• JORGE POMBO AYERBE

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:


    De un balazo en el testuz

    y entre las godas legiones,

    murió un hijo de Jesús.

    Como aquél, murió en la Cruz

    y también entre ladrones.


    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:


    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división;

    más murmura la gente

    que sería más justo y más corriente

    hacerlo general de sustracción.

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama:


     

     

     

    El Ministro de…no sé

     

     

     

    juega tresillo conmigo;

    y al decirle: –Róbe, amigo,

    me contesta: –Ya robé!

     

     


    “Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:


     

    El usurero García

     

    de esta manera me hablaba,

     

    cuando el pésame me daba

     

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;

     

    lo acompaño en su quebranto

     

    y como lo siento tanto

    me debe el tanto por ciento.

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    CLÍMACO SOTO BORDA

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:


    Esos tres lunares son

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría

    de mi amante corazón.


    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:


    Este soy, un pobre diablo

    que a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,

    más no importa: sumo y sigo,

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.

     

     

     

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    TUERTO LÓPEZ -- VIDA Y OBRA DE LUIS C. LÓPEZ

    Por RAMÓN DE ZUBIRÍA

     

    Todo viajero que llega a Cartagena de Indias, en su recorrido por la

    ciudad, recala inevitablemente en el llamado monumento a los Zapatos

    Viejos para recibir, frente a su extraña presencia, una doble sorpresa: la del

    monumento mismo y la del texto de un soneto que hace parte de él,

    grabado en una placa de piedra, y firmado por Luis C. López.

    Recordemos sus palabras:

    A MI CIUDAD NATIVA

    Ciudad triste, ayer reina

    de la mar

    J. M. DE HEREDIA

     

    Noble rincón de mis abuelos: nada

    como evocar, cruzando callejuelas,

    los tiempos de la cruz y de la espada,

    del ahumado candil y las pajuelas...

    Pues ya pasó, ciudad amurallada,

    tu edad de folletín... Las carabelas

    se fueron para siempre de tu rada...

    ¡Ya no viene el aceite en botijuelas!

    Fuiste heroica en los años coloniales,

    cuando tus hijos, águilas caudales,

    no eran una caterva de vencejos.

    Mas hoy, plena de rancio desaliño.

    bien puedes inspirar ese cariño

    que uno les tiene a sus zapatos viejos...

     

    Aquel texto, y casi sin excepción, suscita en sus lectores una impresión

    de ambigüedad y desconcierto, en razón de la mezcla que hay en él de

    añoranza por un pasado de signo heroico, y de repudio por un presente

    mirado oblicuamente por su sesgo pragmático y desangelado.

    Para algunos despistados aquel texto, a pesar del tono afectivo de su

    terceto final, trasluce una actitud de evidente menosprecio o desamor del

    poeta por la ciudad. ¡Grave error! Y error de desenfoque histórico. Y es

    que para situar e interpretar rectamente aquel texto es preciso recordar que

    la Cartagena del desaliño y los vencejos a que alude el poeta - su poema

    es anterior a 1920 - no es la Cartagena de hoy, renacida en pujanza de sus

    cenizas, sino la ciudad fantasmal, la que sobrevivió de la otra heroica,

    asolada, devastada, por los sitios y asedios de piratas y guerreros. No.

    Nada de menosprecio o desamor. Muy por el contrario, López amó tanto

    a su ciudad, que llegó a confundirse con ella y a convertirse, a la postre,

    en su vocero y poeta mayor. Esa su simbiosis con Cartagena fue tan

    absoluta que no habría hipérbole alguna al aseverar que imposible le

    hubiera sido vivir lejos de su regazo. Con ocasión de uno de los viajes que

    López hiciera al exterior, escribió el soneto titulado Adiós. Allí vemos

    cómo se le enternece el acento e impregna de risueña melancolía al pensar

    en una irónica muerte lejos de sus lares:

    ...abandoné mis lares

    marcando rumbo hacia

    remotos climas.

    NÚÑEZ DE ARCE

     

    ¡Adiós, rincón nativo!... Me voy y mi pañuelo

    parece un ave herida que anhela retornar,

    mientras singla el piróscafo bajo el zafir del cielo,

    cortando la infinita turquesa de la mar.

     

    ¡Nunca podré olvidarte, noble y heroico suelo

    de mis antepasados!... No te podré olvidar

    ni aun besando a una chica que sepa a caramelo,

    ni aun jugando con unos amigos al billar...

     

    Pero al imaginarme que yo no pueda un día

    tomar a tu recinto, ¡con qué melancolía

    contémplote a lo lejos, romántico rincón!...

     

    Porque, ¡ay!, todo es posible, no exótico y extraño,

    si el destino de pronto me propina un buen baño

    para darle una triste pitanza a un tiburón...

     

    Siempre he pensado que de su amorosa relación con Cartagena,

    López hubiera podido decir, parafraseando el famoso verso de Robert

    Frosl: La mía fue una querella de enamorado con mi ciudad. Por eso en

    el soneto A mi ciudad nativa le hace, como vimos, una final profesión de

    su amor, un amor acendrado por la costumbre y puesto ya por encima de

    toda posible decepción:

     

    Mas hoy, plena de rancio desaliño,

    bien puedes inspirar ese cariño

    que uno les tiene a sus zapatos viejos...

     

    Ahora bien, aquí en este punto cumple señalar que la impresión

    anotada de ambigüedad o desconcierto que suscita este soneto de López

    a Cartagena, no es privativa de ese texto. Es la misma que - como una

    constante mayor - prevalece en la totalidad de su obra.

     

    Numerosos han sido los críticos y estudiosos que, partiendo de esa

    impresión, han intentado desentrañarlos impulsos germinales -el etymon

    espiritual - de aquella insólita escritura, en la que aparecen yuxtapuestos

    o fundidos los más antagónicos elementos: lo heroico y lo vulgar, lo

    sentimental y lo burlón, lo poético y lo prosaico, etc., todo aquello

    expresado en un lenguaje en el que parejamente se conjugan giros y léxico

    del más puro ascendiente literario con pronunciamientos y vocablos del

    habla cotidiana, tachonado, además, por los símiles y metáforas más

    sorprendentes y desconcertantes. Casi todas esas exploraciones han

    aportado - y es cosa de agradecer - esclarecimientos conque enriquecer

    la lectura poética de López. Pero han sido, con las excepciones de siempre,

    enfoques fragmentarios o desviados, como ha sucedido con los de quienes

    han pretendido interpretar la creación de López, desde un cerrado contexto

    de orden puramente estético o, lo que es peor, desde el plano abstracto de

    las teorías sociales o como expresión de determinadas ideologías políticas.

    No. Esto - como reza el dicho popular - es "andar buscándole tres pies

    al gato". Porque el asunto es en verdad menos complejo, como el propio

    López se empeñó en explicar. Lo sustentaba, en el fondo, una doble

    singularidad: la del entorno social y cultural en que le correspondió vivir,

    y la singularidad de su propio temperamento.


