• El país de la canela

    La obra literaria del escritor colombiano William Ospina cuenta la conquista española del continente americano. Esta vez la narración está centrada en la expedición que descubrió y recorrió por primera vez el río Amazonas. Una expedición que partió del Quito organizada y dirigida al inicio por Gonzalo Pizarro y cuya finalidad era encontrar un fabuloso lugar en medio de la selva, con interminables bosques de canela. No hay que olvidar que entonces la canela y las especias en general, tenían casi tanto valor como el oro.

    La novela ha sido premiada recientemente con el premio Rómulo Gallegos.
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    ADOLFO ARIZA GANA EL PREMIO JUAN RULFO

    Entrevista


    Con su novela corta 'Mañana, cuando encuentren mi cadáver', este samario, residente en Baranquilla, ha ganado el prestigioso concurso literario Juan Rulfo 2009, que otorgan Radio Francia Internacional y la Casa de América Latina de París.

     

    ¿Dónde nació y cuándo? Nací en1962, en Avianca, una población del Magdalena, que fue arrasada por la guerra entre paramilitares y guerrilleros. En el año 98 me tocó huir para salvar la vida, cargando los corotos, los dolores y los miedos.

    ¿Cómo recibió la noticia del premio Rulfo? Todavía no salgo del asombro y no termino de entender por la emoción. Este premio es un sueño, es como unirme en homenaje a ese Juan Rulfo que todos quisiéramos tener dentro.

    ¿De qué se trata su novela “Mañana, cuando encuentren mi cadáver”? Es un hombre que sufre un accidente que lo deja en silla de ruedas y con secuelas mentales, destruido espiritualmente. Entonces él habla para sí mismo de lo que somos, de sus dolores y de la vida que llevamos en nuestro país. Habla libremente de todo pues no tiene nada qué perder: ni sueños, ni su vida licenciosa. Se ha acabado todo, salvo el hálito de la vida y al final quiere suicidarse.

    Sabemos que también ha ganado otros concursos, de narrativa y poesía ¿Como se hizo escritor? En 2003 vi a mi pueblo desplazarse. Necesitaba contar esa historia y la realidad del desplazamiento que es, junto al secuestro, uno de los crímenes más terribles contra la humanidad, pues a una persona desplazada se le priva de todo.

    ¿Cómo enfrentó ese desplazamiento? Me tocó salir, venirme para Barranquilla, y trabajar en lo que fuera. Lo primero fue comprar un taxi, para buscar el sustento diario. Estudié periodismo en Inpahu de Bogotá.

    ¿Un mensaje para sus lectores? A pesar de las dificultades y pruebas que me ha puesto la vida, no desfallezco en el amor amor por las letras. Siempre he tenido el anhelo de contar muchas cosas al mundo. Y hoy, tal vez, soy el mismo escritor limitado de antes, pero bueno ahí vamos. Todavía me siento en los comienzos.



     

     

     

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    JOSE EUSTASIO RIVERA

    JOSÉ EUSTASIO RIVERA, POETA Y NOVELISTA

     

    Nació Neiva el 19 de febrero de 1889 y murió en Nueva York el 1 de diciembre de 1928. Maestro y abogado, de dedicó al quehacer político, siendo parlamentario, cumplió diversas misiones diplomáticas en Perú, Cuba y México. A los 30 años en su libro de versos “Tierra de promisión” publica sonetos de lograda arquitectura formal y estilo parnasianos, con singulares descripciones de la vida de los Llanos Orientales, logrados con sorprendente serenidad lírica.

    Su nombre es inmortal por “La Vorágine”, calificada de “novela nacional por excelencia” donde el estilo de su prosa y serenidad casi impasible, describe la vida en las caucherías de las selvas del alto Amazonas. Con esta novela el mundo conoció por primera vez el drama oscuro e ignorado del cauchero indígena, esclavo contemporáneo de la civilización blanca. Rivera pudo escribir esta obra gracias a sus observaciones en el terreno de los sucesos siendo miembro de la comisión de límites entre Colombia, Venezuela, Brasil y Ecuador, que le dió oportunidad de recorrer el Orinoco, el Negro y el Casiquiare e internarse en las selvas amazónicas.


     

    LOS POTROS


    Atropellados, por la pampa suelta,

    los raudos potros, en febril disputa,

    hacen silbar sobre la sorda ruta

    los huracanes en su crin revuelta.


    Atrás dejando la llanura envuelta

    en polvo, alargan la cerviz enjuta,

    y a su carrera retumbante y bruta,

    cimbran los pindos y la palma esbelta.


    Ya cuando cruzan el austral peñasco,

    vibra un relincho por las altas rocas;

    entonces paran el triunfante casco,


    resoplan, roncos, ante el sol violento,

    y alzando en grupo las cabezas locas

    oyen llegar el retrasado viento.

     

    LA VORÁGINE (fragmento inicial)

     

    Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores ni de la confidencia sentimental ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino de amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.

    Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos -tediosos de libertad- se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

    Alicia fue un amorío fácil; se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros.

    -Yo moriré sola -decía-: mi desgracia se opone a tu porvenir.

    Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente:

    -¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor.

    ¡Y huimos!

    Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente al insomnio.

    Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos límites, veía parpadear las estrellas. Los follajes de las palmeras que nos daban abrigo enmudecían sobre nosotros. Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la transparencia del aire. Al lado de mi chinchorro, en su angosto catrecillo de viaje, Alicia dormía con agitada respiración.

    Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiadoras:

    ¿Qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad? ¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une lo anuda el hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta criatura lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el ideal no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo, ¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y aunque ahora recibas el calor de su sangre y sientas su respiro cerca de tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos, de ella como de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte.

    En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi energía desmayara ante la responsabilidad de mis actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio de la manceba. Poco empeño hubiera sido el poseerla, aun a trueque de las mayores locuras; ¿pero después de las locuras y de la posesión?...

     

    Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando las cabalgaduras.

    Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugitivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la vía para esquivar el encuentro con los transeúntes, campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro paso interrogándome conmovidos:

    -Patrón, ¿por qué va llorando la niña?

    Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté romper el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión. Por las afueras del pueblo pasamos la primera noche, y desviando luego hacia la vega de río, entre cañaverales ruidosos que nuestros jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una enramada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo sentimos gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se cocía la miel cruzaban intermitentes las sombras de los bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres aderezaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para calmarle la fiebre.

    Allí permanecimos una semana.

    El peón que envié a Bogotá a caza de noticias, me las trajo inquietantes. El escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de mis malquerientes; comentábase nuestra fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta del amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención tenía este remate: "¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un hombre como tú busque el desierto?"

    Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y le instó con zalemas a que le mostrara algunas de las monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, "en lo que no había nada de malo, dada la tirantez de la situación". Al siguiente día partimos antes del amanecer.

    -¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?

    -¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿Para qué me trajiste? Porque la idea partió de ti. ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!

    Y de nuevo se echó a llorar.

    El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de su fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los días que me conoció. Ella se había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque, con quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el vejete por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuantiosas dádivas y estrechó el asedio ayudado por la parentela entusiástica. Entonces, Alicia, buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.

    Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, quería casarse con ella.

    ¡Déjame! -repitió, arrojándose del caballo- ¡De ti no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos un alma caritativa! ¡infame!, nada quiero de ti.

    Yo, que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo replicarle a una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente mudo, en tanto que ella, sentada en el césped, con mano convulsa arrancaba puñados de yerba...

    -Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.

    -¡Nunca!

    Y volvió los ojos a otra parte.

    Quejóse luego de descaro con que la engañaba:

    -¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es ahora, ¿qué será después? ¡Déjame! ¡A Casanare, jamás, y contigo, ni al cielo¡

    Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole sus celos con un abrazo de despedida. ¿Si quería que la abandonara, tenía yo la culpa?

    Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación, vimos descender por la pendiente un hombre que galopába en dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi brazo.

    El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo en la mano.

    -Caballero, permítame una palabra.

    -¿Yo? -repuse con voz enérgica.

    -Sí, su mercé. -Y terciándose la ruana me alargó un papel enrollado- Es que lo manda notificar mi padrino.

    -¿Quién es su padrino?

    -Mi padrino, el alcalde.

    -Esto no es para mí -dije, devolviendo el papel, sin haberlo leído.

    -¿No son, pues, sus mercedes, los que estuvieron en el trapiche?

    -Absolutamente. Voy de intendente a Villavicencio, y esta señora es mi esposa.

    Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.

    -Yo creí -balbuceó- que eran sus mercedes los acuñadores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino estaba en el campo, pues sólo abre la alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora soy comisario...

    Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el rostro con la gasa de¡ sombrero. El importuno nos veía partir sin pronunciar palabra. Mas de repente montó en su yegua, y acomodándose en la enjalma que le servía de montura, nos flanqueó sonriendo:

    -Su mercé, firme la notificación para que mi padrino vea que cumplí. Firme como intendente.

    -¿Tiene usted una pluma?

    -No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contrario, el alcalde me archiva.

    -¿Cómo así? -respondíle sin detenerme.

    -Ojalá su mercé me ayude, si es cierto que va de empleado. Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel; y luego, a falta de comisario, me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me dicen Pipa.

    El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra relatando sus padecimientos. Pidióme la maleta de la ropa, y la atravesó en la enjalma, sobre sus muslos, cuidando de que no se cayera.

