• JORGE POMBO AYERBE

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:


    De un balazo en el testuz

    y entre las godas legiones,

    murió un hijo de Jesús.

    Como aquél, murió en la Cruz

    y también entre ladrones.


    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:


    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división;

    más murmura la gente

    que sería más justo y más corriente

    hacerlo general de sustracción.

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama:


     

     

     

    El Ministro de…no sé

     

     

     

    juega tresillo conmigo;

    y al decirle: –Róbe, amigo,

    me contesta: –Ya robé!

     

     


    “Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:


     

    El usurero García

     

    de esta manera me hablaba,

     

    cuando el pésame me daba

     

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;

     

    lo acompaño en su quebranto

     

    y como lo siento tanto

    me debe el tanto por ciento.

    Ampliar la noticia

    CLÍMACO SOTO BORDA

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:


    Esos tres lunares son

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría

    de mi amante corazón.


    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:


    Este soy, un pobre diablo

    que a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,

    más no importa: sumo y sigo,

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.

     

     

     

    Ampliar la noticia

    TUERTO LÓPEZ -- VIDA Y OBRA DE LUIS C. LÓPEZ

    Por RAMÓN DE ZUBIRÍA

     

    Todo viajero que llega a Cartagena de Indias, en su recorrido por la

    ciudad, recala inevitablemente en el llamado monumento a los Zapatos

    Viejos para recibir, frente a su extraña presencia, una doble sorpresa: la del

    monumento mismo y la del texto de un soneto que hace parte de él,

    grabado en una placa de piedra, y firmado por Luis C. López.

    Recordemos sus palabras:

    A MI CIUDAD NATIVA

    Ciudad triste, ayer reina

    de la mar

    J. M. DE HEREDIA

     

    Noble rincón de mis abuelos: nada

    como evocar, cruzando callejuelas,

    los tiempos de la cruz y de la espada,

    del ahumado candil y las pajuelas...

    Pues ya pasó, ciudad amurallada,

    tu edad de folletín... Las carabelas

    se fueron para siempre de tu rada...

    ¡Ya no viene el aceite en botijuelas!

    Fuiste heroica en los años coloniales,

    cuando tus hijos, águilas caudales,

    no eran una caterva de vencejos.

    Mas hoy, plena de rancio desaliño.

    bien puedes inspirar ese cariño

    que uno les tiene a sus zapatos viejos...

     

    Aquel texto, y casi sin excepción, suscita en sus lectores una impresión

    de ambigüedad y desconcierto, en razón de la mezcla que hay en él de

    añoranza por un pasado de signo heroico, y de repudio por un presente

    mirado oblicuamente por su sesgo pragmático y desangelado.

    Para algunos despistados aquel texto, a pesar del tono afectivo de su

    terceto final, trasluce una actitud de evidente menosprecio o desamor del

    poeta por la ciudad. ¡Grave error! Y error de desenfoque histórico. Y es

    que para situar e interpretar rectamente aquel texto es preciso recordar que

    la Cartagena del desaliño y los vencejos a que alude el poeta - su poema

    es anterior a 1920 - no es la Cartagena de hoy, renacida en pujanza de sus

    cenizas, sino la ciudad fantasmal, la que sobrevivió de la otra heroica,

    asolada, devastada, por los sitios y asedios de piratas y guerreros. No.

    Nada de menosprecio o desamor. Muy por el contrario, López amó tanto

    a su ciudad, que llegó a confundirse con ella y a convertirse, a la postre,

    en su vocero y poeta mayor. Esa su simbiosis con Cartagena fue tan

    absoluta que no habría hipérbole alguna al aseverar que imposible le

    hubiera sido vivir lejos de su regazo. Con ocasión de uno de los viajes que

    López hiciera al exterior, escribió el soneto titulado Adiós. Allí vemos

    cómo se le enternece el acento e impregna de risueña melancolía al pensar

    en una irónica muerte lejos de sus lares:

    ...abandoné mis lares

    marcando rumbo hacia

    remotos climas.

    NÚÑEZ DE ARCE

     

    ¡Adiós, rincón nativo!... Me voy y mi pañuelo

    parece un ave herida que anhela retornar,

    mientras singla el piróscafo bajo el zafir del cielo,

    cortando la infinita turquesa de la mar.