     

     

     

    Y personaje sui generis fue ciertamente Luis Carlos López. Desde el

    nombre, tan poco apropiado para un poeta, (Emilio Bobadilla le preguntaba

    en una carta: "¿No tiene usted apellido materno?"), hasta el apodo de

    Tuerto, un remoquete que más parece de pirata, y, además, disparatado,

    ya que López no fue tuerto sino bizco, pero, apodo muy de Cartagena, una

    ciudad en la que múltiples personas y también personajes se conocen por

    sus apodos, y no por burla o crueldad, sino por una particular y regocijada

    manera de confrontar la realidad. (A su fundador, don Pedro de Heredia,

    por una marca en el rostro, lo apodaron El desnarigado. Y a un ilustre y

    acatado prelado lo bautizaron como El águila coja). Pero el asunto tiene

    su calado, porque en los sustratos de esa lúdica propensión por los apodos

    hay que reconocer una indudable capacidad ambiental para la caricaturauna capacidad que en nuestro poeta alcanzó los más insospechados

    desarrollos.

     

    Y fue López -comodecía- personaje tan suigeneris que de él existe

    la más multifacética baraja de imágenes. Algunas, candidas, fruto casi

    siempre de una superficial lectura de sus poemas, o del error, muy

    frecuente, en que incurren quienes asumen que el autor y el protagonista

    de una creación literaria, son una misma persona. Ejemplo: la imagen de

    un López poeta y bohemio desmelenado, con su correlativo desaliño, la

    cual, a quienes lo conocimos, forzosamente nos hace sonreír. Pues López

    fue pulquérrimo varón, con pulcritud extremada hasta la coquetería de

    teñirse el pelo, de manos impecables - fumaba con boquilla por no

    mancharlas de tabaco -, tan tersas y pulcras que parecían de nácar, y daban

    la impresión de no haber sostenido con ellas peso mayor que el de una

    pluma; señor, en fin, de la más fina y cuidada estampa, de aire inconfundible,

    tan esbelto y mosqueteril en el andar, que parecía caminar como la lluvia,

    sin doblar la rodilla.

     

    De él también se ha dicho, y se dice, que fue un excéntrico, y,

    apurando el dictamen, que fue un misántropo.

    ¿López excéntrico? Pero ¿cómo soltar fallo tan aberrante para cali ficar

    a quien fuera el hombre y artista más ahincado, arraigado en su centro, en

    su circunstancia geográfica y vital, circunstancia con la cual estuvo

    umbilicalmente ligado, con su nativa Cartagena?

    Y, ¿qué decir del López misántropo? Nos preguntamos: ¿cómo podía

    serlo si entre los distintivos mayores de su espíritu estuvo siempre su

    ternura, la que desplegaba particularmente en el trato con los suyos, y, con

    los niños, los inválidos y los animales? Fue, además, cultor de la amistad.

    ¿Misántropo? Pero si fue la suya ánima conmovida por el más púdico

    amor, la que escribiera aquellos Versos para ti:

     

    VERSOS PARA TI

    Y sin embargo, sé

    que te quejas

    Becquer

     

    ...Te quiero mucho. Anoche, parado en una esquina

    te vi llegar... Y como si fuese un colegial,

    temblé cual si me dieran sabrosa golosina...

    Yo estaba junto a un viejo farol municipal.

       

    Recuerdo los detalles, cualquier simple detalle

    de aquel minuto: como si fuese un chimpancé,

    la sombra de un mendigo bailaba por la calle,

    gimió una puerta, un chico dio a un gato un puntapié...

     

    Y tú pasaste... Y viendo que tú ni a mí volviste

    la luz de tu mirada jarifa como un sol,

    me puse más que triste, tan hondamente triste,

    ¡que allí me dieron ganas de ahorcarme del farol!...

     

    Un alma, en fin, transida de la más honda ternura por los desvalidos

    e indefensos, como el ciego aquel de Fresco amanecer, el mendigo de

    Llovía, El trashumante Mateo, o el oscuro y anónimo muerto de In pace.

     

    Recordemos, finalmente, a propósito de su misantropía, que López,

    a fuer de buen costeño, fue también hombre gozosamente dado a los

    retozos goliardescos. Quien busque huellaen su obradeaquellasjugarretas

    picarescas, que se asome a poemas como A Rosalbina, Para vuesa

    merced, A Camila, o Noche truculenta. He aquí este último:

     

    NOCHE TRUCULENTA

     

    Para libar el jugo de agrios vinos

    - no dejes ver la pierna,

    muchacha - los marinos

    vendrán dentro de poco a la taberna.

     

    Son de brusco perfil, biceps de acero,

    niños enormes de cuadrada espalda

    y andar patojo. - Pero,

    ¿le arreglarás la falda?

     

    Con sus jarrones de licor, sus dados

    y sus cachimbas se darán al juego

    carnavalescamente iluminados

    por la epilepsia del candil. Y luego

    terminarán rugiendo una salvaje

    canción sensual. - Del cafetín me salgo,

    porque - ¡bájate el traje! -

    lo que es aquí pasa algo...

     

    Otra imagen muy difundida y de las más desafortunadas de López es

    la de su anticlericalismo, una imagen extraída exclusivamente, al parecer,

    de un poema, Tarde de verano, mal leído casi siempre y peor interpretado,

    con su cura del pueblo, blanco para el fusil del poeta. Leámoslo

     

    TARDE DE VERANO

    El rico es un bandido

    SAN JUAN CRISÓSTOMO

     

    La sombra, que hace un remanso

    sobre la plaza rural,

    convida para el descanso

    sedante, dominical...

    Canijo, cuello de ganso,

    cruza leyendo un misal,

    dueño absoluto del manso

    pueblo intonso, pueblo asnal.

     

    Ciñendo rica sotana

    de paño, le importa un higo

    la miseria del redil.

     

    Y yo, desde mi ventana,

    limpiando un fusil, me digo:

    ¿Qué hago con este fusil? -

     

    Pues bien, partiendo de una superficial lectura de este poema, como

    anotaba, se ha pretendido instaurar la imagen del López 'comecuras', tan

    desajustada con la realidad, sin reparar en que muchas de las otras

    referencias clericales que aparecen en su poesía poco o nada tienen de

    agresivas. Refresquemos la memoria. En Campesina, no dejes..., por

    ejemplo, aparece otro cura, pero al que López reconoce y exalta como un

    "alma sencilla". Así mismo, en su soneto A un conductor de almas, lo que

    encontramos es una conmovida evocación de un virtuoso pastor. No hay

    que fiarse demasiado. Había mucho de retozo para espantar la beatería

    local en esa presunta actitud anticlerical. Mas si, volviendo al precitado

    poema de marras, lo leemos bien, observaremos fácilmente que lo que en

    él predispone para que al cura protagonista le disparen un fusil, no es su

    condición de cura, sino la forma como inclumple su misión, su condición

    de "dueño absoluto del pueblo" y ese su andar "ciñendo rica sotana de

    paño", mientras "le importa un higo la miseria del redil".

     

    Finalmente, hay que recordar que López, antes de morir, recibió los

    sacramentos. Y como no perdió el humor ni siquiera en aquel trance,

    dirigiéndose a algunas personas de dudosa ortografía que por allí estaban,

    les decía: "¡Se los recomiendo, se los recomiendo!".

