• PORFIRIO BARBA JACOB

     

    Porfirio Barba Jacob
    Pseudónimo de Miguel Ángel Osorio, quien también usó los nombres de Maín Ximénez y Ricardo Arenales.

    (Angostura, Antioquia, 1883; Ciudad de México, 1942).

     

    CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA

    Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
    como las leves briznas al viento y al azar...
    Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría...
    La vida es clara, undívaga y abierta como un mar...

    Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
    como en Abril el campo, que tiembla de pasión;
    bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
    el alma está brotando florestas de ilusión.

    Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
    como la entraña obscura de obscuro pedernal;
    la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
    en rútilas monedas tasando el bien y el mal.

    Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
    -¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir! -
    que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
    ¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír...

    Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
    que nos depara en vano su carne la mujer;
    tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
    la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

    Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
    como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
    el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
    y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

    Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día...
    en que levamos anclas para jamás volver;
    un día en que discurren vientos ineluctables...
    ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

     

     

    LA ESTRELLA DE LA TARDE

    Un monte azul, un pájaro viajero,
    un roble, una llanura,
    un niño, una canción... Y, sin embargo,
    nada sabemos hoy, hermano mío.

    Bórranse los senderos en la sombra;
    el corazón del monte está cerrado;
    el perro del pastor trágicamente
    aúlla entre las hierbas del vallado.

    Apoya tu fatiga en mi fatiga,
    que yo mi pena apoyaré en tu pena,
    y llora, como yo, por el influjo
    de la tarde traslúcida y serena.

    Nunca sabremos nada...

    ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
    vago rumor de mares en zozobra,
    emoción desatada,
    quimeras vanas, ilusión sin obra?
    Hermano mío, en la inquietud constante,
    nunca sabremos nada...

    ¿En qué grutas de islas misteriosas
    arrullaron los Números tu sueño?
    ¿Quién me da los carbones irreales
    de mi ardiente pasión, y la resina
    que efunde en mis poemas su fragancia?

    ¿Qué voz suave, que ansiedad divina
    tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

    Todo inquirir fracasa en el vacío,
    cual fracasan los bólidos nocturnos
    en el fondo del mar; toda pregunta
    vuelve a nosotros trémula y fallida,
    como del choque en el cantil fragoso
    la flecha por el arco despedida.

    Hermano mío, en el impulso errante,
    nunca sabremos nada...

    Y sin embargo...
    ¿Qué mística influencia
    vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
    ¿Quién prende a nuestros hombros
    manto real de púrpuras gloriosas,
    y quién a nuestras llagas
    viene y las unge y las convierte en rosas?
    Tú, que sobre las hierbas reposabas
    de cara al cielo, dices de repente:
    —«La estrella de la tarde está encendida».
    Ávidos buscan su fulgor mis ojos
    a través de la bruma, y ascendemos
    por el hilo de luz...

    Un grillo canta
    en los repuestos musgos del cercado,
    y un incendio de estrellas se levanta
    en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
    y en mi pecho en la tarde sosegado...

     

     

     

    Ampliar la noticia

    RAFAEL POMBO, POETA Y FABULISTA

    Rafael Pombo, poeta y fabulista

     

    Rafael Pombo (Bogotá 1833 – 1912)

    Gran fabulista en verso, es también apreciado por los poemas filosóficos “Hora de Tinieblas” y “Elvira Tracy”. Su obra fue comentada por José Martí, quien lo incluyó en su lista única e incomparable de héroes y poetas, teniéndolo por un león encerrado en una jaula de pájaros.

     

     

    ALFABETO IMAGINARIO

    Letras son las mudas que hablan

    Almas pintadas que vuelan

    Las que al ausente consuelan

    Levándole un corazón.

    Lenguas del muerto y del ido,

    Cuenteras de lo pasado,

    Herramientas y alumbrado

    Que dio el cielo a la razón

    Contiene el abecedario

    Veintinueve, de las cuales

    Cinco se llaman vocales,

    Consonantes las demás.

    Las vocales suenan solas;

    Mientras que una consonante

    Sin vocal de acompañante

    No se hace escuchar jamás.

    A

    La A recuerda la campana

    Con que nos llama el Señor;

    Y el techo, nido de amor,

    De madre, esposa, hija, hermana.

    B

    La B y sus dos buches son

    Un tercio sobre otro tercio,

    Enseñando que el comercio

    Hará engordar la nación.

    C

    Mas la corcovada C,

    Cuarto menguante de luna

    Anuncia mengua en fortuna

    Donde haya ocio y mala fe.

    D

    Es la D luna sin cuernos

    Por la mitad bien cortada;

    O el sombrerón de empanada

    Que usan los héroes modernos.

    E

    Plan de cocina o salón

    Pinta la E; y estando abierta

    Vemos enfrente a la puerta

    Algo entre altar y fogón.

    F

    La F es la E no concluída,

    Que abajo pared no han hecho,

    O es un portal con su techo

    Y con la llave prendida.

    G

    ¡ Jesús, qué arete tan lindo

    Es la agachadita G!

    Cuando con mi novia esté

    En la oreja se lo guindo.

    H

    Entre dos palos de pie

    Hay un palo atravesado

    Haciendo una H, un cercado

    Que paso a bestia no dé.

    CH

    Daré un chelín de contado

    Al que explique bien la CH

    Pues para mí no es más que

    Una C con H al lado.

    I

    Es la I el niño menor

    De la familia: un palito

    Siempre a plomo y derechito

    Cual hombre que odia el licor.

    J

    Y así es la J (quizás

    Tienen las dos parentesco)

    Mas calza botín chinesco

    Y está viendo para atrás.

    K

    A la K le quebró

    El palo de la derecha

    Que como punta de fl echa

    Contra el centro se dobló.

    L

    Es la escuadra que en la mano

    Ver del carpintero sueles:

    Y la LL son dos ELES

    Como un mellizo y su hermano.

    M

    La M es la muela, y nos manda

    Trabajar para comer;

    Sudar cada cual su haber

    O morir en la demanda.

    N

    ¡Oh N, oh viga entre dos hilos

    malamente atravesada!

    Debajo de tu enramada

    No dormiremos tranquilos.

    Ñ

    Y aun más temor la Ñ da,

    Que es la N con un sombrero,

    Pájaro de mal agüero

    Que encima volando va.

    O

    Cuando un bobo exclama ¡oh!

    Vemos la letra en su boca.

    A ti adivinar te toca

    Cómo fue que se le vio.

    P

    Puño de espada es la P,

    Y aun se ve la hoja truncada.

    ¡Plegue a Dios que toda espada

    trozada así pronto esté!

    Q

    La Q es naranja o melón

    Sentadito sobre un ramo;

    O un reloj que dice al amo:

    ¡No pierdas tiempo, holgachón!”

    R

    La R no es fruta, es mujer

    Que está sentada en su silla;

    Mas sólo pecho y rodilla

    Falda y pie se deja ver.

    S

    El borracho y la serpiente

    Pintan la S al caminar,

    Y a ambas debes evitar

    Cuidadosísimamente.

    T

    Cruz sin cabeza es la T

    O ancho martillo de herrero,

    O lezna de carpintero

    Como la usó san José.

    U

    La U es el dedal, el castillo

    Del dedo de la mujer;

    O un pocillo de beber

    El chocolate en pocillo.

    V

    La V o U de corazón

    Es el corazón: tesoro

    Mejor que el poder y el oro

    De un feroz o de un collón.

    W

    La W es la M al revés;

    Dos corazones atados:

    Cifra de dos bien casados

    Que haciendo uno solo ves.

    X

    La X es tijera abierta

    Para cortarle la lengua

    A aquel que diga algo en mengua

    De persona ausente o muerta.

    Y

    La Y griega, o Ye servirá

    De horqueta de colgar ropa,

    O de apuntalar la copa

    Que el árbol rindiendo va.

    Z

    Y es la Z la N acostada

    Que está pasando un desmayo;

    O es como el surco del rayo

    Que al herir nos vuelve nada.

     

    El gato bandido

    Michín dijo a su mamá:
    "Voy a volverme Pateta,
    y el que a impedirlo se meta
    en el acto morirá.
    Ya le he robado a papá
    daga y pistolas; ya estoy
    armado y listo; y me voy
    a robar y matar gente,
    y nunca más (¡ten presente!)
    verás a Michín desde hoy".
    Yéndose al monte, encontró
    a un gallo por el camino,
    y dijo: "A ver qué tal tino
    para matar tengo yo".
    Puesto en facha disparó,
    retumba el monte al estallo,
    Michín maltrátase un callo
    y se chamusca el bigote;
    pero tronchado el cogote,
    cayó de redondo el gallo.
    Luego a robar se encarama,
    tentado de la gazuza,
    al nido de una lechuza
    que en furia al verlo se inflama,
    mas se le rompe la rama,
    vuelan chambergo y puñal,
    y al son de silba infernal
    que taladra los oídos
    cae dando vueltas y aullidos
    el prófugo criminal.
    Repuesto de su caída
    ve otro gato, y da el asalto
    "¡Tocayito, haga usted alto!
    ¡Déme la bolsa o la vida!"
    El otro no se intimida
    y antes grita: "¡Alto el ladrón!"
    Tira el pillo, hace explosión
    el arma por la culata,
    y casi se desbarata
    Michín de la contusión.
    Topando armado otro día
    a un perro, gran bandolero,
    se le acercó el marrullero
    con cariño y cortesía:
    "Camarada, le decía,
    celebremos nuestra alianza";
    y así fue: diéronse chanza,
    baile y brandy, hasta que al fin
    cayó rendido Michín
    y se rascaba la panza.
    "Compañero", dijo el perro,
    "debemos juntar caudales
    y asegurar los reales
    haciéndoles un entierro".
    Hubo al contar cierto yerro
    y grita y gresca se armó,
    hasta que el perro empuñó
    a dos manos el garrote:
    Zumba, cae, y el amigote
    medio muerto se tendió.
    Con la fresca matinal
    Michín recobró el sentido
    y se halló manco, impedido,
    tuerto, hambriento y sin un
    real.
    Y en tanto que su rival
    va ladrando a carcajadas,
    con orejas agachadas
    y con el rabo entre piernas,
    Michín llora en voces tiernas
    todas sus barrabasadas.
    Recoge su sombrerito,
    y bajo un sol que lo abrasa,
    paso a paso vuelve a casa
    con aire humilde y contrito.
    "Confieso mi gran delito
    y purgarlo es menester",
    dice a la madre; "has de ver
    que nunca más seré malo,
    ¡oh mamita! dame palo
    ¡pero dame qué comer!"

    El renacuajo paseador

    El hijo de rana, Rinrín renacuajo 
    Salió esta mañana muy tieso y muy majo 
    Con pantalón corto, corbata a la moda 
    Sombrero encintado y chupa de boda. 
    
    -¡Muchacho, no salgas¡- le grita mamá 
    pero él hace un gesto y orondo se va.   
    
    Halló en el camino, a un ratón vecino 
    Y le dijo: -¡amigo!- venga usted conmigo, 
    Visitemos juntos a doña ratona 
    Y habrá francachela y habrá comilona. 
     