     

    ¡Nunca podré olvidarte, noble y heroico suelo

    de mis antepasados!... No te podré olvidar

    ni aun besando a una chica que sepa a caramelo,

    ni aun jugando con unos amigos al billar...

     

    Pero al imaginarme que yo no pueda un día

    tomar a tu recinto, ¡con qué melancolía

    contémplote a lo lejos, romántico rincón!...

     

    Porque, ¡ay!, todo es posible, no exótico y extraño,

    si el destino de pronto me propina un buen baño

    para darle una triste pitanza a un tiburón...

     

    Siempre he pensado que de su amorosa relación con Cartagena,

    López hubiera podido decir, parafraseando el famoso verso de Robert

    Frosl: La mía fue una querella de enamorado con mi ciudad. Por eso en

    el soneto A mi ciudad nativa le hace, como vimos, una final profesión de

    su amor, un amor acendrado por la costumbre y puesto ya por encima de

    toda posible decepción:

     

    Mas hoy, plena de rancio desaliño,

    bien puedes inspirar ese cariño

    que uno les tiene a sus zapatos viejos...

     

    Ahora bien, aquí en este punto cumple señalar que la impresión

    anotada de ambigüedad o desconcierto que suscita este soneto de López

    a Cartagena, no es privativa de ese texto. Es la misma que - como una

    constante mayor - prevalece en la totalidad de su obra.

     

    Numerosos han sido los críticos y estudiosos que, partiendo de esa

    impresión, han intentado desentrañarlos impulsos germinales -el etymon

    espiritual - de aquella insólita escritura, en la que aparecen yuxtapuestos

    o fundidos los más antagónicos elementos: lo heroico y lo vulgar, lo

    sentimental y lo burlón, lo poético y lo prosaico, etc., todo aquello

    expresado en un lenguaje en el que parejamente se conjugan giros y léxico

    del más puro ascendiente literario con pronunciamientos y vocablos del

    habla cotidiana, tachonado, además, por los símiles y metáforas más

    sorprendentes y desconcertantes. Casi todas esas exploraciones han

    aportado - y es cosa de agradecer - esclarecimientos conque enriquecer

    la lectura poética de López. Pero han sido, con las excepciones de siempre,

    enfoques fragmentarios o desviados, como ha sucedido con los de quienes

    han pretendido interpretar la creación de López, desde un cerrado contexto

    de orden puramente estético o, lo que es peor, desde el plano abstracto de

    las teorías sociales o como expresión de determinadas ideologías políticas.

    No. Esto - como reza el dicho popular - es "andar buscándole tres pies

    al gato". Porque el asunto es en verdad menos complejo, como el propio

    López se empeñó en explicar. Lo sustentaba, en el fondo, una doble

    singularidad: la del entorno social y cultural en que le correspondió vivir,

    y la singularidad de su propio temperamento.


     

     

     

    Y personaje sui generis fue ciertamente Luis Carlos López. Desde el

    nombre, tan poco apropiado para un poeta, (Emilio Bobadilla le preguntaba

    en una carta: "¿No tiene usted apellido materno?"), hasta el apodo de

    Tuerto, un remoquete que más parece de pirata, y, además, disparatado,

    ya que López no fue tuerto sino bizco, pero, apodo muy de Cartagena, una

    ciudad en la que múltiples personas y también personajes se conocen por

    sus apodos, y no por burla o crueldad, sino por una particular y regocijada

    manera de confrontar la realidad. (A su fundador, don Pedro de Heredia,

    por una marca en el rostro, lo apodaron El desnarigado. Y a un ilustre y

    acatado prelado lo bautizaron como El águila coja). Pero el asunto tiene

    su calado, porque en los sustratos de esa lúdica propensión por los apodos

    hay que reconocer una indudable capacidad ambiental para la caricaturauna capacidad que en nuestro poeta alcanzó los más insospechados

    desarrollos.