    -No tengo -dijo- con qué comprar una ruana decente, y la situación me ha reducido a vivir descalzo. Aquí donde sus mercedes me ven, este sombrero tiene más de dos años, y lo saqué de Casanaré.

    Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos.

    -¿Ha vivido usted en Casanare? -le preguntó.

    -Sí, su mercé, y conozco el llano y las caucherías del Amazonas. Mucho tigre y mucha culebra he matado con la ayuda de Dios.

    A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus recuas. El Pipa les suplicaba:

    -Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.

    -No "cargarnos" eso.

    -Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de la señora -le dije en voz baja- Siga usted conmigo, y en la primera oportunidad me da a solas los informes que puedan ser útiles al intendente.

    El dichoso Pepe habló cuanto pudo, derrochando hipérboles. Pernoctó con nosotros en las cercanías de Villavicencio, convertido en paje de Alicia, a quien distraía con su verba. Y esa noche se picureó, robándose mi caballo ensillado.

    Mientras mi mentoria se empañaba con estos recuerdos, una claridad rojiza se encendió de súbito. Era la fogata de insomne reflejo, colocada a pocos metros de los chinchorros para conjurar el acecho del tigre y otros riesgos nocturnos. Arrodillado ante ella como ante una divinidad, don Rafo la soplaba con su resuello.

    Entre tanto continuaba el silencio en las melancólicas soledades, y en mi espíritu penetraba una sensación de infinito que fluía de las constelaciones cercanas.

    Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se había hundido irremediablemente la mitad de mi ser, y ya debía iniciar una nueva vida, distinta de la anterior, comprometiendo el resto de mi juventud y hasta la razón de mis ilusiones, porque cuando reflorecieran ya no habría quizás al quién ofrendarlas, o dioses desconocidos ocuparían el altar a que se destinaron. Alicia pensaría lo mismo, y de esta suerte, al par que me servía de remordimiento, era el lenitivo de mi congoja, la compañera de mi pesar, porque ella iba también, como la semilla en el viento, sin saber adónde, y miedosa de la tierra que la esperaba.

    indudablemente, era de carácter apasionado: de su t triunfaba a ratos la decisión que Imponen las cosas irreparables. Dolíase otras veces de no haberse tomado un veneno.

    -Aunque no te ame como quieres -decía-, ¿dejarás de ser para mí el hombre que me sacó de la inexperiencia para entregarme a la desgracia? ¿Cómo podré olvidar el papel que has desempeñado en mi vida? ¿Cómo podrás pagarme lo que me debes? No será enamorando las campesinas de las posadas ni haciéndome ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto es lo que piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me conoces. ¡Tú responderás!

    -¿Y sabes que soy ridículamente pobre?

    -Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El amparo que ahora te pido no es el de tu dinero, sino el de tu corazón.

    -¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte de manera espontánea? Por ti dejé todo, y me lancé a la aventura, cualesquiera que fuesen los resultados. ¿Pero tendrás valor de sufrir y confiar?

    -¿No hice por ti todos los sacrificios?

    -Pero le temes a Casanare.

    -Le temo por ti.

    -¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!

    Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavicencio la noche que esperábamos al jefe de la gendarmería. Era éste un quídam semicano y rechoncho, vestido de caqui, de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.

    -Salud, señor -le dije en tono despectivo cuando apoyó su sable en el umbral.

    -¡Oh, poeta! ¡Esta chica es digna hermana de las nueve musas! ¡No sea egoísta con los amigos!

    Y me echó su tufo de anetol en la cara.

    Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en el banco, resopló, asiéndola de las muñecas:

    -¡Qué pimpollo! ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Soy Gámez y Roca, el general Gámez y Roca! Cuando eras pequeña te sentaba en mis rodillas.

    Y probó a sentarla de nuevo.

    Alicia, inmutada, estalló:

    -¡Atrevido, atrevido! -Y lo empujó lejos.

    -¿Qué quiere usted? -gruñí, cerrando las puertas. Y lo degradé con un salivazo.

    -¿Poeta, qué es esto? ¿Corresponde así a la hidalguía de quien no quiere echarlo a prisión? ¡Déjeme la muchacha, porque soy amigo de sus papás, y en Casanare se le muere! Yo le guardaré la reserva. ¡El cuerpo de¡ delito para mí, para mí! ¡Déjemela, para mí!

    Antes que terminara, con esguince colérico le zafé a Alicia uno de sus zapatos, y lanzando al hombre contra el tabique, lo acometí a golpes de tacón en el rostro y en la cabeza. El borracho, tartamudeante, se desplomó sobre los sacos de arroz que ocupaban el ángulo de la sala.

    Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don Rafo y yo huimos en busca de las llanuras intérminas.

    -Aquí está el café -dijo don Rafo, parándose delante del mosquitero- Despabílense, niños, que estamos en Casanare.

    Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio.

    -¿Ya quiere salir el sol?

    -Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va llegando a la loma. -Y nos señaló don Rafo la cordillera, diciendo-: Despidámonos de ella, porque no la volveremos a ver. Sólo quedan llanos, llanos y llanos.

    Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la madrugada, un olor a pajonal fresco, a tierra removida, a leños recién cortados, y se insinuaban leves susurros en los abanicos de los moriches. A veces, bajo la transparencia estelar, cabeceaba alguna palmera humillándose hacia el oriente. Un regocijo inesperado nos henchía las venas, a tiempo que nuestros espíritus, dilatados como la pampa, ascendían agradecidos de la vida y de la creación.


     

     

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    JOSÁ MARÍA VARGAS VILA, NOVELISTA Y PANFLETARIO

     

    JOSÉ MARÍA VARGAS VILA, novelista y panfletario

     

    (Bogotá 1860 – Barcelona 1933)

    Agitador y orador político, es el máximo escritor panfletario de Colombia; su estilo demoledor e iconoclasta refleja sus ideas libertarias. Publicó gran cantidad de folletones y varias novelas. 

     

     

    ¿Qué es un libro?

     

    Un libro es: TODO;

    puede ser la Verdad, ser la Mentira, ser

    una Tempesatd, ser una Lira, tener alma

    de luz, o alma de lodo;

    un libro puede ser lo mismo: un pedazo

    de Sol o un jirón de abismo;

    un libro es como un Universo; ya sea en

    prosa, ya en verso, que esté escrito, todo

    el Infi nito en sus páginas cabe;

    puede ser, armonioso como un jilguero,

    y feroz como un buitre carnicero;

    pájaro extraño, pájaro huraño, como el

    cuervo de Minerva, puede ser un ave de

    Ciencia y de Meditación;

    o como el cisne de Leda, puede ser un

    ave de Voluptuosidad y de Pasión;

    puede ser como un canario amoroso y

    dolorido...

    ¿de los libros, no has oído muchas veces,

    cómo escapa una Canción?

    puede ser como un cóndor visionario ,

    deteniendo en un osario, sus enormes

    alas negras, como un negro Gonfalón...

    o, de un viejo Antifonario, la blanca

    paloma Mística, que en un horizonte de

    oro, abre el tesoro de sus alas jeroglífi cas;

    de las águilas proféticas de Patmos, puede

    ser un polluelo;

    o, tener la Sabiduría del cielo, como el

    águila hierática de Jove;

    y, ya sea que vuele, ya que se arrobe en

    actitud extática, o abra las alas, en un

    gesto tranquilo, puede ser ora la del

    Dante, ora la de Esquilo, ora la de Hugo,

    el águila Poética;

    lo nuevo y lo antiguo de la Vida y del

    Mundo, un libro puede contener, porque

    un libro es ambiguo, porque un

    libro es profundo, como un alma de

    Mujer;

    ¿un libro es un pendón?

    puede ser un pendón de Gallardía y de

    Arrojo; un pendón blanco y rojo;

    el pendón que va a la Gloria; el pendón

    nunca vencido; el pendón de la Victoria,

    sobre el muro derruido;

    el pendón vencedor de la Envidia y del

    Olvido;

    ¿un libro puede ser una bandera?...

    dondequiera;

    bandera que es en guerra parte; bandera

    que en dos va hendida; en la una faja,

    dice: ARTE, y en la otra dice. VIDA;

    ARTE y VIDA, el lema son, que en un

    campo de Infi nito, con estrellas lleva

    escrito, el heráldico blasón de las Letras;

    Y, ¿del ARTE el Estandarte?

    añadid un lirio blanco, en el campo de ese

    Escudo de Templarios, y tendréis el Estandarte

    del ARTE;

    del Arte de los Grandes Visionarios, que por

    ser visionario, es el solo ARTE.

     

     

     

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    ÁLVARO MUTIS

    ÁLVARO MUTIS 

    (Bogotá 1923) Premio Cervantes 2002; este gran poeta joven y novelista tardío, representa el texto más moderno y asombrosamente anárquico de nuestra poesía. Con gran tono elegante, su obra se debate entre la desesperanza y esa belleza incomprensible que yace en lo trágico de la miseria.

     

    UNA PALABRA

    Cuando de repente en la mitad de la vida llega una palabra jamás antes

    pronunciada, una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre

    la magia recién iniciada, que se levanta como un grito en en un inmenso hangar abandonado donde el musgo cobija las paredes, entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una palabra basta, una palabra y se inicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso polvo de ciudades, hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el hollín y anidan densas sombras,

    húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres...