    A poco llegaron, y avanza ratón, 
    Estírase el cuello, coge el aldabón, 
    Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es? 
    -Yo doña ratona, beso a usted los pies 
      
    ¿Está usted en casa? -Sí señor sí estoy, 
    y celebro mucho ver a ustedes hoy; 
    estaba en mi oficio, hilando algodón, 
    pero eso no importa; bienvenidos son. 
    
    Se hicieron la venia, se dieron la mano, 
    Y dice Ratico, que es más veterano : 
    Mi amigo el de verde rabia de calor, 
    Démele cerveza, hágame el favor. 
    
    Y en tanto que el pillo consume la jarra 
    Mandó la señora traer la guitarra 
    Y a renacuajo le pide que cante 
    Versitos alegres, tonada elegante. 
    
    -¡Ay! de mil amores lo hiciera, señora, 
    pero es imposible darle gusto ahora, 
    que tengo el gaznate más seco que estopa 
    y me aprieta mucho esta nueva ropa. 
    
    -Lo siento infinito, responde tía rata, 
    aflójese un poco chaleco y corbata, 
    y yo mientras tanto les voy a cantar 
    una cancioncita muy particular. 
    
    Mas estando en esta brillante función 
    De baile y cerveza, guitarra y canción, 
    La gata y sus gatos salvan el umbral, 
    Y vuélvese aquello el juicio final 
    
    Doña gata vieja trinchó por la oreja 
    Al niño Ratico maullándole: ¡Hola! 
    Y los niños gatos a la vieja rata 
    Uno por la pata y otro por la cola 
      
    Don Renacuajito mirando este asalto 
    Tomó su sombrero, dio un tremendo salto 
    Y abriendo la puerta con mano y narices, 
    Se fue dando a todos noches muy felices 
      
    Y siguió saltando tan alto y aprisa, 
    Que perdió el sombrero, rasgó la camisa, 
    se coló en la boca de un pato tragón 
    y éste se lo embucha de un solo estirón 
      
    Y así concluyeron, uno, dos y tres 
    Ratón y Ratona, y el Rana después; 
    Los gatos comieron y el pato cenó, 
    ¡y mamá Ranita solita quedó!

    La pobre viejecita

    Érase una viejecita 
    Sin nadita que comer 
    Sino carnes, frutas, dulces, 
    Tortas, huevos, pan y pez 
    
    Bebía caldo, chocolate, 
    Leche, vino, té y café, 
    Y la pobre no encontraba 
    Qué comer ni qué beber.   
    
    Y esta vieja no tenía 
    Ni un ranchito en que vivir 
    Fuera de una casa grande 
    Con su huerta y su jardín   
    
    Nadie, nadie la cuidaba 
    Sino Andrés y Juan y Gil 
    Y ocho criados y dos pajes 
    De librea y corbatín   
    
    Nunca tuvo en qué sentarse 
    Sino sillas y sofás 
    Con banquitos y cojines 
    Y resorte al espaldar   
    
    Ni otra cama que una grande 
    Más dorada que un altar, 
    Con colchón de blanda pluma, 
    Mucha seda y mucho olán.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    Cada año, hasta su fin, 
    Tuvo un año más de vieja 
    Y uno menos que vivir 
      
    
    Y al mirarse en el espejo 
    La espantaba siempre allí 
    Otra vieja de antiparras, 
    Papalina y peluquín.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    No tenía que vestir 
    Sino trajes de mil cortes 
    Y de telas mil y mil. 
      
    Y a no ser por sus zapatos, 
    Chanclas, botas y escarpín, 
    Descalcita por el suelo 
    Anduviera la infeliz   
    
    Apetito nunca tuvo 
    Acabando de comer, 
    Ni gozó salud completa 
    Cuando no se hallaba bien   
    
    Se murió del mal de arrugas, 
    Ya encorvada como un tres, 
    Y jamás volvió a quejarse 
    Ni de hambre ni de sed.   
    
    Y esta pobre viejecita 
    Al morir no dejó más 
    Que onzas, joyas, tierras, casas, 
    Ocho gatos y un turpial   
    
    Duerma en paz, y Dios permita 
    Que logremos disfrutar 
    Las pobrezas de esa pobre 
    Y morir del mismo mal.

    Mirringa Mirronga

    Mirringa Mirronga, la gata candonga
    va a dar un convite jugando escondite,
    y quiere que todos los gatos y gatas
    no almuercen ratones ni cenen con ratas.
    "A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
    y vamos poniendo las cartas primero.
    Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
    y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
    "Ahora veamos qué tal la alacena.
    Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
    Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
    ¡Qué amable señora la dueña de casa!
    "Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
    Id volando al cuarto de mamá Fogón
    por ocho escudillas y cuatro bandejas
    que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
    "Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
    traed la canasta y el dindirindín,
    ¡y zape, al mercado! que faltan lechugas
    y nabos y coles y arroz y tortuga.
    "Decid a mi amita que tengo visita,
    que no venga a verme, no sea que se enferme
    que mañana mismo devuelvo sus platos,
    que agradezco mucho y están muy baratos.
    "¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
    ¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
    ¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
    Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!".
    Llegaron en coche ya entrada la noche
    señores y damas, con muchas zalemas,
    en grande uniforme, de cola y de guante,
    con cuellos muy tiesos y frac elegante.
    Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
    en una cabriola se mordió la cola,
    mas olió el tocino y dijo "¡Miaao!
    ¡Este es un banquete de pipiripao!"
    Con muy buenos modos sentáronse todos,
    tomaron la sopa y alzaron la copa;
    el pescado frito estaba exquisito
    y el pavo sin hueso era un embeleso.
    De todo les brinda Mirringa Mirronga:"¿Le sirvo pechuga?" – "Como usted disponga,
    y yo a usted pescado, que está delicado"."Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
    "Repita sin miedo". Y él dice: – "Concedo".
    Mas ¡ay! que una espina se le atasca indina,
    y Ñoña la hermosa que es habilidosa
    metiéndole el fuelle le dice: "¡Resuelle!"
    Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
    y pasó al instante la espina del diantre,
    sirvieron los postres y luego el café,
    y empezó la danza bailando un minué.
    Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
    y Tompo que estaba con máxima turca,
    enreda en las uñas el traje de Ñoña
    y ambos van al suelo y ella se desmoña.
    Maullaron de risa todos los danzantes
    y siguió el jaleo más alegre que antes,
    y gritó Mirringa: "¡Ya cerré la puerta!
    ¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!"
    Pero ¡qué desgracia! entró doña Engracia
    y armó un gatuperio un poquito serio
    dándoles chorizo de tío Pegadizo
    para que hagan cenas con tortas ajenas.

    Simón el bobito

    Simón el bobito llamó al pastelero: 
    ¡a ver los pasteles, los quiero probar! 
    -Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero 
    ver ese cuartillo con que has de pagar. 
    Buscó en los bolsillos el buen Simoncito 
    y dijo: ¡de veras! no tengo ni unito. 
    
    A Simón el bobito le gusta el pescado 
    Y quiere volverse también pescador, 
    Y pasa las horas sentado, sentado, 
    Pescando en el balde de mamá Leonor. 
    
    Hizo Simoncito un pastel de nieve 
    Y a asar en las brasas hambriento lo echó, 
    Pero el pastelito se deshizo en breve, 
    Y apagó las brasas y nada comió. 
    
    Simón vio unos cardos cargando viruelas 
    Y dijo: -¡qué bueno! las voy a coger. 
    Pero peor que agujas y puntas de espuelas 
    Le hicieron brincar y silbar y morder. 
      
    Se lavó con negro de embolar zapatos 
    Porque su mamita no le dio jabón, 
    Y cuando cazaban ratones los gatos 
    Espantaba al gato gritando: ¡ratón! 
    
    Ordeñando un día la vaca pintada 
    Le apretó la cola en vez del pezón; 
    Y ¡aquí de la vaca! le dio tal patada 
    Que como un trompito bailó don Simón. 
      
    Y cayó montado sobre la ternera 
    Y doña ternera se enojó también 
    Y ahí va otro brinco y otra pateadera 
    Y dos revolcadas en un santiamén. 
    
    Se montó en un burro que halló en el mercado 
    Y a cazar venados alegre partió, 
    Voló por las calles sin ver un venado, 
    Rodó por las piedras y el asno se huyó. 
     
    A comprar un lomo lo envió taita Lucio, 
    Y él lo trajo a casa con gran precaución 
    Colgado del rabo de un caballo rucio 
    Para que llegase limpio y sabrosón. 
    
    Empezando apenas a cuajarse el hielo 
    Simón el bobito se fue a patinar, 
    Cuando de repente se le rompe el suelo 
    Y grita: ¡me ahogo! ¡vénganme a sacar! 
     
    Trepándose a un árbol a robarse un nido, 
    La pobre casita de un mirlo cantor, 
    Desgájase el árbol, Simón da un chillido, 
    Y cayó en un pozo de pésimo olor 
      
    Ve un pato, le apunta, descarga el trabuco: 
    Y volviendo a casa le dijo a papá: 
    Taita yo no puedo matar pajaruco 
    Porque cuando tiro se espanta y se va. 
    
    Viendo una salsera llena de mostaza 
    Se tomó un buen trago creyéndola miel, 
    Y estuvo rabiando y echando babaza 
    Con tamaña lengua y ojos de clavel. 
    
    Vio un montón de tierra que estorbaba el paso 
    Y unos preguntaban ¿qué haremos aquí? 
    Bobos dijo el niño resolviendo el caso; 
    Que abran un grande hoyo y la echen allí 
    
    Lo enviaron por agua, y él fue volandito 
    Llevando el cedazo para echarla en él 
    Así que la traiga el buen Simoncito 
    Seguirá su historia pintoresca y fiel. 

    Noche de diciembre

    Noche como ésta, y contemplada a solas
    No la puede sufrir mi corazón:
    Da un dolor de hermosura irresistible
    Un miedo profundísimo de Dios.

    Ven a partir conmigo lo que siento,
    Esto que abrumador desborda en mí;
    Ven a hacerme finito lo infinito
    Y a encarnar el angélico festín.

    ¡Mira ese cielo!... Es demasiado cielo
    Para el ojo de insecto de un mortal
    Refléjame en tus ojos un fragmento
    Que yo alcance a medir y a sondear.

    Un cielo que responda a mi delirio
    Sin hacerme sentir mi pequeñez;
    Un cielo mío, que me esté mirando
    Y que tan sólo a mí mirando esté.

    Esas estrellas . . . ¡ ay, brillan tan lejos!
    Con tus pupilas tráemelas aquí
    Donde yo pueda en mi avidez tocarlas
    Y apurar su seráfico elíxir.

    Hay un silencio en esta inmensa noche
    Que no es silencio: es místico disfraz
    De un concierto inmortal. Por escucharlo
    Mudo como la muerte el orbe está.

    Déjame oírlo, enamorada mía
    Al través de tu ardiente corazón:
    Sólo el amor transporta a nuestro mundo
    Las notas de la música de Dios.

    El es la clave de la ciencia eterna,
    La invisible cadena creatriz
    Que une al hombre con Dios y con sus obras,
    Y Adán a Cristo, y el principio al fin.