     

    Y fue López -comodecía- personaje tan suigeneris que de él existe

    la más multifacética baraja de imágenes. Algunas, candidas, fruto casi

    siempre de una superficial lectura de sus poemas, o del error, muy

    frecuente, en que incurren quienes asumen que el autor y el protagonista

    de una creación literaria, son una misma persona. Ejemplo: la imagen de

    un López poeta y bohemio desmelenado, con su correlativo desaliño, la

    cual, a quienes lo conocimos, forzosamente nos hace sonreír. Pues López

    fue pulquérrimo varón, con pulcritud extremada hasta la coquetería de

    teñirse el pelo, de manos impecables - fumaba con boquilla por no

    mancharlas de tabaco -, tan tersas y pulcras que parecían de nácar, y daban

    la impresión de no haber sostenido con ellas peso mayor que el de una

    pluma; señor, en fin, de la más fina y cuidada estampa, de aire inconfundible,

    tan esbelto y mosqueteril en el andar, que parecía caminar como la lluvia,

    sin doblar la rodilla.

     

    De él también se ha dicho, y se dice, que fue un excéntrico, y,

    apurando el dictamen, que fue un misántropo.

    ¿López excéntrico? Pero ¿cómo soltar fallo tan aberrante para cali ficar

    a quien fuera el hombre y artista más ahincado, arraigado en su centro, en

    su circunstancia geográfica y vital, circunstancia con la cual estuvo

    umbilicalmente ligado, con su nativa Cartagena?

    Y, ¿qué decir del López misántropo? Nos preguntamos: ¿cómo podía

    serlo si entre los distintivos mayores de su espíritu estuvo siempre su

    ternura, la que desplegaba particularmente en el trato con los suyos, y, con

    los niños, los inválidos y los animales? Fue, además, cultor de la amistad.

    ¿Misántropo? Pero si fue la suya ánima conmovida por el más púdico

    amor, la que escribiera aquellos Versos para ti:

     

    VERSOS PARA TI

    Y sin embargo, sé

    que te quejas

    Becquer

     

    ...Te quiero mucho. Anoche, parado en una esquina

    te vi llegar... Y como si fuese un colegial,

    temblé cual si me dieran sabrosa golosina...

    Yo estaba junto a un viejo farol municipal.

       

    Recuerdo los detalles, cualquier simple detalle

    de aquel minuto: como si fuese un chimpancé,

    la sombra de un mendigo bailaba por la calle,

    gimió una puerta, un chico dio a un gato un puntapié...

     

    Y tú pasaste... Y viendo que tú ni a mí volviste

    la luz de tu mirada jarifa como un sol,

    me puse más que triste, tan hondamente triste,

    ¡que allí me dieron ganas de ahorcarme del farol!...

     

    Un alma, en fin, transida de la más honda ternura por los desvalidos

    e indefensos, como el ciego aquel de Fresco amanecer, el mendigo de

    Llovía, El trashumante Mateo, o el oscuro y anónimo muerto de In pace.

     

    Recordemos, finalmente, a propósito de su misantropía, que López,

    a fuer de buen costeño, fue también hombre gozosamente dado a los

    retozos goliardescos. Quien busque huellaen su obradeaquellasjugarretas

    picarescas, que se asome a poemas como A Rosalbina, Para vuesa

    merced, A Camila, o Noche truculenta. He aquí este último:

     

    NOCHE TRUCULENTA

     

    Para libar el jugo de agrios vinos

    - no dejes ver la pierna,

    muchacha - los marinos

    vendrán dentro de poco a la taberna.

     

    Son de brusco perfil, biceps de acero,

    niños enormes de cuadrada espalda

    y andar patojo. - Pero,

    ¿le arreglarás la falda?

     

    Con sus jarrones de licor, sus dados

    y sus cachimbas se darán al juego

    carnavalescamente iluminados

    por la epilepsia del candil. Y luego

    terminarán rugiendo una salvaje

    canción sensual. - Del cafetín me salgo,

    porque - ¡bájate el traje! -

    lo que es aquí pasa algo...

     

    Otra imagen muy difundida y de las más desafortunadas de López es

    la de su anticlericalismo, una imagen extraída exclusivamente, al parecer,

    de un poema, Tarde de verano, mal leído casi siempre y peor interpretado,

    con su cura del pueblo, blanco para el fusil del poeta. Leámoslo

     

    TARDE DE VERANO

    El rico es un bandido

    SAN JUAN CRISÓSTOMO

     

    La sombra, que hace un remanso

    sobre la plaza rural,

    convida para el descanso

    sedante, dominical...

    Canijo, cuello de ganso,

    cruza leyendo un misal,

    dueño absoluto del manso

    pueblo intonso, pueblo asnal.

     

    Ciñendo rica sotana

    de paño, le importa un higo

    la miseria del redil.

