE LA POESÍA ANTIOQUEÑA

    Gregorio Gutiérrez González, clásico de la poesía antioqueña

     

    Gregorio Gutiérrez González (La Ceja del Tambo 1826 – Medellín 1872).

     

    Uno de los poetas más americanos que ha existido”, dijo de él don Marcelino Menéndez y Pelayo. Su poema “Memoria del cultivo del maíz en Antioquia” es un viaje épico por la siembra de este grano, en un lenguaje bucólico, regional, sencillo. “Yo no escribo español sino antioqueño”, afirmaba.

     

     

    ¿ POR QUÉ NO CANTO ?

     

    ¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma

    que cuando asoma en el oriente el sol,

    con tierno arrullo su canción levanta,

    y alegre canta

    la dulce aurora de su dulce amor?

    ¿Y no la has visto cuando el sol avanza

    y ardiente lanza rayos del cenit,

    que, fatigada, tiende silenciosa

    ala amorosa

    sobre su nido, y calla, y es feliz?

    Todos cantamos en la edad primera

    cuando hechicera inspíranos la edad,

    y publicamos necios, indiscretos,

    muchos secretos

    que el corazón debiera sepultar.

    Cuando al encuentro del placer salimos,

    cuando sentimos el primer amor,

    entusiasmados de placer cantamos,

    y evaporamos

    nuestra dicha al compás de una canción.

    Debe cantar el que en su pecho siente

    que brota ardiente su primer amor;

    debe cantar el corazón que, herido,

    llora afl igido,

    si ha de ser inmortal su inspiración.

    Porque la lira, en cuyo pie grabado

    un nombre amado por nosotros fue,

    debe a los cielos levantar sus notas,

    o hacer que rotas

    todas sus cuerdas para siempre estén.

    Pero cantar cuando insegura y muerta

    la voz incierta triste sonará...

    pero cantar cuando jamás se eleva

    y el aire lleva

    perdida la canción...¡triste es cantar!

    ¡Triste es cantar cuando se escucha al lado

    de enamorado trovador la voz!

    ¡Triste es cantar cuando impotentes vemos

    que no podemos

    nuestras voces unir a la canción!

    Mas tú debes cantar. Tú con tu acento

    al sentimiento más nobleza das;

    tus versos pueden, fáciles y tiernos,

    hacer eternos

    tu nombre y tu laúd... ¡Debes cantar!

    ¡Canta, y arrulle tu canción sabrosa

    mi silenciosa, humilde oscuridad!

    Canta, que es solo a los aplausos dado

    con eco prolongado

    tu voz interrumpir... ¡Debes cantar!

    Pero no puedes, como yo he podido,

    en el olvido sepultarte tú;

    que sin cesar y por doquier resuena

    y el aire llena

    la dulce vibración de tu laúd.

    No hay sombras para ti. Como el cocuyo,

    el genio tuyo ostenta su fanal;

    y huyendo de la luz, la luz llevando

    sigue alumbrandolas mismas sombras que buscando va.

     

    MEMORIA SOBRE EL CULTIVO DEL MAIZ EN ANTIOQUIA

     

    CAPITULO I
    De los terrenos propios para el cultivo, y manera de hacerse los barbechos, que decimos rozas.

    Buscando en dónde comenzar la Roza,

    De un bosque primitivo la espesura,
    Treinta peones y un patrón por jefe
    Van recorriendo en silenciosa turba.

    Vestidos todos de calzón de manta,
    Y de camisa de coleta cruda,
    Aquél a la rodilla, ésta a los codos,
    Dejan sus formas de titán desnudas

    El sombrero de caña con el ala
    Prendida de la copa con la aguja,
    Deja mirar el bronceado rostro
    Que la bondad y la franqueza anuncia.

    Atado por detrás con la correa
    Que el pantalón sujeta a la cintura,
    Con el recado de sacar candela,
    Llevan repleto su carriel de nutria.