    De aquel hervor de luz está manando
    El rocío del alma. Ebrio de amor
    Y de delicia tiembla el firmamento,
    Inunda el Creador la creación.

    ¡Sí, el Creador! cuya grandeza misma
    Es la que nos impide verlo aquí,
    Pero que, como atmósfera de gracia,
    Se hace entretanto por doquier sentir. . .

    Déjame unir mis labios a tus labios,
    Une a tu corazón mi corazón,
    Doblemos nuestro ser para que alcance
    A recoger la bendición de Dios.

    Todo, la gota como el orte, cabe
    En su grandeza y su bondad. Tal vez
    Pensó en nosotros cuando abrió esta noche,
    Como a las turbas su palacio un rey.

    ¡Danza gloriosa de almas y de estrellas!
    ¡Banquete de inmortales! Y pues ya,
    Por su largueza en él nos encontramos,
    De amor y vida en el cenit fugaz.

    Ven a partir conmigo lo que siento,
    Esto que abrumador desborda en mí;
    Ven a hacerme finito lo infinito
    Y a encarnar el angélico festín.

    ¿Qué perdió Adán perdiendo el paraíso
    Si ese azul firmamento le quedó
    Y una mujer, compendio de Natura,
    Donde saborear la obra de Dios?

    ¡Tú y Dios me disputáis en este instante!
    Fúndanse nuestras almas, y en audaz
    Rapto de adoración volemos juntas
    De nuestro amor al santo manantial.

    Te abrazaré como la tierra al cielo
    En consorcio sagrado; oirás de mí
    Lo que oidos mortales nunca oyeron,
    Lo que habla el serafin al serafín.

    Y entonces esta angustia de hermosura,
    Este miedo de Dios que al hombre da
    El sentirlo tan cerca, tendrá un nombre
    Eterno entre los dos: ¡felicidad!

    La luna apareció: sol de las almas
    Si astro de los sentidos es el sol.
    Nunca desde una cúpula más bella
    Ni templo más magnífico alumbró.

    ¡Rito imponente! Ahuyéntase el pecado
    Y hasta su sombra. El rayo de esta luz
    Te transfigura en ángel. Nuestra dicha
    Toca al fin su solemne plenitud.

    A consagrar nuestras eternas nupcias
    Esta noche llegó... ¡Siento soplar
    Brisa de gloria, estamos en el puerto!
    Esa luna feliz viene de allá.

    Cándida vela que redonda se alza
    Sobre el piélago azul

    Ampliar la noticia

    MEIRA DEL MAR, POETISA DEL DESAMOR

    MEIRA DELMAR, POETISA DEL DESAMOR

    MEIRA DELMAR. Olga Chams Eljach, (Barranquilla , Colombia, 1922-2009)

    Su verdadero nombre era Olga Chams Eljach, hija de padres libaneses. Realizó sus estudios de Bachillerato en el Colegio Barranquilla para Señoritas y sus estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes del centro de estudios Dante Alihieri de Roma (Italia). Es el nombre femenino más destacado de la poesía colombiana de influencia piedracielista. Su obra posee una musicalidad interior, recurriendo con frecuencia a temas sobre el mar y el universo, el amor y los clásicos griegos.

    Meira era flor y miel de nuestra patria. Sus antepasados son originarios del Líbano impregnado de antiguas culturas. Las remotas herencias orientales explican la fina y refinada personalidad humana de Olga Chams, capaz de sacrificar un mundo para hallarse a su propia altura.

    Bajo el seudónimo de Meira Delmar se ocultó cuando la revista Vanidades de La Habana publicó sus primeros poemas. Su obra literaria resume la unidad de una vida modelada por el ritmo en una honda melodía, jubilosa en los versos marineros con las gaviotas y las barcas pescadoras, lejana en milenios de añoranzas cuando el amor madrugó en romanzas y elegías.

    LIBROS PUBLICADOS

    * Alba de Olvido (1942)

    * Sitio del Amor (1944)

    * Verdad del Sueño (1946)

    * Secreta Isla (1951)

    * Sus Mejores Versos. Antología (1957)

    * Poesía (Antología bilingüe en italiano y español, 1970)

    * Huésped sin Sombras (1971)

    * Reencuentro (1981)

    * Laúd Memorioso (1995) y Alguien pasa (1998)

      Raíz antigua

    No es de ahora este amor.
    No es en nosotros
    donde empieza a sentirse enamorado
    este amor por amor, que nada espera.
    Este vago misterio que nos vuelve
    habitantes de niebla entre los otros.
    Este desposeído
    amor, sin tardes que nos miren juntos
    a través de los trigos derramados
    como un viento de oro por la tierra;
    este extraño
    amor,
    de frío y llama,
    de nieve y sol, que nos tomó la vida,
    aleve, sigiloso, a espaldas nuestras,
    en tanto que tú y yo, los distraídos,
    mirábamos pasar nubes y rosas
    en el torrente azul de la mañana.
    No es de ahora. No.
    De lejos viene
    -de un silencio de siglos,
    de un instante
    en que tuvimos otro nombre y otra
    sangre fugaz nos inundó las venas-,
    este amor por amor,
    este sollozo
    donde estamos perdidos en querernos
    como en un laberinto iluminado.

    Muerte mía
    La muerte no es quedarme
    con las manos ancladas
    como barcos inútiles
    a mis propias orillas,
    ni tener en los ojos,
    tras la sombra del párpado,
    el último paisaje
    hundiéndose en sí mismo.
    La muerte no es sentirme
    fija en la tierra oscura
    mientras mueve la noche
    su gajo de luceros,
    y mueve el mar profundo
    las naves y los peces,
    y el viento mueve estíos,
    otoños, primaveras.
    ¡Otra cosa es la muerte!
    Decir tu nombre una
    y una vez en la niebla
    sin que tornes el rostro
    a mi rostro, es la muerte.
    Y estar de ti lejana
    cuando dices: "La tarde
    vuela sobre las rosas
    como un ala de oro".
    La muerte es ir borrando
    caminos de regreso
    y llegar con mis lágrimas
    a un país sin nosotros,
    y es saber que pregunta
    mi corazón en vano,
    ya para siempre en vano,
    por tu melancolía.
    Otra cosa es la muerte.

    El Milagro


    Pienso en ti.

    La tarde,

    no es una tarde más;

    es el recuerdo

    de aquella, otra, azul,

    en que se hizo

    el amor en nosotros

    como un día la luz en las tinieblas.

    Y fue entonces más clara

    la estrella, el perfume

    del jazmín más cercano,

    menos

    punzantes las espinas.

    Ahora

    al evocarlo creo

    haber sido testigo

    de un milagro.



    Reclamo


    ¡Amor! ¡Amor! ¡Qué has hecho de mi vida!

    Mi vida que era como una agua mansa,

    como una agua ceñida...

    Antes de ti, qué fácil para el alma

    la espera de sus pasos y qué fácil

    su ligera partida...!

    Antes de ti qué fácil la ventura

    frente a la lluvia clara y el silencio

    de las tardes dormidas...!

    Pero contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia"

    ni me da su regalo de sonrisas,

    y es tortura el silencio cuando pasa

    por las tardes dormidas...

    Antes de ti, qué fácil el olvido

    del país todo rutas para el sueño

    que detrás de tus ojos existía...

    Antes de ti, ¡qué fácil el momento

    de la estrella primera, sobre el Ángelus

    brillando sorprendida!

    Pero contigo, Amor, cómo se vuelven

    la estrella y olvidar angustia viva...

    Cómo tus manos claras, inasibles,

    la dulzura me trizan...

    Contigo, Amor, este fingido gozo

    mientras el alma cuenta sus espinas,

    y esta quebrada voz para su nombre,

    y este afán inquietando la alegría...

    Contigo este decir atribulado...

    ¡Amor! ¡Amor! Qué has hecho de mi vida!



    Corazón


    Este es mi corazón. Mi enamorado

    corazón, delirante todavía.

    Un ángel en azul de poesía

    le tiene para siempre traspasado.

    En él, como en un río sosegado,

    el cielo es de cristal y melodía.

    Y a su dulce comarca llegó un día

    con un paso de niño iluminado.

    Este es mi corazón. La primavera

    que inaugura las rosas, vana fuera

    sin su espejo de gozos repetido.

    Y vano el tiempo del amor que mueve

    las alas de los sueños, y conmueve

    la sangre con su canto sostenido.


     


     

    Olvido


     

    Ha de pasar la vida. Ha de llegar la muerte.

    He de quedar tendida bajo la tierra, inerte,

    insensible, callada, como estatua de cera

    que al romperse en pedazos abandonada fuera.


    Ya sin brillo los ojos que te siguen ahora

    con miradas que besan y besos que te imploran,

    y muy quieta la inquieta ambición de caminos

    que embriagada me tiene como mágico vino...


    Ha de pasar la vida. Ha de llegar el largo

    dolor de estar sin verte. Acaso el grito amargo

    de tu angustia la tierra estremezca un momento..

    Mas, después, poco a poco callará tu lamento.


    Y de nuevo otro paso, no mi paso ligero,

    a compás con el tuyo cruzará los senderos,

    y otro labio ¡no el mío! te dirá que la vida

    es hermosa: "...La rama que se da florecida,


    el temblor del lucero, y la nube, y el canto,

    alegría te enseñan... Es inútil el llanto...!"

    Y una vez más el viento jugará con tu risa,

    y miel pura en tu boca otra boca sumisa


    dejará bien amado, mientras rueda el estío...!

    Y tal vez cuando lleguen esos días sombríos,

    en que llora la lluvia su dolor lentamente,

    y en las sombras el paso del misterio se siente


    surgiré en tu recuerdo con aquella encantada

    vaguedad de las cosas hace tiempo olvidadas,

    que retornan a veces en la luna de oro,

    en lo triste de un verso, en el eco sonoro


    de un arroyo que pasa... Y dirás: "¿Cómo era

    la mujer que yo quise una azul primavera

    en que estaban los campos aromados y llenos

    de rumores festivos bajo el cielo sereno...?


    ¿Eran claros sus ojos? ¿me embriagó su dulzura?

    ¿Sus cabellos... tenían de las mieses maduras

    el color milagroso? ¿Era leve su mano?

    ¿Sonreía? ¿Lloraba? ...". ¡Y tu afán será en vano!


    La mujer que quisiste una azul primavera

    y cruzó de tu brazo por caminos y eras.

    volverá a ti sin llanto, ni color, ni sonrisa

    -como un poco de bruma que deshace la brisa


    sobre el río cansado -imprecisa, distante,

    como estrella que rueda temblorosa un instante

    y se pierde en la noche... ¡Y ya nunca sabrás

    si me hallaste en la vida o en un sueño no más!


     

     

     

     

     

     

     

    Ampliar la noticia

    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA, MÁXIMO POETA COLOMBIANO

    José Asunción Silva, máximo colombiano

     

    José Asunción Silva (Bogotá 1865 – 1896)

    Precursor del modernismo en Colombia y uno de sus principales poetas. El “Nocturno” es considerado una obra maestra.

