• LA GRUTA SIMBÓLICA

    Por Ramiro Montoya

    Como demostración de que la poesía de tono menor no es triste, ni reflejo del tedio provinciano sino su antídoto, se da el hecho de que fue la generación del romanticismo la que más entrañablemente se identificó con la alegría de sus logros, mientras –en paralelo– acercaba sus poemas de tono elevado a cenicientos entornos del dolor y la muerte. Tuvo vigencia esa generación a finales del siglo XIX y principios del XX, en Bogotá, una aldea gris con menos de cien mil habitantes, capital de un país que por tres años (1899-1902) sufrió la última de las guerras civiles y que a partir de 1903 vivió humillado e impotente con la pérdida de Panamá. El ambiente no podía ser más propicio para que el grupo de sus intelectuales se adscribiera a un romanticismo trasnochado, entre el cual la única sonrisa que podía verse era la de sus poesías festivas, llenas de ironía y fino humor.

    Según los cronistas de la época, a causa de la guerra civil que se libraba en los campos, las autoridades suspendieron los pocos espectáculos nocturnos que había en Bogotá y exigían salvoconducto para transitar por las calles después de las siete de la noche; por eso “para alegrar la monotonía del ambiente al par que tener un refugio intelectual para poder mitigar las amargas horas que en esos días se vivían”, algunos jóvenes literatos buscaron refugio en la casa de Rafael Espinoza Guzmán –Reg– en la cual organizaron un tertulia que fue bautizada como “La Gruta Simbólica”. Se ha dicho que con ese nombre querían apartarse de la escuela romántica y acercarse al simbolismo, pero la verdad es que esta tendencia francesa no tuvo ningún seguimiento y en ningún momento dejaron su romanticismo.

    Sobre el dualismo entre lo festivo y lo romántico es buena la descripción que hizo Eduardo Carranza: “Hidalgos tocados por el ramo poético, versificadores jocundos o melancólicos, ingenios satíricos y festivos, poetas sentimentales y lunáticos, seres nocturnos y funambulescos (…) Nos han dejando una estela encantadora de epigramas, equívocos, coplas salaces, donaires picarescos, retruécanos y caricaturas verbales en verso, piropos y galanías: todo ellos nominado genéricamente chispazos. Y otra estela húmeda y enlunada de versos de muy diversa calidad al modo romántico en su crepúsculo enervante, febril, lloroso y necrofílico”.

    Desde entonces se formalizaron las reuniones, casi siempre en la casa de (Rafael) Espinosa, Conde de Chascarralia, mecenas del grupo. La rutina consistía el leer en voz alta poemas o textos en prosa –muchos de ellos improvisados– por los tertuliantes; representar comedias o sainetes; tocar y cantar bambucos o pasillos y beber grandes cantidades de licor, hasta la madrugada. Se mezclaba la poesía “seria” con piropos, chispazos, chascarrillos y calambures. En las sesiones solemnes se concedía grado en chistografía, o el título de Noctívago número 33, parodiando las ceremonias de la masonería. Y se cultivaban el arte de la conversación, tal vez perdido para siempre, y un acendrado sentido de la amistad. Había concursos de chispazos, batallas de sonetos, y campeonatos de siluetas bogotanas como la de don Vicente Montero –famoso inventor de extrañas cosas, como la máquina de coger culebras (…). Otros lugares de reunión eran bares, cantinas, restaurantes o piqueteaderos: La botella de oro, La torre de Londres, La rosa blanca, La cuna de Venus y La gata golosa, como llamaban los parroquianos a La gaité gauloise (La alegría gala). El licor consumido dependía del anfitrión o del bolsillo: cerveza La Pita, Néctar, champaña o brandy Tres Estrellas. Pero lo cierto es que los miembros de la Gruta se bebían hasta el agua de los floreros”. Adentrándose en la bruma sabanera había explosiones de vida en los piqueteaderos de viandas abundantes y trastiendas de chicha y licores baratos, por los cuales desfiló un numeroso grupo de cachacos que desde las polainas hasta el sombrero vestían una indumentaria propia de los figurines de mediados del siglo XIX, señal de su pretendido entronque europeo y de su clase, ya que pertenecían a familias con humos de hidalguía, casi todas con mediana fortuna.

    Las reuniones y tenidas se amenizaban con música que ellos mismos interpretaban, eran consumados pianistas y violinistas, y maestros de tiple, requinto y bandola, de modo que la vespertina literaria fácilmente terminaba en serenata nocturna. Para el trago no había un anfitrión puntual sino que se financiaba con lo que cada cual podía aportar y el consumo era de cerveza, aguardiente, ron, champaña, coñac. Cada brindis con su correspondiente chispazo:


    Tú, que eres bella entre las bellas,

    aunque esto te cause enojos,

    vendes brandy “Cinco Estrellas”:

    tres, que están en las botellas

    y dos que tienen tus ojos.