    Envainado y pendiente del costado
    Va su cuchillo de afilada punta;
    Y en fin, al hombro, con marcial despejo,
    El calabozo que en el sol relumbra.

    Al fin eligen un tendón de tierra
    Que dos quebradas serpeando cruzan,
    En el declive de una cuesta amena,
    Poco cargada de maderas duras.

    Y dan principio a socolar el monte,
    Los peones formados en columna;
    A seis varas distante uno de otro
    Marchan de frente con presteza suma.

    Voleando el calabozo a un lado y otro,
    Que relámpagos forma en la espesura,
    Los débiles arbustos, los helechos
    Y los bejucos por doquiera truncan.

    Las matambas, los chusques, los carrizos,
    Que formaban un toldo de verdura,
    Todo deshecho y arrollado cede
    Del calabozo a la encorvada punta.

    Con el rastro encendido, jadeantes,
    Los unos a los otros se estimulan;
    Ir adelante alegres quieren todos,
    Romper la fila cada cual procura.

    Cantando a todo pecho la guabina,
    Canción sabrosa, dejativa y ruda,
    Ruda cual las montañas antioqueñas
    Donde tiene su imperio y fue su cuna.

    No miran en su ardor a la culebra
    Que entre las hojas se desliza en fuga
    Y presurosa en su sesgada marcha,
    Cinta de azogue, abrillantada undula;

    Ni de monos observan las manadas
    Que por las ramas juguetonas cruzan;
    Ni se paran a ver de aves alegres
    Las mil bandadas de pintadas plumas;

    Ni ven los saltos de la inquieta ardilla,
    Ni las nubes de insectos que pululan,
    Ni los verdes lagartos que huyen listos,
    Ni el enjambre de abejas que susurra.

    Concluye la socola. De malezas
    Queda la tierra vegetal desnuda.
    Los árboles elevan sus cañones
    Hasta perderse en prodigiosa altura.

    Semejantes de un templo a los pilares
    Que sostienen su toldo de verdura;
    Varales largos de ese palio inmenso,
    De esa bóveda verde altas columnas.

    El viento, en su follaje entretejido,
    Con voz ahogada y fúnebre susurra,
    Como un eco lejano de otro tiempo,
    Como un vago recuerdo de ventura.

    Los árboles sacuden sus bejucos,
    Cual destrenzada cabellera rubia
    Donde tienen guardados los aromas
    Con que el ambiente, en su vaivén, perfuman.

    De sus copas galanas se desprende
    Una constante, embalsamada lluvia
    De frescas flores, de marchitas hojas,
    Verdes botones y amarillas frutas.

    Muestra el cachimbo su follaje rojo,
    Cual canastillo que una ninfa pura
    En la fiesta del Corpus, lleva ufana
    Entre la virgen, inocente turba.

    El guayacán con su amarilla copa
    Luce a lo lejos en la selva oscura,
    Cual luce entre las nubes una estrella,
    Cual grano de oro que la jagua oculta.

    El azucena, el floro-azul, el caunce
    Y el yarumo, en el monte se dibujan
    Como piedras preciosas que recaman
    El manto azul que con la brisa undula.

    Y sobre ellos gallarda se levanta,
    Meciendo sus racimos en la altura,
    Recta y flexible la altanera palma,
    Que aire mejor entre las nubes busca.

    Ved otra vez a los robustos peones
    Que el mismo bosque secular circundan;
    Divididos están en dos partidas,
    Y un capitán dirige cada una.

    Su alegre charla, sus sonoras risas,
    No se oyen ya, ni su canción se escucha;
    De una grave atención cuidado serio
    Se halla pintado en sus facciones rudas.

    En lugar del ligero calabozo
    La hacha afilada con su mano empuñan;
    Miran atentos el cañón del árbol,
    Su comba ven, su inclinación calculan.

    Y a dos manos el hacha levantando,
    Con golpe igual y precisión segura,
    Y redoblando golpes sobre golpes,
    Cansan los ecos de la selva augusta.