     

    Ahora bien, al llegar a este punto, es lógico suponer que estén ustedes

    preguntándose: pero, en final de cuentas, ¿cómo fue Luis Carlos López

     

    Para responder, a más de lo ya anotado, afirmaría, con intención de síntesis

    y sin azoros de ninguna clase, que en su perfil humano y en los signos

    característicos de su escritura, quedaron reflejados los rasgos diferenciales

    del alma de su ciudad, con cuyas esencias se impregnó e identificó

    plenamente el alma del poeta. El propio López definió alguna vez ésta, su

    identificación con la ciudad. Aquí están sus palabras: "Yo soy

    eminentemente anfiscio y Cartagena lo es en grado sumo. Aquí hay que

    prosternarse, conmovido por dentro y burlón por fuera". Y así, por

    anfiscio, como ella y por ella, se desdobló en la ambigüedad que a los dos

    - ciudad y poeta - distingue, para ser, al tiempo, respetuoso e irreverente,

    sentimental y burlón, tierno y mordaz, generoso y zumbón.

     

    Y, efectivamente, no hubo un rasgo suyo que no fuese reflejo del

    modo de ser de su ciudad. Empezando por el más sobresaliente: su

    bondad, porque, por encima de todo, López fue un hombre - como diría

    Machado- "en el buen sentido de la palabra, bueno", limpia y verticalmenie

    honesto. Y fue también dueño y señor de su dignidad y altivez. Nunca su

    austera nobleza gastó concesiones a la vanidad. De la fama, sólo le tentó

    el renombre, y así, orgullosamente, gustó el halago de saber exaltada su

    obra por jueces como Unamuno, Darío, Valle Inclán, Amado Ñervo y,

    entre los colombianos, Sanín Cano y Eduardo Castillo. Por las regalías, o

    cualquier forma de rentabilidad de sus creaciones guardó siempre un

    olímpico desdén. Así se explica la franciscana pobreza de sus postreros

    días. Prefirió a todas horas su fiera altivez a cualquier repertorio de

    sinuosidades para subir "poco a poco de escalón a escalón".

     

    Y junto a su desdén por lo económico, estuvo su generosidad. De

    comerciante, en la tienda de ultramarinos que tuvo con su padre, regalaba

    a los niños los dulces por puñados; de consagrado escritor, regalaba sus

    poemas a los amigos y jóvenes escritores para apresligiar y hacer

    productivas con ellos las revistas que publicaban. Fue, sí, hombre tímido,

    pero también fue hombre sociable, gran caballero de suaves y finas

    maneras. No fue nunca esquivo con quien entraba en contacto con él.

    Rehuía, eso sí, el trato con los aduladores y la acosante jauría que iba tras

    de su rastro con su impertinencia o estupidez. Para defenderse de ellos se

    atrincheraba en su supuesta hurañez, y los espantaba, se los quitaba de

    encima, con el aguijonazo gracioso, el puntillazo cáustico o la estocada

    mortal, que él calibraba según la magnitud de la agresión.

     

    En cambio, ¡cuánta gentileza y derramada gracia prodigaba, a los

    amigos, en la intimidad! Sí, López fue hombre sociable y tanto que, por

    sus mocedades, fue asiduo frecuentador de clubes, y hasta garboso

    bailarín y, ya por sus madureces, y por el reconocimiento que suscitaba su

    obra, eje de tertulias o centro de caudalosos homenajes

     

    Y, como buen cartagenero, fue también irreverente, con una

    irreverencia que le venía de la cotidiana frecuentación con la historia

    grande, el bronce y el mármol, y de su humanismo básico, de fondo, que

    le hacía anteponer para su respeto las personas a los personajes, y

    respetarlos únicamente en función de su verdad, virtudes y valores.

    Porque respetuoso fue siempre con lo sagrado, lo honesto y verdadero.

    Con lo que no transigió nunca fue con la impostura, la trampa o la mentira,

    con ninguna forma de la fatuidad, de eso que el pueblo cartagenero, con

    gracia muy propia, llama "la fartedá", es decir, lo artificioso, lo falso, lo

    postizo. Por eso fustigaba con su sátira las posturas y simulaciones

    afrancesadas de "Los que 1 legaron de París". Por eso fue el gran denunciador

    de lo que Jorge Zalamea Borda llamó "La comedia tropical".

    Algunos han creído ver en la sátira de López y la acritud de su poesía

    social la proyección de un espíritu revolucionario, tanto en su actitud civil

    como en su expresión literaria. Ciertamente, no creo que nadie se aventure

    a negar que la suya fue la menos adocenada de las conductas pero, pasar

    precipitadamente de esta inicial y veraz consideración, a decir que la sátira

    social en su poesía fue consecuencia de una postura o mentalidad

    revolucionaria, es ya demasiado. No. López, a pesar de los explosivos

    elementos que hay en su obra, fue espíritu apacible, lo menos dado a

    subvertir orden de ningún tipo. Para interpretar su poesía de protesta social

    no hay que inventarle ninguna ideología especial, mucho menos

    extranjerizante. Porque lo que en aquellas páginas de protesta social

    realmente quedó consignado fue el testimonio del inconformismo y

    censura de López frente al deterioro que invadió la atmósfera social de su

    ciudad, con la irrupción del llamado progreso moderno, que tanta mella

    causó en las normas e ideales del pasado.

    En efecto, a López, hijo raizal de Cartagena de Indias, familiarizado,

    desde niño, en el ámbito de su ciudad, con la esencia de lo heroico y lo

    grande, le correspondió presenciar después la erosión de su antigua

    grandeza, a manos de la medianía insolentada, el fariseísmo y la más

    variada gama del arribismo.

    Para un poeta de la fibra idealista de López tenía que serle imposible,

    frente a aquel desbarajuste, asumir la postura de un indolente e impasible

    espectador. Y así prefirió, antes que trasnochado poeta supérstite de una

    heroica edad abolida, ser el satírico poeta antiheroico de una época

    antiheroica. Y lo hizo no por consignas partidistas, no por resabios

    moralistas - nada más extraño a López que la posición de dómine

    deshumanizado - , sino por limpio amor a su ciudad, por fidelidad a sus

    mejores esencias, y por todo lo que en él, a pesar de sus ímpetus

    románticos, alentaba de temperamento clásico, de espíritu inhabilitado

     

    para admitir, como él decía, "que el mundo girase con un pequeño

    desnivel". Quería las cosas en su sitio, en una ordenación que respondiera

    a una justa jerarquía de valores. Por eso cuando hacían su aparición

    desfachatada lo injusto, lo usurpante, lo falso, lo desesperadamente

    sumiso - ¡aquellas solteronas de provincia! -, lo abusivo instituido, el

    egoísmo, la prepotencia o el vandalismo, entonces sí se le disparaban las

    palabras de su sátira como dardos ardientes. Y, repito, lo hacía porque el

    hombre rebelde que había en él era incapaz de asistir, con "la indulgente

    pasividad del buey", al atropello de los valores que configuran la decencia

    y humana dignidad, a la subversión de su orden clásico. Entonces era

    cuando dejaba de reír, cuando, con la indignación de que es capaz toda

    alma noble, se rebelaba ante el escándalo, y tenía que envidiarle a Satán

    "su alegre carcajada" ante el espactáculo de "los tigres comiéndose a los

    ruiseñores".

