• JORGE ZALAMEA, POETA Y POLITICO

     

    Jorge Zalamea (Bogotá, 1905 - 1969)  poeta, ensayista y político colombiano.

    Lo que hay de mayor valor en su obra son los gigantescos poemas El Gran Burundún-Burundá ha muerto y El sueño de las Escalinatas (Bogotá 1964).

    Premio Lenin de Literatura 1968, su excelente obra está en la tradición de la poesía en prosa. Traductor de T.S. Eliot y Saint John Perse.

     

    En Colombia, tuvo intervención muy activa en el gobierno de Alfonso López —1936, «la revolución en marcha»—, y en la política. De 1950 a 1957 vivió en el destierro, porque de regresar a Colombia lo habrían encarcelado por razones políticas. Zalamea siguió siendo fiel a sus ideas políticas —el socialismo—, que, sin embargo, habían sido abandonadas por sus compañeros de generación, los intelectuales jóvenes de la «república liberal».

    Fue el traductor oficial para el castellano de la obra de Saint-John Perse: Elogios, México 1946; Lluvias, Nieves, Exilio, Milán 1946; Anábasis, Bogotá 1946; Vientos, Bogotá 1960; Antología Poética, Buenos Aires 1960; Mares, Caracas 1961; Crónica, Bogotá 1967; Pájaros, México 1968.

    Escritor prolífico, ha tratado los más diversos géneros: ensayo, teatro, poesía. Su temática, intencionalmente social, se reitera a través del extenso curso de su obra con motivos políticos, críticos y estéticos.


     

    ¿A QUIÉNES OFENDE LA PALABRA?

     

    A los incapaces de fervor, a los que carecen de imaginación,a los que jamás se hablaron a sí mismos, a los que nunca administraron a las cosas el sacramento del bautismo, a los que ignoran la comparación, a los que pegan a las bestias y a los niños cuando no entienden sus miradas, a los que no quieren ganar fama, a los que temerían confesarse, a los que siempre esperan la delación o la denuncia,a los que no tienen caridad, a los impotentes, a los que no saben qué hacer con la libertad, a los temerosos de la justicia,a los que no pueden trascender dela sensación a la emoción, a los que nada tienen qué decir a un árbol, a un cántaro o a una abeja, a los que fastidia el silbo de un pájaro, a los que cuando levantan el rostro a la noche no sienten sobre su piel

    el picotear de las estrellas, a los que no-escuchan las historias apasionadas que-narran los leños en la chimenea, a los quese taponan los oídos para no oír los relatosde viaje del viento. A los que no tienen Dios, ni amada, ni amigo,ni hijo, ni siquiera una bestia que les pida con inundados ojos la caricia de una palabra.

     

     

    EL SUEÑO DE LAS ESCALINATAS

    [Fragmentos]

    Como los lectores de libros sacros, los pregoneros de milagrerías y los loteadores de paraísos y nirvanas, también yo he de sentarme de espaldas al Rió, frente a las
    escalinatas plagadas de creyentes y obsedidas por dioses vi­vos y muertos; frente a los Templos de ladrillo y cobre sobre cuyas escamas la luz hierve y crepita; bajo los empinados Palacios en cuyas azoteas cunde la algarabía de los monos.
    También yo he de llamar a los creyentes para que formen corro en torno mío, y me escuchen.
    Pero no he de leerles milagros de dioses, ni hazañas de héroes, ni amores de príncipes, ni proverbios de sabios. Pues respondiendo a lo que viera el ojo, el duro brazo de la cólera arrebató el libro abierto sobre mis rodillas y lo destrozó contra el viento. Y ahora el viento dispersa sus ho­jas sobre el Río, como ahuyenta el huracán a una bandada de pájaros de mal agüero.
    ¡AH! He repudiado el libro. He abolido los libros.
    Solo quiero ahora la palabra viva e hiriente que, como piedra de honda, hienda los pechos y, como el vahoroso acero desenvainado, sepa hallar el camino de la Sangre. Solo quiero el grito que destroce la garganta, deje en el paladar sabor de entraña y calcine los labios profirientes. Solo quiero el lenguaje de que se hace uso en las escalinatas.
    Pues tengo el designio, ¡oh creyentes! De abrir audiencia aquí, sobre las escalinatas, de espaldas al Río, frente a los Templos y bajo los Palacios.
    Designio de incoar un proceso —el vuestro—; de armar un alegato —el vuestro—; de reanudar, fomentar y dirimir la más antigua querella — la vuestra.
    Apelo a vosotros, ¡creyentes! Necesito de vosotros y c todos los seres de condición contradicha.
    He aquí, pues, mis citaciones a esta audiencia:

    En primer término, cito a los hongos humanos que proliferan  sobre las escalinatas o agonizan en ellas:
    Esculturas vivientes, gesticulantes y gimientes que abren avenida hacia la abierta sala de nuestra audiencia:
    El adolescente epiléptico que hace precipitar el ritmo de las plegarias con su alarido de entusiasmó y su bramar de espanto;
    El enano que salmodia su irreparable mendicidad bajo lujo de su enorme turbante amarillo;
    El paralítico que con sus tablillas ambulatorias, remeda sobre la sorda piedra la invitación de las castañuelas la danza;
    La leprosa que, mendicante, púdica, coqueta, desesperada, exasperada, cierra o hace flotar el vuelo violeta de su manto sobre su desleída carne gris;
    El niño que pone al sol los coágulos azulencos desus  ojos descompuestos;
    El hermoso mozo mutilado por sus propios padres para que la muda y nuda plegaria de sus muñones le garantice el pan de cada día;
    El demente, el sifilítico,
    El calenturiento,
    El idiota,
    El varioloso, el pianoso, el tiñoso,
    El sarnoso, el caratoso,
    El tuberculoso,
    Y toda la horda innumerable de los consuntos.
    -Que vengan aquí, que se acuclillen en primera fila, muy cerca de mí para que su yerta brasa haga borbollar las pa­labras en mi pecho hasta que broten de él lenguas de fuego.
    Pues quiero desatar un gran incendio.
    Doy luego precedencia en mis invitaciones a las gentes que viven un poco más allá de las escalinatas, detrás de los Templos y los Palacios:
    Las muchachas que acarrean las arenas y reciben en pago de su afán minúsculas hojuelas de estaño;
    Los vendedores de leños para las piras funerarias;
    Los vendedores de tierras de colores para los tatuajes de la casta y el rito;
    Los vendedores de rosarios de sándalo, nueces o vidriería. Que amansan la ira e inoculan la resignación;
    Las niñas que venden guirnaldas para adornar las esqui­vas gargantas del Río:
    Las niñas que venden diminutas almadías de paja con dos velillas encendidas para ofrendar al Río;
    Las solitarias abuelas varicosas que exponen con tímido orgullo, sobre un pingajo de saco seis nueces, cuatro pi­mientos rojos y un mango marchito:
    Los escribanos que copian la letanía de las miserias ile­tradas de la madre que busca al hijo para que le dé un sudario; de la niña abandonada que no quiere perder el cielo del pecho de su amante; del jornalero que clama con­tra una justicia de expropiadores;
    Los vendedores de tortillas; los vendedores de especias;
    Los vendedores de hojas de betel;
    Los vendedores de buñuelos en que se arraciman las abejas;
    Los vendedores de emplastos; los vendedores de pájaros;
    Los vendedores de bálsamos y laxantes;
    Los vendedores de ceniza;
    Los vendedores de sal;
    Los vendedores de agua...
    ¡OH delirante confusión del comercio de las cosas más nimias y necesarias!
    El comerciante cuenta en fracciones de rupias sus ganancias y el comprador irrita su propia hambre con un puñadito de garbanzos o recontados granos de arroz.
    Que abran el parque de los profetas y los dejen venir hasta mí, con sus salientes ojos alucinados, sus arremoli­nadas greñas, sus barbas cundidas de piojos y sus inciertas piernas de ebrios de Dios. Que los dejen llegar hasta nos­otros, pues necesitamos su testimonió. Su demencia corrobora nuestra razón y sus palabras nuestro designio.,
    ¡Crece, crece la audiencia! Hay ya silbos de llama en la brasa.
    Que vengan también el herborista y el sacamuelas; el botero y el guía; el alfarero y el tejedor de mimbre; el as­trólogo y el sastre; el homeópata y el acupuntista…
    Las mujeres que trituran las piedras al borde de las carreteras;
    Los ancianos que rasuran el vello amarillo de la tierra secana;
    El niño tuerto que teje los saríes de púrpura y de oro; los hombres que tiran de los carros cargados con grandes vasijas de gres;
    Los encantadores de serpientes;
    Los cornacas;
    Los colectores de boñiga;
    Los niños que pastorean jabalíes y búfalos;
    Los hombres que cuidan de los monos en los templos olorosos a orina y benjuí;
    Los remendones de babuchas;
    Los barberos que, en cuclillas, rasuran y tonsuran a sus clientes entre las ruedas locas de los rickshaws; los mozos de tiro de los rickshaws: los Ganimedes de leche de coco; los trenzadores de cuerdas;
    Los basureros y los recogedores de colillas; los esquiladores y cardadores; los camelleros y burreros;
    Los poceros y los pregoneros;
    Los estafetas y las plañideras;
    La mujer que tuesta los garbanzos; la que cuece el arroz;
    La que sabe parar los flujos;
    La que maquilla a la niña impúber;
    La casamentera y la amortajadora;
    Los que baten el cobre, los que graban el cobre, los que nielan el cobre...
    Y los incineradores de cadáveres,
    ¡Y las parteras de la miseria recién parida!
    ¡OH lancinante algarabía de los humildes menesteres! Y de los bajos oficios. ¡Oh inacabable necesidad de las manos que ofrecen su trabajo! ¡Oh codicia fatal de las manos que reciben el trabajo!
    Crece, crece la audiencia:
    Que vengan todas las gentes de sudor y de pena de Benarés, y me den todas ellas su venia para citar a los cam­pesinos rebeldes de Hayderabad:
    A los artesanos maldicientes de Jaipur;
    A los tasadores de basuras de Bombay;
    A los pescadores acongojados de Madrás;
    A los pastores de Cachemira:
    A los tejedores del Deccan:
    A los chóferes de Delhi:
    A los leñadores del Punjab;
    A los colectores de cadáveres de Calcuta.
    Que vengan todas las gentes de sudor y de pena de la India. Pues plantearemos un gran pleito y fomentaremos una gran querella con su asentimiento y testimonio.
    Audiencias entre el Río y los Templos: sobre las esca­linatas y bajo los Palacios. Sin esperar la tarde: bajo el colérico sol que denuncia hasta el bongo en la axila del notable.
    Detrás está la ciudad: henchida clueca erizada de cúpulas. Minaretes y terrazas, empollando sus muchos siglos; rumiando su pasado, tal una vaca bajo el bordoneo de los tábanos; pasando y repasando su rosario de soles y de lunas como un fakir encenizado; censando sus caudillos; sus khanes, emires, emperadores y goberna­dores; empadronando sus hechiceros, sus brahmines, sus la­mas, sus imanes; haciendo balance de invasiones y contabilidad de lenguas; recitando crónicas, anales y memorias de pestes. Incendios, deslizamientos, inundaciones, terremotos, Tifones, sequías, guerras y hambrunas; sepultando sus muertos que descienden hacia el Río e inventariando sus recién nacidos que suben hacia el hambre.
    En la confusión de los elementos, —cuando el aire, el fuego, las aguas y la tierra eran un común hervor—, surgió del légamo el ligam legatario y esparció su quemante es­perma, confirmando las inciertas riberas, dando cauce al Río y engendrando la ciudad.
    Unas cuevas en las escarpadas orillas, unos montoncillos de adobes más arriba, tal fue su origen, su remoto comienzo. Y la necesidad rondando desde entonces, en torno, como ocelada fiera.
    Su rumia secular le repite a la ciudad el sabor de los sudores iniciales, la quemadura de las primeras lágrimas; el hedor de las primeras negras sangres humeantes; fermentación bajo el sol altanero; proliferación so­bre el humus del Río... Y el infatigable conato del hombre por reproducir sus manos pedigüeñas y su boca insaciada. Y su precipitado corazón
    ¡AH! Rumia la ciudad sus gemidos de parturienta perma­nente: ora pariendo fosos y murallas; ora pariendo fuertes
    Y fronteras; ora pariendo mezquitas y pagodas; ora parien­do palacios y vanas tumbas. Toda cosa parida hermosa, grandiosa, fabulosa envuelta en la amarilla placenta del hambre
    Vientre cuyo flujo no reconoce tasa ni peaje, en el impudor de su celo milenario expele generaciones como vas­tas ovadas de renacuajos y pone esos huevos cósmicos bajo cuyo esculpido dombo se refugian los dioses y tratan de re­calentar los hombres la yerta metafísica del hambre.
    Indiferente al destino de sus criaturas, adorna su gran cuerpo polvoriento con pulidos falos de piedra, de madera. De cobre, de hierro, de oro...P
    or su eterna herida supurando generaciones necesitadas.
    A cada vuelta de siglo, se hacen más distintas en el clamor de sus criaturas palabras, quejas, gemidos, gritos, alaridos de hambre, reclamos de justicia y de paz. Los siente en sus flancos como breve quemadura, como fugaz herida recurrente. Y se voltea sobre su propia desazón tal una bar­caza abandonada da tumbos sobre la ola contraria.
    Sobre la rumia de la ciudad, el cielo azul, impasible, surcado el vuelo místico de las apsaras y el vuelo es­candaloso de las guacamayas.
    Manan los hombres de la ciudad hacia el Río; se vierten
    por las escalinatas como una lava lenta y escabrosa: extraviado cada uno en un sobresaltado ensueño de viandas humeantes y divinos visajes.
    Consolación de los colores: el incierto, el inquieto descendimiento de la muchedumbre
    por las graderías, se afirma e ilumina con las rojas trenzas de un turbante, los pliegues de un manto amarillo. Los visos de un sari violeta, el breve vuelo de un velo verde y la vasta palpitación de un gran lienzo blanco entregado al mudo furor del viento.
    Estáis aquí, creyentes. En torno mío, poblando las escalinatas. Y va a ser posible abrir audiencia pues otras gentes de vuestra misma condición han venido de todos los rumbos: ora
    por sobre las sobresaltadas praderas marítimas; ora traspasando las montañas en que tienen sede sabios, santos y otros fantasmas; ora por los polvorientos caminos que el árbol niim sombrea con sus ramas carita­tivas y sus hojas sanatorias.
    ¡Nombrarlos, enumerarlos! Cada nombre será una nueva brasa y cada número otra ira.
    Que nuestra condición se muestre en toda la majestad de su horror.
    ¡Censar, censar es mi retórica!
    Vedlos aquí: venidos de todo foco de infección, de todo hogar de miseria, de la ubicua sede de la necesidad:

    De Nagasaki e Hiroshima y Okinawa las madres frustra­das, los hombres mutilados y los campesinos desposeídos;
    De las islas de Sonda los caucheros de quienes nadie re­cogió la leche de su fatiga ni la resina de sus huesos;De Indonesia las víctimas de los remotos especuladores del estaño;
    De Turquía los aldeanos que devoran al ras del suelo, en competencia con las bestias, las hierbas amargas;
    Del Irak los supervivientes de las matanzas de Basra, de Habanieh y de las islas letales;
    De Ceilán las víctimas de los avisados especuladores del arroz;
    Del Irán los rehenes de la guerra cruda del petróleo y los habitantes famélicos de las cuevas de la prestigiosa Teherán, so el miraje de sus los palacios: como aquí;
    De Argelia los macilentos próceres que roen con sus dien­tes de leche las cadenas del cainita;

    De Egipto los fellahs que perdieron en el turbión de los siglos el crédito de su angustia y el débito de su cólera;
    De Kenya los kikuyus engañados
    por las grandes fábri­cas del saber occidental; los masai empenachados con su propia belleza, pero ampolladospor la consunción; los mau­mau exorcizándose a sí mismos en un tenebroso ensueño de ira y reconciliación;
    De Sur África los míseros viejos negros sollozando sobre el destine' de sus hijos terroristas y sus hijas prostitutas; de Madagascar los sobrevivientes de la orgía represiva.

