• CLÍMACO SOTO BORDA

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:


    Esos tres lunares son

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría

    de mi amante corazón.


    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:


    Este soy, un pobre diablo

    que a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,

    más no importa: sumo y sigo,

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.

     

     

     

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    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA, POETA, BIOGRAFÍA

    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (1865-1896)

    Durante un siglo colombianos y extranjeros han leído la obra de José Asunción Silva con sincero interés. Han expresado su admiración en páginas que iluminan aspectos de su poesía y su novela y que establecen, a lo largo de estos cien años, las modalidades de recepción crítica de una de las más notables creaciones literarias colombianas.

    Aun cuando ya se han hecho tres recopilaciones de trabajos críticos sobre Silva |y en los últimos años la biografía pionera de Alberto Miramón se ha visto superada por nuevos aportes, entre los que se destaca el libro de Ricardo Cano Gaviriatodavía subsisten multitud de miradas sin recopilar que nos permiten medir la sugerente resonancia de su escritura. Y la forma como ella se ha estudiado mediante muy diversos análisis.

    Cómo en muchos casos, su obra se convierte en un simple pretexto para trasmitir los intereses de la hora y cómo en una segunda vuelta del tiempo todos esos análisis se van adhiriendo como pólipos a la desnuda música de sus versos, otorgándoles la pátina de una riqueza más honda. De un eco que se prolonga y modifica a través de oyentes dispersos en el tiempo y en el espacio! ¿Por qué el mismo poema suscita reacciones tan variadas? No se trata tan sólo de un ejercicio universitario, como, con tanta agudeza, propuso I. A. Richards en |Lectura y crítica (1929, versión española, 1967) sino, en cierto modo, de un corte longitudinal a lo largo de nuestra historia literaria y sus repercusiones en todo el ámbito de la lengua española.

    Tales reacciones van desde quienes conocieron a Silva y permanecieron dentro de la órbita de una personalidad singular y un drama humano que marcaría, por mucho tiempo, cualquier aproximación a sus textos, enturbiados por el escándalo de su muerte, hasta los estudiosos que revalúan hoy una novela como |De sobremesa y la sitúan, de lleno, dentro de la renovación modernista y sus preocupaciones esotéricas. Cada época proyecta sus intereses al poner énfasis, en los mismos renglones, sobre quien los redactó o en la buscada autonomía de tales textos.

    Entre esos dos puntos operan ensayistas hispanoamericanos como Rufino Blanco Fombona y Ventura García Calderón, o poetas como el español Francisco Villaespesa, tan influido por Silva, el nicaragüense Salomón de la Selva, el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y los colombianos León de Greiff y Germán Pardo García, quienes desde su ademán creativo asediaron el mundo de Silva, en pos de sus propias imágenes personales, como es obvio, pero también como un reconocimiento franco de quien los urgía y conmovía con la sinceridad entrañable de su poesía, en especial el "Nocturno", por antonomasia, piedra de toque de cuantos escriben sobre su obra.

    De todos modos, en este repaso de textos, que atiende tanto a las peculiaridades de la ciudad que lo vio nacer -caso del historiador Indalecio Liévano Aguirre- como a los conflictos sociales, económicos y políticos que un español como Juan de Garganta resume, en 1947, revisando la bibliografía disponible hasta la fecha, es factible concluir reafirmando el valor innegable de su aporte, ya nunca más regateado al lado de las figuras centrales de su tiempo, como es el caso de Rubén Darío y José Martí, cuyas obras leyó, asimiló e hizo suyas incluso hasta la parodia.

    II

    ¿Quién fue entonces este poeta singular? Hijo de una familia acomodada de origen andaluz, su padre, Ricardo Silva, era un escritor costumbrista dueño de un almacén bogotano, como varios de su época, que importaba de Europa artículos de lujo.

    Después de la muerte de su padre, Silva verá quebrar tal negocio y sufrirá el embargo que su abuela materna le declara luego de padecer 52 ejecuciones judiciales. Verá también morir a Elvira, su hermana más querida, y en el naufragio del vapor |L´Amerique desaparecer lo que consideraba más valioso de su obra literaria. A pesar de tales desdichas muchos continuaron aludiendo a la belleza de su figura, la elegancia de sus maneras y la pulcritud de su camisa. Un dandy nazareno que buscaba ser fiel, hasta el final, al desapego apolíneo, sintetizado en esta frase: "Antes me verán muerto que pálido".

    Las anécdotas nos lo muestran sensible e irónico, avanzado para su tiempo pero unido de modo irremediable con su entorno, que lo vio vivir durante treinta y un años y le dictó muchas de las pautas de su conducta. Un viaje a Europa y una estadía en Caracas, como miembro de la legación colombiana, constituyen sus dos únicas salidas al exterior, igualmente decisivas: adquirió distancia. Supo de otras formas de convivencia. Se sintió sólo y escribió para comunicar ese misterio que une a todos los hombres.

    Una última y fracasada aventura comercial -el montaje de una fábrica de baldosines de cemento- y una cena final, con diez amigos, cierra la breve novela de su existencia. Luego de ella, y vestido con elegancia, se dispararía un tiro en el corazón: el lugar preciso que un médico amigo le había señalado días antes. No vio publicada su obra.

    Tales elementos darían origen a una catarata inagotable de medallones románticos, agravados por unos supuestos amores con su hermana, y harían de su silueta la de un maldito o, por lo menos, un "raro", para usar la terminología impuesta por Darío. Tal sustrato se percibe en múltiples aproximaciones a Silva. La leyenda será consustancial a su figura. Ni la más objetiva de las lecturas puede prescindir de tales datos.

    Pero el ser alejado del mundo, víctima de la ensoñación, impráctico para los negocios, era también el miembro de una familia liberal atraído pragmáticamente por la pragmática política conservadora de Rafael Núñez. Al elogiar los versos de Núñez, Silva buscaba conservar su puesto diplomático o, si era posible, mejorarlo.

    Lo apasionante, en todo caso, fueron sus contradicciones y la forma como se trasmutaron en un música verbal de nitidez mágica. No era un hombre al margen de las tensiones sociales de su pequeño mundo, de las herencias y los pleitos del sectarismo político y las heridas no cerradas de varias guerras civiles. Pero era, ante todo, un poeta. Pudo escribir sobre los fantasmas difuntos que la bruma de su ciudad natal insinuaba en torno suyo.

    Algo de esto había visto Laureano García Ortiz en 1896 al decir:

    Si bien es cierto que Silva era de naturaleza sensible en grado extremo, y de una sensibilidad que no iba siempre en vía y a paso normales, igualmente es cierto que jamás apareció en él indicio alguno |sentimental; murió, según todo lo hace creer, en ejercicio de una libre y fría volición, como ponían fin a su vida las
    fuertes naturalezas del paganismo 

    Esa fuerza para hacer suyo el destino también se percibe en, sus versos: trascienden su época convertidos en imagen aún válida.