    Anchas astillas y cortezas leves
    Rápidamente por el aire cruzan;
    A cada golpe el árbol se estremece,
    Tiemblan sus hojas, y vacila... y duda...

    Tembloroso un momento cabecea,
    Cruje en su corte, y en graciosa curva
    Empieza a descender, y rechinando
    Sus ramas enlazadas se apañuzcan;

    Y silbando al caer, cortando el viento,
    Despedazado por los aires zumba...
    Sobre el tronco el peón apoya el hacha
    Y el trueno, al lejos, repetir escucha.

    Las tres partidas observad. A un tiempo
    Para echar una galga se apresuran;
    En tres faldas distintas, el redoble
    Se oye del hacha en variedad confusa.

    Un fila de árboles picando,
    Sin hacerlos caer, está la turba,
    Y arriba de ellos, para echarlo encima,
    El más copudo por madrino buscan.


    Y recostando andamios en su tronco
    Para cortarlo a regular altura,
    Sobre las bambas y al andamio trepan
    Cuatro peones con destreza suma.

    Y en rededor del corpulento tronco
    Sus hachas baten y a compás sepultan,
    Y repiten hachazos sobre hachazos
    Sin descansar, aunque en sudor se inundan.

    Y vencido por fin, cruje el madrino,
    Y el otro más allá: todos a una,
    Las ramas extendidas enlazando,
    Con otras ramas enredadas pugnan;

    Y abrazando al caer los de adelante,
    Se atropellan, se enredan y se empujan,
    Y así arrollados en revuelta tromba
    En trueno sordo, aterrador, retumban...

    El viento azota el destrozado monte,
    Leves cortezas por el aire cruzan,
    Tiembla la tierra, y el estruendo ronco
    Se va a perder en las lejanas grutas.

    Todo queda en silencio. Acaba el día,
    Todo en redor desolación anuncia.
    Cual hostia santa que se eleva al cielo
    Se alza callada la modesta luna.

    Troncos tendidos, destrozadas ramas,
    Y un campo extenso desolado alumbra,
    Donde se ven como fantasmas negros
    Los viejos troncos, centinelas mudas.


     

    CAPITULO II
    Que trata de la limpia y abono de los terrenos, muy especialmente por el método de la quema. De la manera de hacer las habitaciones, y de la siembra.

    Un mes se pasa. El sol desde la altura
    Manda a la Roza, vertical su rayo;
    Ya los troncos, las ramas y las hojas
    Han tostado los vientos del verano.

    Las hojas en las ramas se encartuchan,
    Sobre los troncos se blanquean los ramos,
    Y las secas cortezas se desprenden,
    De trecho en trecho, de los troncos largos.

    Aquí y allá la enredadera verde
    Tímida muestra sus primeros tallos,
    La guadua ostenta su primer retoño
    De terciopelo de color castaño.

    Ya el verano llegó para la quema;
    La Candelaria ya se va acercando,
    Es un domingo a medio día.
    El viento Barre las nubes en el cielo claro.

    Por la orilla del monte los peones
    Vagan al rededor del derribado,
    Con los hachones de cortezas secas
    Con flexibles bejucos amarrados.

    Prenden la punta del hachón con yesca,
    Y brotando la llama al ventearlo
    Varios fogones en contorno encienden,
    La Roza toda en derredor cercando.

    Lame la llama con su inquieta lengua
    La blanca barba a los tendidos palos;
    Prende en las hojas y chamizas secas,
    Y se avanza, temblante, serpeando.

    Vese de lejos la espiral del humo
    Que tenue brota caprichoso y blanco,
    O lento sube en copos sobre copos,
    Como blanco algodón escarmenado.

    La llama crece; envuelve la madera
    Y se retuerce en los nudosos brazos,
    Y silba, y desigual chisporrotea,
    Lenguas de fuego por doquier lanzando.

