Por RAMÓN DE ZUBIRÍA
Todo viajero que llega a Cartagena de Indias, en su recorrido por la
ciudad, recala inevitablemente en el llamado monumento a los Zapatos
Viejos para recibir, frente a su extraña presencia, una doble sorpresa: la del
monumento mismo y la del texto de un soneto que hace parte de él,
grabado en una placa de piedra, y firmado por Luis C. López.
Recordemos sus palabras:
A MI CIUDAD NATIVA
Ciudad triste, ayer reina
de la mar
J. M. DE HEREDIA
Noble rincón de mis abuelos: nada
como evocar, cruzando callejuelas,
los tiempos de la cruz y de la espada,
del ahumado candil y las pajuelas...
Pues ya pasó, ciudad amurallada,
tu edad de folletín... Las carabelas
se fueron para siempre de tu rada...
— ¡Ya no viene el aceite en botijuelas!
Fuiste heroica en los años coloniales,
cuando tus hijos, águilas caudales,
no eran una caterva de vencejos.
Mas hoy, plena de rancio desaliño.
bien puedes inspirar ese cariño
que uno les tiene a sus zapatos viejos...
Aquel texto, y casi sin excepción, suscita en sus lectores una impresión
de ambigüedad y desconcierto, en razón de la mezcla que hay en él de
añoranza por un pasado de signo heroico, y de repudio por un presente
mirado oblicuamente por su sesgo pragmático y desangelado.
Para algunos despistados aquel texto, a pesar del tono afectivo de su
terceto final, trasluce una actitud de evidente menosprecio o desamor del
poeta por la ciudad. ¡Grave error! Y error de desenfoque histórico. Y es
que para situar e interpretar rectamente aquel texto es preciso recordar que
la Cartagena del desaliño y los vencejos a que alude el poeta - su poema
es anterior a 1920 - no es la Cartagena de hoy, renacida en pujanza de sus
cenizas, sino la ciudad fantasmal, la que sobrevivió de la otra heroica,
asolada, devastada, por los sitios y asedios de piratas y guerreros. No.
Nada de menosprecio o desamor. Muy por el contrario, López amó tanto
a su ciudad, que llegó a confundirse con ella y a convertirse, a la postre,
en su vocero y poeta mayor. Esa su simbiosis con Cartagena fue tan
absoluta que no habría hipérbole alguna al aseverar que imposible le
hubiera sido vivir lejos de su regazo. Con ocasión de uno de los viajes que
López hiciera al exterior, escribió el soneto titulado Adiós. Allí vemos
cómo se le enternece el acento e impregna de risueña melancolía al pensar
en una irónica muerte lejos de sus lares:
...abandoné mis lares
marcando rumbo hacia
remotos climas.
NÚÑEZ DE ARCE
¡Adiós, rincón nativo!... Me voy y mi pañuelo
parece un ave herida que anhela retornar,
mientras singla el piróscafo bajo el zafir del cielo,
cortando la infinita turquesa de la mar.
¡Nunca podré olvidarte, noble y heroico suelo
de mis antepasados!... No te podré olvidar
ni aun besando a una chica que sepa a caramelo,
ni aun jugando con unos amigos al billar...
Pero al imaginarme que yo no pueda un día
tomar a tu recinto, ¡con qué melancolía
contémplote a lo lejos, romántico rincón!...
Porque, ¡ay!, todo es posible, no exótico y extraño,
si el destino de pronto me propina un buen baño
para darle una triste pitanza a un tiburón...
Siempre he pensado que de su amorosa relación con Cartagena,
López hubiera podido decir, parafraseando el famoso verso de Robert
Frosl: La mía fue una querella de enamorado con mi ciudad. Por eso en
el soneto A mi ciudad nativa le hace, como vimos, una final profesión de
su amor, un amor acendrado por la costumbre y puesto ya por encima de
toda posible decepción:
Mas hoy, plena de rancio desaliño,
bien puedes inspirar ese cariño
que uno les tiene a sus zapatos viejos...
Ahora bien, aquí en este punto cumple señalar que la impresión
anotada de ambigüedad o desconcierto que suscita este soneto de López
a Cartagena, no es privativa de ese texto. Es la misma que - como una
constante mayor - prevalece en la totalidad de su obra.