    Camino del mar pronto se olvidan estas cosas. Y si una mujer esperas con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas de un fl orido písamo centenario, entonces el poema llega a su fi n, no tiene ya sentido su monótono treno de fuente turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas.

    Sólo una palabra.

    Una palabra y se inicia la danza

    de una fértil miseria.

     

    Los Trabajos Perdidos

    Por un oscuro túnel en donde se mezclan ciudades, olores, tapetes, iras y ríos, crece la

    planta del poema. Una seca y amarilla hoja prensada en las páginas de un libro olvidado,

    es el vano fruto que se ofrece.

    La poesía sustituye,

    la palabra sustituye,

    el hombre sustituye,

    los vientos y las aguas sustituyen...

    la derrota se repite a través de los

    tiempos

    ¡ay, sin remedio!

    Si matar los leones y alimentar las cebras, perseguir a los indios y acariciar mujeres en

    mugrientos solares, olvidar las comidas y dormir sobre las piedras... es la poesía, entonces ya está hecho el milagro y sobran las palabras.

    ...Pero si acaso el poema viene de otras regiones, si su música predica la evidencia de

    futuras miserias, entonces los dioses hacen el poema. No hay hombres para esta faena.

    Pasar el desierto cantando, con la arena triturada en los dientes y las uñas con sangre

    de monarcas, es el destino de los mejores, de los puros en el sueño y la vigilia.

    Los días partidos por el pálido cuchillo de las horas, los días delgados como el manantial

    que brota de las minas, los días del poema...

    Cuánta vana y frágil materia preparan para las noches que cobija una lluvia insistente

    sobre el cinc de los trópicos. Hierbas del dolor.

    Todo aquí muere lentamente, evidentemente, sin vergüenza: hasta los rieles del tren se

    entregan al óxido y marcan la tierra con infinita ira paralela y dorada.

    La gracia de una danza que rigen escondidos instrumentos. La voz perdida en las pisadas,las pisadas perdidas en el polvo, el polvo perdido en la vasta noche de cálidas extensiones...o solamente la gracia de la fresca madrugada que todo lo olvida. El puente del alba con sus dientes y sombras de agria leche.

    Poesía: moneda inútil que paga pecados ajenos con falsas intenciones de dar a los

    hombres la esperanza. Comercio milenario de los prostíbulos.

    Esperar el tiempo del poema es matar el deseo, aniquilar las ansias, entregarse a la

    estéril angustia... y además las palabras nos cubren de tal modo que no podemos ver lo

    mejor de la batalla cuando la bandera florece en los sangrientos muñones del príncipe.

    ¡Eternizad ese instante!

    El metal blando y certero que equilibra los

    pechos de incógnitas mujeres

    es el poema

    El amargo nudo que ahoga a los ladrones de

    ganado cuando se acerca el alba

    es el poema

    El tibio y dulce hedor que inaugura los

    muertos

    es el poema

    La duda entre las palabras vulgares, para

    decir pasiones innombrables y esconder la

    vergüenza

    es el poema

    El cadáver hinchado y gris del sapo lapidado

    por los escolares

    es el poema

    La caspa luminosa de los chacales

    es el poema

    De nada vale que el poeta lo diga... el poema está hecho desde siempre. Viento solitario.

    Garra disecada y quebradiza de un ave poderosa y tranquila, vieja en edad y valerosa en

    su trance.

     

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    GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

    GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

     

    Nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1927. Así al menos lo afirma su hermano, Luis Enrique. Aunque ahí mismo comienza el misterio que rodea a la figura de "Gabo", porque un certificado y hasta él mismo apuntan su venida al mundo en 1928.
    Es reconocido como uno de los grandes escritores colombianos del siglo XX. Premio Rómulo Gallegos 1972. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Entre sus obras figuran Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto y El amor en los tiempos del cólera.
    Creció entre fantasmas en un mundo mágico de supersticiones en el que su abuela hablaba con los muertos y una de sus tías cosía su mortaja.
    "Yo me acostumbré a vivir dentro de ese mundo y he seguido siempre viviendo en el mismo. Yo soy sumamente supersticioso y hago interpretaciones de mis propios sueños. Lo que pasa es que tengo mis propias supersticiones no la superstición del número 13, o la de no pasar por debajo de la escalera", comentó alguna vez García Márquez.
    En Aracataca,tuvo su primer acercamiento con las letras cuando encontró por accidente en el baúl de los abuelos un libro descuadernado y viejo. Eran Las mil y una noches. Desde entonces comenzó su intensa relación con la literatura.
    Estudió derecho, aunque su reducto favorito eran los cafés. Una serie de acontecimientos y la publicación de algunos de sus cuentos en diarios colombianos, lo encaminaron por el mundo del periodismo y la literatura.
    En 1955 fue a Europa como corresponsal del diario El Espectador. Estuvo en Ginebra, París, Roma, Checoeslovaquia, Polonia, Rusia, Ucrania. En ese tiempo alternaba su trabajo de corresponsal con la preparación de su legendario cuento largo, o novela corta, El coronel no tiene quien le escriba.

    En 1967 publica “Cien años de soledad”, que se constituyó en el símbolo de la erupción de la nueva novela latinoamericana, y del realismo mágico, manera de ver la realidad desde los mitos personales y de narrar los más extraordinarios hechos con impavidez proveniente de una sabiduría
    ancestral. Creador de Macondo y de un universo de ficción muy particular, reconocible en cada una de sus numerosas obras.

     

    Fragmentos de Cien Años de Soledad sobre el Idioma:

    Sólo entonces supo que no habían quemado sus versos. «No me quise precipitar», le explicó Úrsula. «Aquella noche, cuando iba a prender el horno, me dije que

    era mejor esperar que trajeran el cadáver.»En la neblina de la convalecencia, rodeado

    de las polvorientas muñecas de Remedios, el coronel Aureliano Buendía evocó en la lecturade sus versos los instantes decisivos de su existencia. Volvió a escribir. Durante muchas horas, al margen de los sobresaltos de una guerra sin futuro, resolvió en versos rimados sus experiencias a la orilla de la muerte. Entonces sus pensamientos se hicieron tan claros, que pudo examinarlos al derecho y al revés.

    (...)

    Aureliano Segundo estaba abstraído en la lectura de un libro. Aunque carecía de pastas y el título no aparecía por ninguna parte, el niño gozaba con la historia de una mujer que se sentaba a la mesa y sólo comía granos de arroz que prendía con alfileres, y con la historia del pescador que le pidió prestado a su vecino un plomo para su red y el pescado con que lo recompensó más tarde tenía un diamante en el estómago, y con la lámpara que satisfacía los deseos y las alfombras que volaban. Asombrado, le preguntó a Úrsula si todo aquello era verdad, y ella le contestó que sí, que muchos años antes los gitanos llevaban

    a Macondo las lámparas maravillosas y las esteras voladoras.

     

    (…)

     

    ...un sabio catalán tenía una tienda de libros donde había un Sanskrit Primer que sería devorado por las polillas seis años después si él no se apresuraba a comprarlo. Por primera vez en su larga vida Santa Sofía de la Piedad dejó traslucir un sentimiento, y era un sentimiento de estupor, cuando Aureliano le pidió que le llevara el libro que había de encontrar entre la Jerusalén Libertada y los poemas de Milton, en el extremo derecho del segundo renglón de los anaqueles. Como no sabía leer, se aprendió de memoria la parrafada, y

    consiguió el dinero con la venta de uno de los diecisiete pescaditos de oro que quedaban en el taller, y que sólo ella y Aureliano sabían dónde los habían puesto la noche en que los soldados registraron la casa.

     

     

    DISCURSO DEL NOBEL

     

    Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido

    con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el ofi ciode escribir. Sus nombres y sus obras se me

    presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor.Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido. Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra,

    qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sidola misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador delas naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que lasempuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños

    sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos. En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar encada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a

    todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

    Muchas gracias

     

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    Tomás Carrasquilla, gran novelista de costumbres

    Tomás Carrasquilla, gran novelista de costumbres

     

    Tomás Carrasquilla (Santo Domingo 1858 – Medellín 1940).

    Autor costumbrista por excelencia, su prosa retrata las costumbres y el habla regionales de Antioquia. Sus novelas más conocidas son “La marquesa de Yolombó” y “Frutos de mi tierra”

     

     

    La marquesa de Yolombó

     

    (Fragmento sobre el idioma)

    -¡Valiérale Dios a Doña Bárbara! A medida que sospecha lo que eso puede ser (aprender a leer y escribir) se va desvaneciendo en uno como sueño de pasmo. Los números se le hacían ya una simpleza. El que había inventado estas cosas no era un ayudado solamente: tenía que haber sido el diablo en persona. Sólo él era capaz de tanta magia y tantísima sutileza. ¿Ser unos garabatos,ahí pintados como un cristiano que cantara,que conversara y que echara sermón? ¡Eso no lo había inventado la gente! A ella no le metían esa tan gorda. Que levantaran cosas más creíbles;pero esa, no. ¿Y cómo harían las gentes para meterle el diente a ese enredo? Aprender a leer era más difícil que montar una mina. Esas letras embrujadas, que se llamaban de un modo, ellas solas, y que, cuando se iban a juntar con otras,no se decían más que media en una y casi nada en otras; esas, que eran una cosa hacia arriba yotra cosa hacia abajo; eso era horrible de trabajoso.Tan solamente eran fáciles de leer esas que se decían conforme se llamaban.

