• JORGE POMBO AYERBE

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:


    De un balazo en el testuz

    y entre las godas legiones,

    murió un hijo de Jesús.

    Como aquél, murió en la Cruz

    y también entre ladrones.


    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:


    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división;

    más murmura la gente

    que sería más justo y más corriente

    hacerlo general de sustracción.

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama:


     

     

     

    El Ministro de…no sé

     

     

     

    juega tresillo conmigo;

    y al decirle: –Róbe, amigo,

    me contesta: –Ya robé!

     

     


    “Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:


     

    El usurero García

     

    de esta manera me hablaba,

     

    cuando el pésame me daba

     

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;

     

    lo acompaño en su quebranto

     

    y como lo siento tanto

    me debe el tanto por ciento.

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    JUAN DE CASTELLANOS


    Por Ramiro Montoya

    La escogencia del verso como forma de escritura para describir, criticar y ponderar acontecimientos y personas, está en la raíz misma de la nación colombiana, desde cuando Juan de Castellanos–uno de sus fundadores– dedicó los últimos 32 años de su vida a escribir las Elegías de varones ilustres de Indias en las que registra, con extensión de poema épico y detalles de cronista, el choque de los españoles con las tribus indígenas que habitaban lo que es el actual territorio de Venezuela y Colombia, la subyugación de esos pueblos y el nacimiento de un nuevo orden.

    En Las auroras de sangre,1William Ospina restablece el significado fundacional que la obra de este soldado de la conquista y clérigo en Tunja tiene para la poesía de Colombia y el Nuevo Mundo: “Es el primer poema verdaderamente americano de la historia escrito en lengua castellana, mucho más que una crónica en verso y mucho más que un relato histórico, un esfuerzo desmedido y afortunado por aprehender a América en el lenguaje y nombrarla por primera vez, no con el tono seco de un informe oficial, ni con el lenguaje fantasioso de un cazador de endriagos, ni con el tono probo pero incoloro de un acumulador de datos, sino con la voluntad de introducir todos esos hechos en el ritmo nuevo de la lengua, en la fluidez de una música, en un orden de belleza y de verdad” (pág.72). En alabanza a la inspiración de este poeta, Ospina sostiene que “en el corazón de esos hombres, perdidos en dédalos de insensibilidad y de ambición, cosa increíble, no había odio; por eso procuraban nombrarlo todo con amor; por eso, infatigablemente, podían cantar”. (pág. 96):

     

    Aquí se contarán casos terribles

     

    recuentros y proezas soberanas:

     

    muertes, riesgos, trabajos invencibles,

     

    más que pueden llevar fuerzas humanas,

     

    rabiosa sed y hambre perusina

    más grave, más pesada, más contina. (pág. 104).

    Bajo esa advertencia, cumplida en toda la extensión de la obra, afloran caricaturas de personajes como ésta del desnarigado Pedro de Heredia:


     

    Fue de Madrid hidalgo conocido,

     

    de noble parentela descendiente,

     

    hombre tan animoso y atrevido

     

    que jamás se halló volver la frente

     

    a peligrosos trances do se vido,

     

    saliendo dellos honorosamente;

     

    mas rodeándolo seis hombres buenos,

    escapó dellos las narices menos. (pág. 202).

    Con esos y otros ancestros de fecundos versificadores de la Colonia, a partir de la Patria Boba todo granadino y colombiano ha estado inclinado a poner en verso las dichas y desdichas de su tiempo y los sentimientos, amores y desamores personales. Los que han tenido acceso a pluma, tinta y papel los han dejado por escrito y otros con la facilidad del trovador –en un tributo a la primera forma de la poesía, la oral– los han improvisado en ferias, cantinas y tertulias bohemias, con ocasión de rivalidad entre varones o de galantería hacia las damas.

    Este ensayo se refiere a los poetas que, sin pretensiones de alcanzar las alturas de la consagración nacional, lograron estrofas de buena factura para reírse de gobernantes y prelados, de las desgracias de su tiempo, de sus contertulios y de ellos mismos. Alguno consiguió renombre en las antologías; pero el denominador común es la ligereza con que tomaban su vida y la alegría con que asumían el verso, pacientemente trabajado o elaborado sobre la marcha en ambientes de regocijo. Son versos festivos, improvisados, de encargo; pero son buenos versos.


    1 Ospina William, Las auroras de sangre, Editorial Norma, Bogotá, 1997. Estudio magistral sobre Juan de Castellanos (1522-1607), su época y sus Elegías, a las que se considera el poema más extenso de la lengua castellana, escrito en su mayoría en octavas reales –estrofas de ocho endecasílabos con rima ABABABCC–.



     

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