    ¡Crece, crece la audiencia!
    Pues también de la orgullosa península minúscula deri­van aquí nuestros semejantes:
    De Francia, la bien garnida, los mineros silicosos, los re­cogedores de remolacha, los galanes sin techo, los ancianos que abren la espita del gas y escuchan la silbante canción del gas como final melodía de su desamparo; las maquilla­das marionetas mecánicas de la prostitución; los obreros roídos
    por las hormigas de los dividendos;
    De la España bronca, los cosecheros de aceitunas de An­dalucía, los vascos de sellada furia, los asturianos cosidos de recuerdos como de cicatrices: todos los españoles humillados y ofendidos;

    De la imperial Britania, los lémures humanos de los slums londinenses; los labriegos que revientan de fatiga y de hambre sobre los terrones de Irlanda; las viejas que vendimian el vino de su embriaguez en lagares de esperanzas fallidas y mancillados recuerdos; los marinos que buscan en los siete mares el olvido del hogar ingrato. Y todos los que, ruborosos, se dicen a sí mismos, como Chariot: no hay miseria comparable a la de Londres;

    De la Italia azul y miel, las mondadoras de arroz que son mondadoras de sus propios sueños; los pastores de Calabria que apacientan la negra ira; los vidrieros vénetos que traspasan el agonizante fuego de sus venas a las cintilantes copas que saciarán a otros labios: las niñas negociadas de Nápoles; los carusi de Sicilia, precozmente corrompidos
    por la opresión y contrahechos por la explotación; las muchachas vergonzantes de Roma a las que encontrará la muerte más blancas y temblorosas que una hoja de papel, más yertas que el alba del desahucio, y toda la innúmera emigra­ción desesperada;

    De Grecia, toda Grecia, la traicionada y vilipendiada: el devorante chancro de nuestros vicios, nuestra más secreta vergüenza.

    !Que numerosa audiencia!

    ¡Que tumultuosa audiencia!

    Y aun crecerá la audiencia sobre las escalinatas. Pues no ha finido el censo.

    DEL quieto país de muchos lagos y volcanes de agua, han venido los guatemaltecos tratando de revivir entre sus manos desposeídas un quetzal malherido;

    De México —sangrante, agonizante— han llegado los agra­ristas engañados, los guerreros vendidos, los revolucionarios frustrados. Los sindicalistas abozalados: toda la gente mexi­cana como un erizado bosque en marcha de cactus;

    De otras naciones del Caribe, blancos y negros, indios, mestizos, mulatos, zambos y cuarterones han venido, —al­zados todos ellos contra la sangrienta demencia que sirve de Celestina a los rijosos patrones del azúcar y el banano;

    De las gélidas mesetas en que el guanaco curiosea, han ve­nido otras víctimas de los remotos especuladores del estaño;

    De Venezuela la rica, la más rica, la mil veces rica, la riquísima, —inesperado centro de musicalia, sede de la más audaz arquitectura, lonja de artistas, mecenas estrellado (¡oh antifaz, oh máscara, oh irrisión!)— de Venezuela hu­meante de petróleo, husmeante de pan, han venido cinco millones de pobres venezolanos y los millares de sombras que toman aquí, entre vosotros, vacaciones de los penales,

    Presidios y cárceles en que pagan el planteamiento de un pleito: ¡el vuestro, el nuestro!

    Que cada palabra mía fuese ahora como piedra de cien filos: llave inmisericorde que abra y destroce todo corazón. O como dentellada de lobo que tiene prisa
    por llegar a la entraña palpitante de su presa. Pues mi pobre corazón está desnudo y llagado viendo llegar a las escalinatas la de­legación de mi pueblo: mis hermanos, mi más inmediata semejanza (...)

     

     

     

     

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    GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

    GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

     

    Nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1927. Así al menos lo afirma su hermano, Luis Enrique. Aunque ahí mismo comienza el misterio que rodea a la figura de "Gabo", porque un certificado y hasta él mismo apuntan su venida al mundo en 1928.
    Es reconocido como uno de los grandes escritores colombianos del siglo XX. Premio Rómulo Gallegos 1972. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Entre sus obras figuran Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto y El amor en los tiempos del cólera.
    Creció entre fantasmas en un mundo mágico de supersticiones en el que su abuela hablaba con los muertos y una de sus tías cosía su mortaja.
    "Yo me acostumbré a vivir dentro de ese mundo y he seguido siempre viviendo en el mismo. Yo soy sumamente supersticioso y hago interpretaciones de mis propios sueños. Lo que pasa es que tengo mis propias supersticiones no la superstición del número 13, o la de no pasar por debajo de la escalera", comentó alguna vez García Márquez.
    En Aracataca,tuvo su primer acercamiento con las letras cuando encontró por accidente en el baúl de los abuelos un libro descuadernado y viejo. Eran Las mil y una noches. Desde entonces comenzó su intensa relación con la literatura.
    Estudió derecho, aunque su reducto favorito eran los cafés. Una serie de acontecimientos y la publicación de algunos de sus cuentos en diarios colombianos, lo encaminaron por el mundo del periodismo y la literatura.
    En 1955 fue a Europa como corresponsal del diario El Espectador. Estuvo en Ginebra, París, Roma, Checoeslovaquia, Polonia, Rusia, Ucrania. En ese tiempo alternaba su trabajo de corresponsal con la preparación de su legendario cuento largo, o novela corta, El coronel no tiene quien le escriba.

    En 1967 publica “Cien años de soledad”, que se constituyó en el símbolo de la erupción de la nueva novela latinoamericana, y del realismo mágico, manera de ver la realidad desde los mitos personales y de narrar los más extraordinarios hechos con impavidez proveniente de una sabiduría
    ancestral. Creador de Macondo y de un universo de ficción muy particular, reconocible en cada una de sus numerosas obras.

     

    Fragmentos de Cien Años de Soledad sobre el Idioma:

    Sólo entonces supo que no habían quemado sus versos. «No me quise precipitar», le explicó Úrsula. «Aquella noche, cuando iba a prender el horno, me dije que

    era mejor esperar que trajeran el cadáver.»En la neblina de la convalecencia, rodeado

    de las polvorientas muñecas de Remedios, el coronel Aureliano Buendía evocó en la lecturade sus versos los instantes decisivos de su existencia. Volvió a escribir. Durante muchas horas, al margen de los sobresaltos de una guerra sin futuro, resolvió en versos rimados sus experiencias a la orilla de la muerte. Entonces sus pensamientos se hicieron tan claros, que pudo examinarlos al derecho y al revés.

    (...)