    Y si de lo social pasamos a lo poético, apuntaré que varios críticos

    literarios han considerado asimismo la obra poética de López como la

    creación de un revolucionario. Sin embargo, nada más apartado de su

    pensamiento que tales presunciones. Porque, aunque no lo parezca, esa

    obra no estuvo condicionada por ningún intento revolucionario, pero ni

    siquiera innovador suyo. ¿Pruebas? Voy a citar enseguida las declaraciones

    que en una importante entrevista hiciera López al periodista cartagenero

    José Morillo, en las postrimerías de su vida, en 1950. Decía López:

    "Nunca presumí de innovar en poesía, de ser un 'poeta nuevo' en mi

    época. Apenas me he considerado un autor con un modo de sentir distinto,

    producto de un temperamento propio". Con pareja exactitud señaló que

    tampoco buscó una ruptura con la generación anterior. Muy por el

    contrario, profesó honda admiración por las cimeras figuras del

    modernismo. Lo que es más: sentía, con ufanía, que, en la suya, se

    continuaba y perfeccionaba la revol ución poética comenzada por aquellos

    poetas.

    Se me dirá, y es cierto, que tuvo una juvenil escaramuza con Rubén

    Darío, cuando éste dirigía la revista Mundial Magazine, desde París. Pero

    aquello, lo sabemos, no pasó de un simple mal entendido. Darío era,

    además, y lo fue siempre, admirador de López. Por otra parle, la huella de

    Darío en López es visible. (. ..mientras singla el piróscafo bajo el zafir del

    cielo, / cortando la infinita turquesa de la mar).

    Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí podría considerarse como un

    retrato a mano alzada de Luis Carlos López. Pero ese retrato me parece que

    quedaría incompleto si no se lo complementara con un boceto de lo que

    fue su parábola vital. Importa hacerlo, además, porque en torno a la vida

    de López ha habido tanta inocua especulación episódica, que

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    ANTONIO “EL JETÓN” FERRO


     

    Antonio “El Jetón” Ferro – Chiquinquirá (1876-1952)

     

     

    Por Ramiro Montoya

    En Chiquinquirá y la provincia del occidente de Boyacá discurren la vida y obra de este ingenio que cultiva el verso festivo con extensión y logros particulares y que crea escuela y admiradores. En los años de la Gruta Simbólica tiene edad y talento para compartir la tertulia y la bohemia santafereñas, aunque solo tangencial y tardíamente se incorpora al grupo de los continuadores que después de 1905 se reunían en la Gran Vía y otros cenáculos y cafés. Algunos lo incluyen en esa generación, pero su vida despliega una vitalidad contagiosa y su obra se sacude del romanticismo citadino y es más cercana a la molicie provinciana, que exalta y ennoblece. Como era buen jugador de billar, Soto Borda le envía esta sextilla:

     

    Salud a ti el más caliente 

    bohemio, gentil “cuartazo”. 

    padre y señor del “chispazo”, 

    sultán de la carambola, 

    te tiro de bola a bola, 

    mi más cariñoso abrazo.
     

     

    Existia en su tiempo la laguna de Fúquene. en el esplendor de su belleza primitiva, con la pequena  isla de "El Santuario",  lugar encantado donde construyo su casa, en medio de un paisaje que guardaba la fauna y la flora, y de miradores, jardines y senderos con nombres evocadores de la intelectualidad de su tiempo. Un paraíso más que no podía haber imaginado. Y si eres un artista, un contador o un PartyPoker España  jugador, es fácil identificarse con su deseo de un ambiente personalizado. Toda forma admitida por la retórica era válida para que el Jetón diera salida a sus chispazos, abandonados a la oralidad y la memoria o rescatados en forma escrita. En los que se conservan son más usuales el pareado. la cuarteta y la décima, con distintas medida y rimas. También la quintilla que usaba para largos poemas, con esta estructura:

     

     

    Porque lo que más aterra 

    de los divinos secretos

    es que, en la paz y en la guerra,

    de las cosas de la tierra  

    no saben los Recoletos...

     Las siembras hechas sin plan,  

    las cluecadas, los conejos 

    y los sermones se dan 

    con decálogos más viejos 

     que el paraíso de Adán.

     

     

     

     

     

    Esta décima tiene las imperfecciones de la improvisación:


    Pedirle que hable a Jetón 

    es una grave exigencia, 

    pues falta la inteligencia, 

    aunque sobre inspiración; 

    también hay otra razón: 

    no estar en traje de gala. 

    Esta indumentaria es mala, 

    pero a falta de etiqueta, 

    me las daré de poeta 

    y hablaré en traje de jala.

     

     

     

    A “Greta”, su perra de caza:

     

    Tu recuerdo en la Laguna

    son las más fragantes brisas,  

    que vuelan como sonrisas 

    y son...risas de la luna. 

    Tú bajo el sol eres una

     fugaz sombra de bandada,

    y mi mente, disparada  

    como una falsa escopeta, 

     es el sueño de un poeta 

     que sin ti no caza nada...

     

     

    “Numerada”, rara sextilla, es un juego que demuestra la alegría con que el Jetón manejaba el lenguaje. (Un desafío además para correctores de pruebas, ya que la mitad de los libros en que se transcribe lo hacen con algún error):

     

    En un 6º mi rotundo  

    abrazo te mando entero; 

    de mi 5ª en el alero 

    “prima” como un 1/3 el mundo. 

    Te escribo esto en un 2º 

    y en el 4º en que te espero.
     

    En su largo testamento el Jetón Ferro cuenta su vida en décimas, para extenderse luego en quintillas de esta forma:

     

      

    Y mis órdenes son tales 

    que en la lápida inclemente 

    de mis despojos mortales 

    –llenos de mil chimbos vales– 

    mi epitafio sea el siguiente: 

    “Aquí duerme en paz completa 

    Jetón, que fue entre mil cosas 

    calavera de alma inquieta, 

    con la rima a flor de jeta 

    y la risa entre las fosas...” 

    “Que mi sepultura caven, 

    sea en la cima o en el puerto... 

    Ya mis familiares saben 

    que, cávenla o no l-a-caben, 

    de ella no salgo ni...muerto!”.


     

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    LA GRUTA SIMBÓLICA

    Por Ramiro Montoya

    Como demostración de que la poesía de tono menor no es triste, ni reflejo del tedio provinciano sino su antídoto, se da el hecho de que fue la generación del romanticismo la que más entrañablemente se identificó con la alegría de sus logros, mientras –en paralelo– acercaba sus poemas de tono elevado a cenicientos entornos del dolor y la muerte. Tuvo vigencia esa generación a finales del siglo XIX y principios del XX, en Bogotá, una aldea gris con menos de cien mil habitantes, capital de un país que por tres años (1899-1902) sufrió la última de las guerras civiles y que a partir de 1903 vivió humillado e impotente con la pérdida de Panamá. El ambiente no podía ser más propicio para que el grupo de sus intelectuales se adscribiera a un romanticismo trasnochado, entre el cual la única sonrisa que podía verse era la de sus poesías festivas, llenas de ironía y fino humor.