Numerosos han sido los críticos y estudiosos que, partiendo de esa
impresión, han intentado desentrañarlos impulsos germinales -el etymon
espiritual - de aquella insólita escritura, en la que aparecen yuxtapuestos
o fundidos los más antagónicos elementos: lo heroico y lo vulgar, lo
sentimental y lo burlón, lo poético y lo prosaico, etc., todo aquello
expresado en un lenguaje en el que parejamente se conjugan giros y léxico
del más puro ascendiente literario con pronunciamientos y vocablos del
habla cotidiana, tachonado, además, por los símiles y metáforas más
sorprendentes y desconcertantes. Casi todas esas exploraciones han
aportado - y es cosa de agradecer - esclarecimientos conque enriquecer
la lectura poética de López. Pero han sido, con las excepciones de siempre,
enfoques fragmentarios o desviados, como ha sucedido con los de quienes
han pretendido interpretar la creación de López, desde un cerrado contexto
de orden puramente estético o, lo que es peor, desde el plano abstracto de
las teorías sociales o como expresión de determinadas ideologías políticas.
No. Esto - como reza el dicho popular - es "andar buscándole tres pies
al gato". Porque el asunto es en verdad menos complejo, como el propio
López se empeñó en explicar. Lo sustentaba, en el fondo, una doble
singularidad: la del entorno social y cultural en que le correspondió vivir,
y la singularidad de su propio temperamento.

Y personaje sui generis fue ciertamente Luis Carlos López. Desde el
nombre, tan poco apropiado para un poeta, (Emilio Bobadilla le preguntaba
en una carta: "¿No tiene usted apellido materno?"), hasta el apodo de
Tuerto, un remoquete que más parece de pirata, y, además, disparatado,
ya que López no fue tuerto sino bizco, pero, apodo muy de Cartagena, una
ciudad en la que múltiples personas y también personajes se conocen por
sus apodos, y no por burla o crueldad, sino por una particular y regocijada
manera de confrontar la realidad. (A su fundador, don Pedro de Heredia,
por una marca en el rostro, lo apodaron El desnarigado. Y a un ilustre y
acatado prelado lo bautizaron como El águila coja). Pero el asunto tiene
su calado, porque en los sustratos de esa lúdica propensión por los apodos
hay que reconocer una indudable capacidad ambiental para la caricaturauna capacidad que en nuestro poeta alcanzó los más insospechados
desarrollos.
Y fue López -comodecía- personaje tan suigeneris que de él existe
la más multifacética baraja de imágenes. Algunas, candidas, fruto casi
siempre de una superficial lectura de sus poemas, o del error, muy
frecuente, en que incurren quienes asumen que el autor y el protagonista
de una creación literaria, son una misma persona. Ejemplo: la imagen de
un López poeta y bohemio desmelenado, con su correlativo desaliño, la
cual, a quienes lo conocimos, forzosamente nos hace sonreír. Pues López
fue pulquérrimo varón, con pulcritud extremada hasta la coquetería de
teñirse el pelo, de manos impecables - fumaba con boquilla por no
mancharlas de tabaco -, tan tersas y pulcras que parecían de nácar, y daban
la impresión de no haber sostenido con ellas peso mayor que el de una
pluma; señor, en fin, de la más fina y cuidada estampa, de aire inconfundible,
tan esbelto y mosqueteril en el andar, que parecía caminar como la lluvia,
sin doblar la rodilla.
De él también se ha dicho, y se dice, que fue un excéntrico, y,
apurando el dictamen, que fue un misántropo.
¿López excéntrico? Pero ¿cómo soltar fallo tan aberrante para cali ficar
a quien fuera el hombre y artista más ahincado, arraigado en su centro, en
su circunstancia geográfica y vital, circunstancia con la cual estuvo
umbilicalmente ligado, con su nativa Cartagena?
Y, ¿qué decir del López misántropo? Nos preguntamos: ¿cómo podía
serlo si entre los distintivos mayores de su espíritu estuvo siempre su
ternura, la que desplegaba particularmente en el trato con los suyos, y, con
los niños, los inválidos y los animales? Fue, además, cultor de la amistad.
¿Misántropo? Pero si fue la suya ánima conmovida por el más púdico
amor, la que escribiera aquellos Versos para ti:
VERSOS PARA TI
Y sin embargo, sé
que te quejas
Becquer
...Te quiero mucho. Anoche, parado en una esquina
te vi llegar... Y como si fuese un colegial,
temblé cual si me dieran sabrosa golosina...