     


     

    Nocturno I

    A veces, cuando en alta noche tranquila,
    Sobre las teclas vuela tu mano blanca,
    Como una mariposa sobre una lila
    Y al teclado sonoro notas arranca,
    Cruzando del espacio la negra sombra
    Filtran por la ventana rayos de luna,
    Que trazan luces largas sobre la alfombra,
    Y en alas de las notas a otros lugares,
    Vuelan mis pensamientos, cruzan los mares,
    Y en gótico castillo donde en las piedras
    Musgosas por los siglos, crecen las yedras,
    Puestos de codos ambos en tu ventana
    Miramos en las sombras morir el día
    Y subir de los valles la noche umbría
    Y soy tu paje rubio, mi castellana,
    Y cuando en los espacios la noche cierra,
    El fuego de tu estancia los muebles dora,
    Y los dos nos miramos y sonreímos
    Mientras que el viento afuera suspira y llora!
    .....................................................................................
    ¡Cómo tendéis las alas, ensueños vanos,
    cuando sobre las teclas vuelan tus manos!


     

    NOCTURNO II

     

    Poeta, di paso
    ¡Los furtivos besos!...

    ¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
    Allí ni un solo rayo... Temblabas y eras mía.
    Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
    Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
    El contacto furtivo de tus labios de seda...
    La selva negra y mística fue la alcoba sombría...

    En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda ...
    Filtró luz por las ramas cual si llegará el día,
    Entre las nieblas pálidas la luna aparecía...

    Poeta, di paso
    ¡Los íntimos besos!

    ¡Ah, de las noches dulces me acuerdo todavía!
    En señorial alcoba, do la tapicería
    Amortiguaba el ruido con sus hilos espesos
    Desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos;
    Tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,


    Tus cabellos dorados y tu melancolía
    Tus frescuras de virgen y tu olor de reseda...
    Apenas alumbraba la lámpara sombría
    Los desteñidos hilos de la tapicería.

    Poeta, di paso
    ¡El último beso!

    ¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
    El ataúd heráldico en el salón yacía,
    Mi oído fatigado por vigilias y excesos,
    ¡Sintió como a distancia los monótonos rezos!
    Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,
    La llama de los cirios temblaba y se movía,
    Perfumaba la atmósfera un olor de reseda,
    Un crucifijo pálido los brazos extendía
    ¡Y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía!


     


    NOCTURNO III

    Una noche
    una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
    Una noche
    en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
    a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
    muda y pálida
    como si un presentimiento de amarguras infinitas,
    hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
    por la senda que atraviesa la llanura florecida
    caminabas,
    y la luna llena
    por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
    y tu sombra
    fina y lángida
    y mi sombra
    por los rayos de la luna proyectada
    sobre las arenas tristes
    de la senda se juntaban.

    Y eran una
    y eran una
    ¡y eran una sola sombra larga!
    ¡y eran una sola sombra larga!
    ¡y eran una sola sombra larga!

    Esta noche
    solo, el alma
    llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
    separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
    por el infinito negro,
    donde nuestra voz no alcanza,
    solo y mudo
    por la senda caminaba,
    y se oían los ladridos de los perros a la luna,
    a la luna pálida
    y el chillido
    de las ranas,
    sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
    tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
    ¡entre las blancuras níveas
    de las mortüorias sábanas!
    Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
    Era el frío de la nada...

    Y mi sombra
    por los rayos de la luna proyectada,
    iba sola,
    iba sola
    ¡iba sola por la estepa solitaria!
    Y tu sombra esbelta y ágil

    fina y lánguida,
    como en esa noche tibia de la muerta primavera,
    como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
    se acercó y marchó con ella,
    se acercó y marchó con ella,
    se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
    ¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...


     


     


     




    UN POEMA

    Soñaba en ese entonces en forjar un poema,

    de arte nervioso y nuevo obra audaz y suprema,

    escogí entre un asunto grotesco y otro trágico

    llamé a todos los ritmos con un conjuro mágico

    Y los ritmos indóciles vinieron acercándose,

    juntándose en las sombras, huyéndose y buscándose,

    ritmos sonoros, ritmos potentes, ritmos graves,

    unos cual choques de armas, otros cual cantos de aves,

    de Oriente hasta Occidente, desde el Sur hasta el Norte

    de metros y de formas se presentó la Corte.

    Tascando frenos áureos bajo las riendas frágiles

    cruzaron los tercetos, como corceles ágiles

    abriéndose ancho paso por entre aquella grey

    vestido de oro y púrpura llegó el soneto rey,

    y allí cantaron todos... Entre la algarabía,

    me fascinó el espíritu, por su coquetería

    alguna estrofa aguda que excitó mi deseo,

    con el retintín claro de su campanilleo.

    Y la escogí entre todas... Por regalo nupcial

    le di unas rimas ricas, de plata y de cristal.

    En ella conté un cuento, que huyendo lo servil

    tomó un carácter trágico, fantástico y sutil,

    era la historia triste, desprestigiada y cierta

    de una mujer hermosa, idolatrada y muerta,

    y para que sintieran la amargura, exprofeso

    junté sílabas dulces como el sabor de un beso,

    bordé las frases de oro, les di música extraña

    como de mandolinas que un laúd acompaña,

    dejé en una luz vaga las hondas lejanías

    llenas de nieblas húmedas y de melancolías

    y por el fondo oscuro, como en mundana fi esta,

    cruzan ágiles máscaras al compás de la orquesta,

    envueltas en palabras que ocultan como un velo,

    y con caretas negras de raso y terciopelo,

    cruzar hice en el fondo las vagas sugestiones

    de sentimientos místicos y humanas tentaciones...

    Complacido en mis versos, con orgullo de artista,

    les di olor de heliotropos y color de amatista...

    Le mostré mi poema a un crítico estupendo...

    Y lo leyó seis veces y me dijo... «¡No entiendo!».

     

     

     



    I

     

     

     

    Ampliar la noticia

    GREGORIO GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, CLÁSICO DE LA POESÍA ANTIOQUEÑA

    Gregorio Gutiérrez González, clásico de la poesía antioqueña

     

    Gregorio Gutiérrez González (La Ceja del Tambo 1826 – Medellín 1872).

     

    Uno de los poetas más americanos que ha existido”, dijo de él don Marcelino Menéndez y Pelayo. Su poema “Memoria del cultivo del maíz en Antioquia” es un viaje épico por la siembra de este grano, en un lenguaje bucólico, regional, sencillo. “Yo no escribo español sino antioqueño”, afirmaba.

     

     

    ¿ POR QUÉ NO CANTO ?

     

    ¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma

    que cuando asoma en el oriente el sol,

    con tierno arrullo su canción levanta,

    y alegre canta

    la dulce aurora de su dulce amor?

    ¿Y no la has visto cuando el sol avanza

    y ardiente lanza rayos del cenit,

    que, fatigada, tiende silenciosa

    ala amorosa

    sobre su nido, y calla, y es feliz?

    Todos cantamos en la edad primera

    cuando hechicera inspíranos la edad,

    y publicamos necios, indiscretos,

    muchos secretos

    que el corazón debiera sepultar.

    Cuando al encuentro del placer salimos,

    cuando sentimos el primer amor,

    entusiasmados de placer cantamos,

    y evaporamos

    nuestra dicha al compás de una canción.

    Debe cantar el que en su pecho siente

    que brota ardiente su primer amor;

    debe cantar el corazón que, herido,

    llora afl igido,

    si ha de ser inmortal su inspiración.

    Porque la lira, en cuyo pie grabado

    un nombre amado por nosotros fue,

    debe a los cielos levantar sus notas,

    o hacer que rotas

    todas sus cuerdas para siempre estén.

    Pero cantar cuando insegura y muerta

    la voz incierta triste sonará...

    pero cantar cuando jamás se eleva

    y el aire lleva

    perdida la canción...¡triste es cantar!

    ¡Triste es cantar cuando se escucha al lado

    de enamorado trovador la voz!

    ¡Triste es cantar cuando impotentes vemos

    que no podemos

    nuestras voces unir a la canción!

    Mas tú debes cantar. Tú con tu acento

    al sentimiento más nobleza das;

    tus versos pueden, fáciles y tiernos,

    hacer eternos

    tu nombre y tu laúd... ¡Debes cantar!

    ¡Canta, y arrulle tu canción sabrosa

    mi silenciosa, humilde oscuridad!

    Canta, que es solo a los aplausos dado

    con eco prolongado

    tu voz interrumpir... ¡Debes cantar!

    Pero no puedes, como yo he podido,

    en el olvido sepultarte tú;

    que sin cesar y por doquier resuena

    y el aire llena

    la dulce vibración de tu laúd.

    No hay sombras para ti. Como el cocuyo,

    el genio tuyo ostenta su fanal;

    y huyendo de la luz, la luz llevando

    sigue alumbrandolas mismas sombras que buscando va.

     

    MEMORIA SOBRE EL CULTIVO DEL MAIZ EN ANTIOQUIA

     

    CAPITULO I
    De los terrenos propios para el cultivo, y manera de hacerse los barbechos, que decimos rozas.

    Buscando en dónde comenzar la Roza,

    De un bosque primitivo la espesura,
    Treinta peones y un patrón por jefe
    Van recorriendo en silenciosa turba.

    Vestidos todos de calzón de manta,
    Y de camisa de coleta cruda,
    Aquél a la rodilla, ésta a los codos,
    Dejan sus formas de titán desnudas

    El sombrero de caña con el ala
    Prendida de la copa con la aguja,
    Deja mirar el bronceado rostro
    Que la bondad y la franqueza anuncia.

    Atado por detrás con la correa
    Que el pantalón sujeta a la cintura,
    Con el recado de sacar candela,
    Llevan repleto su carriel de nutria.

    Envainado y pendiente del costado
    Va su cuchillo de afilada punta;
    Y en fin, al hombro, con marcial despejo,
    El calabozo que en el sol relumbra.

    Al fin eligen un tendón de tierra
    Que dos quebradas serpeando cruzan,
    En el declive de una cuesta amena,
    Poco cargada de maderas duras.

    Y dan principio a socolar el monte,
    Los peones formados en columna;
    A seis varas distante uno de otro
    Marchan de frente con presteza suma.

    Voleando el calabozo a un lado y otro,
    Que relámpagos forma en la espesura,
    Los débiles arbustos, los helechos
    Y los bejucos por doquiera truncan.

    Las matambas, los chusques, los carrizos,
    Que formaban un toldo de verdura,
    Todo deshecho y arrollado cede
    Del calabozo a la encorvada punta.

    Con el rastro encendido, jadeantes,
    Los unos a los otros se estimulan;
    Ir adelante alegres quieren todos,
    Romper la fila cada cual procura.

    Cantando a todo pecho la guabina,
    Canción sabrosa, dejativa y ruda,
    Ruda cual las montañas antioqueñas
    Donde tiene su imperio y fue su cuna.

    No miran en su ardor a la culebra
    Que entre las hojas se desliza en fuga
    Y presurosa en su sesgada marcha,
    Cinta de azogue, abrillantada undula;

    Ni de monos observan las manadas
    Que por las ramas juguetonas cruzan;
    Ni se paran a ver de aves alegres
    Las mil bandadas de pintadas plumas;

    Ni ven los saltos de la inquieta ardilla,
    Ni las nubes de insectos que pululan,
    Ni los verdes lagartos que huyen listos,
    Ni el enjambre de abejas que susurra.