    Según los cronistas de la época, a causa de la guerra civil que se libraba en los campos, las autoridades suspendieron los pocos espectáculos nocturnos que había en Bogotá y exigían salvoconducto para transitar por las calles después de las siete de la noche; por eso “para alegrar la monotonía del ambiente al par que tener un refugio intelectual para poder mitigar las amargas horas que en esos días se vivían”, algunos jóvenes literatos buscaron refugio en la casa de Rafael Espinoza Guzmán –Reg– en la cual organizaron un tertulia que fue bautizada como “La Gruta Simbólica”. Se ha dicho que con ese nombre querían apartarse de la escuela romántica y acercarse al simbolismo, pero la verdad es que esta tendencia francesa no tuvo ningún seguimiento y en ningún momento dejaron su romanticismo.

    Sobre el dualismo entre lo festivo y lo romántico es buena la descripción que hizo Eduardo Carranza: “Hidalgos tocados por el ramo poético, versificadores jocundos o melancólicos, ingenios satíricos y festivos, poetas sentimentales y lunáticos, seres nocturnos y funambulescos (…) Nos han dejando una estela encantadora de epigramas, equívocos, coplas salaces, donaires picarescos, retruécanos y caricaturas verbales en verso, piropos y galanías: todo ellos nominado genéricamente chispazos. Y otra estela húmeda y enlunada de versos de muy diversa calidad al modo romántico en su crepúsculo enervante, febril, lloroso y necrofílico”.

    Desde entonces se formalizaron las reuniones, casi siempre en la casa de (Rafael) Espinosa, Conde de Chascarralia, mecenas del grupo. La rutina consistía el leer en voz alta poemas o textos en prosa –muchos de ellos improvisados– por los tertuliantes; representar comedias o sainetes; tocar y cantar bambucos o pasillos y beber grandes cantidades de licor, hasta la madrugada. Se mezclaba la poesía “seria” con piropos, chispazos, chascarrillos y calambures. En las sesiones solemnes se concedía grado en chistografía, o el título de Noctívago número 33, parodiando las ceremonias de la masonería. Y se cultivaban el arte de la conversación, tal vez perdido para siempre, y un acendrado sentido de la amistad. Había concursos de chispazos, batallas de sonetos, y campeonatos de siluetas bogotanas como la de don Vicente Montero –famoso inventor de extrañas cosas, como la máquina de coger culebras (…). Otros lugares de reunión eran bares, cantinas, restaurantes o piqueteaderos: La botella de oro, La torre de Londres, La rosa blanca, La cuna de Venus y La gata golosa, como llamaban los parroquianos a La gaité gauloise (La alegría gala). El licor consumido dependía del anfitrión o del bolsillo: cerveza La Pita, Néctar, champaña o brandy Tres Estrellas. Pero lo cierto es que los miembros de la Gruta se bebían hasta el agua de los floreros”. Adentrándose en la bruma sabanera había explosiones de vida en los piqueteaderos de viandas abundantes y trastiendas de chicha y licores baratos, por los cuales desfiló un numeroso grupo de cachacos que desde las polainas hasta el sombrero vestían una indumentaria propia de los figurines de mediados del siglo XIX, señal de su pretendido entronque europeo y de su clase, ya que pertenecían a familias con humos de hidalguía, casi todas con mediana fortuna.

    Las reuniones y tenidas se amenizaban con música que ellos mismos interpretaban, eran consumados pianistas y violinistas, y maestros de tiple, requinto y bandola, de modo que la vespertina literaria fácilmente terminaba en serenata nocturna. Para el trago no había un anfitrión puntual sino que se financiaba con lo que cada cual podía aportar y el consumo era de cerveza, aguardiente, ron, champaña, coñac. Cada brindis con su correspondiente chispazo:


    Tú, que eres bella entre las bellas,

    aunque esto te cause enojos,

    vendes brandy “Cinco Estrellas”:

    tres, que están en las botellas

    y dos que tienen tus ojos.

    (Víctor Martínez Rivas).


    Pertenecían a una hermandad libre de envidias y rencores, tan comunes entre literatos. Todo en ellos era alegría, espiritualidad, humor de los más altos quilates (…) Esta generación guiada por ideales y ensueños superiores, tenía por el dinero olímpico desprecio. La casona familiar de Reg dio albergue al grupo de los fundadores desde 1900 hasta diciembre de 1903. Ciertas formalidades de la Gruta dejaron de oficiarse y el nombre quedó para la posteridad, aunque la mayoría de los tertuliantes continuaron en su bohemia literaria. El siguiente paso fueron las animadas sesiones en La Gran Vía, almacén de rancho y licores que aún existe en el mismo local de la carrera séptima entre calles 17 y 18. La trastienda tenía pequeños salones reservados para grandes libaciones, al fondo el piano. Las tertulias se sucedieron por muchos años, los ecos de la Gruta se fueron apagando, y solamente quedaron imprecisas referencias sobre un tiempo que se juzgaba mejor para el quehacer poético. Allí se suicidó, en 1931, el caricaturista Ricardo Rendón.

    Los ingredientes que encontramos en los versos de este grupo son el ingenio inagotable, la riqueza verbal nutrida de todas las fuentes del idioma y la oportunidad que por un instante les confiere brillo, pero también los arrastra hacia la anécdota perecedera. Su expresa voluntad de ser alegres nace de un impulso lúdico que toma el idioma como juguete de goces intelectuales y busca que la estrofa cree una situación jocosa para que los versos finales lleven a la risa. Las situaciones que aborda el poeta no siempre son ligeras, con frecuencia debe enfrentar la fuerza o el poder, para lo cual le queda la salida satírica. Es un género de fronteras huidizas, que algunos quieren encuadrar como “epigramas”, dentro del cual caben la sátira, la copla, la trova, la charada, el retruécano, y hasta el chispazo de filiación muy bogotana.

    Otro elemento del juguete verbal era el molde en que debía meterse cada destello de acuciante inspiración: al bardo de la Gruta Simbólica le resultaba de absoluta facilidad encontrar la forma que debía dar a sus versos y cada tema iba saliendo en el molde apropiado, dentro de una amplia panoplia de estrofas a la moda: el pareado, la cuarteta con sus formas de seguidilla o redondilla, la décima, el soneto.


    INTEGRANTES DE LA GRUTA, MUESTRAS DE SUS OBRAS

     

     

    Clímaco Soto Borda

     

    La Gruta Simbólica llegó a tener 60 miembros, entre activos, espectadores e invitados. Fabio Peñarete en la crónica de ese grupo y selección de sus chispazos, trae la lista, con la advertencia de que algunos fueron asistentes esporádicos, pero los registra porque alcanzaron prestigio en otros ámbitos, como Rafael Pombo, Aquilino Villegas, Enrique Álvarez Henao, Julio Flórez, Emilio Murillo, Gonzalo Vidal.

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:

    Esos tres lunares son 

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría 

    de mi amante corazón.

     

    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:
     

    Este soy, un pobre diablo

    ue a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida  

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,  

    más no importa: sumo y sigo, 

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:
     

    De un balazo en el testuz 

    y entre las godas legiones, 

    murió un hijo de Jesús. 

    Como aquél, murió en la Cruz 

    y también entre ladrones.

    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:
     

    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división; 

    más murmura la gente 

    que sería más justo y más corriente 

    hacerlo general de sustracción. 