     

    En la Diestra de Dios Padre (cuento

    Este dizque era un hombre que se llamaba Peralta. Vivía en un pajarate muy grande y muy viejo, en el propio camino real y afuerita de un pueblo donde vivía el Rey. No era casao y vivía con una hermana soltera, algo viejona y muy aburrida.

    No había en el pueblo quién no conociera a Peralta por sus muchas caridades: él lavaba los llaguientos; él asistía a los enfermos; él enterraba a los muertos; se quitaba el pan de la boca y los trapitos del cuerpo para dárselos a los pobres; y por eso era que estaba en la pura inopia; y a la hermana se la llevaba el diablo con todos los limosneros y leprosos que Peralta mantenía en la casa. "¿Qué te ganás, hombre de Dios -le decía la hermana-, con trabajar como un macho, si todo lo que conseguís lo botás jartando y vistiendo a tanto perezoso y holgazán? Casáte, hombre; casáte pa que tengás hijos a quién mantener". "Cálle la boca, hermanita, y no diga disparates. Yo no necesito de hijos, ni de mujer ni de nadie, porque tengo mi prójimo a quién servir. Mi familia son los prójimos". "¡Tus prójimos! ¡Será por tanto que te lo agradecen; será por tanto que ti han dao! ¡Ai te veo siempre más hilachento y más infeliz que los limosneros que socorrés! Bien podías comprarte una muda y comprármela a yo, que harto la necesitamos; o tan siquiera traer comida alguna vez pa que llenáramos, ya que pasamos tantos hambres. Pero vos no te afanás por lo tuyo: tenés sangre de gusano".

    Esta era siempre la cantaleta de la hermana; pero como si predicara en desierto frío. Peralta seguía más pior; siempre hilachento y zarrapastroso, y el bolsico lámparo lámparo; con el fogoncito encendido tal cual vez, la despensa en las puras tablas y una pobrecía, señor, regada por aquella casa desde el chiquero hasta el corredor de afuera. Figúrese que no eran tan solamente los Peraltas, sino todos los lisiaos y leprosos, que se habían apoderao de los cuartos y de los corredores de la casa  "convidaos por el sangre de gusano", como decía la hermana.

    Una ocasioncita estaba Peralta muy fatigao de las afugias del día, cuando, a tiempo de largarse un aguacero, arriman dos pelegrinos a los portales de la casa y piden posada: "Con todo corazón se las doy, buenos señores -les dijo Peralta muy atencioso-;
    pero lo van a pasar muy mal, porqu'en esta casa no hay ni un grano de sal ni una tabla de cacao con qué hacerles una comidita. Pero prosigan pa dentro, que la buena voluntá es lo que vale".

    Dentraron los pelegrinos; trajo la hermana de Peralta el candil, y pudo desaminarlos a como quiso. Parecían mismamente el taita y el hijo. El uno era un viejito con los cachetes muy sumidos, ojitriste él, de barbitas rucias y cabecipelón. El otro era muchachón, muy buen mozo, medio mono, algo zarco y con una mata de pelo en cachumbos que le caían hasta media espalda. Le lucía mucho la saya y la capita de pelegrino. Todos dos tenían sombreritos de caña, y unos bordones muy gruesos, y albarcas. Se sentaron en una banca, muy cansaos, y se pusieron a hablar una jerigonza tan bonita, que los Peraltas, sin entender jota, no se cansaban di oirla. No sabían por qué sería, pero bien veían que el viejo respetaba más al muchacho que el muchacho al viejo; ni por qué sentían una alegría muy sabrosa  por  dentro; ni mucho menos de dónde salía un olor que trascendía toda la casa: aquello parecía de flores de naranjo, de albahaca y de romero de Castilla; parecía de incensio y del sahumerio de alhucema que le echan a la ropita
    de los niños; era un olor que los Peraltas no habían sentido ni en el monte, ni en las jardineras, ni en el santo templo de Dios.

    Manque estaba muy embelesao, le dijo Peralta a la hermana: "Hija, date una asomaíta por la despensa; desculcá por la cocina, a ver si encontrás alguito que darles a estos señores. Mirálos qué cansaos están; se les ve la fatiga". La hermana, sin saberse cómo, salió muy cambiada de genio y se fué derechito a la cocina. No halló más que media arepa tiesa y requemada, por allá en el  asiento di una cuyabra. Confundida con la poquedá, determinó que alguna gallina forastera  tal vez si había colao por un güeco del bahareque y había puesto en algún zurrón viejo di una montonera qui había en la despensa; que lo qu'era corotos y porquerías viejas sí había en la dichosa despensa hasta pa tirar pa lo alto; pero de comida, ni hebra. Abrió la puerta, y se quedó beleña y paralela: en aquel despensón, por los aparadores, por la escusa, por el granero, por los zurrones, por el suelo, había de cuanto Dios crió pa que coman sus criaturas. Del palo largo colgaban los tasajos de solomo y de falda, el tocino y la empella; de los garabatos colgaban las costillas de vaca y de cuchino; las longanizas y los chorizos se gulunguiaban y s'enroscaban que ni  culebras; en la escusa había por docenas los quesitos, y las bolas de mantequilla, y las tutumadas de cacao molido con jamaica, y las hojaldras y las carisecas; los zurrones estaban rebosaos de frijol cargamanto, de papas, y de revuelto di una y otra laya; cocos de güevos había  por toítas partes; en un rincón había un cerro de capachos de sal de Guaca; y por allá, junto al granero, había sobre una horqueta un bongo di arepas di arroz, tan blancas, tan esponjadas, y tan bien asaítas, que no parecían hechas de mano de cocinera d'este mundo; y muy sí señor un tercio de dulce que parecía la mismita azúcar. "Por fin le surtió a Peralta -pensó la hermana-. Esto es mi Dios pa premiale sus buenas obras. ¡Hasta ai víver! Pues, aprovechémonos".

    Y dicho y hecho: trajo el cuchillo cocinero y echó a cortar por lo redondo; trajo la batea grande y la colmó; y al momentico echó a chirriar la cazuela y a regase por toda la casa aquella güelentina tan sabrosa. Como Dios li ayudó les puso el comistraje. Y nada desganao qu'era el viejito; el mozo sí no comió cosa. A Peralta ya no le quedó ni hebra de duda que aquello era un milagro patente; y con todito aquel  contento que le bailaba en el cuerpo sargentió  por todas partes, y con lo menos roto y menos sucio de la casa les arregló las camitas en las dos puntas de la tarima. Se dieron las buenas noches y cada cual si acostó.

    Peralta se levantó, escuro, escuro,  y  no topó ni rastros de los güéspedes; pero sí topó una muchila muy grande requintada di onzas del Rey, en la propia cabecera del mocito. Corrió muy asustao a contarle a la hermana, que al momento se levantó de muy buen humor a hacer harto cacao; corrió a contarle a los llaguientos y a los tullidos, y los topó buenos y sanos y caminando y andando, como si en su vida no hubieran tenido achaque. Salió como loco en busca de los güéspedes pa entregarles la muchila di onzas del Rey. Echó a andar y a andar, cuesta arriba, porque puallí dizque era qui habían cogido los pelegrinos. Con tamaña lengua a fuera se sentó un momentico a la sombra di un árbol, cuando los divisó por allá muy arriba, casi a punto de trastornar el alto. Casi no podía gañir el pobrecito de puro cansao qu'estaba, pero ai como pudo les gritó: "¡Hola, señores; espéremen que les trae cuenta!". Y alzaba la muchila pa que la vieran. Los pelegrinos se contuvieron a las voces que les dió Peralta. Al ratico estuvo cerca d'ellos, y desde abajo les decía: "Bueno, señores, aquí está su plata". Bajaron ellos al tope y se sentaron  en un plancito, y entonces Peralta les dijo: "¡Caramba qu'el pobre siempre jiede! Miren que dejar este oral por el afán de venirse  de mi casa. Cuenten y verán que no les falta ni un medio!".

    El mocito lo voltió a ver con tan buen ojo, tan sumamente bueno, que Peralta, anqu'estaba muy cansao, volvió a sentir por dentro la cosa sabrosa qui había sentido por la noche; y el mocito le dijo: "Sentáte, amigo Peralta, en esa piedra, que tengo que hablarte". Y Peralta se sentó. "Nosotros -dijo el mocito con una calma y una cosa allá muy preciosa- no somos tales pelegrinos; no lo creás. Este -y señaló al viejo- es Pedro mi discípulo, el que maneja las llaves del cielo; y yo soy Jesús de Nazareno. No hemos venido a la tierra más que a probarte, y en verdá te digo, Peralta, que te lucites en la prueba. Otro que no fuera tan cristiano como vos, se guarda las onzas y si había quedao muy orondo. Voy a premiarte: los dineros  son tuyos: llevátelos; y voy a darte de encima las cinco cosas que me querás pedir. ¡Conque, pedí por esa boca!".