    Concluye la socola. De malezas
    Queda la tierra vegetal desnuda.
    Los árboles elevan sus cañones
    Hasta perderse en prodigiosa altura.

    Semejantes de un templo a los pilares
    Que sostienen su toldo de verdura;
    Varales largos de ese palio inmenso,
    De esa bóveda verde altas columnas.

    El viento, en su follaje entretejido,
    Con voz ahogada y fúnebre susurra,
    Como un eco lejano de otro tiempo,
    Como un vago recuerdo de ventura.

    Los árboles sacuden sus bejucos,
    Cual destrenzada cabellera rubia
    Donde tienen guardados los aromas
    Con que el ambiente, en su vaivén, perfuman.

    De sus copas galanas se desprende
    Una constante, embalsamada lluvia
    De frescas flores, de marchitas hojas,
    Verdes botones y amarillas frutas.

    Muestra el cachimbo su follaje rojo,
    Cual canastillo que una ninfa pura
    En la fiesta del Corpus, lleva ufana
    Entre la virgen, inocente turba.

    El guayacán con su amarilla copa
    Luce a lo lejos en la selva oscura,
    Cual luce entre las nubes una estrella,
    Cual grano de oro que la jagua oculta.

    El azucena, el floro-azul, el caunce
    Y el yarumo, en el monte se dibujan
    Como piedras preciosas que recaman
    El manto azul que con la brisa undula.

    Y sobre ellos gallarda se levanta,
    Meciendo sus racimos en la altura,
    Recta y flexible la altanera palma,
    Que aire mejor entre las nubes busca.

    Ved otra vez a los robustos peones
    Que el mismo bosque secular circundan;
    Divididos están en dos partidas,
    Y un capitán dirige cada una.

    Su alegre charla, sus sonoras risas,
    No se oyen ya, ni su canción se escucha;
    De una grave atención cuidado serio
    Se halla pintado en sus facciones rudas.

    En lugar del ligero calabozo
    La hacha afilada con su mano empuñan;
    Miran atentos el cañón del árbol,
    Su comba ven, su inclinación calculan.

    Y a dos manos el hacha levantando,
    Con golpe igual y precisión segura,
    Y redoblando golpes sobre golpes,
    Cansan los ecos de la selva augusta.

    Anchas astillas y cortezas leves
    Rápidamente por el aire cruzan;
    A cada golpe el árbol se estremece,
    Tiemblan sus hojas, y vacila... y duda...

    Tembloroso un momento cabecea,
    Cruje en su corte, y en graciosa curva
    Empieza a descender, y rechinando
    Sus ramas enlazadas se apañuzcan;

    Y silbando al caer, cortando el viento,
    Despedazado por los aires zumba...
    Sobre el tronco el peón apoya el hacha
    Y el trueno, al lejos, repetir escucha.

    Las tres partidas observad. A un tiempo
    Para echar una galga se apresuran;
    En tres faldas distintas, el redoble
    Se oye del hacha en variedad confusa.

    Un fila de árboles picando,
    Sin hacerlos caer, está la turba,
    Y arriba de ellos, para echarlo encima,
    El más copudo por madrino buscan.


    Y recostando andamios en su tronco
    Para cortarlo a regular altura,
    Sobre las bambas y al andamio trepan
    Cuatro peones con destreza suma.

    Y en rededor del corpulento tronco
    Sus hachas baten y a compás sepultan,
    Y repiten hachazos sobre hachazos
    Sin descansar, aunque en sudor se inundan.

    Y vencido por fin, cruje el madrino,
    Y el otro más allá: todos a una,
    Las ramas extendidas enlazando,
    Con otras ramas enredadas pugnan;

    Y abrazando al caer los de adelante,
    Se atropellan, se enredan y se empujan,
    Y así arrollados en revuelta tromba
    En trueno sordo, aterrador, retumban...

    El viento azota el destrozado monte,
    Leves cortezas por el aire cruzan,
    Tiembla la tierra, y el estruendo ronco
    Se va a perder en las lejanas grutas.

    Todo queda en silencio. Acaba el día,
    Todo en redor desolación anuncia.
    Cual hostia santa que se eleva al cielo
    Se alza callada la modesta luna.

    Troncos tendidos, destrozadas ramas,
    Y un campo extenso desolado alumbra,
    Donde se ven como fantasmas negros
    Los viejos troncos, centinelas mudas.


     

    CAPITULO II
    Que trata de la limpia y abono de los terrenos, muy especialmente por el método de la quema. De la manera de hacer las habitaciones, y de la siembra.

    Un mes se pasa. El sol desde la altura
    Manda a la Roza, vertical su rayo;
    Ya los troncos, las ramas y las hojas
    Han tostado los vientos del verano.

    Las hojas en las ramas se encartuchan,
    Sobre los troncos se blanquean los ramos,
    Y las secas cortezas se desprenden,
    De trecho en trecho, de los troncos largos.

    Aquí y allá la enredadera verde
    Tímida muestra sus primeros tallos,
    La guadua ostenta su primer retoño
    De terciopelo de color castaño.

    Ya el verano llegó para la quema;
    La Candelaria ya se va acercando,
    Es un domingo a medio día.
    El viento Barre las nubes en el cielo claro.

    Por la orilla del monte los peones
    Vagan al rededor del derribado,
    Con los hachones de cortezas secas
    Con flexibles bejucos amarrados.

    Prenden la punta del hachón con yesca,
    Y brotando la llama al ventearlo
    Varios fogones en contorno encienden,
    La Roza toda en derredor cercando.

    Lame la llama con su inquieta lengua
    La blanca barba a los tendidos palos;
    Prende en las hojas y chamizas secas,
    Y se avanza, temblante, serpeando.

    Vese de lejos la espiral del humo
    Que tenue brota caprichoso y blanco,
    O lento sube en copos sobre copos,
    Como blanco algodón escarmenado.

    La llama crece; envuelve la madera
    Y se retuerce en los nudosos brazos,
    Y silba, y desigual chisporrotea,
    Lenguas de fuego por doquier lanzando.

    Y el fuego envuelto en remolinos de humo,
    Por los vientos contrarios azotado
    Se alza a los cielos, o a lo lejos prende
    Nuevas hogueras con creciente estrago.

    Ensordecen los aires el traquido
    De las guaduas y troncos reventando,
    Del huracán el mugidor empuje,
    De las llamas el trueno redoblado.

    Y nubes sobre nubes se amontonan
    Y se elevan el cielo encapotando
    De un humo negro que arrebata chispas,
    Pardas cenizas y quemados ramos.

    Aves y fieras asustadas huyen;
    Pero encuentran el fuego a todos lados,
    El fuego, que se avanza lentamente,
    Estrechando su círculo incendiario.

    Al ave que su prole dejar teme,
    La encierra el humo al rededor volando,
    Y con sus alas chamuscadas cae
    Junto del nido que le fue tan caro.

    Aquí y allá se vuelve la serpiente,
    Buscando una salida, y en su espanto
    Se exaspera, se enrosca, se retuerce,
    Y el fuego cierra el reducido campo.

    Del aire al soplo se dilata el humo
    Hasta que llena el anchuroso espacio;
    Rosados se perciben los objetos;
    Redondo y rojo el sol se ve sin rayos.

    Sobre el monte, la Roza y el contorno
    Tiende la noche su callado manto,
    Bordado con las chispas del incendio,
    Que parecen cocuyos revolando.

    Se ve de lejos la quemada Roza,
    Con los restos del fuego no apagado,
    Donde brillan inciertos mil fogones,
    Cual vivac de un ejército acampado.

    El lunes de mañana, los peones
    Van, en la Roza, a improvisar un rancho;
    Como hormigas arrieras se dispersan
    Los materiales cada cual buscando.

    Van llegando cargados con horquetas,
    Estantillos, soleras, encañados,
    Latas y paja y ruedas de bejuco,
    En un plancito, todo amontonado.

    En línea recta clavan tres horquetas,
    La cumbrera sobre ellas levantando,
    Para formar el, rancho vara en tierra,
    Con un pequeño alar al otro lado.

    Los encañados con bejuco amarran,
    En la larga cumbrera recostados,
    Y formando sobre ellos una reja
    Concluyen con destreza el enlatado.

    Empezando de abajo para arriba,
    El rancho en derredor van empajando,
    Pajas diversas confundidas mezclan;
    Palmicho, santainés y rabihorcado.

    Y después de formarle el caballete
    Lo dividen en dos con un cercado.
    Del un lado colocan la cocina,
    De habitación sirviendo el otro lado.

    Hacen la barbacoa, en que colocan
    Las ollas, las cucharas y los platos;
    Ponen la vara de colgar la carne,
    Y las tres piedras de fogón debajo.

    La piedra de moler en cuatro estacas
    Aseguran muy bien, y en otras cuatro
    Una cuyabra aparadora ponen,
    Y a su lado, con agua, un calabazo.

    Es hora de sembrar. Ya los peones
    Con el catabre sembrador terciado,
    Se colocan en fila al pie del monte,
    Guardando de distancia cuatro pasos;

    Y con un largo recatón de punta
    Hacen los hoyos con la diestra mano,
    Donde arrojan mezclada la semilla:
    Un grano de frisol, de maíz cuatro.

    Dan con el mismo recatón un golpe
    Sobre el terrón para cubrir el grano,
    Y otros hoyos haciendo, en recto surco,
    Siguen de frente y avanzando un paso.

    Se miran desplegados en guerrilla,
    Como haciendo ejercicio los soldados;
    Como blancas manadas de corderos,
    Sobre el oscuro fondo del quemado.

    Cantando alegres, siempre la guabina,
    Teñidos de carbón, siguen sembrando,
    Haciendo calles paralelas, rectas...
    Y al llegar la oración vuelven al rancho.


    CAPITULO III


    Método sencillo de regar las sementeras, y provechosas advertencias para espantar los animales que hacen daño en los granos.

    Hoy es domingo. En el vecino pueblo
    Las campanas con júbilo repican,
    Del mercado en la plaza ya hormiguean
    Los campesinos al salir de misa.

    Hoy han resuelto los vecinos todos
    Hacer a la patrona rogativa,
    Para pedirle que el verano cese,
    Pues lluvia ya las rozas necesitan.

    De golpe el gran rumor calla en la plaza,
    El sombrero, a una vez, todos se quitan....
    Es que a la puerta de la iglesia asoma
    La procesión en prolongada fila.

    Va detrás de la cruz y los ciriales
    Una imagen llevada en andas limpias,
    De la que siempre, aun en imagen tosca
    Llena de gracia y de pureza brilla.

    Todo el pueblo la sigue, y en voz baja
    Sus oraciones cada cual recita,
    Suplicando a los cielos que derramen
    Fecunda lluvia que la tierra ansía.

    ¡Hay algo de sublime, algo de tierno
    En aquella oración pura y sencilla,
    Inocente paráfrasis del pueblo,
    Del "Danos hoy el pan de cada día!"