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama: 

    El Ministro de…no sé 

    juega tresillo conmigo; 

    y al decirle: –Róbe, amigo, 

    me contesta: –Ya robé!

     

    Jorge Pombo Ayerbe

     

    Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:
     

    El usurero García 

    de esta manera me hablaba, 

    cuando el pésame me daba 

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;  

    lo acompaño en su quebranto 

    y como lo siento tanto 

    me debe el tanto por ciento.

     

     

     

    Otros de la Gruta. Roberto Mac Douall:

    Hubo en la Recaudación 

    un ave de mala pluma, 

    que nada sabía de suma, 

    pero sí de sustracción.


    El curandero Morales 

    que tú de médico tienes– 

    en vez de sacar los males

    lo que saca son los bienes.


     

    Eduardo Echeverría

    Hay un problema endiablado 

    que me mantiene aburrido: 

    ¿Por qué estando yo quebrado 

    no he de ser un buen partido?

     

    Miguel Peñarredonda:

    En casa de don Jesús 

    y bailando con Crispín,

    le dio a Rosa un patatuz  

    y quedó privada al fin. 

    La vio el médico Agapito 

    y dijo ante la reunión: 

    Yo creo que la privación 

    es causa del apetito...


    Gonzalo Vidal (Popayán, 1863 – Bogotá, 1946):

    Tan largo estaba el discurso 

    del diputado Juan R., 

    que uno de la barra dijo: 

    Don Juan: cuando acabe, ¡cierre!

     

    Lleva consigo revólver, 

    muy arrogante, Giner,

    porque ha observado que nunca  

    le estorba para correr.


    Eduardo Ortega hace su “Semblanza” en esta décima:

    Escribo versos muy bellos

    repletos de inspiración,  

    y dejo mi corazón 

    hecho jirones en ellos. 

    Llevo en el alma destellos

    de la chispa que poseo,

    pero cuando alguno veo,  

    hombre o mujer, ¡cosa rara! 

    todos me miran a la cara 

    y luego dicen: –¡Qué feo!


    Fórmula”. (Con el juego de escribir “ciento” como número 100):

     

    Con cualquier preparación 

    se llena un baño de a...100, 

    se llena un fatuo de viento 

    y una botella de ron. 

    Lo que es a mi corazón, 

    que pesa lo que no vale 

    y salta dále que dále

    con su esperanza burlada,

    no se le puede echar nada  

    porque está roto y se sale.

     

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.




     




     

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    JUAN DE CASTELLANOS


    Por Ramiro Montoya

    La escogencia del verso como forma de escritura para describir, criticar y ponderar acontecimientos y personas, está en la raíz misma de la nación colombiana, desde cuando Juan de Castellanos–uno de sus fundadores– dedicó los últimos 32 años de su vida a escribir las Elegías de varones ilustres de Indias en las que registra, con extensión de poema épico y detalles de cronista, el choque de los españoles con las tribus indígenas que habitaban lo que es el actual territorio de Venezuela y Colombia, la subyugación de esos pueblos y el nacimiento de un nuevo orden.

    En Las auroras de sangre,1William Ospina restablece el significado fundacional que la obra de este soldado de la conquista y clérigo en Tunja tiene para la poesía de Colombia y el Nuevo Mundo: “Es el primer poema verdaderamente americano de la historia escrito en lengua castellana, mucho más que una crónica en verso y mucho más que un relato histórico, un esfuerzo desmedido y afortunado por aprehender a América en el lenguaje y nombrarla por primera vez, no con el tono seco de un informe oficial, ni con el lenguaje fantasioso de un cazador de endriagos, ni con el tono probo pero incoloro de un acumulador de datos, sino con la voluntad de introducir todos esos hechos en el ritmo nuevo de la lengua, en la fluidez de una música, en un orden de belleza y de verdad” (pág.72). En alabanza a la inspiración de este poeta, Ospina sostiene que “en el corazón de esos hombres, perdidos en dédalos de insensibilidad y de ambición, cosa increíble, no había odio; por eso procuraban nombrarlo todo con amor; por eso, infatigablemente, podían cantar”. (pág. 96):

     

    Aquí se contarán casos terribles

     

    recuentros y proezas soberanas:

     

    muertes, riesgos, trabajos invencibles,

     

    más que pueden llevar fuerzas humanas,

     

    rabiosa sed y hambre perusina

    más grave, más pesada, más contina. (pág. 104).

    Bajo esa advertencia, cumplida en toda la extensión de la obra, afloran caricaturas de personajes como ésta del desnarigado Pedro de Heredia:


     

    Fue de Madrid hidalgo conocido,

     

    de noble parentela descendiente,

     

    hombre tan animoso y atrevido

     

    que jamás se halló volver la frente

     

    a peligrosos trances do se vido,

     

    saliendo dellos honorosamente;

     

    mas rodeándolo seis hombres buenos,

    escapó dellos las narices menos. (pág. 202).

    Con esos y otros ancestros de fecundos versificadores de la Colonia, a partir de la Patria Boba todo granadino y colombiano ha estado inclinado a poner en verso las dichas y desdichas de su tiempo y los sentimientos, amores y desamores personales. Los que han tenido acceso a pluma, tinta y papel los han dejado por escrito y otros con la facilidad del trovador –en un tributo a la primera forma de la poesía, la oral– los han improvisado en ferias, cantinas y tertulias bohemias, con ocasión de rivalidad entre varones o de galantería hacia las damas.

    Este ensayo se refiere a los poetas que, sin pretensiones de alcanzar las alturas de la consagración nacional, lograron estrofas de buena factura para reírse de gobernantes y prelados, de las desgracias de su tiempo, de sus contertulios y de ellos mismos. Alguno consiguió renombre en las antologías; pero el denominador común es la ligereza con que tomaban su vida y la alegría con que asumían el verso, pacientemente trabajado o elaborado sobre la marcha en ambientes de regocijo. Son versos festivos, improvisados, de encargo; pero son buenos versos.


    1 Ospina William, Las auroras de sangre, Editorial Norma, Bogotá, 1997. Estudio magistral sobre Juan de Castellanos (1522-1607), su época y sus Elegías, a las que se considera el poema más extenso de la lengua castellana, escrito en su mayoría en octavas reales –estrofas de ocho endecasílabos con rima ABABABCC–.



     

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    BARBA JACO, ENSAYO CRÍTICO SOBRE SU VIDA Y OBRA

    Miguel Ángel Osorio Benítez, Main Ximénez, Ricardo Arenales, Porfirio Barba-Jacob, fueron los nombres que sucesivamente usó el poeta colombiano conocido por el último de ellos. Aún cuando nunca publicó por iniciativa propia un libro de poemas, tres recopilaciones de sus versos se hicieron mientras estaba vivo. Editadas en México, Guatemala y Colombia, llevaban los títulos de |Canciones y elegías (1932), |Rosas negras (1933) y |La canción de la vida profunda y otros poemas (1937).