     

    Y yo, desde mi ventana,

    limpiando un fusil, me digo:

    ¿Qué hago con este fusil? -

     

    Pues bien, partiendo de una superficial lectura de este poema, como

    anotaba, se ha pretendido instaurar la imagen del López 'comecuras', tan

    desajustada con la realidad, sin reparar en que muchas de las otras

    referencias clericales que aparecen en su poesía poco o nada tienen de

    agresivas. Refresquemos la memoria. En Campesina, no dejes..., por

    ejemplo, aparece otro cura, pero al que López reconoce y exalta como un

    "alma sencilla". Así mismo, en su soneto A un conductor de almas, lo que

    encontramos es una conmovida evocación de un virtuoso pastor. No hay

    que fiarse demasiado. Había mucho de retozo para espantar la beatería

    local en esa presunta actitud anticlerical. Mas si, volviendo al precitado

    poema de marras, lo leemos bien, observaremos fácilmente que lo que en

    él predispone para que al cura protagonista le disparen un fusil, no es su

    condición de cura, sino la forma como inclumple su misión, su condición

    de "dueño absoluto del pueblo" y ese su andar "ciñendo rica sotana de

    paño", mientras "le importa un higo la miseria del redil".

     

    Finalmente, hay que recordar que López, antes de morir, recibió los

    sacramentos. Y como no perdió el humor ni siquiera en aquel trance,

    dirigiéndose a algunas personas de dudosa ortografía que por allí estaban,

    les decía: "¡Se los recomiendo, se los recomiendo!".

     

    Ahora bien, al llegar a este punto, es lógico suponer que estén ustedes

    preguntándose: pero, en final de cuentas, ¿cómo fue Luis Carlos López

     

    Para responder, a más de lo ya anotado, afirmaría, con intención de síntesis

    y sin azoros de ninguna clase, que en su perfil humano y en los signos

    característicos de su escritura, quedaron reflejados los rasgos diferenciales

    del alma de su ciudad, con cuyas esencias se impregnó e identificó

    plenamente el alma del poeta. El propio López definió alguna vez ésta, su

    identificación con la ciudad. Aquí están sus palabras: "Yo soy

    eminentemente anfiscio y Cartagena lo es en grado sumo. Aquí hay que

    prosternarse, conmovido por dentro y burlón por fuera". Y así, por

    anfiscio, como ella y por ella, se desdobló en la ambigüedad que a los dos

    - ciudad y poeta - distingue, para ser, al tiempo, respetuoso e irreverente,

    sentimental y burlón, tierno y mordaz, generoso y zumbón.

     

    Y, efectivamente, no hubo un rasgo suyo que no fuese reflejo del

    modo de ser de su ciudad. Empezando por el más sobresaliente: su

    bondad, porque, por encima de todo, López fue un hombre - como diría

    Machado- "en el buen sentido de la palabra, bueno", limpia y verticalmenie

    honesto. Y fue también dueño y señor de su dignidad y altivez. Nunca su

    austera nobleza gastó concesiones a la vanidad. De la fama, sólo le tentó

    el renombre, y así, orgullosamente, gustó el halago de saber exaltada su

    obra por jueces como Unamuno, Darío, Valle Inclán, Amado Ñervo y,

    entre los colombianos, Sanín Cano y Eduardo Castillo. Por las regalías, o

    cualquier forma de rentabilidad de sus creaciones guardó siempre un

    olímpico desdén. Así se explica la franciscana pobreza de sus postreros

    días. Prefirió a todas horas su fiera altivez a cualquier repertorio de

    sinuosidades para subir "poco a poco de escalón a escalón".

     

    Y junto a su desdén por lo económico, estuvo su generosidad. De

    comerciante, en la tienda de ultramarinos que tuvo con su padre, regalaba

    a los niños los dulces por puñados; de consagrado escritor, regalaba sus

    poemas a los amigos y jóvenes escritores para apresligiar y hacer

    productivas con ellos las revistas que publicaban. Fue, sí, hombre tímido,

    pero también fue hombre sociable, gran caballero de suaves y finas

    maneras. No fue nunca esquivo con quien entraba en contacto con él.

    Rehuía, eso sí, el trato con los aduladores y la acosante jauría que iba tras

    de su rastro con su impertinencia o estupidez. Para defenderse de ellos se

    atrincheraba en su supuesta hurañez, y los espantaba, se los quitaba de

    encima, con el aguijonazo gracioso, el puntillazo cáustico o la estocada

    mortal, que él calibraba según la magnitud de la agresión.