    Si en la adolescencia comienza a ayudar a su padre en el negocio familiar y a los 18 años fue incorporado como socio, teniendo que habilitarle la edad, su interés por la poesía se mantendrá alerta a lo largo de estos años y la literatura francesa, como apunta Sanín Cano, estará siempre presente dentro de su horizonte intelectual.

    Pero ese afrancesamiento, consustancial al latinoamericano de la época, no eludía, en ningún momento, el humus cultural que su medio le proporcionaba. El cual, como lo ha sintetizado Malcom Deas refiriéndose al período de hegemonía conservadora entre 1885 y 1930, podía resumirse así:

    cuidar la lengua es preservar la comunicación con el mundo hispanoparlante,

    añadiendo, al referirse a Miguel Antonio Caro:

    La preocupación por el idioma no se derivaba del temor al aislamiento aunque Colombia estuviera aislada, ni del menguante nivel de comunicación con los mexicanos, chilenos o argentinos, que le importaban poco. Me parece que el interés radicaba en que la lengua le permitía la conexión con el pasado español, lo que definía la clase de república que estos humanistas querían .

    No fue Silva, como se dijo, un solitario aislado en su torre de marfil. Sí un hombre de carácter que sabía trazar distancias y que trató, en prosa y verso, de lograr que los modos de percepción de la realidad se hiciesen más sutiles, al trascender el debate que muchos de sus poemas plantean -el peso de la herencia hispánica, el drama de las guerras civiles, el papel de Bolívar- hacia una dimensión más compleja e íntima, de innegable universalidad. Fue crítico de su herencia, pero lo mejor suyo es la consubstanciación entre la palabra y un clima que sin la palabra no subsistiría envuelto entre las nieblas del deseo.

    III

    Ismael Enrique Arciniegas recuerda su participación en las reuniones que se realizaban en la imprenta de José María Rivas Groot. Allí donde se compiló |Víctor Hugo en América y en las cuales participaban Julio Flórez, Diego Uribe, Federico Rivas Frade, los hermanos León Gómez, Joaquín González Camargo y Carlos Arturo Torres, el ensayista de los |Idola Fori. En ellas Silva leyó "Ars", su definición estética, y páginas en prosa.

    Allí se acordó publicar un libro colectivo de poesía con el título de Arpas amigas que luego se convertiría en |La lira nueva (1886), cuyo prólogo, firmado por Rivas Groot, sintetiza el idea firmado por Rivas Groot, sintetiza el ideario del poeta del momento en tres palabras-temas: "Cristo, la Re pública y la Naturaleza".

    Un ideario que no coincide exactamente con el de Silva. El suyo era más amplio, sí, pero también más ceñido a la propia fuerza expresiva de su trabajo verbal. No era un teórico de la reconciliación histórica con España. Era un creador que transformaba la lengua española y le hacía decir:

    El verso es vaso santo. Poned en él tan solo
    Un pensamiento puro,
    En cuyo fondo bullen brillantes las imágenes,
    Como burbujas de oro de viejo vino oscuro.

    En dicha tertulia se rechazaban los versos agudos y esdrújulos. Las octavas bermudinas, las octavas reales, las sextillas que puso de moda el doctor Rafael Núñez. Se vivía, en consecuencia, dentro del debate vital del idioma. De sus modos de conjurar una realidad fugaz.

    En una Bogotá "aletargada y brumosa" la vida literaria podía ser muy intensa, mezclada con las pasiones políticas, las preocupaciones gramaticales y los "sueltos", con pseudónimo, que todos los periódicos acogían, recogiendo chismes y maledicencias: así lo ha rescatado Enrique Santos Molano en |El corazón del poeta (1992). Otra biografía de Silva donde se palpa la estrecha ligazón entre el poeta y su mundo.

    La vida social, dentro de los comprensibles límites de una ciudad que sólo en 1900 alcanzaría los 100.000 habitantes, desplegó en torno suyo la secuencia de cenas y bailes, escenario este último de varios de sus poemas, como lo corroboran la crónica humorística de Clímaco Soto Borda y las propias crónicas de Silva, v.gr. la dedicada a la fiesta de los Koop (1887) .

    La doble vida del joven de sociedad que buscaba compaginar sus actividades de comerciante y poeta, no queriendo que las segundas interfiriesen en el crédito que los prestamistas le otorgaban para subsistir a él y su familia en la primera, será una constante y explica quizá el sarcasmo de sus "Gotas amargas".

    Exudaba lo que había visto y padecido. Hacía público el malestar que le producía tal conflicto y la estrechez burguesa de su clase social leyéndolas, en confidencia, a los amigos más íntimos. Mantenía la dualidad que corresponde al creador en sociedades de incipiente capitalismo, impedido de concretar, a cabalidad, su vocación.

    Ese "filósofo engarzado en un petimetre" que había retrata do Pedro Emilio Coll con pechera blanca y zapatillas de charol, debió sufrir demasiados chistes malévolos y responder con varia das frases hirientes, para terminar marginado en el cementerio de los suicidas. Pero, de otra parte, estuvo próximo, en la tertulia de su padre, en las relaciones familiares, en las colaboraciones periodísticas, en el mostrador de su almacén, a lo decisivo de la sociedad de su tiempo: la que ejercía el poder. La que firmaba los nombramientos en el exterior.

    Pero reconociendo esa unión entre persona y sociedad, entre entorno y familia, lo importante es también subrayar la ruptura. Si no estaríamos preguntándonos lo mismo que Luis López de Mesa se preguntó en 1928:

    ¿Para qué un Silva empleado de segunda categoría en un banco, subalterno de un ministro agreste o diputado por las derechas del hirsuto gamonalismo provinciano.

    Silva rompió y a través de su poesía reestableció el vínculo, en un nivel mucho más profundo. Se convirtió en símbolo de Colombia, como lo denomina Alejandro Vallejo, al señalar cómo el "Nocturno", al igual que "La canción de la vida profunda" de Barba-Jacob o "Las cigüeñas", de Valencia, encierran "algo que a todos nos es propio".

    Pero el carácter representativo de Silva, como uno de los mas altos logros de nuestra cultura, en la plenitud de sus versos y la amargura final de su existencia, cancelada con un gesto que tiñe de dolor retrospectivo todos sus actos anteriores, no nos impide intentar comprenderlo más allá del mito, al revisar el mayor número posible de puntos de vista sobre su humanidad y su escritura. Eduardo Zalamea, en 1946, señalaba:

    Se diría que nuestra literatura no ha llegado a la madurez necesaria para analizar la vida de nuestros grandes poetas.
    ¿En dónde el libro que nos muestre el verdadero Silva y el que despoje a Caro de su clámide clásica para que podamos verle en su humana desnudez y el que nos revele el secreto del genio de Pombo y el que aclare la penumbra que vela el rostro de Flórez, y el que nos entregue completo a Barba-Jacob y el que nos dé la cabal medida de Valencia?