    Su obra, compuesta en realidad por unos 150 poemas, de los cuales se conservan 120 en la confiable edición preparada por Fernando Vallejo , es una buena muestra de cómo los últimos hálitos de la renovación modernista se personalizaban, con intensidad melódica, en una figura que padecía simultáneamente el lastre de un y lenguaje ya vuelto convención. Era un modernista rezagado, como lo ha llamado Octavio Paz. Por ello, y si toda obra completa es forzosamente desigual, la de Barba-Jacob lo es aún más.

    Allí se perciben los ecos evidentes de Rubén Darío, en composiciones rutinarias como la dedicada a Barranquilla, o en sus largas parábolas de reyes y campesinos, o en sus relatos, tan de época, de mujeres fatales. Hay en Barba-Jacob mucho de abalorio y de joyas de fantasía. Pero hay también, en este "desalado peregrino", la incontrovertible certeza de lo que sintió intensamente y escribió con brío. Más allá de lo declamatorio, consustancial a un período en que los recitales de poesía eran parte esencial del |modus vivendi del poeta, dicha altisonancia no alcanza a sepultar a un auténtico creador.

    ¿Qué advertimos en una primera lectura? Primero el mundo idealizado de la infancia y de la granja campesina, como lo atestigua uno de sus poemas más conocidos, "Parábola del retorno", en el cual el adulto que es Barba, acompañado por el niño que fue, se interrogan por lo que ya no existe más, su perdido paraíso:

    Señora, buenos días; señor muy buenos días...
    Decidme, ¿es esta granja la que fue de Ricard?
     ¿No estuvo recargada bajo frondas umbrías?
     ¿No tuvo un naranjero, y un sauce, y un palmar?
    El viejo huertecito de perfumadas grutas
    donde íbamos... donde iban los niños a jugar,
    ¿no tiene ahora nidos y pájaros y frutas?
    Señora, ¿y quién recoge los gajos del pomar?

    Esta poesía, que mira hacia la infancia como un agua redentora, borboteo onomatopéyico de juego de niños -"din-dán", "traque-que-traque", tal como lo hacían antes Pombo y Silva-, se va cargando poco a poco con toda la vitalidad errabunda de su existencia de poeta maldito: "El orgullo de ser, ¡oh América!, el Ashaverus de tu poesía", como dice en "El son del viento", un poema afín a los "Cantos de vida y esperanza" de Rubén Darío.

    En este marco surgen otros temas: su carne "ansiosa y opulenta", iluminada por un rojizo resplandor diabólico, sus contradicciones vitales, su homosexualismo, sus dudas y desfallecimientos, su alegría y su pavor ante la nada, su afán de perdurar y su aguda conciencia en torno al fracaso que implica todo existir. Proceso que ilustra un verso: "Mi mal es ir a tientas con el alma enardecida".

    Preguntas existenciales que, como sucede en "La estrella de la tarde", uno de sus más logrados poemas, sólo obtienen como respuesta un "Nunca sabremos nada", y una inmersión en el espectáculo que brinda la naturaleza, reconciliándonos con ella en su contemplación pacífica. Su infancia campesina y su vocación de maestro de escuela confluían así en un cuestionar incesante y en una idealización del paisaje.

    Barba incorpora además a su figura poética los rasgos de un paria, estéril como árbol que no da frutos, pero a la vez rebelde  e insumiso, "entre vanos amigos e impulsos desleales".

    De este modo, en este torbellino trashumante que fue su existencia, surge la conciencia de que su gran obra no habría de ser escrita: "Si ya mi juventud presiente la cercana/hora otoñal, de fuerza menguante o abolida" ("La hora cobarde").

    Sin embargo, todo su vaivén vital parece concentrarse en la música asonante de su "Canción de la vida profunda", su poema más conocido, en el cual la ondeante volubilidad de los estados de ánimo y la perpetua inestabilidad del .ser humano se tornan  armonía y prosadia en las siete estrofas de la "Canción":

    Hay días que somos tan móviles, tan móviles,
    como las leves briznas al viento y al azar.
     Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría.
     La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
    Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
    como en abril el campo, que tiembla de pasión;
    bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
     el alma está brotando florestas de ilusión.
    [...]
    Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
     en que levamos anclas para jamás volver;
    un día en que discurren vientos ineluctables...
     ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

    Las palabras típicas del vocabulario modernista, "undívaga", "próvido", y el uso reiterado de los signos de admiración no elevan el tono de su poesía a un enrarecimiento ininteligible. Por el contrario, en sus poemas más notables -"Parábola del retorno", "La estrella de la tarde", "Canción de la vida profunda", "Elegía de septiembre", "Lamentación de octubre", "Los desposados de la muerte", "Balada de la loca alegría", "La reina" o "Futuro"- la intensa carga vital es la que garantiza su capacidad de comunicación. No era necesario que recalcase: "Mi poesía es para hechizados". En sus mejores momentos su arrebato patético, "Desprecio de mí mismo: ¡estoy llagado!", supera la autocrítica personal y se trueca en intuición generalizada. La muerte, la nada que a todos nos cerca, terminará por convertirse en esa "Reina, rencorosa y enlutada". Lo afligente de toda existencia individual se ha vuelto así la certidumbre última que es el idioma. Se ha encarnado en un símbolo.

    Enrique González Martínez, el poeta modernista mexicano que lo conocía bien y que le dedicó varios poemas, escribió estas palabras: "Alma solemne, sólo el humorismo le está vedado [...]. Hay en su obra un gemido de angustia, una sed insaciada que le turba el goce de la contemplación y la jocundidad de vivir. No es pesimista, sino ávido, y su avidez se transforma en suplicio espiritual y clamor persistente [...] El gemido, como el de Prometeo, es angustioso y viril. Su erotismo es amargo, siente el dolor de lo efímero y la resignación del hastío. Nada hay más grande sino la muerte" . Esta muerte a la que Barba opone sus coros de alegría.

    En uno de sus pocos sonetos, "Sapiencia", formula su estética: "Bruñir mi obra y cultivar mis vicios". Pero lo que en dicha afirmación hay de desplante no nos hace perder de vista al otro Barba, artesano del verso. El mismo que por su trabajo con la palabra logra trasmitirnos la precisa intensidad de su visión. "Yo tuve el ensueño", como dice en la "Elegía de septiembre", o "¡todo pudo ser mío!", como recuerda en "La dama de cabellos ardientes". Un hombre, en definitiva, que luego de sentir muy próxima la inasible plenitud, contempla, atónito y dolido, su caída. Un romántico que debe renacer, cada día, a partir de las heridas que él mismo se ha infligido: sus ilusiones, sus ímpetus, sus brutales apetitos, hechos trizas. Convertidos en hastío.

    Las causas, como él mismo lo dice, bien pueden ser las drogas, la concupiscencia, la voluptuosidad y la lujuria, pero el motivo quizá sea aún más elemental y terrible: el simple hecho de vivir, y dirigirse ahora, de modo inexorable, a la disolución y al olvido. De ahí su pavura, como repite, y los plazos cada vez más cortos que la existencia le impone: "¡Pero la vida está acabando,/y ya no es hora de aprender!", concluye su "Lamentación de octubre". Poeta que ve la inexpresada maravilla y que lucha para que ella se perciba a través de un lenguaje propio, en medio de la retórica de la época: tal su dilema. Ya en 1920, en "La divina tragedia", había anticipado el conflicto: "Tampoco los príncipes de la lengua me dieron mi desatada libertad, sino que yo me la tomé y a mí me sirve para escribir como me da la gana, yo pomposo, yo romántico, yo engreído, yo delirante, yo prestidigitador". Y en sus "Claves", de 1930, que sirve de prólogo a |Canciones y elegías, dirá: "Luché por trascender la retórica 'modernista'; por volar libremente hacia la forma pura, simple, de inagotable virtud germinal". Reconociendo, cómo no, "que debemos a Rubén el sentimiento de la aristocracia formal como una conquista democrática".