Yo estaba junto a un viejo farol municipal.
Recuerdo los detalles, cualquier simple detalle
de aquel minuto: como si fuese un chimpancé,
la sombra de un mendigo bailaba por la calle,
gimió una puerta, un chico dio a un gato un puntapié...
Y tú pasaste... Y viendo que tú ni a mí volviste
la luz de tu mirada jarifa como un sol,
me puse más que triste, tan hondamente triste,
¡que allí me dieron ganas de ahorcarme del farol!...
Un alma, en fin, transida de la más honda ternura por los desvalidos
e indefensos, como el ciego aquel de Fresco amanecer, el mendigo de
Llovía, El trashumante Mateo, o el oscuro y anónimo muerto de In pace.
Recordemos, finalmente, a propósito de su misantropía, que López,
a fuer de buen costeño, fue también hombre gozosamente dado a los
retozos goliardescos. Quien busque huellaen su obradeaquellasjugarretas
picarescas, que se asome a poemas como A Rosalbina, Para vuesa
merced, A Camila, o Noche truculenta. He aquí este último:
NOCHE TRUCULENTA
Para libar el jugo de agrios vinos
- no dejes ver la pierna,
muchacha - los marinos
vendrán dentro de poco a la taberna.
Son de brusco perfil, biceps de acero,
niños enormes de cuadrada espalda
y andar patojo. - Pero,
¿le arreglarás la falda?
Con sus jarrones de licor, sus dados
y sus cachimbas se darán al juego
carnavalescamente iluminados
por la epilepsia del candil. Y luego
terminarán rugiendo una salvaje
canción sensual. - Del cafetín me salgo,
porque - ¡bájate el traje! -
lo que es aquí pasa algo...
Otra imagen muy difundida y de las más desafortunadas de López es
la de su anticlericalismo, una imagen extraída exclusivamente, al parecer,
de un poema, Tarde de verano, mal leído casi siempre y peor interpretado,
con su cura del pueblo, blanco para el fusil del poeta. Leámoslo
TARDE DE VERANO
El rico es un bandido
SAN JUAN CRISÓSTOMO
La sombra, que hace un remanso
sobre la plaza rural,
convida para el descanso
sedante, dominical...
Canijo, cuello de ganso,
cruza leyendo un misal,
dueño absoluto del manso
pueblo intonso, pueblo asnal.
Ciñendo rica sotana
de paño, le importa un higo
la miseria del redil.
Y yo, desde mi ventana,
limpiando un fusil, me digo:
¿Qué hago con este fusil? -
Pues bien, partiendo de una superficial lectura de este poema, como
anotaba, se ha pretendido instaurar la imagen del López 'comecuras', tan
desajustada con la realidad, sin reparar en que muchas de las otras
referencias clericales que aparecen en su poesía poco o nada tienen de
agresivas. Refresquemos la memoria. En Campesina, no dejes..., por
ejemplo, aparece otro cura, pero al que López reconoce y exalta como un
"alma sencilla". Así mismo, en su soneto A un conductor de almas, lo que
encontramos es una conmovida evocación de un virtuoso pastor. No hay
que fiarse demasiado. Había mucho de retozo para espantar la beatería
local en esa presunta actitud anticlerical. Mas si, volviendo al precitado
poema de marras, lo leemos bien, observaremos fácilmente que lo que en
él predispone para que al cura protagonista le disparen un fusil, no es su
condición de cura, sino la forma como inclumple su misión, su condición
de "dueño absoluto del pueblo" y ese su andar "ciñendo rica sotana de
paño", mientras "le importa un higo la miseria del redil".
Finalmente, hay que recordar que López, antes de morir, recibió los
sacramentos. Y como no perdió el humor ni siquiera en aquel trance,
dirigiéndose a algunas personas de dudosa ortografía que por allí estaban,
les decía: "¡Se los recomiendo, se los recomiendo!".