    (Víctor Martínez Rivas).


    Pertenecían a una hermandad libre de envidias y rencores, tan comunes entre literatos. Todo en ellos era alegría, espiritualidad, humor de los más altos quilates (…) Esta generación guiada por ideales y ensueños superiores, tenía por el dinero olímpico desprecio. La casona familiar de Reg dio albergue al grupo de los fundadores desde 1900 hasta diciembre de 1903. Ciertas formalidades de la Gruta dejaron de oficiarse y el nombre quedó para la posteridad, aunque la mayoría de los tertuliantes continuaron en su bohemia literaria. El siguiente paso fueron las animadas sesiones en La Gran Vía, almacén de rancho y licores que aún existe en el mismo local de la carrera séptima entre calles 17 y 18. La trastienda tenía pequeños salones reservados para grandes libaciones, al fondo el piano. Las tertulias se sucedieron por muchos años, los ecos de la Gruta se fueron apagando, y solamente quedaron imprecisas referencias sobre un tiempo que se juzgaba mejor para el quehacer poético. Allí se suicidó, en 1931, el caricaturista Ricardo Rendón.

    Los ingredientes que encontramos en los versos de este grupo son el ingenio inagotable, la riqueza verbal nutrida de todas las fuentes del idioma y la oportunidad que por un instante les confiere brillo, pero también los arrastra hacia la anécdota perecedera. Su expresa voluntad de ser alegres nace de un impulso lúdico que toma el idioma como juguete de goces intelectuales y busca que la estrofa cree una situación jocosa para que los versos finales lleven a la risa. Las situaciones que aborda el poeta no siempre son ligeras, con frecuencia debe enfrentar la fuerza o el poder, para lo cual le queda la salida satírica. Es un género de fronteras huidizas, que algunos quieren encuadrar como “epigramas”, dentro del cual caben la sátira, la copla, la trova, la charada, el retruécano, y hasta el chispazo de filiación muy bogotana.

    Otro elemento del juguete verbal era el molde en que debía meterse cada destello de acuciante inspiración: al bardo de la Gruta Simbólica le resultaba de absoluta facilidad encontrar la forma que debía dar a sus versos y cada tema iba saliendo en el molde apropiado, dentro de una amplia panoplia de estrofas a la moda: el pareado, la cuarteta con sus formas de seguidilla o redondilla, la décima, el soneto.


    INTEGRANTES DE LA GRUTA, MUESTRAS DE SUS OBRAS

     

     

    Clímaco Soto Borda

     

    La Gruta Simbólica llegó a tener 60 miembros, entre activos, espectadores e invitados. Fabio Peñarete en la crónica de ese grupo y selección de sus chispazos, trae la lista, con la advertencia de que algunos fueron asistentes esporádicos, pero los registra porque alcanzaron prestigio en otros ámbitos, como Rafael Pombo, Aquilino Villegas, Enrique Álvarez Henao, Julio Flórez, Emilio Murillo, Gonzalo Vidal.

    A Clímaco Soto Borda la apariencia física, el talante a la medida y la inspiración desbordante lo perfilan como el poeta insignia de esta generación. No figura entre los fundadores de la tertulia, pero su cultura literaria y su aptitud para el verso festivo lo consagraron como el orientador de sus contemporáneos. Dejó una obra de singular perfección y simpatía que perdura. Los excesos de la bohemia transformaron al cachaco bien vestido en cliente moroso de fondas y cantinas, y su vida se agotó a los 49 años: nacido en 1870, murió en 1919. Fue cronista, periodista, co-fundador de El Rayo X, primer diario liberal de Bogotá; autor de la novela Diana cazadora y del libro de cuentos Polvo y ceniza. Era un repentista imbatible, que podía desplegar la mayor gracia sin salirse de la forma:

    Esos tres lunares son 

    las tres piedras del fogón

    donde calentar quisiera,

    vida mía,

    la olla fría 

    de mi amante corazón.

     

    Su auto-retrato es una joya, en nueve versos de arte menor con rima de pareados en consonante, excepto el primer verso que rima con cuarto y quinto. Es rara composición en la rima castellana. Puede verse también como una redondilla y una quintilla unidas:
     

    Este soy, un pobre diablo

    ue a tragos pasa la vida

    en verso y prosa, perdida  

    en el juego del vocablo.

    El alma, como un venablo,

    me hirió el amor enemigo,  

    más no importa: sumo y sigo, 

    que aún me queda corazón

    para darlo con pasión.


    Sobre Soto Borda escribió Armando Solano: “Él santificó con el prestigio de interminables veladas –en las que la gracia y el buen gusto se vertían pródigamente, cual los demás licores– el rótulo desteñido de muchos bodegones románticos. Él fue con sereno valor, con la conciencia de su alto mérito y de su talento inimitable, algo así como el pobre Lelián de este medio raquítico y conventual”. (Pauvre Lelian, anagrama de Paul Verlaine).