    Y el fuego envuelto en remolinos de humo,
    Por los vientos contrarios azotado
    Se alza a los cielos, o a lo lejos prende
    Nuevas hogueras con creciente estrago.

    Ensordecen los aires el traquido
    De las guaduas y troncos reventando,
    Del huracán el mugidor empuje,
    De las llamas el trueno redoblado.

    Y nubes sobre nubes se amontonan
    Y se elevan el cielo encapotando
    De un humo negro que arrebata chispas,
    Pardas cenizas y quemados ramos.

    Aves y fieras asustadas huyen;
    Pero encuentran el fuego a todos lados,
    El fuego, que se avanza lentamente,
    Estrechando su círculo incendiario.

    Al ave que su prole dejar teme,
    La encierra el humo al rededor volando,
    Y con sus alas chamuscadas cae
    Junto del nido que le fue tan caro.

    Aquí y allá se vuelve la serpiente,
    Buscando una salida, y en su espanto
    Se exaspera, se enrosca, se retuerce,
    Y el fuego cierra el reducido campo.

    Del aire al soplo se dilata el humo
    Hasta que llena el anchuroso espacio;
    Rosados se perciben los objetos;
    Redondo y rojo el sol se ve sin rayos.

    Sobre el monte, la Roza y el contorno
    Tiende la noche su callado manto,
    Bordado con las chispas del incendio,
    Que parecen cocuyos revolando.

    Se ve de lejos la quemada Roza,
    Con los restos del fuego no apagado,
    Donde brillan inciertos mil fogones,
    Cual vivac de un ejército acampado.

    El lunes de mañana, los peones
    Van, en la Roza, a improvisar un rancho;
    Como hormigas arrieras se dispersan
    Los materiales cada cual buscando.

    Van llegando cargados con horquetas,
    Estantillos, soleras, encañados,
    Latas y paja y ruedas de bejuco,
    En un plancito, todo amontonado.

    En línea recta clavan tres horquetas,
    La cumbrera sobre ellas levantando,
    Para formar el, rancho vara en tierra,
    Con un pequeño alar al otro lado.

    Los encañados con bejuco amarran,
    En la larga cumbrera recostados,
    Y formando sobre ellos una reja
    Concluyen con destreza el enlatado.

    Empezando de abajo para arriba,
    El rancho en derredor van empajando,
    Pajas diversas confundidas mezclan;
    Palmicho, santainés y rabihorcado.

    Y después de formarle el caballete
    Lo dividen en dos con un cercado.
    Del un lado colocan la cocina,
    De habitación sirviendo el otro lado.

    Hacen la barbacoa, en que colocan
    Las ollas, las cucharas y los platos;
    Ponen la vara de colgar la carne,
    Y las tres piedras de fogón debajo.

    La piedra de moler en cuatro estacas
    Aseguran muy bien, y en otras cuatro
    Una cuyabra aparadora ponen,
    Y a su lado, con agua, un calabazo.

    Es hora de sembrar. Ya los peones
    Con el catabre sembrador terciado,
    Se colocan en fila al pie del monte,
    Guardando de distancia cuatro pasos;

    Y con un largo recatón de punta
    Hacen los hoyos con la diestra mano,
    Donde arrojan mezclada la semilla:
    Un grano de frisol, de maíz cuatro.

    Dan con el mismo recatón un golpe
    Sobre el terrón para cubrir el grano,
    Y otros hoyos haciendo, en recto surco,
    Siguen de frente y avanzando un paso.

    Se miran desplegados en guerrilla,
    Como haciendo ejercicio los soldados;
    Como blancas manadas de corderos,
    Sobre el oscuro fondo del quemado.

    Cantando alegres, siempre la guabina,
    Teñidos de carbón, siguen sembrando,
    Haciendo calles paralelas, rectas...
    Y al llegar la oración vuelven al rancho.


    CAPITULO III


    Método sencillo de regar las sementeras, y provechosas advertencias para espantar los animales que hacen daño en los granos.