    Peralta, como era un hombre tan desentendido pa todas las cosas y tan parejo, no le dió mal ni se quedó pasmao, sino que muy tranquilo se puso a pensar a ver qué pedía. Todos tres se quedaron callaos como en misa, y a un rato dice San Pedro: "Hombre, Peralta, fijáte bien en lo que vas a pedir, no vas a salir con una buena bobada". "En eso estoy pensando, Su Mercé", contestó  Peralta, sin nadita  de susto. "Es que si pedís cosa mala, va y el Maestro te la concede; y, una vez concedida, te amolaste, porque la palabra del Maestro no puede faltar". "Déjeme pensar bien la cosa, Su Mercé";  y seguía pensando, con la cara pa otro lao y metiéndole uña a una barranquita. San Pedro le tosía, le aclariaba, y el tal Peralta no lo voltiaba a ver. A un ratísimo voltea a ver al Señor y le dice: "Bueno, Su Divina Majestá; lo primerito que le pido es que yo gane al juego siempre que me dé la gana".  "Concedido", dijo el Señor. "Lo segundo -siguió Peralta- es que cuando me vaya a morir me mande la Muerte por delante y no a la traición". "Concedido", dijo el Señor. Peralta seguía haciendo la cuenta en los dedos, y a San Pedro se lo llevaba Judas con las bobadas de ese hombre: él se rascaba la calva, él tosía, él le mataba el ojo, él alzaba el brazo y, con el dedito parao, le señalaba a Peralta el cielo; pero Peralta no se daba por notificao. Después de mucho pensar, dice Peralta: "Pues, bueno, Su Divina Majestá; lo tercero que mi ha de conceder es que yo pueda detener al que quiera en el puesto que yo le señale y por el tiempo qui a yo me parezca". "Rara es tu petición, amigo Peralta -dice el Señor, poniendo en él aquellos  ojos tan zarcos y tan lindos que parecía que limpiaban el alma de todo pecao mortal, con solamente fijarlos en los cristianos-. En verdá te digo que una petición como la tuya, jamás había oído; pero que sea lo que vos querás". A esto dió un gruñido San Pedro, y, acercándose a Peralta, lo tiró con disimulo de la ruana, y le dijo al oído, muy sofocao: "¡El cielo, hombre! ¡Pedí el cielo! ¡No sias bestia!". Ni an por eso: Peralta no aflojó un pite; y el Señor dijo: "Concedido". "La cuarta cosa -dijo Peralta sumamente fresco- es que Su Divina Majestá me dé  la virtú di achiquitame a como a yo me dé la gana, hasta volveme tan  chirringo com'una hormiga". Dicen los ejemplos y el misal que el Señor no se rió ni una merita vez; pero aquí sí li agarró la risa, y le dijo a Peralta: "Hombre, Peralta; ¡otro como vos no nace, y si nace, no se cría! Todos me piden grandor y vos, con ser un recorte di hombre, me pedís pequeñez. Pues, bueno...". San Pedro le arrebató la palabra a su Maestro, y le dijo en tonito bravo: "¿Pero no ve qu'esti hombre está loco?". "Pues no me arrepiento de lo pedido -dijo Peralta  muy resuelto-. Lo dicho, dicho". "Concedido", dijo el Señor. San Pedro se rascaba la saya muslo arriba, se ventiaba con el sombrero, y veía chiquito a Peralta. No pudo contenerse  y le dijo: "Mirá, hombre, que no has pedido lo principal y no te falta sino una sola cosa". "Por eso lo'stoy pensando; no si apure Su Mercé". Y se volvió a quedar  callao otro rato. Por allá, a las mil y quinientas, salió Peralta con esto: "Bueno, Su Divina Majestá; antes de pedile lo último, le quiero preguntar una cosa, y usté me dispense, Su Divina Majestá, por si fuere mal preguntao; pero eso sí: ¡mi ha de dar una contesta bien clara y bien patente!". "¡Loco di amarrar!
    -gritó San Pedro juntando las manos y voltiando a ver al cielo como el que reza el Bendito-. Va a salir con un disparate  gordo. ¡Padre mío, ilumínalo!". El Señor, que volvió a ponerse muy sereno, le dijo: "Preguntá, hijo, lo que querás, que todo te lo contestaré a tu gusto". "Dios se lo pague, Su Divina Majestá... Yo quería saber si el Patas es el que manda en el alma de los condenaos, go es vusté, go el Padre Eterno". "Yo, y mi Padre y el Espíritu Santo juntos y por separao, mandamos en todas partes; pero al Diablo l'hemos largao el mando del Infierno: él es amo de sus condenaos y manda en sus almas, como mandás vos en las onzas que te he dao". "Pues bueno, Su Divina Majestá -dijo Peralta muy contento-. Si asina es, voy a hacerle el último pido: yo quiero, ultimadamente, que Su Divina Majestá me conceda la gracia de que el Patas no mi haga trampa en el juego". "Concedido", dijo el Señor. Y El y el viejito se volvieron humo en la región.

    Peralta se quedó otro rato sentao en su piedra; sacó yesquero, encendió  su tabaco, y se puso a bombiar muy satisfecho. ¡Valientes cosas las que iba a hacer con aquel platal! No iba a quedar pobre sin su mudita nueva, ni vieja hambrienta sin su buena pulsetilla de chocolate de canela. ¡Allá verían los del sitio quién era Peralta! Se metió las onzas debajo del brazo; se cantió la ruanita, y echó falda abajo. Parecía  mismamente un limosnero: tan chiquito y tan entumido; con aquella carita  tan fea, sin pizca de barba, y con aquel ojo tan grande y aquellas pestañonas que parecían de ternero.

    Al otro día se fué p'al pueblo, y puso monte. ¡Cómo sería la angurria que se li abrió a tanto logrero cuando vieron en aquella mesa aquella montonera di onzas del Rey! "¿Onde te sacates ese entierro, hombre Peralta?, le decía  uno. "Este se robó el correo", decían otros en secreto; y Peralta se quedaba muy desentendido. Se pusieron a jugar. La noticia del platal corrió por todo el pueblo, y aquella sala se llenó de todo el ladronicio  y todos los perdidos. Pero eso sí; no les quedó ni un chimbo partido por la mitá; por más trampas qui hacían, por más que cambiaban baraja, por más que la señalaban con la uña, les dió capote, con ser que en el juego estaban toditos los caimanes d'esos laos. "Con ésta no  nos quedamos -dijo el más caliente-. A nosotros  no nos come este... -y ai mentó unas palabras muy feas-. ¡Voy a idiar unas suertes, y mañana no le queda ni liendra a este sinvergüenza!". Y ai  salió  del garito, echando por esa boca unos reniegos y unos dichos qui aquello parecía un condenao.

    Al otro día, desdi antes di almorzar, emprendieron el monte. Hubo cuchillo, hubo barbera; pero Peralta tampoco les dejó un medio. Como no era ningún bobo, se dejaba ganar en ocasiones pa empecinarlos más. Determinaron jugar dao, y montedao, y bisbís, y cachimona y roleta, a ver si con el cambio de juegos se caía Peralta; pero si se caía a raticos, era pa seguir más violento echando por lo negro y acertando  en unos y en otros juegos.

    Lo más particular era que Peralta  con tantísimo caudal como iba consiguiendo no se daba nadita d'importancia,  ni en la ropita, ni en la comida ni en nada: con su misma ruanita pastusa de listas azules, con sus mismitos calzones fundillirrotos se quedó el hombre, y con su mismita chácara de ratón di agua, pelada y hecha un cochambre.

    Pero eso sí: lo qu'era limosnas ni el Rey las daba tan grandes. Su casa parecía siempre publicación de bulas, con toda la pobrecía  y todos los lambisquiones del pueblo plañendo a toda  hora; y no tan solamente los del pueblo, sino que también echó a venir cuanto avistrujo había  en todos los pueblos de por ai y en otros del cabo del mundo. ¡Hasta de Jamaica y de Jerusalén venían los pedigüeños! Pero Peralta no reparaba: a todos les metía su peseta en la mano; y la cocina era un fogueo parejo que ni cocina de minas. Consiguió un montón de molenderas, y todo el día se lo pasaba repartiendo  tutumadas de mazamorra, los plataos de frijol y las arepas de maíz sancochao. Y mantenía  una maletada de plata, la mismita que vaciaba al día.

    Siguió siempre lavando sus leprosos, asistiendo  sus enfermos, y siempre con su sangre de gusano, como si fuera  el más pobrecito y el más arrastrao de la tierra.

    Pero lo que no canta el carro lo canta la carreta: ¡la Peraltona sí supo darse orgullo y meterse a señora  de media y zapato! Con todo el platal que le sacó al hermano, compró casa de balcón en el pueblo, y consiguió  serviciala y compró ropa muy buena y de usos muy bonitos. Cada rato se ponía en el balcón, y apenas veía gente, gritaba: "¡Maruchenga, tréme el pañuelo de tripilla, que voy a visitar a la Reina! ¡Maruchenga, tréme los frascos de perjume pa ruciar por aquí qu'está jediendo!". Y si veía pasar alguna señora, decía: "¡No pueden ver a uno de peinetón ni con usos  nuevos,
    porqui al momento la imitan estas ñapangas asomadas!". Cuando salía  a la calle, era un puro gesto y un puro melindre; y auque  era tan pánfila  y tan feróstica caminaba muy repechada  y muy menudito, como sintiéndose muy muchachita y muy preciosa. "Maruchenga, dáca la sombrilla qui hace sol; Maruchenga, sacame la crizneja; Maruchenga, componeme el esponje, que se me tuerce"; y no dejaba en paz a la pobre Maruchenga, con tanto orgullo y tanta jullería.