    Mucho se ha avanzado en tal sentido, pero aún faltan varias piezas del mosaico. De todos modos hoy conocemos mejor ese mundo de Silva ante los avances historiográficos y la voluntad esclarecedora de las sucesivas aproximaciones a su trayectoria. Lo cual impone, por cierto, un retorno a su poesía, que no supera las 220 páginas, y a su prosa, que no va más allá de las 160 cuartillas. Tomando en cuenta, como hoy lo hace la crítica, su rigurosa conciencia de artista y lo novedoso de su novela-ensayo-diario íntimo.

    Las numerosas variaciones críticas en torno a Silva podrían llevarnos a desalentadoras conclusiones sobre el tedio de la vida académica, pero el cambio de atención de su poesía a su novela y de su drama personal al estado general de las letras hispanoamericanas durante el modernismo, y la sociedad en que se dio, es un buen síntoma. Enriquece la vista.

    Además, el requisito previo de conocer cuanto se ha escrito sobre Silva resulta imprescindible. Quizá ya allí, en aquel olvida do estudio, estaban las bases de la interpretación que hoy se nos brinda como muy renovadora, en enrevesada terminología. En todo caso, es curioso oír hablar de Silva, desde la intuición como desde el prejuicio. Es esclarecedor, en definitiva, ver cómo los otros leían a Silva. Esas miradas aumentan nuestro asombro ante la belleza de tantas de sus líneas.

    En todo caso, desde los 44 textos sobre Silva que con ayuda de Santiago Mutis y Mauricio Pombo rescatamos en Bogotá para la edición de |Poesía y prosa de 1979 y los 15 textos que en 1988 agrupé, desde Buenos Aires, en |José Asunción Silva, bogotano universal, el interés prosigue. Sigo fiel al primer trabajo crítico que escribí: una aproximación a Silva publicada en la revista Arco de Bogotá.

    Vale la pena recalcar el valor propio de Silva y la forma como se apreció su contribución a la literatura hispanoamericana. Feliz contrapunto de admiración y análisis técnico de sus estructuras. Esclarecimiento de su secreto personal y contemplación del ámbito que lo circunda.

    Estas lecturas de Silva terminan por multiplicar la pluralidad de sentido que alberga una obra como la suya y reconocen, con honesta autocrítica, cómo la auténtica poesía siempre dice un poco más (o un poco menos) de lo que los críticos intentan hacerle decir.

    Podemos entonces citar el hermoso verso de Silva -"Si aprisionaros pudiera el verso/Fantasmas grises cuando pasaís"- como epígrafe adecuado. La crítica será siempre inferior a la poesía. Son los poemas de Silva los que, en definitiva, justifican estas mediaciones críticas y los que subsisten intactos más allá de tan tos asedios. La poesía, iluminada por las palabras que la circundan, termina por celebrar, en solitario diálogo compartido, su voz única. Así sucede, por ejemplo, con sus "Midnight Dreams":

    Anoche, estando solo y ya medio dormido,
    Mis sueños de otras épocas se me han aparecido.
    Los sueños de esperanza, de glorias, de alegrías
    Y de felicidades que nunca han sido mías
    Se fueron acercando en lentas procesiones
    Y de la alcoba oscura poblaron los rincones
    Hubo un silencio grave en todo el aposento
    Y en el reloj la péndola detúvose al momento.
    La fragancia indecisa de un olor olvidado,
    Llegó como un fantasma y me habló del pasado.
    Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
    Y oí voces oídas ya no recuerdo donde.
    Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
    Se fueron alejando sin hacerme ruido
    Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra
    Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra..

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)


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    HÉCTOR ROJAS ERAZO


    HÉCTOR ROJAS ERAZO (Tolú, 1921-Bogotá 2002)

    Premio nacional de poesía José Asunción Silva, Bogotá, 1999.
    Libros de poesía publicados: Rostros en la soledad (1952); Tránsito de Caín (1953); Desde la luz preguntan por nosotros (1956); Agresión de las normas contra el ángel (1961); Las úlceras de Adán (1995).

    Novelas: Respirando el verano (1962). En noviembre llega el arzobispo, 1966. Celia se pudre. Madrid: Editorial Alfaguara, 1985.

    Prosas: Señales y garabatos del habitante (1976).

    Incursionó en el periodismo (El Heraldo, La Prensa, El Universal, Diario de Colombia, El Tiempo, El Espectador).

    Como pintor realizó más de sesenta exposiciones dentro y fuera del país (España, Alemania, Estados Unidos, Canadá).

    Con gran sentido del humor, Rojas Erazo publicó en 1968 un autorretrato con agudezas como ésta: “Quien le ve su andar de pesista de circo o luchador que se dirige a un gumiiasu, no sabe que toda su fisiología no pasa de ser un mueble (...) Tuvo la voz gruesa y afirmativa de los animales que viven atemorizados. Temor a todo: a cortarse cuando se afeita” a engordar más de la cuenta; a tener que dormir alguna noche en una casa sola; al solo hecho de estar vivo; a ser arrollado por un automóvil, por la espalda, cuando va caminando por una acera. Sabemos también que, para él, un viaje en avión es mucho más catastrófico que un juicio final”.


     

    EL DESEO

    El deseo es vegetal
    pide caminos
    aire
    quiere temblar en fruto

    suspenderse
    pide un cuerpo abonable
    pide un labio
    pide comer y ser comido
    quiere
    entrabarse y gemir con ramas duras.
    Gime por ser
    quiere temblar
    sentirse
    palparse desde dentro
    saberse entre las cosas respirando.
    Quiere el viento y el ala
    quiere el día
    quiere el follaje de su fuerza obscura
    brillando entre la luz hoja por hoja.
    Es vegetal por eso:
    por su destino de tiniebla y cielo
    porque rompe y emerge
    porque sube
    porque la muerte sufre con su anhelo.


     

    EL AMIGO

    De pronto me miró,
    solitario el que más como ninguno.
    Me miró con sus ojos y sus huesos
    y sus desnudos pies entre zapatos.
    No pude resistirlo (el hombre no soporta
    lo que mira hasta el fondo).
    A espaldas de él estaba el paraíso
    con todos sus demonios y pucheros
    y papá Dios haciendo sus globitos.
    Y de este lado estaban la consola,
    los muebles, los testigos de la sala.
    Y el amigo sentado en su silleta.
    Mirándome, sentado, respirando.


    Ese pueblo de los tamboreS

    El pueblo de nuestra costa atlántica es un pueblo hechizado. Nuestro campesino vive, ama, siembra, llora en el velorio o baila en la cumbiamba empujado por un hálito misterioso. Es un hombre rodeado de transmundo por todas partes. Cuando llega la fiesta de San Bartolo, por ejemplo, se pone —muy serio, muy reconcentrado, muy minucioso— a fabricar crucecitas de paja para colgárselas a los niños en el pecho. El campesino no quiere que el diablo —el diablo con cuernos de alcanfor y patas de azufre, el diablo que echa fuego por los ojos y por la boca y le mete el rabo a sus víctimas por las narices— se lleve a sus hijitos para el monte. Por eso riega, también, agua bendita detrás de los escaparates y los baúles. Para ahuyentar al enano cabezón que hurga el sexo de las doncellas con dedos de cristal y les mete palabras grandes y duras a los oídos de los infantes cuando duermen.