    Aureliano Segundo estaba abstraído en la lectura de un libro. Aunque carecía de pastas y el título no aparecía por ninguna parte, el niño gozaba con la historia de una mujer que se sentaba a la mesa y sólo comía granos de arroz que prendía con alfileres, y con la historia del pescador que le pidió prestado a su vecino un plomo para su red y el pescado con que lo recompensó más tarde tenía un diamante en el estómago, y con la lámpara que satisfacía los deseos y las alfombras que volaban. Asombrado, le preguntó a Úrsula si todo aquello era verdad, y ella le contestó que sí, que muchos años antes los gitanos llevaban

    a Macondo las lámparas maravillosas y las esteras voladoras.

     

    (…)

     

    ...un sabio catalán tenía una tienda de libros donde había un Sanskrit Primer que sería devorado por las polillas seis años después si él no se apresuraba a comprarlo. Por primera vez en su larga vida Santa Sofía de la Piedad dejó traslucir un sentimiento, y era un sentimiento de estupor, cuando Aureliano le pidió que le llevara el libro que había de encontrar entre la Jerusalén Libertada y los poemas de Milton, en el extremo derecho del segundo renglón de los anaqueles. Como no sabía leer, se aprendió de memoria la parrafada, y

    consiguió el dinero con la venta de uno de los diecisiete pescaditos de oro que quedaban en el taller, y que sólo ella y Aureliano sabían dónde los habían puesto la noche en que los soldados registraron la casa.

     

     

    DISCURSO DEL NOBEL

     

    Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido

    con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el ofi ciode escribir. Sus nombres y sus obras se me

    presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor.Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido. Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra,

    qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sidola misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador delas naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que lasempuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños

    sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos. En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar encada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a

    todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

    Muchas gracias

     

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    GREGORIO GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, CLÁSICO DE LA POESÍA ANTIOQUEÑA

    Gregorio Gutiérrez González, clásico de la poesía antioqueña

     

    Gregorio Gutiérrez González (La Ceja del Tambo 1826 – Medellín 1872).

     

    Uno de los poetas más americanos que ha existido”, dijo de él don Marcelino Menéndez y Pelayo. Su poema “Memoria del cultivo del maíz en Antioquia” es un viaje épico por la siembra de este grano, en un lenguaje bucólico, regional, sencillo. “Yo no escribo español sino antioqueño”, afirmaba.

     

     

    ¿ POR QUÉ NO CANTO ?

     

    ¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma

    que cuando asoma en el oriente el sol,

    con tierno arrullo su canción levanta,

    y alegre canta

    la dulce aurora de su dulce amor?

    ¿Y no la has visto cuando el sol avanza

    y ardiente lanza rayos del cenit,

    que, fatigada, tiende silenciosa

    ala amorosa

    sobre su nido, y calla, y es feliz?

    Todos cantamos en la edad primera

    cuando hechicera inspíranos la edad,

    y publicamos necios, indiscretos,

    muchos secretos

    que el corazón debiera sepultar.

    Cuando al encuentro del placer salimos,

    cuando sentimos el primer amor,

    entusiasmados de placer cantamos,

    y evaporamos

    nuestra dicha al compás de una canción.

    Debe cantar el que en su pecho siente

    que brota ardiente su primer amor;

    debe cantar el corazón que, herido,

    llora afl igido,

    si ha de ser inmortal su inspiración.

    Porque la lira, en cuyo pie grabado

    un nombre amado por nosotros fue,

    debe a los cielos levantar sus notas,

    o hacer que rotas

    todas sus cuerdas para siempre estén.

    Pero cantar cuando insegura y muerta

    la voz incierta triste sonará...

    pero cantar cuando jamás se eleva

    y el aire lleva

    perdida la canción...¡triste es cantar!

    ¡Triste es cantar cuando se escucha al lado

    de enamorado trovador la voz!

    ¡Triste es cantar cuando impotentes vemos

    que no podemos

    nuestras voces unir a la canción!

    Mas tú debes cantar. Tú con tu acento

    al sentimiento más nobleza das;

    tus versos pueden, fáciles y tiernos,

    hacer eternos

    tu nombre y tu laúd... ¡Debes cantar!

    ¡Canta, y arrulle tu canción sabrosa

    mi silenciosa, humilde oscuridad!

    Canta, que es solo a los aplausos dado

    con eco prolongado

    tu voz interrumpir... ¡Debes cantar!

    Pero no puedes, como yo he podido,

    en el olvido sepultarte tú;

    que sin cesar y por doquier resuena

    y el aire llena

    la dulce vibración de tu laúd.

    No hay sombras para ti. Como el cocuyo,

    el genio tuyo ostenta su fanal;

    y huyendo de la luz, la luz llevando

    sigue alumbrandolas mismas sombras que buscando va.

     

    MEMORIA SOBRE EL CULTIVO DEL MAIZ EN ANTIOQUIA

     

    CAPITULO I
    De los terrenos propios para el cultivo, y manera de hacerse los barbechos, que decimos rozas.

    Buscando en dónde comenzar la Roza,

    De un bosque primitivo la espesura,
    Treinta peones y un patrón por jefe
    Van recorriendo en silenciosa turba.

    Vestidos todos de calzón de manta,
    Y de camisa de coleta cruda,
    Aquél a la rodilla, ésta a los codos,
    Dejan sus formas de titán desnudas

    El sombrero de caña con el ala
    Prendida de la copa con la aguja,
    Deja mirar el bronceado rostro
    Que la bondad y la franqueza anuncia.

    Atado por detrás con la correa
    Que el pantalón sujeta a la cintura,
    Con el recado de sacar candela,
    Llevan repleto su carriel de nutria.

    Envainado y pendiente del costado
    Va su cuchillo de afilada punta;
    Y en fin, al hombro, con marcial despejo,
    El calabozo que en el sol relumbra.

    Al fin eligen un tendón de tierra
    Que dos quebradas serpeando cruzan,
    En el declive de una cuesta amena,
    Poco cargada de maderas duras.

    Y dan principio a socolar el monte,
    Los peones formados en columna;
    A seis varas distante uno de otro
    Marchan de frente con presteza suma.

    Voleando el calabozo a un lado y otro,
    Que relámpagos forma en la espesura,
    Los débiles arbustos, los helechos
    Y los bejucos por doquiera truncan.

    Las matambas, los chusques, los carrizos,
    Que formaban un toldo de verdura,
    Todo deshecho y arrollado cede
    Del calabozo a la encorvada punta.

    Con el rastro encendido, jadeantes,
    Los unos a los otros se estimulan;
    Ir adelante alegres quieren todos,
    Romper la fila cada cual procura.

    Cantando a todo pecho la guabina,
    Canción sabrosa, dejativa y ruda,
    Ruda cual las montañas antioqueñas
    Donde tiene su imperio y fue su cuna.

    No miran en su ardor a la culebra
    Que entre las hojas se desliza en fuga
    Y presurosa en su sesgada marcha,
    Cinta de azogue, abrillantada undula;

    Ni de monos observan las manadas
    Que por las ramas juguetonas cruzan;
    Ni se paran a ver de aves alegres
    Las mil bandadas de pintadas plumas;

    Ni ven los saltos de la inquieta ardilla,
    Ni las nubes de insectos que pululan,
    Ni los verdes lagartos que huyen listos,
    Ni el enjambre de abejas que susurra.

    Concluye la socola. De malezas
    Queda la tierra vegetal desnuda.
    Los árboles elevan sus cañones
    Hasta perderse en prodigiosa altura.

    Semejantes de un templo a los pilares
    Que sostienen su toldo de verdura;
    Varales largos de ese palio inmenso,
    De esa bóveda verde altas columnas.