Ahora bien, al llegar a este punto, es lógico suponer que estén ustedes
preguntándose: pero, en final de cuentas, ¿cómo fue Luis Carlos López
Para responder, a más de lo ya anotado, afirmaría, con intención de síntesis
y sin azoros de ninguna clase, que en su perfil humano y en los signos
característicos de su escritura, quedaron reflejados los rasgos diferenciales
del alma de su ciudad, con cuyas esencias se impregnó e identificó
plenamente el alma del poeta. El propio López definió alguna vez ésta, su
identificación con la ciudad. Aquí están sus palabras: "Yo soy
eminentemente anfiscio y Cartagena lo es en grado sumo. Aquí hay que
prosternarse, conmovido por dentro y burlón por fuera". Y así, por
anfiscio, como ella y por ella, se desdobló en la ambigüedad que a los dos
- ciudad y poeta - distingue, para ser, al tiempo, respetuoso e irreverente,
sentimental y burlón, tierno y mordaz, generoso y zumbón.
Y, efectivamente, no hubo un rasgo suyo que no fuese reflejo del
modo de ser de su ciudad. Empezando por el más sobresaliente: su
bondad, porque, por encima de todo, López fue un hombre - como diría
Machado- "en el buen sentido de la palabra, bueno", limpia y verticalmenie
honesto. Y fue también dueño y señor de su dignidad y altivez. Nunca su
austera nobleza gastó concesiones a la vanidad. De la fama, sólo le tentó
el renombre, y así, orgullosamente, gustó el halago de saber exaltada su
obra por jueces como Unamuno, Darío, Valle Inclán, Amado Ñervo y,
entre los colombianos, Sanín Cano y Eduardo Castillo. Por las regalías, o
cualquier forma de rentabilidad de sus creaciones guardó siempre un
olímpico desdén. Así se explica la franciscana pobreza de sus postreros
días. Prefirió a todas horas su fiera altivez a cualquier repertorio de
sinuosidades para subir "poco a poco de escalón a escalón".
Y junto a su desdén por lo económico, estuvo su generosidad. De
comerciante, en la tienda de ultramarinos que tuvo con su padre, regalaba
a los niños los dulces por puñados; de consagrado escritor, regalaba sus
poemas a los amigos y jóvenes escritores para apresligiar y hacer
productivas con ellos las revistas que publicaban. Fue, sí, hombre tímido,
pero también fue hombre sociable, gran caballero de suaves y finas
maneras. No fue nunca esquivo con quien entraba en contacto con él.
Rehuía, eso sí, el trato con los aduladores y la acosante jauría que iba tras
de su rastro con su impertinencia o estupidez. Para defenderse de ellos se
atrincheraba en su supuesta hurañez, y los espantaba, se los quitaba de
encima, con el aguijonazo gracioso, el puntillazo cáustico o la estocada
mortal, que él calibraba según la magnitud de la agresión.
En cambio, ¡cuánta gentileza y derramada gracia prodigaba, a los
amigos, en la intimidad! Sí, López fue hombre sociable y tanto que, por
sus mocedades, fue asiduo frecuentador de clubes, y hasta garboso
bailarín y, ya por sus madureces, y por el reconocimiento que suscitaba su
obra, eje de tertulias o centro de caudalosos homenajes
Y, como buen cartagenero, fue también irreverente, con una
irreverencia que le venía de la cotidiana frecuentación con la historia
grande, el bronce y el mármol, y de su humanismo básico, de fondo, que
le hacía anteponer para su respeto las personas a los personajes, y
respetarlos únicamente en función de su verdad, virtudes y valores.
Porque respetuoso fue siempre con lo sagrado, lo honesto y verdadero.
Con lo que no transigió nunca fue con la impostura, la trampa o la mentira,
con ninguna forma de la fatuidad, de eso que el pueblo cartagenero, con
gracia muy propia, llama "la fartedá", es decir, lo artificioso, lo falso, lo
postizo. Por eso fustigaba con su sátira las posturas y simulaciones
afrancesadas de "Los que 1 legaron de París". Por eso fue el gran denunciador
de lo que Jorge Zalamea Borda llamó "La comedia tropical".