    Nuestro campesino ha hecho de todo esto una poética y aplastante realidad. Muchos de ellos han visto, en el centro de la noche, al espíritu Lara. Lo han visto escribiendo sobre el agua, vocablos de fuego, el nombre de una mujer encinta para hacerla malparir y torcerle, con el alambre del vómito, las muelas y las tripas. Y hay viejos que nos hablan del brazo palpitante que quedó entre sus manos cuando tajaron, con un limpio círculo de su machete, el ala de una bruja convertida en gallina. Estas brujas las conocen todos. No es un secreto para nadie su sabiduría en la preparación de unturas y brebajes. Tienen algo de seres vegetales estas ancianas. Lentamente, a la vista del pueblo, se van secando, se van pudriendo, se van poniendo chiquiticas y amarillas, hasta que se quedan inútiles sobre una cama de viento como si fueran raíces.

    Nuestro campesino cree en todo esto porque lo ama, porque lo necesita, porque sin todo esto se quedaría solo, vacío e inútil. Es más: porque, sin ese cúmulo de creencias, no podría hacerle frente al implacable empuje de la fatalidad y de los elementos. Sin el hechizo no resistiría la mala siembra, niel luto sobre la familia, ni las gusaneras que hacen caer a pedazos la carne de los ganados. Por eso en nuestros pueblos todavía existen brujos. Brujos de carne y hueso que tienen nombres de apóstoles y tiznan el padrenuestro y el avemaría con el carbón de la cábala. Es toda una cosmología primaria, un empirismo ritual, donde los santos tienen mochilas preñadas de semillas; donde los arcángeles usan rulas y fuman tabaco revuelto; donde la madre de Dios se sienta en las sementeras a jugar con el ciento, con las hojas y con la lluvia.

    Este es nuestro pueblo. Un pueblo hechizado que ha buscado el tambor, la gaita, las guachas, el acordeón y el carángano, para darle nombre propio a un universo de polvo, de clorofila y de azufre. De allí ese extraño sedimento alegíaco que nutre el hípido de nuestras coplas. De allí esa nostalgia, ese acento de miedo y hermosura, que podemos apreciar en todo nuestro folklore. Quien crea que la música de nuestra costa caribe está solamente hecha para la epilepsia corporal o para la simple alegría de los sentidos, está totalmente equivocado. Para su cabal comprensión —para saber lo que bulle en el interior de un mapalé, de un merengue o de un fandango— es preciso emplearse, muy a fondo, en una militancia del corazón y de la inteligencia. Se necesita saber desentrañar lo que hay en aquellas mulatas, grandes y macizas, que cumplen, sobre el cáliz de los pilones, un rito agrario, se necesita conocer el color que tienen las aguas de un estanque cuando el mohán —con voz de niño adulto, del niño que tiene miles de años en su pelambre de musgo y de lodo— nos llama dulcemente con nuestro nombre de pila; se necesita haber visto un patio, simplemente un patio bajo el sol o la luna, cuando el mar es un bramido, grande y amargo, sobre la memoria del tiempo. Todo eso se encierra en esos instrumentos toscos, humildes, construidos con los elementos de una comarca misteriosa.

    La gaita es el agua, el tambor es la tierra, en las guachas y las raspaderas está ese viento, cálido y tenso, que aprieta, como una arcilla tostada a fuego lento, las facciones de nuestros labriegos. Cuando uno escucha una gaita parece que el agua estuviera sollozando. Es una fuerza líquida, otra sangre la que navega por la nuestra. Sangre de toro, de yerba, de pegujal y de azucena. Y el tambor es un gran corazón, una gran mano que nos pega en el puro centro de las vísceras. Que nos recuerda quiénes somos, dónde estamos, de qué barro, exactamente, están amasadas nuestras costillas y nuestra epidermis. En todo esto hay tristeza, trabazón de conceptos, senequismo elemental, precisión ante la vida y la muerte. Detrás de todo esto hay abuelos y retratos y techumbres de paja que apenumbraron nuestro asombro primero. Detrás de todo esto hay espuelas de gallos y trajecitos almidonados y muchachas de quince años meciéndose en los corredores. Y está el pueblo. Ese pueblo costeño que se disfraza de alegría pero que, por dentro, tiene caballos desbocados, plegarias de cuero, crucecitas de paja para que el diablo no se lleve a los niños.

    Por eso el hechizo es el clima natural de esa porción de la geografía colombiana. Por eso el grupo de hombres y mujeres que Manuel y Delia Zapata Olivella acaban de traer a Bogotá tiene importancia. Una importancia recóndita. Cuando Delia y Manuel ambulaban por pueblos y veredas y se ponían a escuchar a una viejita cantando canciones olvidadas, sabían muy bien lo que estaban haciendo. Delia misma ha buscado las telas y ha cortado y cosido los trajes con que han de presentarse estos hombres de nuestra tierra. Delia consiguió el barro para fabricar múcuras y el bejuco para trenzar los catabres y ella misma midió los compases y balanceó los volúmenes de esta coreografía alucinante y se puso a danzar —en el centro de todos ellos— hasta que el baile de los cabildantes y del gallinazo y los cartones de la vida del mar quedaron terminados. Por eso tienen todo el derecho a ser nuestros intérpretes. Por eso han podido reunir un poco de gente y un poco de instrumentos musicales y traerlos a Bogotá para que aquí se sepa, de verdad verdad, cómo es el mundo colombiano que vive asomado al océano. Aquí los tenemos ahora. Los hermanos Zapata Olivella y el trozo de pueblo y geografía que han traído consigo nos dirán el resto.


     

    TARJETA SOBRE AZORIN

    Con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo.

    Era un ciudadano como otro cualquiera, un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, y se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. “Tenga juicio y aprenda a estarse quieto, no grite nunca”, es la consigna de Azorín. Nada de aspavientos en esto de sentir y ver. Cuestión de tiempo, de paciencia y de tiempo. Tenía el silencio, la minuciosidad y la parsimonia, pero también la confianza en su trabajo, de un miniaturista japonés.

    A Azorín le tocó, como saludable contrapunto, una generación de Do mayor. Por un lado el vozarrón de Unamuno, por el otro (solo las “sonatas” fueron escritas para clavicordio) la petulancia orquestal de Valle Inclán Maeztu que en el centro golpeaba duro en el pupitre (¡niños, niños, nada de recreo; eso era de aprenderse la lección!) cuando, a marchas forzadas y comandando dos generaciones de repuesto, llega Ortega. El gran publicista lo saca garante, más que su totemismo cogiativo, su limpia, su depurada gracia española lo que, muy a su pesar, tenía de azorinesco. El resto eran unos señores tremendos cejijuntos. Y cada uno de ellos, a su manera, vivió convencido de que tenía a España arrodillada, con unas orejas de burro colocadas por escarmiento en la cabeza, en un rincón de su aula de pedagogo. Se lamentaron de Unamuno, que acostumbraba a meterse huesos adentro en busca de sus fantasmas egolátricos y de unas virtudes nacionales que ya habían cumplido su oficio —que la pobre España, asustada por tanta alharaca, se acurrucó muchos lustros en la creencia de que era una niña culpable—. A Baroja lo salvaron su soledad y su tozudez de labriego. “De puro vasco y de puro bruto” como tan desen-fadadamente decía de sí mismo en sus memorias, con el único fin, eso se ve muy claro, de bajarle los humos al estentóreo rector de Salamanca.