    Hoy es domingo. En el vecino pueblo
    Las campanas con júbilo repican,
    Del mercado en la plaza ya hormiguean
    Los campesinos al salir de misa.

    Hoy han resuelto los vecinos todos
    Hacer a la patrona rogativa,
    Para pedirle que el verano cese,
    Pues lluvia ya las rozas necesitan.

    De golpe el gran rumor calla en la plaza,
    El sombrero, a una vez, todos se quitan....
    Es que a la puerta de la iglesia asoma
    La procesión en prolongada fila.

    Va detrás de la cruz y los ciriales
    Una imagen llevada en andas limpias,
    De la que siempre, aun en imagen tosca
    Llena de gracia y de pureza brilla.

    Todo el pueblo la sigue, y en voz baja
    Sus oraciones cada cual recita,
    Suplicando a los cielos que derramen
    Fecunda lluvia que la tierra ansía.

    ¡Hay algo de sublime, algo de tierno
    En aquella oración pura y sencilla,
    Inocente paráfrasis del pueblo,
    Del "Danos hoy el pan de cada día!"

    Nuestro patrón y el grupo de peones
    Mezclados en la turba se divisan
    Murmurando sus rezos, porque saben
    Que Dios su oreja a nuestro ruego inclina.

    Pero, no. Yo no quiero con vosotros
    Asistir a esa humilde rogativa;
    Porque todos nosotros somos sabios,
    Y no quisimos asistir a misa.

    Y ya la moda va quitando al pueblo
    El único tesoro que tenía.
    (Una duda me queda solamente:
    ¿Con qué le pagará lo que le quita?)

    Brotaron del maíz en cada hoyo
    Tres o cuatro maticas amarillas,
    Que con dos hojas anchas y redondas
    La tierna mata de frisol abriga.

    Salpicada de estrellas de esmeralda
    Desde lejos la Roza se divisa;
    Manto real de terciopelo negro
    Que las espaldas de un titán cobija.

    Aborlonados sus airosos pliegues
    Formados de cañadas y colinas;
    Con el humo argentado de su rancho,
    De sus quebradas con la blanca cinta.

    El maíz con las lluvias va creciendo
    Henchido de verdor y lozanía,
    Y en torno dél, entapizando el suelo,
    Va naciendo la yerba entretejida.

    Por doquiera se prenden los bejucos
    Que la silvestre enredadera estira;
    Y en florida espiral trepando, envuelve
    Las cañas del maíz la batatilla.

    Sobre esa alfombra de amarillo y verde
    Los primeros retoños se divisan,
    Que en grupos brotan del cortado tronco
    Al cual su savia exuberante quitan.

    Ya llegó la deshierba; la ancha Roza
    De peones invade la cuadrilla,
    Y armados de azadón y calabozo
    La yerba toda y la maleza limpian.

    Queda el maíz en toda su belleza,
    Mostrando su verdor en largas filas,
    En las cuales se ve la frisolera,
    Con lujo tropical entretejida.

    ¡Qué bello es el maíz! Mas la costumbre
    No nos deja admirar su bizarría,
    Ni agradecer al cielo ese presente,
    Sólo porque lo da todos los días.

    El don primero que con mano larga
    Al Nuevo Mundo el Hacedor destina;
    El más vistoso pabellón que undula
    De la virgen América en las cimas.

    Contemplad una mata. A cada lado
    De su caña robusta y amarilla,
    Penden sus tiernas hojas arqueadas,
    Por el ambiente juguetón mecidas.

    Su pie desnudo muestra los anillos
    Que a trecho igual sobre sus nudos brillan,
    Y racimos de dedos elegantes,
    En los cuales parece que se empina.

    Más distantes las hojas hacia abajo,
    Más rectas y agrupadas hacia arriba,
    Donde empieza a mostrar tímidamente
    Sus blancos tilos la primera espiga,

    Semejante a una joven de quince años,
    De esbeltas formas y de frente erguida,
    Rodeada de alegres compañeras
    Rebosando salud y ansiando dicha.