    Nuestro patrón y el grupo de peones
    Mezclados en la turba se divisan
    Murmurando sus rezos, porque saben
    Que Dios su oreja a nuestro ruego inclina.

    Pero, no. Yo no quiero con vosotros
    Asistir a esa humilde rogativa;
    Porque todos nosotros somos sabios,
    Y no quisimos asistir a misa.

    Y ya la moda va quitando al pueblo
    El único tesoro que tenía.
    (Una duda me queda solamente:
    ¿Con qué le pagará lo que le quita?)

    Brotaron del maíz en cada hoyo
    Tres o cuatro maticas amarillas,
    Que con dos hojas anchas y redondas
    La tierna mata de frisol abriga.

    Salpicada de estrellas de esmeralda
    Desde lejos la Roza se divisa;
    Manto real de terciopelo negro
    Que las espaldas de un titán cobija.

    Aborlonados sus airosos pliegues
    Formados de cañadas y colinas;
    Con el humo argentado de su rancho,
    De sus quebradas con la blanca cinta.

    El maíz con las lluvias va creciendo
    Henchido de verdor y lozanía,
    Y en torno dél, entapizando el suelo,
    Va naciendo la yerba entretejida.

    Por doquiera se prenden los bejucos
    Que la silvestre enredadera estira;
    Y en florida espiral trepando, envuelve
    Las cañas del maíz la batatilla.

    Sobre esa alfombra de amarillo y verde
    Los primeros retoños se divisan,
    Que en grupos brotan del cortado tronco
    Al cual su savia exuberante quitan.

    Ya llegó la deshierba; la ancha Roza
    De peones invade la cuadrilla,
    Y armados de azadón y calabozo
    La yerba toda y la maleza limpian.

    Queda el maíz en toda su belleza,
    Mostrando su verdor en largas filas,
    En las cuales se ve la frisolera,
    Con lujo tropical entretejida.

    ¡Qué bello es el maíz! Mas la costumbre
    No nos deja admirar su bizarría,
    Ni agradecer al cielo ese presente,
    Sólo porque lo da todos los días.

    El don primero que con mano larga
    Al Nuevo Mundo el Hacedor destina;
    El más vistoso pabellón que undula
    De la virgen América en las cimas.

    Contemplad una mata. A cada lado
    De su caña robusta y amarilla,
    Penden sus tiernas hojas arqueadas,
    Por el ambiente juguetón mecidas.

    Su pie desnudo muestra los anillos
    Que a trecho igual sobre sus nudos brillan,
    Y racimos de dedos elegantes,
    En los cuales parece que se empina.

    Más distantes las hojas hacia abajo,
    Más rectas y agrupadas hacia arriba,
    Donde empieza a mostrar tímidamente
    Sus blancos tilos la primera espiga,

    Semejante a una joven de quince años,
    De esbeltas formas y de frente erguida,
    Rodeada de alegres compañeras
    Rebosando salud y ansiando dicha.

    Forma el viento al mover sus largas hojas,
    El rumor de dulzura indefinida
    De los trajes de seda que se rozan
    En el baile de bodas de una niña.

    Se despliegan al sol y, se levantan
    Ya doradas, temblando, las espigas,
    Que sobresalen cual penachos jaldes
    De un escuadrón en las revueltas filas.

    Brota el blondo cabello del Pilote,
    Que muellemente al despuntar se inclina;
    El manso viento con sus hebras juega
    Y cariñoso el sol las tuesta y riza.

    La mata el seno suavemente abulta
    Donde la tusa aprisionada cría,
    Y allí los granos como blancas perlas,
    Cuajan envueltos en sus hojas finas.

    Los chócolos se ven a cada lado,
    Como rubios gemelos que reclinan,
    En los costados de su joven madre,
    Sus doradas y tiernas cabecitas.

    El pajarero, niño de diez años,
    Desde su andamio sin cesar vigila
    Las bandadas de pájaros diversos,
    Que hambrientos vienen a ese mar de espigas.

    En el extremo de una vara larga
    Coloca su sombrero y su camisa;
    Y silbando, y cantando, y dando gritos,
    Días enteros el sembrado cuida.

    Con su churreta de flexibles guascas
    Que fuertemente al agitar rechina;
    Desbandadas las aves se dispersan
    Y fugitivas corren las ardillas.

    Los pericos en círculos volando
    En caprichosas espirales giran;
    Dando al sol su plumaje de esmeralda
    Y al aire su salvaje algarabía.

    Y sobre el verde manto de la Roza
    El amarillo de los taches brilla,
    Como onzas de oro en la carpeta verde
    De una mesa de juego repartidas.

    Meciéndose galán y enamorado,
    Gentil turpial en la flexible espiga,
    Rubí con alas de azabache, ostenta
    Su bella pluma y su canción divina.

    El duro pico del chamán desgarra
    De las hojas del chócolo las fibras,
    Dejando ver los granos, cual los dientes
    De una bella al través de su sonrisa.

    Cuelga el gulungo su oscilante nido
    De un árbol en las ramas extendidas,
    Y se columpia blandamente al viento,
    Incensario de rústica capilla.

    La boba, el carriquí, la guacamaya,
    El afrechero, el diostedé, la mirla,
    Con sus pulmones de metal que aturden,
    Cantan, gritan, gorjean, silban, chillan.


    CAPITULO IV


    De la recolección de frutos y de cómo deben alimentarse los trabajadores.

    Es el amanecer de un día de junio;
    El sol no asoma, pero ya blanquea
    Por el oriente el aplomado cielo,
    Con la sonrisa de su luz primera.

    Ya dio el gurri su fúnebre chillido
    Largo y agudo, en la vecina selva;
    Ya la Roza se va cubriendo en partes
    Con los jirones de su chal de nieblas.

    Lanza la choza cual penacho blanco
    La vara de humo que se eleva recta;
    Es que antes que el sol y que las aves
    Se levantó, al fogón, la cocinera.

    Ya tiene preparado el desayuno
    Cuando el peón más listo se despierta;
    Chocolate de harina en coco negro
    Recibe cada cual, con media arepa.

    Con un costal terciado cada uno
    Todos saliendo van; sólo se queda
    El muchacho que debe cargar agua,
    Fregar los trastos y rajar la leña.

    Van a coger frisoles; por la Roza
    Los peones sin orden se dispersan
    Cogiendo a manotadas los racimos
    Que de las matas enredados cuelgan.

    Los chócolos picados por las aves
    Cogen también, y los que están en tierra
    Echan en el costal y los revuelven
    De los frisoles con las vainas secas.

    El que llena su tercio a vaciarlo
    Va en el rancho, y se vuelve a la faena;
    Y llenando y vaciando sus costales
    Siguen sin descansar hasta que almuerzan.

    Mientras que van y vuelven los peones
    Que han almorzado ya, la cocinera,
    Infatigable y siempre con buen modo,
    Se ocupa sin cesar en sus tareas.

    En la misma cuyabra aparadora
    Pone el maíz a remojar, y deja
    La mitad para hacer la mazamorra,
    La otra mitad para moler la arepa.

    Era la cocinera una muchacha
    Agil, arrutanada, alta y morena,
    Que su saya de fula con el chumbe
    En su cintura arregazada lleva.

    Descubiertas los brazos musculosos
    Y la redonda pantorrilla muestra
    Con inocente libertad, pues sabe
    Que sólo para andar sirven las piernas.

    Medio cubre su seno prominente
    La camisa de tira de arandela,
    En donde se sepulta su rosario
    Con sus cuentas de oro y su pajuela.

    Un poco cortas, negras y brillantes,
    De su crespo cabello las dos trenzas,
    Rematando sus puntas en cachumbos,
    Graciosamente por la espalda cuelgan.

    Pero vedla cascando mazamorra,
    O moliendo en su trono, que es la piedra;
    A su vaivén cachumbos y mejillas,
    Arandelas y seno, todo tiembla.

    Arreglado el fogón alza dos ollas,
    Y los frisoles echa en la pequeña;
    Va en la grande a poner la mazamorra,
    De su quehacer la operación más seria.

    Se moja en agua-masa las dos manos,
    Las pone encima de ceniza fresca,
    Las sacude muy bien, y en la agua-masa
    Las lava luego y la ceniza deja.

    De agua-masa y arroz llena la olla,
    Le echa la bendición, y la menea
    Con el ahumado mecedor de palo;
    Sopla el fogón y aviva la candela.

    Acaba de moler, y con la masa
    Va extendiendo en las manos las arepas,
    Que coloca después en la cayana;
    Ya tostadas de un lado, las voltea.

    Y luego las entierra en el rescoldo,
    Y brasas amontona encima de ellas,
    Y chócolos encima de las brasas
    Pone a asar recostados a las piedras:

    Estos se van dorando poco a poco;
    Los granos al calor se caponean
    Y exhalan un olor... que aun los peones
    Cuando vienen, un chócolo se llevan.

    A las dos de la tarde suena el cacho
    Para que todos hacia el rancho vengan,
    Pues ya está la comida. Van llegando
    Y en el suelo sentados forman rueda.

    El muchacho que ayuda en la cocina
    Reparte a los peones las arepas;
    De frisoles con carne de marrano
    Un plato lleno a cada par entrega.

    En seguida les da la mazamorra,
    Que algunas de ellos con la leche mezclan;
    Otros se bogan el caliente claro
    Y se toman la leche con la arepa.

    Medio cuarto de dulce melcochudo
    Les sirve para hacer la sobremesa,
    Y una totuma rebosando de agua
    Su comida magnífica completa.

    ¡Salve, segunda trinidad bendita,
    Salve, frisoles, mazamorra, arepa!
    Con nombraros no más se siente hambre.
    "¡No muera yo sin que otra vez os vea!"

    Pero hay ¡gran Dios! algunos petulantes,
    Que sólo porque han ido a tierra ajena,
    Y han comido jamón y carnes crudas,
    De su comida y su niñez reniegan.

    Y escritores parciales y vendidos
    De las papas pregonan la excelencia,
    Pretendiendo amenguar la mazamorra,
    Con la calumnia vil, sin conocerla.

    Yo quisiera mirarlos en Antioquia
    Y presentarles la totuma llena
    De mazamorra de esponjados granos,
    Más blancos que la leche en que se mezclan;

    Que metieran en ella la cuchara,
    Y la sacaran del manjar repleta,
    Cual isla de marfil que flota en leche,
    Coma mazorca de nevadas perlas;

    Y que dejando chorrear el claro
    La comieran después, y que dijeran,
    Si es que tienen pudor, si con las papas
    Alguno habrá que compararla pueda.

    ¡Oh, comparar con el maíz las papas,
    Es una atrocidad, una blasfemia!
    ¡Comparar con el rey que se levanta
    La ridícula chiza que se entierra!

    Y ¿qué dirían si frisoles verdes
    Con el mote de chócolo comieran,
    Y con una tajada de aguacate
    Blanda, amarilla, mantecosa, tierna...?

    ¿Si una postrera de espumosa leche
    Con arepa de chócolo bebieran,
    Una arepa dorada envuelta en hojas,
    Que hay que soplar porque al partirla humea?