    Mientras tanto, con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo. Era un ciudadano como otro cualquiera. Un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, que se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. Un buen parroquiano. Estuvo gordo el hombre en sus años de mocedad y madurez. Después le dio por las frutas, ¿ven ustedes? Alcanzó como premio una vejez delgada y transparente, una vejez apacible, sin artritis ni dolores en la vejiga. Era el único serio. Y lo que pasaba era que Azorín iba por el otro lado, exactamente por el otro lado. Su secreto, era el aplomo, los nervios en su sitio, el tono bajo. Nada de englotonamientos, ¿para qué ? Sabrá, como muy pocos en su oficio, que el escritor y su lector terminan por encontrarse a solas en una página. Y cuando esto ocurre ya no valen trucos. Su labor, pues, se redujo a comunicar —en la forma más diestra, honesta y rigurosa que le fue posible— lo que veía y sentía. Ya nos ha dado su fórmula. Es, ni más ni menos, la de un buen jornalero. “Cuando escribas —nos recomienda— pon una cosa después de la otra”. Oigase bien, como quien dice: si las echas de bulto, si las derramas y mezclas al azar o si las metes unas en otras, o te las das de muy sabido, te dañas el asunto. Y tal y como lo recomendaba lo hacía. El idioma no estaba acostumbrado a esta impecable humildad.

    Buen caminador Azorín. Otra de sus claves. Y esto de caminar, de saber caminar, se entiende, tiene sus bemoles. Un arte aparentemente menor, es cierto, pero que se rige por leyes sutiles y complejísimas. Consiste sobre todo, vean la nadería, en paladear lo que se recorre. Ya esto, de contra, implica un juego doble: aprontamente en la morosidad. Los sentidos deben mantenerse ágiles, coordinados y atentos como galgos de caza. Se requiere, además, una ternura silenciosa, funcional, de la misma jerarquía de la compasión, para desentrañar la fidelidad a esos códigos memoriosos en que se desenvuelven conversaciones familiares; para ver la luz propia, el contorno y la energía de cada objeto; para desmontar y luego sumar armoniosamente cada fragmento de la totalidad. Todo esto conduce a quien lo ejecuta a descubrir la sutura —que de hecho es historia palpitante, tradición y carácter—entre el lugar, los utensilios y el habitante. Se está de cacería repetimos y a todo momento el dedo debe estar en el disparador. Entonces el agua, cuando atraviesa una prosa, fluye, sabe y oficia como agua. Igual con los ganados y con las mieses. Prueben a oler una parvada de trigo en un relato de Azorín y conocerán de nuevo —en Tolstoi o en Thoreau— la delicia de respirar la libertad, el perfumado equilibrio, la intensidad apasionada que atesora la atmósfera de un día estival. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con Gabriel Miró, para remitirnos a un coterráneo que se enfrentó a sus mismos problemas. El alicantino veía un campo y en seguida (no sabemos qué le picaba al buen señor en la cabeza) se dedicaba a calumniarlo con la mejor buena fe, aplicaba toda clase de galantes necedades a apesadumbrarlo. El resultado son esos cortijos, como las malas cortesanas, de albayalde y carmín.

    El pincel de Azorín es fino. Mojado con los tintes precisos. Su línea es neta, segura. Su línea de un maestro. Tenía el don, otro de los frutos de su paciencia, de apretar lo sugerente. Una barda aquí, un sendero allá, unas techumbres de ópalo sobre un bloque que encalado en el centro y ya tenemos un pueblo. Adentro, encontraremos a los eternos personajes. Pero Azorín los conversa, los vive, los manosea, los acompaña. Miren lo cazurro. Se les va, por los entresijos, a ellos y a su contorno. Y en el mueble polvoriento, desfondado —con su tacto y finura de siempre, sin perder la compostura— no insinúa la muerte, y en la calma de una abuela que canturrea una nana, al rescoldo de su fláccido pecho, nos muestra las brasas de una venganza y en la sonrisa de la zagala, frente al pelotón lleno de uvas, el tiempo sutil, de la melancolía de amores, el enigma de una comarca.

    Después, mientras se solaza con frituras y colaciones, a darle otra vez al asunto. A taladrar almas, a buscar la madeja en el laberinto. Pocos han caído en la cuenta de que Azorín es uno de los mejores novelistas de España. Sólo que él no trabaja de corrido. Nos deja muñones, cejas, mejillas, torsos de personajes. Eructos y ruidos en el pecho y el alma, suspiros. Alumbra la realidad. Mire usted que ese arcón junto al tinajero y esos retratos colgados ahí no más, a la derecha del armario, a pocos pasos de la puerta. Pues sí señor. Dentro de ellos, como un quieto pero rumoroso testimonio, están apetitos de mujeres en lechos bañados por la luna, orgullos de varón, pasiones sombrías, consejas. El crimen puede galopar en la noche, el duende sale, los jazmines están a punto de aromar una infidencia. Pero, eso sí, cuando la cosa se va a poner trágica, trágica de verdad, Azorín hace el esguince. Nos ama, ama el empalme y el equilibrio de la vida. Vuelve otra vez a su fórmula: nada de aspavientos, mis hijos tranquilos, a tener juicio. Y sigue hablándonos de tiestos con rosas, de hidalgos resecos, de caballos y mulas piafando, al amanecer entre un perfume de naranjos.

    Pero lo que nos gusta sobremanera de Azorín, lo que explica que lo consideremos un gran novelista, es lo que tiene de listo, de entremetido, de buen pícaro. No puede ver una ranura, porque la vuelve brecha. Si le dan un dedo se coge toda la mano y, de encime, se carga con el santo y la limosna. En esa forma pudo meter en cintura, en la cintura de su estilo, muchos pueblos que ya no pertenecen a España solamente. Así, al desgaire, con su apacible rostro de notario (el del período cincuentón, el mejor y más productivo) se las sabía todas. Solo que la cuestión iba para su coleto y para el coleto de sus lectores. Claro, de todo esto, de tan rico y bien ejercitado vagabundaje, nos ha quedado la prosa más cuajada y substanciosa, la que destila mejores juegos, del lagor de los noventa y ocho. Azorín es el último de los clásicos españoles.

     

    CARNET DE UN ESCRITOR

    Quién soy. Soy un híbrido de furia, ignorancia, cobardía, esperanza, inconsecuencia, ternura y desesperación. Un hombre totalmente normal, como puede verse. Escribo o pinto para ejercitar una incoercible y casi siempre fracasada necesidad de comunicarme con los otros.