    Forma el viento al mover sus largas hojas,
    El rumor de dulzura indefinida
    De los trajes de seda que se rozan
    En el baile de bodas de una niña.

    Se despliegan al sol y, se levantan
    Ya doradas, temblando, las espigas,
    Que sobresalen cual penachos jaldes
    De un escuadrón en las revueltas filas.

    Brota el blondo cabello del Pilote,
    Que muellemente al despuntar se inclina;
    El manso viento con sus hebras juega
    Y cariñoso el sol las tuesta y riza.

    La mata el seno suavemente abulta
    Donde la tusa aprisionada cría,
    Y allí los granos como blancas perlas,
    Cuajan envueltos en sus hojas finas.

    Los chócolos se ven a cada lado,
    Como rubios gemelos que reclinan,
    En los costados de su joven madre,
    Sus doradas y tiernas cabecitas.

    El pajarero, niño de diez años,
    Desde su andamio sin cesar vigila
    Las bandadas de pájaros diversos,
    Que hambrientos vienen a ese mar de espigas.

    En el extremo de una vara larga
    Coloca su sombrero y su camisa;
    Y silbando, y cantando, y dando gritos,
    Días enteros el sembrado cuida.

    Con su churreta de flexibles guascas
    Que fuertemente al agitar rechina;
    Desbandadas las aves se dispersan
    Y fugitivas corren las ardillas.

    Los pericos en círculos volando
    En caprichosas espirales giran;
    Dando al sol su plumaje de esmeralda
    Y al aire su salvaje algarabía.

    Y sobre el verde manto de la Roza
    El amarillo de los taches brilla,
    Como onzas de oro en la carpeta verde
    De una mesa de juego repartidas.

    Meciéndose galán y enamorado,
    Gentil turpial en la flexible espiga,
    Rubí con alas de azabache, ostenta
    Su bella pluma y su canción divina.

    El duro pico del chamán desgarra
    De las hojas del chócolo las fibras,
    Dejando ver los granos, cual los dientes
    De una bella al través de su sonrisa.

    Cuelga el gulungo su oscilante nido
    De un árbol en las ramas extendidas,
    Y se columpia blandamente al viento,
    Incensario de rústica capilla.

    La boba, el carriquí, la guacamaya,
    El afrechero, el diostedé, la mirla,
    Con sus pulmones de metal que aturden,
    Cantan, gritan, gorjean, silban, chillan.


    CAPITULO IV


    De la recolección de frutos y de cómo deben alimentarse los trabajadores.

    Es el amanecer de un día de junio;
    El sol no asoma, pero ya blanquea
    Por el oriente el aplomado cielo,
    Con la sonrisa de su luz primera.

    Ya dio el gurri su fúnebre chillido
    Largo y agudo, en la vecina selva;
    Ya la Roza se va cubriendo en partes
    Con los jirones de su chal de nieblas.

    Lanza la choza cual penacho blanco
    La vara de humo que se eleva recta;
    Es que antes que el sol y que las aves
    Se levantó, al fogón, la cocinera.

    Ya tiene preparado el desayuno
    Cuando el peón más listo se despierta;
    Chocolate de harina en coco negro
    Recibe cada cual, con media arepa.

    Con un costal terciado cada uno
    Todos saliendo van; sólo se queda
    El muchacho que debe cargar agua,
    Fregar los trastos y rajar la leña.

    Van a coger frisoles; por la Roza
    Los peones sin orden se dispersan
    Cogiendo a manotadas los racimos
    Que de las matas enredados cuelgan.

    Los chócolos picados por las aves
    Cogen también, y los que están en tierra
    Echan en el costal y los revuelven
    De los frisoles con las vainas secas.

    El que llena su tercio a vaciarlo
    Va en el rancho, y se vuelve a la faena;
    Y llenando y vaciando sus costales
    Siguen sin descansar hasta que almuerzan.