     

    En cambio, ¡cuánta gentileza y derramada gracia prodigaba, a los

    amigos, en la intimidad! Sí, López fue hombre sociable y tanto que, por

    sus mocedades, fue asiduo frecuentador de clubes, y hasta garboso

    bailarín y, ya por sus madureces, y por el reconocimiento que suscitaba su

    obra, eje de tertulias o centro de caudalosos homenajes

     

    Y, como buen cartagenero, fue también irreverente, con una

    irreverencia que le venía de la cotidiana frecuentación con la historia

    grande, el bronce y el mármol, y de su humanismo básico, de fondo, que

    le hacía anteponer para su respeto las personas a los personajes, y

    respetarlos únicamente en función de su verdad, virtudes y valores.

    Porque respetuoso fue siempre con lo sagrado, lo honesto y verdadero.

    Con lo que no transigió nunca fue con la impostura, la trampa o la mentira,

    con ninguna forma de la fatuidad, de eso que el pueblo cartagenero, con

    gracia muy propia, llama "la fartedá", es decir, lo artificioso, lo falso, lo

    postizo. Por eso fustigaba con su sátira las posturas y simulaciones

    afrancesadas de "Los que 1 legaron de París". Por eso fue el gran denunciador

    de lo que Jorge Zalamea Borda llamó "La comedia tropical".

    Algunos han creído ver en la sátira de López y la acritud de su poesía

    social la proyección de un espíritu revolucionario, tanto en su actitud civil

    como en su expresión literaria. Ciertamente, no creo que nadie se aventure

    a negar que la suya fue la menos adocenada de las conductas pero, pasar

    precipitadamente de esta inicial y veraz consideración, a decir que la sátira

    social en su poesía fue consecuencia de una postura o mentalidad

    revolucionaria, es ya demasiado. No. López, a pesar de los explosivos

    elementos que hay en su obra, fue espíritu apacible, lo menos dado a

    subvertir orden de ningún tipo. Para interpretar su poesía de protesta social

    no hay que inventarle ninguna ideología especial, mucho menos

    extranjerizante. Porque lo que en aquellas páginas de protesta social

    realmente quedó consignado fue el testimonio del inconformismo y

    censura de López frente al deterioro que invadió la atmósfera social de su

    ciudad, con la irrupción del llamado progreso moderno, que tanta mella

    causó en las normas e ideales del pasado.

    En efecto, a López, hijo raizal de Cartagena de Indias, familiarizado,

    desde niño, en el ámbito de su ciudad, con la esencia de lo heroico y lo

    grande, le correspondió presenciar después la erosión de su antigua

    grandeza, a manos de la medianía insolentada, el fariseísmo y la más

    variada gama del arribismo.

    Para un poeta de la fibra idealista de López tenía que serle imposible,

    frente a aquel desbarajuste, asumir la postura de un indolente e impasible

    espectador. Y así prefirió, antes que trasnochado poeta supérstite de una

    heroica edad abolida, ser el satírico poeta antiheroico de una época

    antiheroica. Y lo hizo no por consignas partidistas, no por resabios

    moralistas - nada más extraño a López que la posición de dómine

    deshumanizado - , sino por limpio amor a su ciudad, por fidelidad a sus

    mejores esencias, y por todo lo que en él, a pesar de sus ímpetus

    románticos, alentaba de temperamento clásico, de espíritu inhabilitado

     

    para admitir, como él decía, "que el mundo girase con un pequeño

    desnivel". Quería las cosas en su sitio, en una ordenación que respondiera

    a una justa jerarquía de valores. Por eso cuando hacían su aparición

    desfachatada lo injusto, lo usurpante, lo falso, lo desesperadamente

    sumiso - ¡aquellas solteronas de provincia! -, lo abusivo instituido, el

    egoísmo, la prepotencia o el vandalismo, entonces sí se le disparaban las

    palabras de su sátira como dardos ardientes. Y, repito, lo hacía porque el

    hombre rebelde que había en él era incapaz de asistir, con "la indulgente

    pasividad del buey", al atropello de los valores que configuran la decencia

    y humana dignidad, a la subversión de su orden clásico. Entonces era

    cuando dejaba de reír, cuando, con la indignación de que es capaz toda

    alma noble, se rebelaba ante el escándalo, y tenía que envidiarle a Satán

    "su alegre carcajada" ante el espactáculo de "los tigres comiéndose a los

    ruiseñores".