    Así toda la obra de Barba oscila entre ese ideal elevado, de refinamiento artístico -"codicié la estrella", encendí lámparas ante "El ara del ideal", tuve "hambre de azul" o sentí "pensamientos de inspiración divina"- y ese otro tipo de impulso, terrestre y sombrío, que abarcaba tanto el alcohol y la marihuana como el homosexualismo y que, haciendo de su existencia un anecdotario más patético que pintoresco y no por ello desprovisto de ingenioso cinismo, le dictaría también algunas de sus canciones más jubilosas y libres. Allí donde la culpa se ha diluido en música y el arrebato eufórico aplaca todo remordimiento, acrecentando su goce. El caso de su "Balada de la loca alegría":

    Mi vaso lleno -el vino de Anáhuac-
    mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
    soy un perdido -soy un marihuano-
    a beber, a danzar al son de mi canción...
    [...]
    ¡Ah de la vida parva que no nos da sus mieles
    sino con cierto ritmo y en cierta proporción!
    ¡Reíd, danzad al soplo de Dionisos que embriaga el corazón!
    La Muerte viene, todo será polvo
    bajo su imperio; ¡polvo de Pericles,
    polvo de Codro, polvo de Cimón!

    ¿Qué es poesía?, se preguntaba en su "Canción en la alegría". "El pensamiento divino hecho melodía humana", se responde. Por ello el principio que regía la búsqueda de su libertad expresiva era "la sustitución de las relaciones lógicas por las relaciones melódicas". Lo cual, como lo ha recordado Fernando Vallejo, lo lleva a emplear un curioso método de composición:

    En un esfuerzo de concentración iba acomodando el acento y sobre el acento las palabras. Venía primero el zumbido del ritmo y la música del verso, luego la distribución de los acentos y por último la colocación de las palabras. Caso único en la lírica española, Barba-Jacob alcanzaba así el dominio casi absoluto de la onomatopeya .

    La música como fuerza que dará vida a todos esos moldes vacíos -mundo, hombres, cosas-, presos de una gran mudez. Barba intenta conferirles vida con su palabra, impedir que desaparezcan, insuflarles su ilusión juvenil. Encontrar, para ellos como para él, "norma y destino". Como él mismo lo dice en un poema revelador, "En la muerte del poeta Porfirio Barba-Jacob", la suya es una tragedia grotesca y sin sentido. Al Barba posmodernista le habían trocado todas las músicas. De ahí que se autoflagele llegando a la más grotesca de las ironías: "¡Qué miquito tan ridículo!". El drama ha sido un drama "horrible, ruin y frustrado"  |.

    El hombre que se había arruinado poco a poco, dilapidando su herencia verbal, y cuyo cuerpo ya olía mal -ese lenguaje desueto vuelto sudario indesarraigable- abandonaba, como una serpiente que muda su piel, sus sucesivos nombres, queriendo rehacerse a sí mismo a partir de cero. La ilusión de cambiar de identidad a medida que cambiaba de país, en su peregrinaje centroamericano. Sólo que niño, adolescente o maduro, siempre lo acompañaba su "roto, cansado, viejo corazón" y su "egregia Musa", que ya no creía en nada, "ni aun en la poesía", como escribe en su "Canción de la hora feliz". Por ello, en "La reina", insistiría en el mismo motivo: "Mi Musa fue de dioses engañada".

    Al percibir "¡la realidad, la realidad!" como un reflejo apenas, "una ilusión entre los oros de mi espejo", la poesía de Barba sólo podía hallar asidero en una realidad interior. Como el mismo Barba lo razonaba en "La divina tragedia": "Yo antes veía el crepúsculo. Después supe que el verdadero crepúsculo es el que está en lo íntimo de nosotros...".

    Realidad interior que va desde la exacerbación de los sentidos, "en los abrazos férreos de una pasión inicua", a la recuperación esperanzada de un ideal trascendente, como en el caso de "Acuarimántima", un largo y pretencioso poema donde Barba, a través de Main Ximénez, busca resumir toda su trayectoria, perpetuándose "en la virtud del canto". Aún cuando allí se dan "el arduo afán [...] por resolver el canto en melodía" y el enfrentarse a fondo con la dolorosa irrealidad que lo circunda:

    ¡Sé digna de este horror y de esta nada,
    y activa y valerosa, oh Alma mía!

    el resultado no es del todo feliz, ni logrado en su totalidad. El propio Barba ya había hablado de su "genio a relámpagos" y de cómo "mis fugas [...] amenguaban en mí la capacidad de la inteligencia; extinguían la impulsión creadora". Allí, sin embargo, retoma con acierto sus raíces:

    Yo descendí de la antioqueña cumbre,
    de austera estirpe que el honor decora,
     el alma en paz y el corazón en lumbre,
    y el claro sortilegio de la aurora
    bruñó mi lira y la libró de herrumbre.

    Asume sus dudas: "Un no sé qué... que túrbame el sentido", y sus perennes dualidades: "Ser yo, no ser, en sucesión alterna". Sólo que la febril inquietud que lima su vigor le hará sentir hasta qué punto "el tiempo es breve y el vigor escaso". Su meditación sobre la vida, sobre su propia vida, concluye, más que en suma, en resta:

    Sólo el amor de un vago viento vano
    volando en los velámenes expira.

    Un viento americano, como diría Gastón Baquero, "informe, violento, inestable, dominado por la natuRALEZA que aún agita esa docena de "Antorchas contra el viento" que son sus mejores poemas, entre los que hay que destacar "Futuro". El cual tiene la acerada intensidad lacónica de los epitafios, resumiendo esa huida constante de sí mismo que fue su vida y esa contradictoria tensión que le dio a la vez energía y muerte a su poesía, todo ello dentro de una erguida concreción verbal.

    Oigamos, entonces, a Barba, comprendiendo, por fin, su voz más pura. Aquella que encarnó en auténtica poesía y pudo, por ello, preveer su segura perdurabilidad.

    Decid cuando yo muera... (¡y el día esté lejano!):
    soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,
    en el vital deliquio por siempre insaciado,
     era una llama al viento...
    Vagó, sensual y triste, por islas de su América;
    en un pinar de Honduras vigorizó el aliento;
    la tierra mexicana le dio su rebeldía,
    su libertad, sus ímpetus... Y era una llama al viento.
    De simas no sondadas subía a las estrellas;
    un gran dolor incógnito vibraba por su acento;
    fue sabio en sus abismos -y humilde, humilde, humilde-
    porque no es nada una llamita al viento...
    Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
    que nunca humana lira jamás esclareció,
    y nadie ha comprendido su trágico lamento...
    Era una llama al viento y el viento la apagó.

     

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)

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