    La caridá de Peralta fué creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los lisiaos; y él mismo pagaba las medecinas, y él mismo con su misma mano se las  daba a los enfermos.

    Esto llegó  a oídos de su Saca Rial y lo mandó llamar. Los amigos de Peralta y la Peraltona le decían que se mudara y se engalanara hartísimo pa ir a cas del Rey; pero Peralta no hizo caso, sino que tuvo cara de presentársele con su mismito  vestido y a pata limpia, lo mismo qui un montañero. El Rey  y la Reina estaban tomando chocolate con bizcochuelos y quesito fresco, y pusieron a Peralta en medio de los dos, y le sirvieron vino en la copa del Rey qu'era  di oro, y l'echaron un brinde con palabras tan bonitas, qui aquello parecía lo mismo que si fuera con el obispo Gómez Plata.

    Peralta recorrió muchos pueblos, y en todas partes ganaba, y en todas partes  socorría a los  pobres; pero como en este mundo hay tanta gente mala y tan caudilla echaron a levantale testimonios. Unos decían qu'era ayudao; otros, qui ofendía  a mi Dios, en secreto, con pecaos muy horribles; otros, qu'era duende y que volaba de noche por los tejaos, y qu'escupía la imagen  de mi Amito y Señor. Toíto esto fué corruto en el pueblo, y los mismos  qu'él protegía, los mismitos que mataron la hambre con su comida, prencipiaron a mormurar. Tan solamente el curita del pueblo lo defendía; pero nadie le creyó, como si fuera  algún embustero. Toditico lo sabía Peralta, y nadita que se le daba, sino que seguía el mismito: siempre tan humilde la criatura de mi Dios. El cura le decía que compusiera la casa que se le estaba cayendo con las goteras y con los ratones y animales que si habían apoderao d'ella; y Peralta decía: "¿Pa qué,  señor? La plata qu'he de gastar en eso, la gasto en mis pobres: yo no soy el Rey pa tener palacio".

    Estaba  un día  Peralta solo en grima en dichosa  la casa, haciendo los montoncitos de plata pa repartir, cuando, ¡tun, tun! en la puerta. Fué a abrir, y... ¡mi amo de mi vida! ¡Qué escarramán tan horrible!  Era la Muerte, que venía por él. Traía la güesamenta muy lavada, y en la mano derecha la desjarretadera  encabada en un palo negro muy largo, y tan brillosa y cortadora que s'enfriaba uno hasta el cuajo de ver aquéllo! Traía en la otra mano un manojito de pelos que parecían hebritas de bayeta, para probar el filo de la herramienta. Cada rato sacaba un pelo y lo cortaba en el aire. "Vengo por vos", le dijo a Peralta. "¡Bueno! -le contestó éste-. Pero me tenés que dar un placito pa confesame  y hacer el testamento". "Con tal que no sea mucho -contestó la Muerte, de mal humor- porqui ando di afán". "Date por ai una güeltecita -le dijo Peralta-, mientras yo mi arreglo; go, si te parece, entretenéte aquí viendo el pueblo, que tiene muy bonita divisa. Mirá aquel aguacatillo tan alto; trepáte a él pa que divisés a tu gusto".

    La Muerte, que es muy  ágil, dió un brinco y se montó en una horqueta del aguacatillo; se echó la desjarretadera al hombro y se puso a divisar. "¡Dáte descanso, viejita, hasta qui a yo me dé la gana -le dijo Peralta- que ni Cristo, con toda su pionada, te baja d'es'horqueta!".

    Peralta  cerró su puerta, y tomó el tole de siempre. Pasaban las semanas y pasaban los meses y pasó un año. Vinieron  las virgüelas castellanas; vino el sarampión y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el  descenso, y el tabardillo, y nadie se moría. Vinieron las pestes en toítos los animales; pues tampoco se murieron.

    Al comienzo de la cosa echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sabían; pero luego la gente fue colando en malicia qu'eso no pendía de los dotores sino di algotra cosa. El cura, el sacristán y el sepolturero pasaron hambres a lo perro, porque ni un entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura güelieron en esos días. Los hijos de taitas viejos y ricos se los comía la incomodidá de ver a los viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ningún lao. Lo mismito les sucedía  a los sobrinos  con los tíos solteros y acaudalaos; y los maridos casaos con mujer vieja y fea se revestían di una enjuria, viendo la viejorra tan morocha, ¡habiendo por ai mozas tan bonitas con qué reponerlas! De todas partes venían correos a preguntar si en el pueblo se morían los cristianos. Aquello se volvió una batajola y una confundición tan horrible, como si al mundo li hubiera entrao algún trastorno. Al fin determinaron todos qu'era que la Muerte si había muerto, y ninguno volvió a misa ni a encomendarse a mi Dios.

    Mientras tanto, en el Cielo y en el Infierno estaban ofuscaos y confundidos, sin saber qué sería aquello tan particular. Ni un alma  asomaba las narices por esos laos: aquello  era la  desocupez más triste. El Diablo determinó ponese en cura de la rasquiña que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se moría de la pura  aburrición en la puerta del Cielo; se lo pasaba por  ai sentaíto en un banco, dormido, bosteciando y rezando a raticos en un rosario bendecido en Jerusalén.

    Pero viendo que la molienda seguía, cerró la puerta, se coló  al Cielo y le dijo al Señor: "Maestro; toda la vida l'he servido con mucho gusto; pero ai l'entrego el destino; ¡esto sí no lo aguanto yo! ¡Póngame algotro oficio qui'hacer o saque algún recurso!". Cristico y San Pedro se fueron por allá a un rincón a palabriase. Después de mucho secreteo, le dijo el Señor: "Pues eso tiene que ser; no hay otra causa. Volvé vos al mundo y tratá a esi'hombre con harta mañita, pa ver si nos presta la muerte, porque si no nos embromamos".

    Se puso San Pedro la muda de pelegrino, se chantó las albarcas y el sombrero y cogió el bordón. Había caminao muy poquito, cuando s'encontró con un atisba que mandaba el Diablo pa que vigiara por los laos del Cielo, a ver  si era que todas las almas s'estaban salvando. "¡Qué salvación ni qué demontres! -le dijo San Pedro-. ¡Si esto s'está acabando!".

    Esa misma noche, casi al amanecer, llovía agua a Dios misericordia, y Peralta dormía quieto y sosegao en su cama. De presto se recordó, y oyó que le gritaban desdi afuera: "¡Abríme, Peraltica, por la Virgen, qu'es de mucha necesidá!". Se levantó Peralta, y al abrir la puerta se topó mano a mano con el viejito, que le dijo: "Hombre; no vengo a que me des posada tan solamente; ¡vengo mandao por el Maestro a que nos largués la muerte unos días, porque vos la tenés de pata y mano en algún encierro!". "Lo que menos, su Mercé -dijo Peralta-. La tengo muy bien asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condición de qui a yo no mi'haga nada". "¡Contá conmigo!" -le dijo San Pedro-.

    Apenitas aclarió salieron los dos a descolgar a la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu'había padecido; el telarañero se l'enredaba por todas partes, qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro lo tomaíta qu'estaba. Pero lo que más enjuria le daba a San Pedro era que parecía tuerta, porqui'un demontres diavispa había determinao hacer la casa en la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita balda, casi tullida d'estar horquetiada tantísimo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta  y San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron después una escoba y unos trapos; le sacaron el avispero, y ello más bien quedó  medio decente. Apenas se vio andando recobró fuerza, y en un instantico volvió  a amolar la desjarretadera... y tomó el mundo. ¡Cómo estaría di hambrienta con el ayuno! En un tris acaba con los cristianos en una semana. Los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni  an los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del mundo alcanzaba a comérsela. Peralta sí era verdá que parecía ahora un duende, di aquí pa'cá, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y socorriendo a los vivos.

    La Muerte si aplacó un poquito; los contaítos cristianos que quedaron volvieron a su oficio; y como los vivos  heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvió a agarrarlos a todos, consiguió Peralta más plata en esos días que la qui había conseguido en tanto tiempo. ¡Hijue pucha si'staba ricachón!  ¡Ya no tenía ondi acomodala!

    Pero cátatelo ai qui un día amanece con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso a pensar qui harto había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morise hoy que mañana go el otro día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu'era tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del cementerio onde  todos lo pisaran harto. Asina fué qui apenitas  se le presentó la Pelona cerró  el ojo, estiró la pata y le dijo: "¡Matáme pues!". ¡Poquito sería lo duro que li asestó el golpe, con el rincor que le tenía!

    Peralta s'encontró  en un paraje muy feíto, parecido a una plaza. Voltió a ver por todas partes, y por allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego  casi cerrao por las zarzas y los charrascales. "Ya sé aonde se va por ese camino -pensó Peralta-. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu'el otro lao!". Y cogió. Y se fué topando con mucha gente muy blanca y di agarre, que parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían principesas. Como nunca fué amigo de metese entre la gente grande, se fué por un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de la mano. ¡María Madre si había qué ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito! Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino que parecían flores muertas.