    Y si de lo social pasamos a lo poético, apuntaré que varios críticos

    literarios han considerado asimismo la obra poética de López como la

    creación de un revolucionario. Sin embargo, nada más apartado de su

    pensamiento que tales presunciones. Porque, aunque no lo parezca, esa

    obra no estuvo condicionada por ningún intento revolucionario, pero ni

    siquiera innovador suyo. ¿Pruebas? Voy a citar enseguida las declaraciones

    que en una importante entrevista hiciera López al periodista cartagenero

    José Morillo, en las postrimerías de su vida, en 1950. Decía López:

    "Nunca presumí de innovar en poesía, de ser un 'poeta nuevo' en mi

    época. Apenas me he considerado un autor con un modo de sentir distinto,

    producto de un temperamento propio". Con pareja exactitud señaló que

    tampoco buscó una ruptura con la generación anterior. Muy por el

    contrario, profesó honda admiración por las cimeras figuras del

    modernismo. Lo que es más: sentía, con ufanía, que, en la suya, se

    continuaba y perfeccionaba la revol ución poética comenzada por aquellos

    poetas.

    Se me dirá, y es cierto, que tuvo una juvenil escaramuza con Rubén

    Darío, cuando éste dirigía la revista Mundial Magazine, desde París. Pero

    aquello, lo sabemos, no pasó de un simple mal entendido. Darío era,

    además, y lo fue siempre, admirador de López. Por otra parle, la huella de

    Darío en López es visible. (. ..mientras singla el piróscafo bajo el zafir del

    cielo, / cortando la infinita turquesa de la mar).

    Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí podría considerarse como un

    retrato a mano alzada de Luis Carlos López. Pero ese retrato me parece que

    quedaría incompleto si no se lo complementara con un boceto de lo que

    fue su parábola vital. Importa hacerlo, además, porque en torno a la vida

    de López ha habido tanta inocua especulación episódica, que

    Ampliar la noticia

    ANTONIO JOSÉ ÑITO RESTREPO

    Antonio José Restrepo nació en Concordia en 1855 y murió en Barcelona en 1933. En 1927 publicó El cancionero de Antioquia en el que incluyó más de mil coplas recogidas en su comarca natal y algunas de otras regiones de Colombia.1 Con esta obra la poesía popular se ve enriquecida por temas que estaban vedados por una pacatería de origen clerical, aceptada de buen grado por los cenáculos literarios, tanto de la prosa como del verso. Esos temas se abrieron paso en nuestras letras como armas de provocación y son, principalmente, las creencias religiosas planteadas como un asunto revisable; las clases sociales y el origen del poder, ridiculizados; y el tema del sexo, del acceso carnal y de las relaciones de pareja tratados en forma expresa, insistente, con gracia resalada e inagotable. Buen ejemplo son estas cuartetas, de las cuales las dos primeras son atribuidas por El Cancionero (pág. 124) a Francisco Ignacio Mejía (Tío Pacho):


    Admiro el desembarazo

    De mujer tan peregrina

    Que si así cierne la harina

    ¡Cómo será su cedazo!


    ¿Qué se casan? Ya lo sé.

    ¿Para qué? No se me responde.

    Pero esa chica ¿por donde?

    Y ese muchacho, ¿con qué?


    Yo quise una prima hermana,

    Una tía y una sobrina;

    El viejo se me escapó

    En el zarzo ´e la cocina.


    Méteme el dedo en… la boca,

    sacarás argollas de oro;

    méteme toda la mano

    y encontrarás el tesoro…


    Sacadas de una comarca campesina y minera, desfilan por las páginas del Cancionero diversas formas de la poesía menor: cuartetas, redondillas, décimas, con diferentes metros y rimas, algunas salen con toscas asonancias, otras con rima musical:


    Una niña me dijo

    en Salamina:

    ¿Cuándo va por el niño

    que ya camina?