    Mientras que van y vuelven los peones
    Que han almorzado ya, la cocinera,
    Infatigable y siempre con buen modo,
    Se ocupa sin cesar en sus tareas.

    En la misma cuyabra aparadora
    Pone el maíz a remojar, y deja
    La mitad para hacer la mazamorra,
    La otra mitad para moler la arepa.

    Era la cocinera una muchacha
    Agil, arrutanada, alta y morena,
    Que su saya de fula con el chumbe
    En su cintura arregazada lleva.

    Descubiertas los brazos musculosos
    Y la redonda pantorrilla muestra
    Con inocente libertad, pues sabe
    Que sólo para andar sirven las piernas.

    Medio cubre su seno prominente
    La camisa de tira de arandela,
    En donde se sepulta su rosario
    Con sus cuentas de oro y su pajuela.

    Un poco cortas, negras y brillantes,
    De su crespo cabello las dos trenzas,
    Rematando sus puntas en cachumbos,
    Graciosamente por la espalda cuelgan.

    Pero vedla cascando mazamorra,
    O moliendo en su trono, que es la piedra;
    A su vaivén cachumbos y mejillas,
    Arandelas y seno, todo tiembla.

    Arreglado el fogón alza dos ollas,
    Y los frisoles echa en la pequeña;
    Va en la grande a poner la mazamorra,
    De su quehacer la operación más seria.

    Se moja en agua-masa las dos manos,
    Las pone encima de ceniza fresca,
    Las sacude muy bien, y en la agua-masa
    Las lava luego y la ceniza deja.

    De agua-masa y arroz llena la olla,
    Le echa la bendición, y la menea
    Con el ahumado mecedor de palo;
    Sopla el fogón y aviva la candela.

    Acaba de moler, y con la masa
    Va extendiendo en las manos las arepas,
    Que coloca después en la cayana;
    Ya tostadas de un lado, las voltea.

    Y luego las entierra en el rescoldo,
    Y brasas amontona encima de ellas,
    Y chócolos encima de las brasas
    Pone a asar recostados a las piedras:

    Estos se van dorando poco a poco;
    Los granos al calor se caponean
    Y exhalan un olor... que aun los peones
    Cuando vienen, un chócolo se llevan.

    A las dos de la tarde suena el cacho
    Para que todos hacia el rancho vengan,
    Pues ya está la comida. Van llegando
    Y en el suelo sentados forman rueda.

    El muchacho que ayuda en la cocina
    Reparte a los peones las arepas;
    De frisoles con carne de marrano
    Un plato lleno a cada par entrega.

    En seguida les da la mazamorra,
    Que algunas de ellos con la leche mezclan;
    Otros se bogan el caliente claro
    Y se toman la leche con la arepa.

    Medio cuarto de dulce melcochudo
    Les sirve para hacer la sobremesa,
    Y una totuma rebosando de agua
    Su comida magnífica completa.

    ¡Salve, segunda trinidad bendita,
    Salve, frisoles, mazamorra, arepa!
    Con nombraros no más se siente hambre.
    "¡No muera yo sin que otra vez os vea!"

    Pero hay ¡gran Dios! algunos petulantes,
    Que sólo porque han ido a tierra ajena,
    Y han comido jamón y carnes crudas,
    De su comida y su niñez reniegan.

    Y escritores parciales y vendidos
    De las papas pregonan la excelencia,
    Pretendiendo amenguar la mazamorra,
    Con la calumnia vil, sin conocerla.

    Yo quisiera mirarlos en Antioquia
    Y presentarles la totuma llena
    De mazamorra de esponjados granos,
    Más blancos que la leche en que se mezclan;

    Que metieran en ella la cuchara,
    Y la sacaran del manjar repleta,
    Cual isla de marfil que flota en leche,
    Coma mazorca de nevadas perlas;

    Y que dejando chorrear el claro
    La comieran después, y que dijeran,
    Si es que tienen pudor, si con las papas
    Alguno habrá que compararla pueda.