    Estoy convencido de que algo terrible —hacer política o meterme a actor o libretista o intentar la fundación de una empresa relacionada con la explotación del turismo o fundar una secta religiosa, basada en conseguir nuestra purificación a través del delito— me ocurriría si no lo hiciera.

    Mis influencias. He sido influido por las cosas más aparentemente —sólo aparentemente— heterogéneas: los magazines y los ejercicios yoga; los novelistas ingleses y las tarjetas pornográficas; el Reader Digest y los camajanes del Arsenal de Cartagena; el cine (más que todo el cine rojo) y la Biblia; Quevedo y los sermones del Viernes Santo; los periódicos y las revistas de modas como «Vanidades»; los burdeles con traganíqueles y los novenarios de difuntos.

    Por ello mismo estoy convencido de que toda experiencia en un hombre —sea ella moral, estética, política o amorosa— es fundamental y única, y está ligada a su totalidad existencial.

    Por qué escribo. Escribo novelas porque es una larga tarea en la cual necesitamos emplear a fondo nuestra lucidez, nuestra eficacia testimonial y nuestra compasión. Sea buena o mala, toda novela es un intento de justificar, más allá de cualquier horror o cualquier equivocación, la inocencia del hombre. Por eso la novela y el cine, la pintura y la arquitectura urbanística, son los últimos refugios funcionales que le quedan a la poesía.

    La vida sobre todo. Considero que toda vida humana es excelsa por lo misteriosa y cerrada en sí misma y que ningún ideal, ni ningún objetivo, pueden justificar un cadáver.

    Mis terrores. Profeso un terror, estrictamente animal, por los viajes aéreos, por las visitas de pésame, por las ventanas sobre abismos y por lo desvergonzadamente inermes que estamos frente al cáncer. Pero el mayor de mis terrores es dormir en una casa sola.

    Complejos de culpa. Me siento culpable, abstracta pero ferozmente culpable, de muchas cosas que no he cometido. Esto, como es apenas lógico, me ha conducido muchas veces a la orilla del mesianismo. Pero no soy peligroso.

    Lecturas al día. Para mantenerme humanamente aceptable, para seguir en circulación, leo cada mañana un buen trozo de hipocresía con fines proselitistas: un mensaje político, un reportaje literario o una amonestación episcopal. Depende de mi estado de ánimo. Todo esto me hace pensar a ratos, no siempre afortunadamente, que vivir es un juego siniestro.

    Leo también, con más interés del que yo mismo pueda presumir, las recetas médicas sobre la erradicación definitiva de los callos o el cuidado de las hemorroides durante los resfríos o las recomendaciones dietéticas para conservar el vigor de la próstata ya bien adentrada la senectud.

    Mis fracasos. Confieso que me he cansado —por sucesivos fracasos— de intentar cualquier conocimiento por correspondencia o de ejercitarme en alguna actividad comercial o dolosa. Para esto soy implacablemente inepto.

    Lo que más envidio. Todas las noches, en alguna forma ominosa que me es imposible precisar, sueño con mis propios apetitos. Siento envidia, verdadera envidia, por todas aquellas personas que creen en el triunfo del optimismo, en la curación por la voluntad, y en el paraíso atlético del profesor Contreras. Por eso experimento una especie de orgullo al revés cuando, en periódicos o revistas, leo títulos como éstos:

    «Método práctico para aprender a través de la gimnasia, a amar a nuestros compañeros de oficina». «He alcanzado la felicidad con mi tumor abdominal» : «De cómo el abandono del alcohol me convirtió en un próspero hotelero».

    Todo esto, repito, me entusiasma, me remueve sinceros pero pasajeros ímpetus teosóficos y termina por producirme envidia.

    Lo que más detesto. Detesto a los hombres ocupados y las conversaciones apresuradas; el café sintético, el toreo bufo, los objetos plásticos, las conferencias y las películas cómicas. La falsedad, en suma, convertida en profesión o en objeto.

    Lo que respeto. Dos cosas me producen un respeto escalofriante: una mujer encinta jugando ajedrez, y la agonía de un elefante envenenado.

    Las cosas que más amo. Un pedazo de papel arrastrado por el viento en las graderías de un estadio vacío...

    El dinero bien ganado...

    La serenidad de una cometa en una tarde de agosto, sobre el mar...

    Una mujer madura, en silencio, sentada en un mecedor bajo unos árboles de naranjo.

    Un convaleciente mirando el mediodía en la plaza de un pueblo...

    Un amigo aproximándose a mi casa, en mi búsqueda, a la hora del crepúsculo...

    Las páginas que el uso ha vuelto amarillas en un libro entrañable...

    Mirar mi rostro en los ojos de una mujer desnuda que, desde hace mucho, sabe de qué color tengo los míos...

    La hermosura (y el familiar enigma) de las conversaciones corrientes...

    Escuchar el susurro del viento entre los árboles de un patio...

    Mi deporte favorito. Cruzar los brazos bajo la cabeza y, gozosamente relajado sobre la cama, ponerme a descifrar los jeroglíficos que la humedad y el polvo han trazado en el cielo raso de mi cuarto.

    Mis mejores libros. «Las veladas de la quinta», «Sandokán», «Las mil y una noches», «La guerra y la paz», «Del tiempo y del río», «Entreacto», y «El Villorrio».

    Las mejores películas. Las cinco películas que verdaderamente me han hecho creer en el cine : «En pos del oro», «Humberto D», «Las fresas salvajes», «Rashomon», y «La aventura».

    El cuadro más bello. El cuadro viviente más puro que he contemplado: un caballo jineteado por un niño, al atardecer, saliendo de las olas. Sobre ambos ardía un lucero temprano.

    Un deseo. Mi único, mi más pueril deseo: no morir nunca.

     

    TELON DE FONDO

    La iglesia de este pueblo es sencilla como un vocablo familiar. Una espadaña. Dos campanas. Un cuerpo macizo y rectangular. Seis columnas. Un altar. Cuatro nichos. Las imágenes son hermosas y entrañables en su simple escultura. Muchas de ellas han acompañado, desde su nacimiento, la historia de este pueblo.

    Pero entre todas hay una, en especial, que me ha atraído y llenado de fervor desde niño. Es la del patrono de la villa: Santiago. Imagen que pide a gritos el ámbito de un mural. Es más pintura que escultura. Más calor que volumen.

    El santo aparece cabalgando un caballito, blanco y hermoso como los potros de los carruseles. La cabeza y los cascos excesivamente pequeños para su tamaño. Aquélla es briosa, altiva, enjoyada con dos bolitas de cristal a manera de ojos. Los cascos, al igual de la cola, son de un negro denso y alquitranado. Las patas delanteras encogidas para un salto detenido hacia hipotéticos abismos.