    Peralta  seguía a la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un llano, alcanzó a divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las iglesias, mucho más que la Piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com'un avispero; y como toda la gente se iba colando a la cosa, Peralta se coló también. Comprendió qu'era el Infierno, por el jumero que salía de p'arriba y el candelón que salía de p'abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.

    El se dentró por una gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fué a repuntar por allá a unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo  que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo'stán degollando, y  si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida  con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li  alzaban macho a toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao! ¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta! Y a cada golpe le gritaban los diablos a la señora: "¡Esto es pa que levantés testimonios, vieja maldita!  ¡Esto es pa que metás tus mentiras, vieja lambona! ¡Esto es pa qu'enredés a las personas, vieja culebrona!". Y a Peralta le dio tanta lástima que salió  de güída.

    De presto se zampó por una puerta muy anchona; y cuando menos acató, se topó en un salón muy grandote y muy altísimo que tenía hornos en todas las paredes, muy pegaos y muy junticos, como los roticos de las colmenas onde se meten las abejas. No había nadie en el salón; pero por allá en la mitá se veía un trapo colgao a moda de tolda di arriero. Peralta si asomó con mucha mañita, y ai estaba el Enemigo Malo acostao en un colchón, dormido y como enfermoso y aburridón él. De presto se recordó; se enderezó, y a lo que vió a Peralta le dijo muy fanfarrón y arrogante: "¿Qué venís hacer aquí, culichupao? Vos no sos di aquí; ¡rumbati al momento!". "Pues, como nadie mi atajó, yo me fuí colando, sin saber que me iba a topar con Su Mercé", contestó Peralta con mucha moderación. "¿Quién sos vos?", le dijo el Diablo. "Yo soy un pobrecito del mundo qui ando puaquí embolatao. Me dijeron qu'estaba en carrera de salvación, pero a yo no mi han recebido indagatoria ni nadie si ha metido con yo".

    Al  momento le comprendió el Diablo qu'era alma del Purgatorio o del Cielo. ¡Figúresen, no entenderlo él, con toda la marrulla que tiene! Pero como los buenos modos sacan los cimarrones del monte, y la humildá agrada hasta al mismo Diablo, con ser tan soberbio, resultó que Peralta más bien le cayó en gracia, más bien le pareció sabrosito y querido. "¿Su Mercé está como enfermoso?", le preguntó Peralta. "Sí, hombre -contestó Lucifer como muy aplacao-. Se mi han alborotao en estos días los achaques; y lo pior es que nadie viene a hacerme  compañía, porqu'el mayordomo, los agregaos y toda la pionada no tienen tiempo ni de comer, con todo el trabajo que nos ha caído en estos días".  "Pues, si yo le puedo servir di algo a su Mercé -dijo Peralta haciéndose el lambón-, mándeme lo que quiera, qu'el gusto mío es servile a las personas".

    Y ai se fueron enredando en una conversa  muy rasgada, hasta qu'el Diablo dijo que quería entretenerse en algo. "Pues, si su Mercé quiere que juguemos alguna cosita -dijo Peralta muy disimulao-, yo sé jugar toda laya de juegos; y en prueba d'ello es que mantengo mis útiles en el bolsico". Y sacó la baraja y los daos. "Hombre, Peralta -dijo el Diablo-, lo malo es que vos no tenés qué ganarte, y  yo no juego vicio". "¿Cómo  nu he de tener -dijo Peralta-, si yo tengo un alma como la de todos? Yo la juego con  su Mercé, pues también  soy muy vicioso. La juego contra cualquiera otra alma de la gente de su Mercé". El  Enemigo Malo, que ya le tenía ganas a esa almita de Peralta,  tan linda y tan buenita, li aparó la caña al momentico.

    Determinaron jugar tute, y le tocó dar al Diablo. Barajó muy ligero y con modos muy bonitos; alzó Peralta y principiaron a jugar. Iba el Diablo haciendo bazas muy satisfecho, cuando Peralta tiende sus cartas, y dice:  "¡Cuarenta, as y tres! ¡No la perderés por mal que la jugués!". "¡Así será! -dijo el Diablo bastante picao-. Pero sigamos a ver qué resulta". Pues, ¿qué había de resultar? Que Peralta se fué de sobra. Se puso el Diablo como la ira mala, y le dijo a Peralta, con un tonito muy maluco: "¿Vos sos culebra echada go qué demonios?". "¡Tanté, culebra! Lo que menos, su Mercé -le contestó Peralta  con su humildá tan grande-. Antes en el mundo decían que yo dizque era un gusano de puro arrastrao y miserable. Pero sigamos, su Mercé, que se desquita". Siguieron; a la otra mano salió  Peralta con tute de reyes. "¡Doblo!", gritó Lucifer con un vozachón que retumbó por todo el Infierno. La cola se le paró; los cachos se le abrían y se le cerraban como los di un alacrán; los  ojos le bailaban, que ni un trompo zangarria, de lo más bizcornetos y horrendos; ¡y por la boca echaba aquella babaza y aquel chispero! "Doblemos", dijo Peralta muy convenido. Ganó Peralta. "¡Doblo!", gritó el Diablo.

    Y doblando, doblando, jugaron diecisiete tutes. Hasta que el Patas dijo: "¡Ya no más!". Estaba tan sumamente medroso, daba unos bramidos tan espantosos, que toitica la gente del Infierno acudió a ver. ¡Cómo se quedarían de suspensos cuando vieron a su Amo y Señor llorando a moco tendido! Y aquellas lagrimonas se iban cuajando, cuajando, cachete abajo, que ni granizo. En el suelo iba  blanquiando la montonera, y toda la cama del Diablo quedó tapadita. Un diablito muy metido y muy chocante que parecía recién adotorao, dijo con tonito llorón: "¡Nunca me figuré que a mi Señor le diera pataleta!". "¿Pero por qué no seguimos, su Mercé? -dijo Peralta como suplicando-. Es cierto que le he ganao más de treinta y tres mil millones de almas; pero yo veo qu'el  Infierno está sin tocar". "¡Cierto! -dijo el Enemigo Malo haciendo pucheros-. Pero esas almas no las arriesgo yo: son mis almas queridas; ¡son mi familia, porque son las que más se parecen a yo!". Siguió moquiando, y  a un ratico  le dijo a uno  de sus edecanes: "¡ Andá,  hombre, sacále a este calzonsingente sus ganancias, y que se largue di aquí".

    Como lo mandó el Patas, asina mismo se cumplió. Mientras qui'una vieja ñata se persina, fueron  echando toditas las puertas del Infierno la churreta di almas. Aquello era churretiar y churretiar, y no si acababa. Lo qui a Peralta le parecía más particular era que, a conforme iban saliendo, s'iban poniendo más negras, más jediondas y más enjunecidas. Parecía como si a todos los cristianos del mundo les estuvieran sacando las muelas a la vez, según los bramidos y la chillería. Sin nadie mandárselos aquellas almas endemoniadas fueron haciendo en el aire un caracol que ni un remolino. Los aires se fueron escureciendo, escureciendo, con aquella gallinazada, hasta que todo quedó en la pura tiniebla.

    Peralta, tan desentendido como si no hubiera hecho nada, se fué yendo muy despacio, hasta que s'encontró con los tuneros del caminito del Cielo. ¡Aquello era caminar y caminar, y no llegaba! El tuvo que pasar por puentes di un pelo que tenían muchas leguas; él tuvo que pasar la hilacha de la eternidá, que tan solamente Nuestro Señor, ¡por ser quien es, la ha podido medir! Pero a Peralta no le dió váguido, sino que siguió serenito, serenito, y muy resuelto, hasta que se topó en las puertas del Cielo. Estaba eso bastante solo, y por allá divisó a San Pedro recostao en su banco. Apenitas lo vió San Pedro, se le vino a la carrera, se le encaró y le dijo, midiéndole  puño: "¡Quitá di aquí, so vagamundo! ¿Te parece que ti has portao muy bien y nos tenés muy contentos? ¡Si allá en la tierra no ti amasé  fue porque no pude, pero aquí sí chupás!". "¡No se fije en yo, viejito; fíjese en lo que viene por aquel lao! Vaya a ver cómo acomoda esa gentecita, y déjese de nojase". Voltió a ver  San Pedro, estiró bien la gaita y se puso la manito sobre las cejas, como pa vigiar mejor; y apenas entendió el enredo, pegó patas; abrió la puerta, la golvió a cerrar a la carrera y la trancó por dentro. Ni por ésas si agallinó Peralta, ni le coló cobardía, ni cavilosió  qu'en el Cielo le fueran a meter machorrucio.

    No bien se sintió San Pedro de  puertas pa dentro corrió muy trabucao, y le hizo una señita al Señor. Bajó el Señor de su trono, y se toparon como en la mitá del Cielo, y agarraron a conversar en un secreto tan larguísimo que a toda la gente de la Corte Celestial le pañó  la curiosidá. Bien comprendían toditos, por lo que manotiaba San Pedro y por lo desencajao qu'estaba, que la conversa era sobre cosa  gorda, ¡pero muy gorda! Las santas, qui anque sea en el Cielo siempre son mujeres, pusieron los antiojos de larga vista pa ver qué sacaban en limpio. ¡Pero ni lo negro e'l'uña!  El Señor, qui había estao muy sereno oyéndole las cosas a San Pedro, le dijo muy pasito a lo último:  "¡En buena nos ha metido este Peralta! Pero eso no se puede de ninguna manera: los condenaos, condenaos se tienen que quedar  por toda la eternidá. Andáte  a tu puesto, que yo iré a ver cómo arreglamos  esto.
    No abrás la puerta; los que vayan viniendo los entrás por el postigo chiquito".