    ¡Oh, comparar con el maíz las papas,
    Es una atrocidad, una blasfemia!
    ¡Comparar con el rey que se levanta
    La ridícula chiza que se entierra!

    Y ¿qué dirían si frisoles verdes
    Con el mote de chócolo comieran,
    Y con una tajada de aguacate
    Blanda, amarilla, mantecosa, tierna...?

    ¿Si una postrera de espumosa leche
    Con arepa de chócolo bebieran,
    Una arepa dorada envuelta en hojas,
    Que hay que soplar porque al partirla humea?

    Y la natilla.... ¡Oh!, la más sabrosa
    De todas las comidas de la tierra,
    Con aquella dureza tentadora
    Con que sus flancos ruborosos tiemblan....

    ¡Y tú también, la fermentada en tarros,
    Remedio del calor, chicha antioqueña!
    Y el mote, los tamales, los masatos,
    El guarrús, los buñuelos, la conserva...

    ¡Y mil y mil manjares deliciosos
    Que da el maíz en variedad inmensa....!
    Empero, con la papa, la vil papa,
    ¿Qué cosa puede hacerse....? No comerla.

    A veces el patrón lleva a la Roza
    A los niños pequeños de la hacienda,
    Después de conseguir con mil trabajos
    Que conceda la madre la licencia.

    Sale la turba gritadora, alegre,
    A asistir juguetona a la cogienda,
    Con carrieles y jíqueras terciados
    Cual los peones sus costales llevan.

    ¿Quién puede calcular los mil placeres
    Que proporciona tan sabrosa fiesta....?
    ¡Amalaya volver a aquellos tiempos,
    Amalaya esa edad pura y risueña!

    Avaro guarda el corazón del hombre
    Esos recuerdos que del niño quedan;
    Ese rayo de sol en una cárcel
    Es el tesoro de la edad proyecta.

    También la juventud guarda recuerdos
    De placeres sin fin.... pero con mezcla.
    Las memorias campestres de la infancia
    Tienen siempre el sabor de la inocencia.

    Esos recuerdos con olor de helecho
    Son el idilio de la edad primera,
    Son la planta parásita del hombre,
    Que aún seco el árbol, su verdor conservan.

    Pero en tanto vosotros, pobres socios
    De una escuela de artes y de ciencias,
    Siempre en medio de libros y papeles
    Y viviendo en ciudades opulentas;

    Nacidos en la alcoba empapelada
    De una casa sin patios y sin huerta,
    Que jamás conocisteis otro árbol
    Que el naranjo del patio de la escuela;

    Vosotros ¡ay! cuyos primeros pasos
    Se dieron en alfombras y en esteras,
    Y lo que es más horrible, con botines,
    Vosotros que nacisteis con chaqueta;

    Vosotros, que no os criasteis en camisa
    Cruzando montes y saltando cercas,
    ¡Oh, no podéis saber, desventurados,
    Cuánta es la dicha que un recuerdo encierra!

    ¿Con cuál, decidme, alegraréis vosotros
    De la helada vejez las horas lentas,
    Si no tuvisteis perros ni gallinas
    Ni disteis muerte a patos ni culebras?

    No endulzarán vuestros postreros días
    El sabroso balar de las ovejas,
    De las vacas el nombre, uno por uno,
    La imagen del solar, piedra por piedra;

    Las sabaletas conservadas vivas,
    Sirviendo de vivero una batea;
    Las moras y guayabas del rastrojo,
    El columpio del guamo de la huerta;

    La golondrina a la oración volando
    Al rededor de las tostadas tejas,
    La queja del pichón aprisionado,
    La siempre dulce reprensión materna;

    La cometa enredada en el papayo,
    Los primeros perritos de Marbella...
    En fin... vuestra vejez será horrorosa,
    Pues no habéis asistido a una cogienda.

     

     

     

     

     

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