    Santiago lo cabalga con la tiesura de las estatuas que ignoran el movimiento. El imaginero lo concibió terrible, devastador, inexorable. Pero de sus manos, en cambio, salió un adorable caballero que emana dulzura desde sus ojos asombrados. Dos colores priman en todo él: azul y rojo. La barba es un brochazo uniforme sobre el rostro pálido, virgen de arrugas como el de un infante. La mano derecha sostiene, en alto, una espada de madera. La izquierda retiene las bridas que justifican el recogimiento de su corcel. Un casco de cartón, solícito trabajo de una ferviente e ignorada devota, le da un aire de niño disfrazado en trance de jugar a los soldaditos. El casco está coronado por flamígero penacho coloreado con anilina. En torno suyo los cirios y los lampadarios derriten su lumbre votiva llenándolo de claridad y silencio.

    Difícilmente puede encontrarse una imagen que llene, tan contrariamente, su cometido. Y es que este Santiago fue concebido y realizado por un poeta. Por un poeta que pintaba sobre yeso. Debió ser un imaginero que heredó, sin saberlo, la beatitud de los viejos maestros. Este santo se escapó un día cualquiera, por las manos de su escultor, de uno de aquellos retablos que traspasara de claridad el pincel de Federico de Pantoja el Menor. Aquel que decorara, para deleite religioso de don Alfonso el sabio, la capilla que el monarca erigiera en la entonces incipiente Santiago de Compostela.

    El guerrero cristiano —caballero en su corcel de yeso— atravesó el mar para venir, nutrido de infantiles arrestos, a amenazar a los sarracenos agrarios que pueblan la sacristía de esta iglesia aldeana. Que no otros se encuentran por estos contornos. Allí está el santo, con su espadita de madera y sus ojos hermosos, en su sagrado belicismo. Esperando, tal vez, que un día cualquiera se levanten los niños de este pueblo, echen al aire la inofensiva voz de sus clarines de cartón y, como en un poema de García Lorca, lo nombren general en una guerra de mentirijillas contra el sultán de la media luna y alfange plateado que vive en el recodo de un cuento.

     

     

     

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    JOSE EUSTASIO RIVERA

    JOSÉ EUSTASIO RIVERA, POETA Y NOVELISTA

     

    Nació Neiva el 19 de febrero de 1889 y murió en Nueva York el 1 de diciembre de 1928. Maestro y abogado, de dedicó al quehacer político, siendo parlamentario, cumplió diversas misiones diplomáticas en Perú, Cuba y México. A los 30 años en su libro de versos “Tierra de promisión” publica sonetos de lograda arquitectura formal y estilo parnasianos, con singulares descripciones de la vida de los Llanos Orientales, logrados con sorprendente serenidad lírica.

    Su nombre es inmortal por “La Vorágine”, calificada de “novela nacional por excelencia” donde el estilo de su prosa y serenidad casi impasible, describe la vida en las caucherías de las selvas del alto Amazonas. Con esta novela el mundo conoció por primera vez el drama oscuro e ignorado del cauchero indígena, esclavo contemporáneo de la civilización blanca. Rivera pudo escribir esta obra gracias a sus observaciones en el terreno de los sucesos siendo miembro de la comisión de límites entre Colombia, Venezuela, Brasil y Ecuador, que le dió oportunidad de recorrer el Orinoco, el Negro y el Casiquiare e internarse en las selvas amazónicas.


     

    LOS POTROS


    Atropellados, por la pampa suelta,

    los raudos potros, en febril disputa,

    hacen silbar sobre la sorda ruta

    los huracanes en su crin revuelta.


    Atrás dejando la llanura envuelta

    en polvo, alargan la cerviz enjuta,

    y a su carrera retumbante y bruta,

    cimbran los pindos y la palma esbelta.


    Ya cuando cruzan el austral peñasco,

    vibra un relincho por las altas rocas;

    entonces paran el triunfante casco,


    resoplan, roncos, ante el sol violento,

    y alzando en grupo las cabezas locas

    oyen llegar el retrasado viento.

     

    LA VORÁGINE (fragmento inicial)

     

    Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores ni de la confidencia sentimental ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino de amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.

    Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos -tediosos de libertad- se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

    Alicia fue un amorío fácil; se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros.

    -Yo moriré sola -decía-: mi desgracia se opone a tu porvenir.

    Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente:

    -¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor.

    ¡Y huimos!

    Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente al insomnio.

    Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos límites, veía parpadear las estrellas. Los follajes de las palmeras que nos daban abrigo enmudecían sobre nosotros. Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la transparencia del aire. Al lado de mi chinchorro, en su angosto catrecillo de viaje, Alicia dormía con agitada respiración.

    Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiadoras:

    ¿Qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad? ¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une lo anuda el hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta criatura lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el ideal no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo, ¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y aunque ahora recibas el calor de su sangre y sientas su respiro cerca de tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos, de ella como de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte.

    En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi energía desmayara ante la responsabilidad de mis actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio de la manceba. Poco empeño hubiera sido el poseerla, aun a trueque de las mayores locuras; ¿pero después de las locuras y de la posesión?...

     

    Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando las cabalgaduras.

    Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugitivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la vía para esquivar el encuentro con los transeúntes, campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro paso interrogándome conmovidos:

    -Patrón, ¿por qué va llorando la niña?

    Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté romper el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión. Por las afueras del pueblo pasamos la primera noche, y desviando luego hacia la vega de río, entre cañaverales ruidosos que nuestros jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una enramada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo sentimos gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se cocía la miel cruzaban intermitentes las sombras de los bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres aderezaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para calmarle la fiebre.

    Allí permanecimos una semana.

    El peón que envié a Bogotá a caza de noticias, me las trajo inquietantes. El escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de mis malquerientes; comentábase nuestra fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta del amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención tenía este remate: "¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un hombre como tú busque el desierto?"

    Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y le instó con zalemas a que le mostrara algunas de las monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, "en lo que no había nada de malo, dada la tirantez de la situación". Al siguiente día partimos antes del amanecer.

    -¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?

    -¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿Para qué me trajiste? Porque la idea partió de ti. ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!

    Y de nuevo se echó a llorar.

    El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de su fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los días que me conoció. Ella se había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque, con quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el vejete por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuantiosas dádivas y estrechó el asedio ayudado por la parentela entusiástica. Entonces, Alicia, buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.

    Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, quería casarse con ella.

    ¡Déjame! -repitió, arrojándose del caballo- ¡De ti no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos un alma caritativa! ¡infame!, nada quiero de ti.

    Yo, que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo replicarle a una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente mudo, en tanto que ella, sentada en el césped, con mano convulsa arrancaba puñados de yerba...

    -Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.

    -¡Nunca!

    Y volvió los ojos a otra parte.

    Quejóse luego de descaro con que la engañaba:

    -¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es ahora, ¿qué será después? ¡Déjame! ¡A Casanare, jamás, y contigo, ni al cielo¡

    Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole sus celos con un abrazo de despedida. ¿Si quería que la abandonara, tenía yo la culpa?

    Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación, vimos descender por la pendiente un hombre que galopába en dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi brazo.