    El viento, en su follaje entretejido,
    Con voz ahogada y fúnebre susurra,
    Como un eco lejano de otro tiempo,
    Como un vago recuerdo de ventura.

    Los árboles sacuden sus bejucos,
    Cual destrenzada cabellera rubia
    Donde tienen guardados los aromas
    Con que el ambiente, en su vaivén, perfuman.

    De sus copas galanas se desprende
    Una constante, embalsamada lluvia
    De frescas flores, de marchitas hojas,
    Verdes botones y amarillas frutas.

    Muestra el cachimbo su follaje rojo,
    Cual canastillo que una ninfa pura
    En la fiesta del Corpus, lleva ufana
    Entre la virgen, inocente turba.

    El guayacán con su amarilla copa
    Luce a lo lejos en la selva oscura,
    Cual luce entre las nubes una estrella,
    Cual grano de oro que la jagua oculta.

    El azucena, el floro-azul, el caunce
    Y el yarumo, en el monte se dibujan
    Como piedras preciosas que recaman
    El manto azul que con la brisa undula.

    Y sobre ellos gallarda se levanta,
    Meciendo sus racimos en la altura,
    Recta y flexible la altanera palma,
    Que aire mejor entre las nubes busca.

    Ved otra vez a los robustos peones
    Que el mismo bosque secular circundan;
    Divididos están en dos partidas,
    Y un capitán dirige cada una.

    Su alegre charla, sus sonoras risas,
    No se oyen ya, ni su canción se escucha;
    De una grave atención cuidado serio
    Se halla pintado en sus facciones rudas.

    En lugar del ligero calabozo
    La hacha afilada con su mano empuñan;
    Miran atentos el cañón del árbol,
    Su comba ven, su inclinación calculan.

    Y a dos manos el hacha levantando,
    Con golpe igual y precisión segura,
    Y redoblando golpes sobre golpes,
    Cansan los ecos de la selva augusta.

    Anchas astillas y cortezas leves
    Rápidamente por el aire cruzan;
    A cada golpe el árbol se estremece,
    Tiemblan sus hojas, y vacila... y duda...

    Tembloroso un momento cabecea,
    Cruje en su corte, y en graciosa curva
    Empieza a descender, y rechinando
    Sus ramas enlazadas se apañuzcan;

    Y silbando al caer, cortando el viento,
    Despedazado por los aires zumba...
    Sobre el tronco el peón apoya el hacha
    Y el trueno, al lejos, repetir escucha.

    Las tres partidas observad. A un tiempo
    Para echar una galga se apresuran;
    En tres faldas distintas, el redoble
    Se oye del hacha en variedad confusa.

    Un fila de árboles picando,
    Sin hacerlos caer, está la turba,
    Y arriba de ellos, para echarlo encima,
    El más copudo por madrino buscan.


    Y recostando andamios en su tronco
    Para cortarlo a regular altura,
    Sobre las bambas y al andamio trepan
    Cuatro peones con destreza suma.

    Y en rededor del corpulento tronco
    Sus hachas baten y a compás sepultan,
    Y repiten hachazos sobre hachazos
    Sin descansar, aunque en sudor se inundan.

    Y vencido por fin, cruje el madrino,
    Y el otro más allá: todos a una,
    Las ramas extendidas enlazando,
    Con otras ramas enredadas pugnan;

    Y abrazando al caer los de adelante,
    Se atropellan, se enredan y se empujan,
    Y así arrollados en revuelta tromba
    En trueno sordo, aterrador, retumban...

    El viento azota el destrozado monte,
    Leves cortezas por el aire cruzan,
    Tiembla la tierra, y el estruendo ronco
    Se va a perder en las lejanas grutas.

    Todo queda en silencio. Acaba el día,
    Todo en redor desolación anuncia.
    Cual hostia santa que se eleva al cielo
    Se alza callada la modesta luna.

    Troncos tendidos, destrozadas ramas,
    Y un campo extenso desolado alumbra,
    Donde se ven como fantasmas negros
    Los viejos troncos, centinelas mudas.


     

    CAPITULO II
    Que trata de la limpia y abono de los terrenos, muy especialmente por el método de la quema. De la manera de hacer las habitaciones, y de la siembra.

    Un mes se pasa. El sol desde la altura
    Manda a la Roza, vertical su rayo;
    Ya los troncos, las ramas y las hojas
    Han tostado los vientos del verano.

    Las hojas en las ramas se encartuchan,
    Sobre los troncos se blanquean los ramos,
    Y las secas cortezas se desprenden,
    De trecho en trecho, de los troncos largos.

    Aquí y allá la enredadera verde
    Tímida muestra sus primeros tallos,
    La guadua ostenta su primer retoño
    De terciopelo de color castaño.

    Ya el verano llegó para la quema;
    La Candelaria ya se va acercando,
    Es un domingo a medio día.
    El viento Barre las nubes en el cielo claro.

    Por la orilla del monte los peones
    Vagan al rededor del derribado,
    Con los hachones de cortezas secas
    Con flexibles bejucos amarrados.

    Prenden la punta del hachón con yesca,
    Y brotando la llama al ventearlo
    Varios fogones en contorno encienden,
    La Roza toda en derredor cercando.

    Lame la llama con su inquieta lengua
    La blanca barba a los tendidos palos;
    Prende en las hojas y chamizas secas,
    Y se avanza, temblante, serpeando.

    Vese de lejos la espiral del humo
    Que tenue brota caprichoso y blanco,
    O lento sube en copos sobre copos,
    Como blanco algodón escarmenado.

    La llama crece; envuelve la madera
    Y se retuerce en los nudosos brazos,
    Y silba, y desigual chisporrotea,
    Lenguas de fuego por doquier lanzando.

    Y el fuego envuelto en remolinos de humo,
    Por los vientos contrarios azotado
    Se alza a los cielos, o a lo lejos prende
    Nuevas hogueras con creciente estrago.

    Ensordecen los aires el traquido
    De las guaduas y troncos reventando,
    Del huracán el mugidor empuje,
    De las llamas el trueno redoblado.

    Y nubes sobre nubes se amontonan
    Y se elevan el cielo encapotando
    De un humo negro que arrebata chispas,
    Pardas cenizas y quemados ramos.

    Aves y fieras asustadas huyen;
    Pero encuentran el fuego a todos lados,
    El fuego, que se avanza lentamente,
    Estrechando su círculo incendiario.

    Al ave que su prole dejar teme,
    La encierra el humo al rededor volando,
    Y con sus alas chamuscadas cae
    Junto del nido que le fue tan caro.

    Aquí y allá se vuelve la serpiente,
    Buscando una salida, y en su espanto
    Se exaspera, se enrosca, se retuerce,
    Y el fuego cierra el reducido campo.

    Del aire al soplo se dilata el humo
    Hasta que llena el anchuroso espacio;
    Rosados se perciben los objetos;
    Redondo y rojo el sol se ve sin rayos.

    Sobre el monte, la Roza y el contorno
    Tiende la noche su callado manto,
    Bordado con las chispas del incendio,
    Que parecen cocuyos revolando.

    Se ve de lejos la quemada Roza,
    Con los restos del fuego no apagado,
    Donde brillan inciertos mil fogones,
    Cual vivac de un ejército acampado.

    El lunes de mañana, los peones
    Van, en la Roza, a improvisar un rancho;
    Como hormigas arrieras se dispersan
    Los materiales cada cual buscando.

    Van llegando cargados con horquetas,
    Estantillos, soleras, encañados,
    Latas y paja y ruedas de bejuco,
    En un plancito, todo amontonado.

    En línea recta clavan tres horquetas,
    La cumbrera sobre ellas levantando,
    Para formar el, rancho vara en tierra,
    Con un pequeño alar al otro lado.