    Y la natilla.... ¡Oh!, la más sabrosa
    De todas las comidas de la tierra,
    Con aquella dureza tentadora
    Con que sus flancos ruborosos tiemblan....

    ¡Y tú también, la fermentada en tarros,
    Remedio del calor, chicha antioqueña!
    Y el mote, los tamales, los masatos,
    El guarrús, los buñuelos, la conserva...

    ¡Y mil y mil manjares deliciosos
    Que da el maíz en variedad inmensa....!
    Empero, con la papa, la vil papa,
    ¿Qué cosa puede hacerse....? No comerla.

    A veces el patrón lleva a la Roza
    A los niños pequeños de la hacienda,
    Después de conseguir con mil trabajos
    Que conceda la madre la licencia.

    Sale la turba gritadora, alegre,
    A asistir juguetona a la cogienda,
    Con carrieles y jíqueras terciados
    Cual los peones sus costales llevan.

    ¿Quién puede calcular los mil placeres
    Que proporciona tan sabrosa fiesta....?
    ¡Amalaya volver a aquellos tiempos,
    Amalaya esa edad pura y risueña!

    Avaro guarda el corazón del hombre
    Esos recuerdos que del niño quedan;
    Ese rayo de sol en una cárcel
    Es el tesoro de la edad proyecta.

    También la juventud guarda recuerdos
    De placeres sin fin.... pero con mezcla.
    Las memorias campestres de la infancia
    Tienen siempre el sabor de la inocencia.

    Esos recuerdos con olor de helecho
    Son el idilio de la edad primera,
    Son la planta parásita del hombre,
    Que aún seco el árbol, su verdor conservan.

    Pero en tanto vosotros, pobres socios
    De una escuela de artes y de ciencias,
    Siempre en medio de libros y papeles
    Y viviendo en ciudades opulentas;

    Nacidos en la alcoba empapelada
    De una casa sin patios y sin huerta,
    Que jamás conocisteis otro árbol
    Que el naranjo del patio de la escuela;

    Vosotros ¡ay! cuyos primeros pasos
    Se dieron en alfombras y en esteras,
    Y lo que es más horrible, con botines,
    Vosotros que nacisteis con chaqueta;

    Vosotros, que no os criasteis en camisa
    Cruzando montes y saltando cercas,
    ¡Oh, no podéis saber, desventurados,
    Cuánta es la dicha que un recuerdo encierra!

    ¿Con cuál, decidme, alegraréis vosotros
    De la helada vejez las horas lentas,
    Si no tuvisteis perros ni gallinas
    Ni disteis muerte a patos ni culebras?

    No endulzarán vuestros postreros días
    El sabroso balar de las ovejas,
    De las vacas el nombre, uno por uno,
    La imagen del solar, piedra por piedra;

    Las sabaletas conservadas vivas,
    Sirviendo de vivero una batea;
    Las moras y guayabas del rastrojo,
    El columpio del guamo de la huerta;

    La golondrina a la oración volando
    Al rededor de las tostadas tejas,
    La queja del pichón aprisionado,
    La siempre dulce reprensión materna;

    La cometa enredada en el papayo,
    Los primeros perritos de Marbella...
    En fin... vuestra vejez será horrorosa,
    Pues no habéis asistido a una cogienda.

     

     

     

     

     

    Ampliar la noticia

    RAÚL GÓMEZ JATTIN, POETA MALDITO


     

    RAÚL GÓMEZ JATTIN, poeta maldito 

    RAÚL GÓMEZ JATTIN. (Cartagena de Indias, 1945 - 1997). Se trasladó a Bogotá donde comenzó a estudiar Derecho. Allí, aparte de sus estudios se dedicó al teatro, participando como actor en varios montajes y haciendo adaptaciones de obras literarias que se dieron a conocer principalmente en la revista literaria Puesto de Combate. En 1989 vuelve a Cartagena, donde muere atropellado por un bus sin que haya sido posible determinar si se trató de un accidente o un suicidio.
    Obra. Sus poemas están relacionados profundamente con la naturaleza y el amor. Dedica una buena parte de su poesía a narrar parte de sus experiencias sexuales, las cuales une a su concepción profunda de la naturaleza, en donde todo en ella es susceptible de ser penetrado; concibiendo que la gran religión es la metafísica del sexo. Otra parte importante de su poesía está dedicada al paisaje y la vida en los pueblos cercanos a la rivera del río Sinú. En ellos habla de las frutas, los animales y el paisaje de esta zona del norte de Colombia.

    Obras publicadas: Poemas (1980)
    Retratos (1980-1986)
    Amanecer en el valle del Sinú (1983-1986)
    Del Amor (1982-1987)
    Hijos del tiempo
    Esplendor de la mariposa (1993).
    Los poetas, amor mío... (1999) -Libro póstumo-.
    El libro de la locura (2000) -Libro póstumo-.


     

    EL DIOS QUE ADORA

    Son un dios en mi pueblo y mi valle
    No porque me adoren Sino porque yo lo hago
    Porque me inclino ante quien me regala
    unas granadillas o una sonrisa de su heredad
    O porque voy donde sus habitantes recios
    a mendigar una moneda o una camisa y me la dan
    Porque vigilo el cielo con ojos de gavilán
    y lo nombro en mis versos Porque soy solo
    Porque dormí siete meses en una mecedora
    y cinco en las aceras de una ciudad
    Porque a la riqueza miro de perfil
    mas no con odio Porque amo a quien ama
    Porque sé cultivar naranjos y vegetales
    aún en la canícula Porque tengo un compadre
    a quien le bauticé todos los hijos y el matrimonio
    Porque no soy bueno de una manera conocida
    Porque amo los pájaros y la lluvia y su intemperie
    que me lava el alma Porque nací en mayo
    Porque mi madre me abandonó cuando
    precisamente
    más la necesitaba Porque cuando estoy enfermo
    voy al hospital de caridad Porque sobre todo
    respeto solo al que lo hace conmigo Al que trabaja
    cada día un pan amargo y solitario y disputado
    como estos versos míos que le robo a la muerte.


     

    CASI OBSCENO

    Si quisieras oír lo que me digo en la almohada
    el rubor de tu rostro sería la recompensa
    Son palabras tan íntimas como mi propia carne
    que padece el dolor de tu implacable recuerdo

    Te cuento ¿Sí? ¿No te vengarás un día? Me digo:
    Besaría esa boca lentamente hasta volverla roja
    Y en tu sexo el milagro de una mano que baja
    en el momento más inesperado y como por azar
    lo toca con ese fervor que inspira lo sagrado

    No soy malvado Trato de enamorarte
    Intento ser sincero con lo enfermo que estoy
    y entrar en el maleficio de tu cuerpo
    como un río que teme al mar pero siempre muere en él

    Raúl Gómez Jattin (Cartagena, 1945-1997)
    Libros publicados: Poemas (1980); Retratos (1986); Amanecer en el valle del Sinú (1986); Del amor (1987); Hijos del tiempo; El esplendor de la mariposa.

     

    UN PROBABLE CONSTANTINO CAVAFIS A LOS 19

    Esta noche asistirá a tres ceremonias peligrosas
    El amor entre hombres
    Fumar marihuana
    Y escribir poemas

    Mañana se levantará pasado el mediodía
    Tendrá rotos los labios
    Rojos los ojos
    Y otro papel enemigo

    Le dolerán los labios
    Y le arderán los ojos como colillas encendidas
    Y ese poema tampoco expresará su llanto


    DE LO QUE SOY

    En este cuerpo
    en el cual la vida ya anochece
    vivo yo
    Vientre blando y cabeza calva
    Pocos dientes
    Y yo adentro
    como un condenado
    Estoy adentro y estoy enamorado
    y estoy viejo
    Descifro mi dolor con la poesía
    y el resultado es especialmente doloroso
    voces que anuncian: ahí vienen tus angustias
    voces quebradas: pasaron ya tus días

    La poesía es la única compañera
    acostúmbrate a sus cuchillos
    que es la única


    ME DEFIENDO

    Antes de devorarle su entraña pensativa
    Antes de ofenderlo de gesto y palabra
    Antes de derribarlo
    Valorad al loco
    Su indiscutible propensión a la poesía
    Su árbol que le crece por la boca
    con raíces enredadas en el cielo

    Él nos representa ante el mundo
    con su sensibilidad dolorosa como un parto

     

    Raúl Gómez Jattin su voz lírica

    Por PAUL BRITO RAMOS

    Raúl Gómez Jattin es ese poeta colombiano que se fue volviendo loco y terminó bajo las llantas de un autobús en Cartagena de Indias el 22 de mayo de 1997. Esto de ‘poeta’, de ‘loco’ y de ‘muerte’ o ‘suicidio’ no sería una combinación sorprendente si no fuera porque es uno de los poetas más talentosos y logrados que ha dado Colombia en las últimas décadas.

    Nacido el 31 de mayo de 1945 en Cereté, en el norteño departamento de Córdoba, en medio del Valle del Sinú, Gómez Jattin, hijo de padre español y madre árabe, recibió de parte del primero una gran influencia cultural e intelectual, y de su madre, un cargado influjo emocional y psicológico. El señor Joaquín Gómez, como se llamaba su padre, quería verlo convertido en un gran abogado; Raúl cedió y se fue a estudiar a Bogotá, pero terminó enganchado en el teatro y, de paso, en la marihuana.

    La larga tensión edípica con su madre tampoco resultó muy beneficiosa. Su profesor de teatro de esa época cuenta la vez que fue con su esposa de luna de miel a Cereté y se hospedó en la casa de la Niña Lola (como le decían a la madre de Raúl): “Mi esposa entró al cuarto a preguntarle algo a la Niña Lola y la encontró dándole el pecho a Raúl, que era ya un hombre de 25 años. Y cuando ya nos volvíamos a Bogotá, ella me dijo, ‘Cuida a Raúl, que es un niño grande’”.

    Cuando su padre murió, a finales de 1976, Raúl comenzó a dar muestras de demencia. Gabriel Chadid, su medio hermano, recuerda aquellos días: “Mientras el viejo estuvo enfermo, Raúl permaneció muy drogado y no toleró la idea de la muerte. Una vez fallecido nuestro padre, se enloqueció. Se quitó la ropa, se desnudó. Se había quemado, sacado los dientes, se afeitó el cabello y las cejas. Siempre había sido un neurótico como nosotros. Desde entonces se volvió sicótico”.

    Comenzaría así un largo recorrido por hospitales siquiátricos y cárceles. Raúl prefería las cárceles porque “en los manicomios hay mucho loco”, decía. Al mismo tiempo, sin embargo, iba escribiendo con mucha sobriedad y lucidez maravillosos libros de poesía como Tríptico cereteano, Hijos del tiempo y El esplendor de la mariposa, siempre debatiéndose entre sus dos personalidades: el loco agresivo que la emprende contra sus amigos y seres queridos, y el que se muestra amoroso, sensible y exquisito. “Tengo un corazón de mango, pero no te encuentres conmigo”, advierte en un poema. Y en otro, con el nombre de ‘Conjuro’...