    Jorge Pombo Ayerbe (1857-1912) personifica la más completa facilidad para hacer versos que se conociera en tiempos de la Gruta Simbólica y en años posteriores. Un talento en el que confluían la inspiración, la visión lúdica de su tiempo y de sus gentes, el dominio del idioma y de las formalidades del verso. Tenía una amplia cultura, conocía seis idiomas, viajó por Europa y Norte América. En las guerras civiles consiguió el grado de capitán de los ejércitos liberales, luego fue periodista, director de periódicos, editor, librero, dueño de una de las más amplias bibliotecas de su tiempo. Tocaba el piano, componía música, cantaba, improvisaba versos ligeros, y los escribía de cualquier género con calidad antológica. Sobre un jesuita que resultó muerto en el Alto de la Cruz cuando acompañaba a la tropa de los conservadores, escribió esta quintilla:
     

    De un balazo en el testuz 

    y entre las godas legiones, 

    murió un hijo de Jesús. 

    Como aquél, murió en la Cruz 

    y también entre ladrones.

    Sobre un general que recibió ascenso, en este quinteto los versos salen con métrica de arte mayor:
     

    El Gobierno a un tunante de repente

    elevó a general de división; 

    más murmura la gente 

    que sería más justo y más corriente 

    hacerlo general de sustracción. 

    Magistral manejo de todos los elementos en este epigrama: 

    El Ministro de…no sé 

    juega tresillo conmigo; 

    y al decirle: –Róbe, amigo, 

    me contesta: –Ya robé!

     

    Jorge Pombo Ayerbe

     

    Cástor y Pólux” fue un pseudónimo de Soto Borda y Pombo Ayerbe para firmar epigramas hechos al alimón, como este titulado “¡Jesús, que rata!”:
     

    El usurero García 

    de esta manera me hablaba, 

    cuando el pésame me daba 

    por la muerte de una tía:

    Sí señor, tánto lo siento;  

    lo acompaño en su quebranto 

    y como lo siento tanto 

    me debe el tanto por ciento.

     

     

     

    Otros de la Gruta. Roberto Mac Douall:

    Hubo en la Recaudación 

    un ave de mala pluma, 

    que nada sabía de suma, 

    pero sí de sustracción.


    El curandero Morales 

    que tú de médico tienes– 

    en vez de sacar los males

    lo que saca son los bienes.


     

    Eduardo Echeverría

    Hay un problema endiablado 

    que me mantiene aburrido: 

    ¿Por qué estando yo quebrado 

    no he de ser un buen partido?

     

    Miguel Peñarredonda:

    En casa de don Jesús 

    y bailando con Crispín,

    le dio a Rosa un patatuz  

    y quedó privada al fin. 

    La vio el médico Agapito 

    y dijo ante la reunión: 

    Yo creo que la privación 

    es causa del apetito...


    Gonzalo Vidal (Popayán, 1863 – Bogotá, 1946):

    Tan largo estaba el discurso 

    del diputado Juan R., 

    que uno de la barra dijo: 

    Don Juan: cuando acabe, ¡cierre!

     

    Lleva consigo revólver, 

    muy arrogante, Giner,

    porque ha observado que nunca  

    le estorba para correr.


    Eduardo Ortega hace su “Semblanza” en esta décima:

    Escribo versos muy bellos

    repletos de inspiración,  

    y dejo mi corazón 

    hecho jirones en ellos. 

    Llevo en el alma destellos

    de la chispa que poseo,

    pero cuando alguno veo,  

    hombre o mujer, ¡cosa rara! 

    todos me miran a la cara 

    y luego dicen: –¡Qué feo!


    Fórmula”. (Con el juego de escribir “ciento” como número 100):

     

    Con cualquier preparación 

    se llena un baño de a...100, 

    se llena un fatuo de viento 

    y una botella de ron. 

    Lo que es a mi corazón, 

    que pesa lo que no vale 

    y salta dále que dále

    con su esperanza burlada,

    no se le puede echar nada  

    porque está roto y se sale.

     

    Con epigramas de esta factura los poetas de la Gruta Simbólica impresionaron a las gentes de principios del siglo XX y de épocas posteriores, con tal extensión y profundidad que dieron origen a una endemia nacional del verso festivo, que todavía tiene focos de propagación y produce frecuentes ediciones. El perfil romántico del versificador marginado también se ha propagado y cada generación hace su aporte de poetas con desigual aptitud para el verso, el humor, la ironía y la crítica social. En cada ciudad y provincia queda alguien, en actitud bohemia, para ejercer el derecho a la poesía menor.




     




     

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    DgXvftzJnMvgFavK25/02/2010 08:09:53

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