    Los encañados con bejuco amarran,
    En la larga cumbrera recostados,
    Y formando sobre ellos una reja
    Concluyen con destreza el enlatado.

    Empezando de abajo para arriba,
    El rancho en derredor van empajando,
    Pajas diversas confundidas mezclan;
    Palmicho, santainés y rabihorcado.

    Y después de formarle el caballete
    Lo dividen en dos con un cercado.
    Del un lado colocan la cocina,
    De habitación sirviendo el otro lado.

    Hacen la barbacoa, en que colocan
    Las ollas, las cucharas y los platos;
    Ponen la vara de colgar la carne,
    Y las tres piedras de fogón debajo.

    La piedra de moler en cuatro estacas
    Aseguran muy bien, y en otras cuatro
    Una cuyabra aparadora ponen,
    Y a su lado, con agua, un calabazo.

    Es hora de sembrar. Ya los peones
    Con el catabre sembrador terciado,
    Se colocan en fila al pie del monte,
    Guardando de distancia cuatro pasos;

    Y con un largo recatón de punta
    Hacen los hoyos con la diestra mano,
    Donde arrojan mezclada la semilla:
    Un grano de frisol, de maíz cuatro.

    Dan con el mismo recatón un golpe
    Sobre el terrón para cubrir el grano,
    Y otros hoyos haciendo, en recto surco,
    Siguen de frente y avanzando un paso.

    Se miran desplegados en guerrilla,
    Como haciendo ejercicio los soldados;
    Como blancas manadas de corderos,
    Sobre el oscuro fondo del quemado.

    Cantando alegres, siempre la guabina,
    Teñidos de carbón, siguen sembrando,
    Haciendo calles paralelas, rectas...
    Y al llegar la oración vuelven al rancho.


    CAPITULO III


    Método sencillo de regar las sementeras, y provechosas advertencias para espantar los animales que hacen daño en los granos.

    Hoy es domingo. En el vecino pueblo
    Las campanas con júbilo repican,
    Del mercado en la plaza ya hormiguean
    Los campesinos al salir de misa.

    Hoy han resuelto los vecinos todos
    Hacer a la patrona rogativa,
    Para pedirle que el verano cese,
    Pues lluvia ya las rozas necesitan.

    De golpe el gran rumor calla en la plaza,
    El sombrero, a una vez, todos se quitan....
    Es que a la puerta de la iglesia asoma
    La procesión en prolongada fila.

    Va detrás de la cruz y los ciriales
    Una imagen llevada en andas limpias,
    De la que siempre, aun en imagen tosca
    Llena de gracia y de pureza brilla.

    Todo el pueblo la sigue, y en voz baja
    Sus oraciones cada cual recita,
    Suplicando a los cielos que derramen
    Fecunda lluvia que la tierra ansía.

    ¡Hay algo de sublime, algo de tierno
    En aquella oración pura y sencilla,
    Inocente paráfrasis del pueblo,
    Del "Danos hoy el pan de cada día!"

    Nuestro patrón y el grupo de peones
    Mezclados en la turba se divisan
    Murmurando sus rezos, porque saben
    Que Dios su oreja a nuestro ruego inclina.

    Pero, no. Yo no quiero con vosotros
    Asistir a esa humilde rogativa;
    Porque todos nosotros somos sabios,
    Y no quisimos asistir a misa.

    Y ya la moda va quitando al pueblo
    El único tesoro que tenía.
    (Una duda me queda solamente:
    ¿Con qué le pagará lo que le quita?)

    Brotaron del maíz en cada hoyo
    Tres o cuatro maticas amarillas,
    Que con dos hojas anchas y redondas
    La tierna mata de frisol abriga.

    Salpicada de estrellas de esmeralda
    Desde lejos la Roza se divisa;
    Manto real de terciopelo negro
    Que las espaldas de un titán cobija.

    Aborlonados sus airosos pliegues
    Formados de cañadas y colinas;
    Con el humo argentado de su rancho,
    De sus quebradas con la blanca cinta.

    El maíz con las lluvias va creciendo
    Henchido de verdor y lozanía,
    Y en torno dél, entapizando el suelo,
    Va naciendo la yerba entretejida.

    Por doquiera se prenden los bejucos
    Que la silvestre enredadera estira;
    Y en florida espiral trepando, envuelve
    Las cañas del maíz la batatilla.

    Sobre esa alfombra de amarillo y verde
    Los primeros retoños se divisan,
    Que en grupos brotan del cortado tronco
    Al cual su savia exuberante quitan.

    Ya llegó la deshierba; la ancha Roza
    De peones invade la cuadrilla,
    Y armados de azadón y calabozo
    La yerba toda y la maleza limpian.

    Queda el maíz en toda su belleza,
    Mostrando su verdor en largas filas,
    En las cuales se ve la frisolera,
    Con lujo tropical entretejida.

    ¡Qué bello es el maíz! Mas la costumbre
    No nos deja admirar su bizarría,
    Ni agradecer al cielo ese presente,
    Sólo porque lo da todos los días.

    El don primero que con mano larga
    Al Nuevo Mundo el Hacedor destina;
    El más vistoso pabellón que undula
    De la virgen América en las cimas.

    Contemplad una mata. A cada lado
    De su caña robusta y amarilla,
    Penden sus tiernas hojas arqueadas,
    Por el ambiente juguetón mecidas.

    Su pie desnudo muestra los anillos
    Que a trecho igual sobre sus nudos brillan,
    Y racimos de dedos elegantes,
    En los cuales parece que se empina.

    Más distantes las hojas hacia abajo,
    Más rectas y agrupadas hacia arriba,
    Donde empieza a mostrar tímidamente
    Sus blancos tilos la primera espiga,

    Semejante a una joven de quince años,
    De esbeltas formas y de frente erguida,
    Rodeada de alegres compañeras
    Rebosando salud y ansiando dicha.

    Forma el viento al mover sus largas hojas,
    El rumor de dulzura indefinida
    De los trajes de seda que se rozan
    En el baile de bodas de una niña.

    Se despliegan al sol y, se levantan
    Ya doradas, temblando, las espigas,
    Que sobresalen cual penachos jaldes
    De un escuadrón en las revueltas filas.

    Brota el blondo cabello del Pilote,
    Que muellemente al despuntar se inclina;
    El manso viento con sus hebras juega
    Y cariñoso el sol las tuesta y riza.

    La mata el seno suavemente abulta
    Donde la tusa aprisionada cría,
    Y allí los granos como blancas perlas,
    Cuajan envueltos en sus hojas finas.

    Los chócolos se ven a cada lado,
    Como rubios gemelos que reclinan,
    En los costados de su joven madre,
    Sus doradas y tiernas cabecitas.

    El pajarero, niño de diez años,
    Desde su andamio sin cesar vigila
    Las bandadas de pájaros diversos,
    Que hambrientos vienen a ese mar de espigas.

    En el extremo de una vara larga
    Coloca su sombrero y su camisa;
    Y silbando, y cantando, y dando gritos,
    Días enteros el sembrado cuida.

    Con su churreta de flexibles guascas
    Que fuertemente al agitar rechina;
    Desbandadas las aves se dispersan
    Y fugitivas corren las ardillas.

    Los pericos en círculos volando
    En caprichosas espirales giran;
    Dando al sol su plumaje de esmeralda
    Y al aire su salvaje algarabía.

    Y sobre el verde manto de la Roza
    El amarillo de los taches brilla,
    Como onzas de oro en la carpeta verde
    De una mesa de juego repartidas.

    Meciéndose galán y enamorado,
    Gentil turpial en la flexible espiga,
    Rubí con alas de azabache, ostenta
    Su bella pluma y su canción divina.