    En ésta que es su obra principal y en otros escritos, Restrepo mantiene la preceptiva sobre las formas que siguieron los versificadores, anónimos o de nombre conocido y que nutren el inmenso venero de la poesía popular en Antioquia. En página 63 encontramos: “Las coplas son casi siempre en asonantes, aunque abundan también en consonantes. El octosílabo cantable es el único metro admitido, menos para la famosa tonada de guabina, en que es de regla la seguidilla de siete y cinco sílabas, suprimiendo generalmente los últimos tres versos…” En pág. 249: “…invariablemente la estrofa cantable antioqueña es el octosílabo del romance castellano”. Reclama el respeto por esas formas y cuenta –con mucha gracia– de un pueblerino respetable “que no leía versos si no eran en estrofas cuadraditas como los bocadillos de Vélez”. No se piense que la suya es una propuesta sobre cuartetas acartonadas sino que el respeto por la métrica permite multitud de licencias en el contenido, como en estas dos cuartetas, que traen una transposición la primera, y un juego de letras, la segunda:


    Mañana al trapiche voy,

    a pie, pero tempranito,

    a beber totuma en miel

    con mano Juan y quesito.


    De las cosas que me dan

    la que más me gusta a yo,

    una p con una i

    y una c con una o.


    También recoge el Cancionero ejemplos de métrica más suelta, como estos versos, sacados de los muchos que se cantaban con tonada de guabina:


    Dile, niña, a tu madre

    que no sea boba;

    que me tranque la puerta

    con una escoba…


    Unos sentimientitos

    tengo que darte

    cuando estemos a solas

    en cierta parte.


    Justo me quiere,

    yo quiero a Justo.

    Justo me cela,

    yo celo-a-Justo.

    1 Restrepo Antonio José, El cancionero de Antioquia, Editorial Bedout, Medellín,1971.

     

    II PARTE

    También Antonio José Restrepo (Ñito), en sus escritos sobre el tema, establece la raigambre de la poesía menor en Antioquia, como heredera del romance y de la copla españoles. Desde su adolescencia recogió en las minas, veredas y fondas del Suroeste de Antioquia un acervo de tradición oral que, acompañado por música, conservó en su memoria prodigiosa, enriqueció con sus propias aportes, organizó por temas y publicó durante una larga vida de conferencista y escritor. En 1911 leyó en Bogotá un extenso trabajo sobre la Poesía Popular en Colombia en el cual enseña que esta poesía “brota de todas partes y no sale de ninguna; la oímos dondequiera, aprendemos sus versos y tonadas (…) jamás se dejó poner a raya de nadie, corrió en sátiras mordaces y en desalmados cuartetos, no se vendió tampoco al poderoso, y estuvo a toda hora en boca de los truhanes y del ignorante vulgo”.

    Momento propicio para el verso es el de la trova, que surge entre dos repentistas que, acompañados de tiple u otro instrumento, intercambian cuartetas de tono menor sobre alguna anécdota del momento, temas de amor y desamor o entelequias por aclarar. “Cantan trovando, lo que debe entenderse respondiéndose uno a otro y hasta tres o cuatro parejas en redondel”. En el Diccionario Folklórico de Antioquia se transcribe un intercambio de trovas que Ñito tuvo con un campesino de Sonsón, a quien le salió con ésta:

    Dijo la niña Isabel

    Cuando con Juan se midió

    ¡no somos iguales!, no

    tiene un dedo más que yo.


    Le contesto el joven juglar:


    Juan si tiene un dedo más,

    la niña Isabel decía…

    ¡pero siempre deseosa

    del dedo más que él tenía!1


    Sin apartarse de las pautas impuestas por estos y otros precursores, van surgiendo poetas dedicados o cultivadores ocasionales que hacen narraciones en verso sobre las fiestas, las tragedias, la riqueza, la pobreza y sobre el filón inagotable de tipos populares y personajes cuestionables. La corriente de los escritos se mezcla con las creaciones de tradición oral, nacidas y trasmitidas bajo tonadas musicales que les confieren sello propio: la guabina, la caña, el gavilán, el caracumbé, el salgaelsol, el fandanguillo, la cartagena, el bizarro, la quebradita, la tirana, el gallinazo, el bambuco, los monos, el mapalé, el currulao. (Estos tres últimos propios de las tierras bajas).


    1 Sierra García Jaime, Diccionario folklórico antioqueño, segunda edición: Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1995.

     

     

    Concordia, Antioquia, tierra de Ñito

     

     

     

    Ampliar la noticia
    1