Algunos han creído ver en la sátira de López y la acritud de su poesía
social la proyección de un espíritu revolucionario, tanto en su actitud civil
como en su expresión literaria. Ciertamente, no creo que nadie se aventure
a negar que la suya fue la menos adocenada de las conductas pero, pasar
precipitadamente de esta inicial y veraz consideración, a decir que la sátira
social en su poesía fue consecuencia de una postura o mentalidad
revolucionaria, es ya demasiado. No. López, a pesar de los explosivos
elementos que hay en su obra, fue espíritu apacible, lo menos dado a
subvertir orden de ningún tipo. Para interpretar su poesía de protesta social
no hay que inventarle ninguna ideología especial, mucho menos
extranjerizante. Porque lo que en aquellas páginas de protesta social
realmente quedó consignado fue el testimonio del inconformismo y
censura de López frente al deterioro que invadió la atmósfera social de su
ciudad, con la irrupción del llamado progreso moderno, que tanta mella
causó en las normas e ideales del pasado.
En efecto, a López, hijo raizal de Cartagena de Indias, familiarizado,
desde niño, en el ámbito de su ciudad, con la esencia de lo heroico y lo
grande, le correspondió presenciar después la erosión de su antigua
grandeza, a manos de la medianía insolentada, el fariseísmo y la más
variada gama del arribismo.
Para un poeta de la fibra idealista de López tenía que serle imposible,
frente a aquel desbarajuste, asumir la postura de un indolente e impasible
espectador. Y así prefirió, antes que trasnochado poeta supérstite de una
heroica edad abolida, ser el satírico poeta antiheroico de una época
antiheroica. Y lo hizo no por consignas partidistas, no por resabios
moralistas - nada más extraño a López que la posición de dómine
deshumanizado - , sino por limpio amor a su ciudad, por fidelidad a sus
mejores esencias, y por todo lo que en él, a pesar de sus ímpetus
románticos, alentaba de temperamento clásico, de espíritu inhabilitado
para admitir, como él decía, "que el mundo girase con un pequeño
desnivel". Quería las cosas en su sitio, en una ordenación que respondiera
a una justa jerarquía de valores. Por eso cuando hacían su aparición
desfachatada lo injusto, lo usurpante, lo falso, lo desesperadamente
sumiso - ¡aquellas solteronas de provincia! -, lo abusivo instituido, el
egoísmo, la prepotencia o el vandalismo, entonces sí se le disparaban las
palabras de su sátira como dardos ardientes. Y, repito, lo hacía porque el
hombre rebelde que había en él era incapaz de asistir, con "la indulgente
pasividad del buey", al atropello de los valores que configuran la decencia
y humana dignidad, a la subversión de su orden clásico. Entonces era
cuando dejaba de reír, cuando, con la indignación de que es capaz toda
alma noble, se rebelaba ante el escándalo, y tenía que envidiarle a Satán
"su alegre carcajada" ante el espactáculo de "los tigres comiéndose a los
ruiseñores".
Y si de lo social pasamos a lo poético, apuntaré que varios críticos
literarios han considerado asimismo la obra poética de López como la
creación de un revolucionario. Sin embargo, nada más apartado de su
pensamiento que tales presunciones. Porque, aunque no lo parezca, esa
obra no estuvo condicionada por ningún intento revolucionario, pero ni
siquiera innovador suyo. ¿Pruebas? Voy a citar enseguida las declaraciones
que en una importante entrevista hiciera López al periodista cartagenero
José Morillo, en las postrimerías de su vida, en 1950. Decía López:
"Nunca presumí de innovar en poesía, de ser un 'poeta nuevo' en mi
época. Apenas me he considerado un autor con un modo de sentir distinto,
producto de un temperamento propio". Con pareja exactitud señaló que
tampoco buscó una ruptura con la generación anterior. Muy por el
contrario, profesó honda admiración por las cimeras figuras del
modernismo. Lo que es más: sentía, con ufanía, que, en la suya, se
continuaba y perfeccionaba la revol ución poética comenzada por aquellos
poetas.
Se me dirá, y es cierto, que tuvo una juvenil escaramuza con Rubén
Darío, cuando éste dirigía la revista Mundial Magazine, desde París. Pero
aquello, lo sabemos, no pasó de un simple mal entendido. Darío era,
además, y lo fue siempre, admirador de López. Por otra parle, la huella de
Darío en López es visible. (. ..mientras singla el piróscafo bajo el zafir del
cielo, / cortando la infinita turquesa de la mar).
Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí podría considerarse como un
retrato a mano alzada de Luis Carlos López. Pero ese retrato me parece que
quedaría incompleto si no se lo complementara con un boceto de lo que
fue su parábola vital. Importa hacerlo, además, porque en torno a la vida
de López ha habido tanta inocua especulación episódica, que