    El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo en la mano.

    -Caballero, permítame una palabra.

    -¿Yo? -repuse con voz enérgica.

    -Sí, su mercé. -Y terciándose la ruana me alargó un papel enrollado- Es que lo manda notificar mi padrino.

    -¿Quién es su padrino?

    -Mi padrino, el alcalde.

    -Esto no es para mí -dije, devolviendo el papel, sin haberlo leído.

    -¿No son, pues, sus mercedes, los que estuvieron en el trapiche?

    -Absolutamente. Voy de intendente a Villavicencio, y esta señora es mi esposa.

    Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.

    -Yo creí -balbuceó- que eran sus mercedes los acuñadores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino estaba en el campo, pues sólo abre la alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora soy comisario...

    Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el rostro con la gasa de¡ sombrero. El importuno nos veía partir sin pronunciar palabra. Mas de repente montó en su yegua, y acomodándose en la enjalma que le servía de montura, nos flanqueó sonriendo:

    -Su mercé, firme la notificación para que mi padrino vea que cumplí. Firme como intendente.

    -¿Tiene usted una pluma?

    -No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contrario, el alcalde me archiva.

    -¿Cómo así? -respondíle sin detenerme.

    -Ojalá su mercé me ayude, si es cierto que va de empleado. Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel; y luego, a falta de comisario, me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me dicen Pipa.

    El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra relatando sus padecimientos. Pidióme la maleta de la ropa, y la atravesó en la enjalma, sobre sus muslos, cuidando de que no se cayera.

    -No tengo -dijo- con qué comprar una ruana decente, y la situación me ha reducido a vivir descalzo. Aquí donde sus mercedes me ven, este sombrero tiene más de dos años, y lo saqué de Casanaré.

    Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos.

    -¿Ha vivido usted en Casanare? -le preguntó.

    -Sí, su mercé, y conozco el llano y las caucherías del Amazonas. Mucho tigre y mucha culebra he matado con la ayuda de Dios.

    A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus recuas. El Pipa les suplicaba:

    -Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.

    -No "cargarnos" eso.

    -Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de la señora -le dije en voz baja- Siga usted conmigo, y en la primera oportunidad me da a solas los informes que puedan ser útiles al intendente.

    El dichoso Pepe habló cuanto pudo, derrochando hipérboles. Pernoctó con nosotros en las cercanías de Villavicencio, convertido en paje de Alicia, a quien distraía con su verba. Y esa noche se picureó, robándose mi caballo ensillado.

    Mientras mi mentoria se empañaba con estos recuerdos, una claridad rojiza se encendió de súbito. Era la fogata de insomne reflejo, colocada a pocos metros de los chinchorros para conjurar el acecho del tigre y otros riesgos nocturnos. Arrodillado ante ella como ante una divinidad, don Rafo la soplaba con su resuello.

    Entre tanto continuaba el silencio en las melancólicas soledades, y en mi espíritu penetraba una sensación de infinito que fluía de las constelaciones cercanas.

    Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se había hundido irremediablemente la mitad de mi ser, y ya debía iniciar una nueva vida, distinta de la anterior, comprometiendo el resto de mi juventud y hasta la razón de mis ilusiones, porque cuando reflorecieran ya no habría quizás al quién ofrendarlas, o dioses desconocidos ocuparían el altar a que se destinaron. Alicia pensaría lo mismo, y de esta suerte, al par que me servía de remordimiento, era el lenitivo de mi congoja, la compañera de mi pesar, porque ella iba también, como la semilla en el viento, sin saber adónde, y miedosa de la tierra que la esperaba.

    indudablemente, era de carácter apasionado: de su t triunfaba a ratos la decisión que Imponen las cosas irreparables. Dolíase otras veces de no haberse tomado un veneno.

    -Aunque no te ame como quieres -decía-, ¿dejarás de ser para mí el hombre que me sacó de la inexperiencia para entregarme a la desgracia? ¿Cómo podré olvidar el papel que has desempeñado en mi vida? ¿Cómo podrás pagarme lo que me debes? No será enamorando las campesinas de las posadas ni haciéndome ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto es lo que piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me conoces. ¡Tú responderás!

    -¿Y sabes que soy ridículamente pobre?

    -Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El amparo que ahora te pido no es el de tu dinero, sino el de tu corazón.

    -¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte de manera espontánea? Por ti dejé todo, y me lancé a la aventura, cualesquiera que fuesen los resultados. ¿Pero tendrás valor de sufrir y confiar?

    -¿No hice por ti todos los sacrificios?

    -Pero le temes a Casanare.

    -Le temo por ti.

    -¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!

    Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavicencio la noche que esperábamos al jefe de la gendarmería. Era éste un quídam semicano y rechoncho, vestido de caqui, de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.

    -Salud, señor -le dije en tono despectivo cuando apoyó su sable en el umbral.

    -¡Oh, poeta! ¡Esta chica es digna hermana de las nueve musas! ¡No sea egoísta con los amigos!

    Y me echó su tufo de anetol en la cara.

    Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en el banco, resopló, asiéndola de las muñecas:

    -¡Qué pimpollo! ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Soy Gámez y Roca, el general Gámez y Roca! Cuando eras pequeña te sentaba en mis rodillas.

    Y probó a sentarla de nuevo.

    Alicia, inmutada, estalló:

    -¡Atrevido, atrevido! -Y lo empujó lejos.

    -¿Qué quiere usted? -gruñí, cerrando las puertas. Y lo degradé con un salivazo.

    -¿Poeta, qué es esto? ¿Corresponde así a la hidalguía de quien no quiere echarlo a prisión? ¡Déjeme la muchacha, porque soy amigo de sus papás, y en Casanare se le muere! Yo le guardaré la reserva. ¡El cuerpo de¡ delito para mí, para mí! ¡Déjemela, para mí!

    Antes que terminara, con esguince colérico le zafé a Alicia uno de sus zapatos, y lanzando al hombre contra el tabique, lo acometí a golpes de tacón en el rostro y en la cabeza. El borracho, tartamudeante, se desplomó sobre los sacos de arroz que ocupaban el ángulo de la sala.

    Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don Rafo y yo huimos en busca de las llanuras intérminas.

    -Aquí está el café -dijo don Rafo, parándose delante del mosquitero- Despabílense, niños, que estamos en Casanare.

    Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio.

    -¿Ya quiere salir el sol?

    -Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va llegando a la loma. -Y nos señaló don Rafo la cordillera, diciendo-: Despidámonos de ella, porque no la volveremos a ver. Sólo quedan llanos, llanos y llanos.

    Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la madrugada, un olor a pajonal fresco, a tierra removida, a leños recién cortados, y se insinuaban leves susurros en los abanicos de los moriches. A veces, bajo la transparencia estelar, cabeceaba alguna palmera humillándose hacia el oriente. Un regocijo inesperado nos henchía las venas, a tiempo que nuestros espíritus, dilatados como la pampa, ascendían agradecidos de la vida y de la creación.


     

     

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