    El duro pico del chamán desgarra
    De las hojas del chócolo las fibras,
    Dejando ver los granos, cual los dientes
    De una bella al través de su sonrisa.

    Cuelga el gulungo su oscilante nido
    De un árbol en las ramas extendidas,
    Y se columpia blandamente al viento,
    Incensario de rústica capilla.

    La boba, el carriquí, la guacamaya,
    El afrechero, el diostedé, la mirla,
    Con sus pulmones de metal que aturden,
    Cantan, gritan, gorjean, silban, chillan.


    CAPITULO IV


    De la recolección de frutos y de cómo deben alimentarse los trabajadores.

    Es el amanecer de un día de junio;
    El sol no asoma, pero ya blanquea
    Por el oriente el aplomado cielo,
    Con la sonrisa de su luz primera.

    Ya dio el gurri su fúnebre chillido
    Largo y agudo, en la vecina selva;
    Ya la Roza se va cubriendo en partes
    Con los jirones de su chal de nieblas.

    Lanza la choza cual penacho blanco
    La vara de humo que se eleva recta;
    Es que antes que el sol y que las aves
    Se levantó, al fogón, la cocinera.

    Ya tiene preparado el desayuno
    Cuando el peón más listo se despierta;
    Chocolate de harina en coco negro
    Recibe cada cual, con media arepa.

    Con un costal terciado cada uno
    Todos saliendo van; sólo se queda
    El muchacho que debe cargar agua,
    Fregar los trastos y rajar la leña.

    Van a coger frisoles; por la Roza
    Los peones sin orden se dispersan
    Cogiendo a manotadas los racimos
    Que de las matas enredados cuelgan.

    Los chócolos picados por las aves
    Cogen también, y los que están en tierra
    Echan en el costal y los revuelven
    De los frisoles con las vainas secas.

    El que llena su tercio a vaciarlo
    Va en el rancho, y se vuelve a la faena;
    Y llenando y vaciando sus costales
    Siguen sin descansar hasta que almuerzan.

    Mientras que van y vuelven los peones
    Que han almorzado ya, la cocinera,
    Infatigable y siempre con buen modo,
    Se ocupa sin cesar en sus tareas.

    En la misma cuyabra aparadora
    Pone el maíz a remojar, y deja
    La mitad para hacer la mazamorra,
    La otra mitad para moler la arepa.

    Era la cocinera una muchacha
    Agil, arrutanada, alta y morena,
    Que su saya de fula con el chumbe
    En su cintura arregazada lleva.

    Descubiertas los brazos musculosos
    Y la redonda pantorrilla muestra
    Con inocente libertad, pues sabe
    Que sólo para andar sirven las piernas.

    Medio cubre su seno prominente
    La camisa de tira de arandela,
    En donde se sepulta su rosario
    Con sus cuentas de oro y su pajuela.

    Un poco cortas, negras y brillantes,
    De su crespo cabello las dos trenzas,
    Rematando sus puntas en cachumbos,
    Graciosamente por la espalda cuelgan.

    Pero vedla cascando mazamorra,
    O moliendo en su trono, que es la piedra;
    A su vaivén cachumbos y mejillas,
    Arandelas y seno, todo tiembla.

    Arreglado el fogón alza dos ollas,
    Y los frisoles echa en la pequeña;
    Va en la grande a poner la mazamorra,
    De su quehacer la operación más seria.

    Se moja en agua-masa las dos manos,
    Las pone encima de ceniza fresca,
    Las sacude muy bien, y en la agua-masa
    Las lava luego y la ceniza deja.

    De agua-masa y arroz llena la olla,
    Le echa la bendición, y la menea
    Con el ahumado mecedor de palo;
    Sopla el fogón y aviva la candela.

    Acaba de moler, y con la masa
    Va extendiendo en las manos las arepas,
    Que coloca después en la cayana;
    Ya tostadas de un lado, las voltea.

    Y luego las entierra en el rescoldo,
    Y brasas amontona encima de ellas,
    Y chócolos encima de las brasas
    Pone a asar recostados a las piedras:

    Estos se van dorando poco a poco;
    Los granos al calor se caponean
    Y exhalan un olor... que aun los peones
    Cuando vienen, un chócolo se llevan.

    A las dos de la tarde suena el cacho
    Para que todos hacia el rancho vengan,
    Pues ya está la comida. Van llegando
    Y en el suelo sentados forman rueda.

    El muchacho que ayuda en la cocina
    Reparte a los peones las arepas;
    De frisoles con carne de marrano
    Un plato lleno a cada par entrega.

    En seguida les da la mazamorra,
    Que algunas de ellos con la leche mezclan;
    Otros se bogan el caliente claro
    Y se toman la leche con la arepa.

    Medio cuarto de dulce melcochudo
    Les sirve para hacer la sobremesa,
    Y una totuma rebosando de agua
    Su comida magnífica completa.

    ¡Salve, segunda trinidad bendita,
    Salve, frisoles, mazamorra, arepa!
    Con nombraros no más se siente hambre.
    "¡No muera yo sin que otra vez os vea!"

    Pero hay ¡gran Dios! algunos petulantes,
    Que sólo porque han ido a tierra ajena,
    Y han comido jamón y carnes crudas,
    De su comida y su niñez reniegan.

    Y escritores parciales y vendidos
    De las papas pregonan la excelencia,
    Pretendiendo amenguar la mazamorra,
    Con la calumnia vil, sin conocerla.

    Yo quisiera mirarlos en Antioquia
    Y presentarles la totuma llena
    De mazamorra de esponjados granos,
    Más blancos que la leche en que se mezclan;

    Que metieran en ella la cuchara,
    Y la sacaran del manjar repleta,
    Cual isla de marfil que flota en leche,
    Coma mazorca de nevadas perlas;

    Y que dejando chorrear el claro
    La comieran después, y que dijeran,
    Si es que tienen pudor, si con las papas
    Alguno habrá que compararla pueda.

    ¡Oh, comparar con el maíz las papas,
    Es una atrocidad, una blasfemia!
    ¡Comparar con el rey que se levanta
    La ridícula chiza que se entierra!

    Y ¿qué dirían si frisoles verdes
    Con el mote de chócolo comieran,
    Y con una tajada de aguacate
    Blanda, amarilla, mantecosa, tierna...?

    ¿Si una postrera de espumosa leche
    Con arepa de chócolo bebieran,
    Una arepa dorada envuelta en hojas,
    Que hay que soplar porque al partirla humea?

    Y la natilla.... ¡Oh!, la más sabrosa
    De todas las comidas de la tierra,
    Con aquella dureza tentadora
    Con que sus flancos ruborosos tiemblan....

    ¡Y tú también, la fermentada en tarros,
    Remedio del calor, chicha antioqueña!
    Y el mote, los tamales, los masatos,
    El guarrús, los buñuelos, la conserva...

    ¡Y mil y mil manjares deliciosos
    Que da el maíz en variedad inmensa....!
    Empero, con la papa, la vil papa,
    ¿Qué cosa puede hacerse....? No comerla.

    A veces el patrón lleva a la Roza
    A los niños pequeños de la hacienda,
    Después de conseguir con mil trabajos
    Que conceda la madre la licencia.

    Sale la turba gritadora, alegre,
    A asistir juguetona a la cogienda,
    Con carrieles y jíqueras terciados
    Cual los peones sus costales llevan.

    ¿Quién puede calcular los mil placeres
    Que proporciona tan sabrosa fiesta....?
    ¡Amalaya volver a aquellos tiempos,
    Amalaya esa edad pura y risueña!

    Avaro guarda el corazón del hombre
    Esos recuerdos que del niño quedan;
    Ese rayo de sol en una cárcel
    Es el tesoro de la edad proyecta.