    Los habitantes de mi aldea/ dicen que soy un hombre/ despreciable y peligroso/ y no andan muy equivocados/ Despreciable y peligroso/ eso han hecho de mí la poesía y el amor/ Señores habitantes/ Tranquilos/ que sólo a mí/ suelo hacer daño”.

     

     

     

    “Gómez Jattin —dice una vieja reseña de 1984 en el periódico El Universal— surgió como auténtica revelación de la poesía en el norte del país, recreando temas que van desde las bellezas naturales, a orillas del río Sinú, hasta sus propios conflictos existenciales, que el poeta escruta con ironía y desencanto. Gómez Jattin ha hecho a través de sus trabajos una revisión cruda de su vida en distintas fases, mirándose en ocasiones a través de personajes. Su observación, plena de categórica lucidez, acostumbra a oscilar entre un sarcasmo frontal, a veces abatido, y una rémora de ternura protectora”.

    “Era el único poeta maldito que se acostaba temprano”, dice su amiga, la artista plástica Bibiana Vélez. “Pasaba días enteros colgado en una hamaca. Ahí hacía de todo: comía, leía, escribía. Decía que la hamaca es un instrumento de una cuerda suspendido en el vacío desde el cielo. Tenía un vozarrón de acero y una carcajada espectacular, comilón y agradablemente obsceno”.

    En los últimos años, Raúl acepta su homosexualidad, “pero cuando yo lo conocí —afirma Bibiana Vélez— sentí que el amor ya no le interesaba. Antes sí, se enamoraba, pero ahora me parecía que había dejado a un lado eso o había reprimido sus impulsos, o estaba en otras cosas. No sé. Vivía repitiéndome: Bibiana, como decía Stendhal, el amor es una enfermedad; ¡lo importante es la amistad!”.

    En una ocasión se presentó en un recital en Medellín vestido totalmente de rojo, hasta las sandalias, y sin libro alguno, y además sin los lentes que necesitaba para leer. Había lleno total en el auditorio y el público lo aclamaba. “¿Por cuál canción quieren que comience?”, preguntó con total seriedad, refiriéndose a las canciones de Joan Manuel Serrat al que idolatraba. Cuando le dijeron que lo que tenía que hacer era leer sus poemas, se probó varios lentes que le prestó el público, despreció los que le parecían muy comunes y se quedó con uno de esos que parecen de gato. También un libro suyo tuvo que proceder del público.

    Su lectura conmovió. La gente lo aplaudió con euforia. Al ver que Raúl se ponía de pie para irse, el dueño del libro se lo pidió amablemente. Raúl se lo metió bajo el brazo y le dijo: “¡Pero si lo escribí yo!”, y acto seguido se marchó.

    El escritor inglés Gerald Martin relata así otra de sus intervenciones en público: “En el Centro de Convenciones de la ciudad de Cartagena, durante el Festival Internacional de Poesía de 1991, tres mil personas ovacionaron por varios minutos a un poeta más bien desconocido que casi descalzo y con la voz un poco cansada leyó sus poemas.

    Nadie como ese personaje desgarbado logró conmover así a la multitud”. “La lectura de Raúl fue una especie de ceremonia sagrada”, asegura el poeta y editor Mauricio Contreras. “Cuando él descendió —escribe Ricardo Vélez— todos se pusieron de pie para saludarlo, y él, sin darse cuenta, dejó al presidente Gaviria con la mano extendida. Era un poeta de masas”.

    Aunque Raúl completó su proceso de autodestrucción: drogadicto, loco, mendigo y finalmente muerto trágicamente, su poesía siguió un proceso más elevado y sutil. Trascendió, se libró de las ataduras que le imponen a los perturbados. “Mi poesía es metafísica”, decía él mismo. Por eso su voz lírica podía descender a los niveles más ordinarios y conservar su equilibrio, su lucidez y su belleza:

    La cocinera hace de todo / Se levanta la falda/ y lo trepa a uno a su pubis / Te pone las manos/ en las nalgas y te culea en esa ciénaga insondable/ de su torpe lujuria de ancha boca”.

    Como advertencia sobre su propia condición, nos dejó una sabia recomendación: “Antes de devorarle su entraña pensativa/ Antes de ofenderlo de gesto y palabra/ Antes de derribarlo/ Valorad al loco/ Su indiscutible propensión a la poesía/ Su árbol que le crece por la boca/ con raíces enredadas en el cielo./ Él nos representa ante el mundo/ con su sensibilidad dolorosa como un parto”.

     

     

    Ampliar la noticia

    AURELIO ARTURO, MÁXIMO POETA DEL SIGLO XX

    .

     

    AURELIO ARTURO, GRAN POETA DEL SIGLO XX

     

    Aurelio Arturo (La Unión, Nariño, 1906 – Bogotá 1974).

    Poeta puro, a pesar de su breve obra es el menos contaminado de motivos y sentimientos ajenos a la lírica; la mirada a la tierra y el rigor estético predominan en quien, como Octavio Paz, en materia de escritura prefería las fuentes íntimas a los océanos clamorosos.

    Su poema “Morada al Sur”, que incluimos en esta muestra de su obra,  figura en todas las antologías.

    PALABRA

    Cabelleras y sueños confundidos

    cubren los cuerpos como sordos musgos

    en la noche, en la sombra bordadora

    de terciopelos hondos y olvidos.

    Oros rielan el cielo como picos

    de aves que se abatieran en bandadas,

    negra comba incrustada de oros vivos,

    sobre aquel gran silencio de cadáveres.

    Y así solo, salvado de la sombra,

    junto a la biblioteca donde vaga

    rumor de añosos troncos, oigo alzarse

    como el clamor ilímite de un valle.

    Ronco tambor entre la noche suena

    cuando están todos muertos, cuando todos,

    en el sueño, en la muerte, callan llenos

    de un silencio tan hondo como un grito.

    Róndeme el sueño de sedosas alas,

    róndeme cual laurel de oscuras hojas

    mas oh el gran huracán de los silencios

    hondos, de los silencios clamorosos.

    Y junto a aquel vivac de viejos libros,

    mientras sombra y silencio mueve, sorda

    la noche que simula una arboleda,

    te busco en las honduras prodigiosas,

    ígnea, voraz, palabra encadenada.

     

    SILENCIO

    Todavía

    Cantaba una mujer, cantaba

    sola creyéndose en la noche,

    en la noche, felposo valle.

    Cantaba y cuanto es dulce

    la voz de una mujer, esa lo era.

    Fluía de su labio

    amorosa la vida...

    la vida cuando ha sido bella.

    Cantaba una mujer

    como en un hondo bosque, y sin mirarla

    yo la sabía tan dulce, tan hermosa.

    Cantaba, todavía

    canta...

     

    MORADA AL SUR

    I
    EN LAS NOCHES MESTIZAS que subían de la hierba,
    jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,
    estremecían la tierra con su casco de bronce.
    Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

    Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.
    La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.
    (Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
    sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

    Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.
    Una vaca sola, llena de grandes manchas,
    revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,
    es como el pájaro toche en la rama, "llamita", "manzana de miel"

    El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.
    Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,
    con majestad de vacada que rebasa los pastales.
    Y un ala verde. tímida, levanta toda la llanura.

    El viento viene, viene vestido de follajes,
    y se detiene y duda ante las puertas grandes,
    abiertas a las salas, a los patios, las trojes.

    Y se duerme en el viejo portal donde el silencio
    es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

    Al mediodía la luz fluye de esa naranja,
    en el centro del patio que barrieron los criados.
    (El más viejo de ellos en el suelo sentado,
    su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).

    No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño
    se enredaba a la pulpa de mis encantamientos.
    Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
    al sur el curvo viento trae franjas de aroma.

    (Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos
    de la nodriza, el sueno me alarga los cabellos).

     

    II
    Y AQUÍ principia, en este torso de árbol,
    en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
    la casa grande entre sus frescos ramos.
    En sus rincones ángeles de sombra y de secreto.

    En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.
    Pero cuando las sombras las poblaban de musgos,
    allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos,
    sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

    Entre años, entre árboles, circuida
    por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,
    casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,
    a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.

    En el umbral de roble demoraba,
    hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
    el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,
    demoraba entre el humo lento alumbrado de remembranzas:

    Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas
    del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo asombrosas ramas.
    Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,
    yo ascendí, yo subí a las montañas donde un grito
    persiste entre las alas de palomas salvajes.

    Te hablo de días circuidos por los más finos árboles:
    te hablo de las vastas noches alumbradas
    por una estrella de menta que enciende toda sangre:

    te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria
    que cae eternamente en la sombra, encendida:

    te hablo de un bosque extasiado que existe
    sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa
    violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

    Te hablo también: entre maderas, entre resinas,
    entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:
    pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
    hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
    por los bellos países donde el verde-es de todos los colores,
    los vientos que cantaron por los países de Colombia.

    Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto a cielos,
    que tiemblan temerosos entre alas azules:

    te hablo de una voz que me es brisa constante,
    en mi canción moviendo toda palabra mía,
    como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente,
    toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

     

    III
    EN EL UMBRAL de roble demoraba,
    hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
    un viento ya sin fuerza, un viento remansado
    que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio.

    Y yo volvía, volvía por los largos recintos
    que tardara quince años en recorrer, volvía.

    Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando
    temblando temeroso, con un pie en una cámara
    hechizada, y el otro a la orilla del valle
    donde hierve la noche estrellada, la noche
    que arde vorazmente en una llama tácita.

    Y a la mitad del camino de mi canto temblando
    me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,
    con tanta angustia, una ave que agoniza, cual pudo,
    mi corazón luchando entre cielos atroces

     

    IV
    DUERME ahora en la cámara de la lanza rota en las batallas.
    Manos de cera vuelan sobre tu frente donde murmuran
    las abejas doradas de la fiebre, duerme.
    El río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca,
    y su voz es tan vasta y su voz es tan llena.
    Y le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo
    de tu aliento saludable, llenas la atmósfera.
    Soy el profundo río de los mantos suntuosos.

    Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido
    suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su follaje negro.

    No eran jardines, no eran atmósferas delirantes. Tú te acuerdas
    de esa tierra protegida por una ala perpetua de palomas.
    Tantas, tantas mujeres bellas, fuertes, no, no eran
    brisas visibles, no eran aromas palpables, la luz que venía
    con tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas ardientes.
    ¿Era tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa, tu sangre ?

    Todos los cedros callan, todos los robles callan.
    Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa,
    hay un caballo negro con soles en las ancas,
    y en cuyo ojo líquido habita una centella.
    Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:
    "Es el potro más bello en tierras de tu padre".

    En el umbral gastado persiste un viento fiel,
    repitiendo una sílaba que brilla por instantes.
    Una hoja fina aún lleva su delgada frescura
    de un extremo a otro extremo del año.
    "Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida".

     

    V
    HE ESCRITO un viento, un soplo vivo
    del viento entre fragancias, entre hierbas
    mágicas; he narrado
    el viento; sólo un poco de viento.

    Noche, sombra hasta el fin, entre las secas
    ramas, entre follajes, nidos rotos—entre años—
    rebrillaban las lunas de cáscara de huevo,
    las grandes lunas llenas de silencio y de espanto.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    Ampliar la noticia