    Se volvió  el Señor pa su trono, y  a un ratico le hizo señas a un santo, apersonao él, vestido de curita, y con un bonetón muy lindo. El santo se le vino muy respetoso, y  hablaron dos palabras en secreto. Y bastante susto que le dio: se le veía, porque de presto se puso descolorido y principió a meniase el bonete. A ésas le hizo el Señor otra seña a una santica qu'estaba  por allá  muy  lejos, ojo con él; y la santica  se vino muy modosa y muy  contenta al llamao, y entró en conversa con Cristico y el otro santo. Estaba vestida de carmelitana; también tenía bonete que le lucía mucho, y en la una mano una pluma  de ganso muy grandota.

    ¡Esto sí fue lo que más embelecó a las otras santas! Por todos los balcones empezó a oise una bullita y unos mormullos, que la Virgen tuvo que tocar la campanita pa que se callaran. ¡Pero nada  que les valió! Figúrese qu'en ese momento salió un ángel muy grande con un atril muy lindo, y más detrás un angelito de los guitarristas, con la guitarrita colgada  a un lao como carriel, y que llevaba en las dos manitos un tinterón di oro y piedras preciosas; y después salieron dos santicos negros con dos tabretes de plata; y los cuatro arreglaron por allá en un campito de lo más bueno un puesto como d'escribano. El cura y la monjita  se fueron derecho a los tabretes, y cada cual se sentó. El angelito se quedó muy formal teniendo el tintero.

    ¡Valientes criaturas las de mi Dios! En esti angelito sí s'esmeró El: tenía la cabecita com'una piña di oro; era de lo más gordito y achapao, con los ojos azulitos, azulitos, que ni dos flores de linaza, y sus alitas de garza eran más blancas qui una bretaña. Casi estaba en cueritos: tan solamente llevaba de la cinta p'abajo un faldellín coposo di un jeme di ancho, di un trapo qui unas veces era di oro y otras veces era de plata, flequiao de por abajo y con  unos caracoles y unas figuras de la pura perlería. Pero lo más lindo de todo, lo que más le lucía al demontres del angelito, era la cargadera de la vigüelita, qu'era todita de topacios y esmeraldas; la guitarrita también era muy linda, toda laboriada y con clavijitas y cuerdas di oro. Dizque era el ángel de la guarda de  la monjita, y por eso 'staba tan confianzudo con ella.

    La santica entró como en un alegato con el cura; pero a lo último, él se puso a relatar y ella a jalar pluma. ¡Esa sí era escribana! ¡Se le veía todo lo baquiana qu'era en esas cosas d'escribanía! Acomodada en su tabrete, iba escribiendo, escribiendo, sobre el atril; y a conforme escribía, iba colgando por detrás de los trimotriles ésos, un papelón muy  tieso ya escrito, que se iba enrollando, enrollando. Sólo mi Dios sabe el tiempo que gastó escribiendo, porque en el Cielo nu'hay reló. Por allá al mucho rato la monja echó una plumada muy larga, y le hizo  seña al Señor de que ya había acabao.

    No  bien entendió el Señor, se paró en su trono, y dijo: "¡Toquen bando y que entre Peralta!". Y principiaron a redoblar todas las  tamboras del Cielo, y a desgajarse a los trompicones toda la gente de su puesto, pa oir aquello nunca oído en ese paraje: porque ni San Joaquín, el agüelito del Señor, había oído nunca leyendas de gaceta en la plaza de la Corte Celestial. Cuando todos estuvieron sosegaos en sus puestos y Peralta  por allá en un rinconcito, mandó Cristo que si asilenciaran los tamboreos, y dijo: "¡Pongan harto cuidao, pa que vean que la Gloria Celestial  nu'es cualquier cosa!". Y después se voltió p'onde la monjita, y muy cariñoso, le dijo: "Leé vos el escrito, hijita, que tenés tan linda pronuncia".

    ¡Caramba si  la tenía! Esu'era como cuando los mozos montañeros  agarran a tocar el capador; como cuando en las faldas echan a gotiar los rezumideros en los charquitos insolvaos. La leyenda comenzaba d'esta laya: "Nós, Tomás di  Aquino y Teresa de Jesús, mayores  d'edá, y  del vecindario del Cielo, por mandato de Nuestro Señor, hemos venido a resolver un punto muy trabajoso..." tan trabajoso, tan sumamente trabajoso, que ni an siquiera se puede contar bien patente las retajilas tan lindas y tan bien empatadas escritas en la dichosa gaceta. ¡Hasta ai mecha la que tenían esos escribanos!

    Ultimadamente el documento quería decir qu'era muy cierto que Peralta li había ganao al Enemigo Malo esa traquilada di almas con mucha legalidá y en juego muy limpio y muy decente; pero que, mas sin embargo, esas almas no podían colar al Cielo ni de chiripa, y que por eso tenían que  quedasi afuera. Pero que, al mismo tiempo, como todas las cosas de Dios tenían remedio, esta cosa se podía arreglar  sin que Peralta ni el Patas se llamaran a engaño. Y el arreglo era asina: que todas las glorias que debían haber ganao esas almas redimidas por Peralta si ajuntaran en una gloriona grande y se la metieran enterita a Peralta, qu'era el que l'había ganao con su puño. Y que la cosa del Infierno si arreglaba d'esta laya: qu'esos condenaos no volvían a las penas de las llamas sino a otro infierno de nuevo uso que valía lo mismo qu'el de candela. Y era este Infierno una indormia muy particular que sacaron de su cabeza el cura y la monjita. Esta indormia dizqu'era d'esta moda:  que mi Dios echaba al mundo treinta y tres mil millones de cuerpos, y qu'esos cuerpos les metían adentro las almas que sacó Peralta de los profundos infiernos; y qu'estas almas, manque los taitas de los cuerpos creyeran qu'eran pal Cielo, ya'staban condenadas desde en vida; y que por eso no les alcanzaba el santo bautismo, porque ya la gracia de mi Dios no les valía, aunque el bautismo fuera de verdá; y que se morían los cuerpos, y volvían las almas a otros, y después a otros, y seguía la misma fiesta hasta el día del juicio; que di ai  pendelante las ponían  a voltiar en rueda en redondo del Infierno por |secula seculorum amen.

    Que por todo esto quizqu'es qui hay en este mundo una gente tan canóniga y tan mala, que goza tanto con el mal de los cristianos: porque ya son gente del Patas; y por eso es que se mantienen tan enjunecidos y padeciendo tantísimos tormentos sin candela. Estos quizque son los envidiosos. Y por eso quizque fue qu'el Enemigo Malo no quiso arriesgar  las almas aquellas del Infierno, porqu'esas también eran d'envidiosos.

    Peralta entendió muy bien entendido el relate, y muy contento que se puso, y muy verdá y muy buena que le pareció la inguandia. Pero este Peralta era tan sumamente parejo, que ni con todo el alegrón que tenía por dentro se le vio mover las pestañas de ternero: ai se quedó en su puesto como si no fuera con él. Pero de golpe se vio solo en la plaza del Cielo. ¡Hast'ai placitas!

     Aquello era una cosa redonda, enladrillada con diamantes y piedras preciosas de toda color, qui hacían unas labores como los dechaos de las maestras. En redondo había una ringlera de pilas di oro que chorriaban agua florida y pachulí de la gloria; y cada una d'estas pilitas tenía su jardinera de cuantas flores Dios ha criao, pero toditas di oro y de plata. También era di oro y de plata el balconerío de la plaza; y al mismito frente de l'entrada, estaba el trono de la Santísima Trinidá. Era a modo de una custodia muy grandota, encaramada en unos escalones muy altos. En el redondel de la custoria estaban el Padre y el Hijo, y allá en la punta di arriba estaba prendido el Espíritu Santo, aliabierto y con  el piquito de p'abajo. De la punta del piquito le salía un vaho di una luz mucho más alumbradora que la del sol, y esa luz se regaba y se desparpajaba por arriba y por abajo, de frente y por  todos los costaos del Cielo, y todo relumbraba, y todo se ponía brilloso con aquella luminaria.

    El Padre Eterno, qu'en todas las bullas de Peralta nu'había hablao palabra, se paró y dijo d'esta moda: "Peralta; escogé el puesto que querás. ¡Ninguno lu'ha ganao tan alto como vos, porque vos sos la Humildá, porque vos sos la Caridá! Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao. Escogé el puesto. ¡No ti humillés más, que ya'stás ensalzao!". Y entonaron todos los coros celestiales el trisagio d'Isaías, y Peralta, que todavía nu'había usao la virtú di achiquitase, se fue achiquitando, achiquitando, hasta volverse un Peraltica de tres pulgadas; y derechito, con la agilidá que tienen los  bienaventuraos, se brincó al mundo que tiene el Padre en su diestra, si acomodó muy bien y si abrazó con la Cruz. ¡Allí está por toda l'Eternidá!

    ¡Botín colorao, perdone lo malo qui hubiera'stao!

     

     

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