    También la juventud guarda recuerdos
    De placeres sin fin.... pero con mezcla.
    Las memorias campestres de la infancia
    Tienen siempre el sabor de la inocencia.

    Esos recuerdos con olor de helecho
    Son el idilio de la edad primera,
    Son la planta parásita del hombre,
    Que aún seco el árbol, su verdor conservan.

    Pero en tanto vosotros, pobres socios
    De una escuela de artes y de ciencias,
    Siempre en medio de libros y papeles
    Y viviendo en ciudades opulentas;

    Nacidos en la alcoba empapelada
    De una casa sin patios y sin huerta,
    Que jamás conocisteis otro árbol
    Que el naranjo del patio de la escuela;

    Vosotros ¡ay! cuyos primeros pasos
    Se dieron en alfombras y en esteras,
    Y lo que es más horrible, con botines,
    Vosotros que nacisteis con chaqueta;

    Vosotros, que no os criasteis en camisa
    Cruzando montes y saltando cercas,
    ¡Oh, no podéis saber, desventurados,
    Cuánta es la dicha que un recuerdo encierra!

    ¿Con cuál, decidme, alegraréis vosotros
    De la helada vejez las horas lentas,
    Si no tuvisteis perros ni gallinas
    Ni disteis muerte a patos ni culebras?

    No endulzarán vuestros postreros días
    El sabroso balar de las ovejas,
    De las vacas el nombre, uno por uno,
    La imagen del solar, piedra por piedra;

    Las sabaletas conservadas vivas,
    Sirviendo de vivero una batea;
    Las moras y guayabas del rastrojo,
    El columpio del guamo de la huerta;

    La golondrina a la oración volando
    Al rededor de las tostadas tejas,
    La queja del pichón aprisionado,
    La siempre dulce reprensión materna;

    La cometa enredada en el papayo,
    Los primeros perritos de Marbella...
    En fin... vuestra vejez será horrorosa,
    Pues no habéis asistido a una cogienda.

     

     

     

     

     

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    RUFINO JOSE CUERVO, NUESTRO GRAN FILÓLOGO

    Rufino José Cuervo

     

    (Bogotá 1844 – París 1911)

    Miembro honorario y correspondiente por Colombia de la Real Academia, es nuestro más grande filólogo; a su monumental “Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana” se unen obras como “Anotaciones críticas al lenguaje bogotano” y “El castellano en América”

     

    Nada, en nuestro sentir, simboliza tan cumplidamente la patria como la lengua: en ésta se encarna cuanto hay de más dulce ycaro para el individuo y la familia, desde la oración aprendida del labio materno y los cuentos referidos al amor de la lumbre hasta la desolación que traen la muerte de los padres y el apagamiento del hogar; un cantarcillo popular evoca la imagen de alegres fiestas y un himno guerrero,la de gloriosas victorias; en una tierra extraña,aunque halláramos campos iguales a aquellos en que jugábamos de niños, y viéramos allí casas como aquellas donde se columpió nuestra cuna, nos dice el corazón que, si no oyéramos los acentos de la lengua nativa, deshecha toda ilusión, siempre nos reputaríamos extranjeros y suspiraríamos por las auras de la patria.

    La lengua ha de considerarse como un conjunto de hechos que se explican históricamente,y no ha de ofrecerse regla ni teoría que no represente hechos o no se funde en hechos comprobados.

    En todos los pueblos cultos y de civilización tradicional, la lengua literaria es como tipo

    ideal en que los muertos tienen tanta representación como los vivos; y ya que es imposible evitar la evolución fatal del lenguaje, que tiende a diferenciarlo, sobre todo cuando se habla en vastos territorios cuyas fracciones tienen vida propia y elementos de cultura más o menos diversos, todos los esfuerzos han de concurrir a conservar la pureza de ese tipo.

    Tal evolución se realiza por fuerza en todas partes, en España como en América, y

    si con sinceridad se desea mantener la unidad del habla literaria, única posible, tanto

    españoles como americanos han de poner algo de su parte para lograrlo.

    (Archivo Instituto Caro y Cuervo)

     

     

     

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    ANGELA BECERRA, GANADORA DEL PREMIO PLANETA

     

    Ángela Becerra, ganadora del premio Planeta de novela

     

    Nació en Cali y ha vivido por más de 22 años en España. En Barcelona trabajo varios años como publicista y luego cambió su vida para dedicarse a la pasión de escribir. En editoriales españolas ha publicado “Alma Abierta” (2001), obra poética y luego las novelas “De los amores negados” (2003), “El penúltimo sueño (2005)”, “Lo que le falta al tiempo” (2007), que, en ambos lados del Atlántico, han tenido gran acogida y numerosos lectores, tanto en las versiones en español como en las traducciones a otros idiomas. Con su última novela “Ella que lo tuvo todo” ha conseguido el premio Planeta- Casa de América, dotado con 200 mil dólares y consagratorio galardón en literatura de lengua castellana, el cual se falló entre escritores de siete países y un total de 493 originales.

    -Como colombiana, ¿cuál es la visión que tiene su país?

    --Falta que los colombianos crean más en su capacidad de cambio y superación. Colombia es un país que está superando un largo via-crucis y necesita toda la energía y optimismo de su gente para continuar ese cambio. Todos los países tienen su luz y su sombra, pero aunque la sombra colombiana es alargada yo siempre me acuerdo de lo bueno y siempre hay algo que me pide volver.

     


     

     

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    DASSO SALDIVAR, BIÓGRAFO DE GARCÍA MÁRQUEZ


    DASSO SALDÍVAR


    Escritor y periodista, vive en Madrid hace 35 años, en sintonía con la literatura colombiana y sus vivencias de los primeros años en Antioquia. 

    Nació en San Julián (Antioquia) en 1951. Hizo bachillerato en el Liceo Antioqueño de Medellín, y comenzó estudios de Derecho en la Universidad de Antioquia, que dejó para venirse a España. Cursó Ciencias Políticas en la Universidad Complutense y vive en Madrid desde 1975. Ha ejercido la crítica literaria y el periodismo en diversos periódicos y revistas de América y Europa, y ha trabajado como asesor y redactor de programas culturales de Televisión Española.  

    Su libro más famoso es “García Márquez: El viaje a la semilla” (Alfaguara 1997) el cual ha tenido traducciones a más de 15 idiomas. También ha publicado XIX del siglo XX” sobre 19 de los más notables escritores colombianos del siglo pasado. Trabaja desde hace años en una obra de ficción sobre Manuelita Sáenz, que se llamará “La subasta del fuego” y en varias novelas referidas a la infancia en una finca cafetera, la primero de las cuales sería “Los soles de Amalfi”.

    Sobre su nombre ha escrito: “Fue en segundo de bachillerato, al empezar a escribir y publicar mis primeras cositas, cuando me inventé el pseudónimo de Dasso Saldívar. Dasso viene de Darío Antonio Sepúlveda Ochoa, luego le agregué otra s por mi admiración a Picasso. (…) Aunque pueda parecer lo contrario nunca me ha gustado llamar mucho la atención sobre mi persona, ni para bien ni para mal. Así me sentí contento cuando mis amigos y compañeros del Liceo Antioqueño leían mis cosas en la prensa, pero más cómodo y divertido me sentía cuando muchos no sabían quién era ese tal Dasso Saldívar. Lo cierto es que estando ya en Madrid, un día quise dejar el seudónimo, pero el juego se había vuelto tan serio que me fue imposible firmar cualquier texto con mi nombre de pila. De hecho, no estoy seguro de que Dasso Saldívar y Darío Sepúlveda sean la misma persona”

     

     

     

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