• JOSE EUSTASIO RIVERA

    JOSÉ EUSTASIO RIVERA, POETA Y NOVELISTA

     

    Nació Neiva el 19 de febrero de 1889 y murió en Nueva York el 1 de diciembre de 1928. Maestro y abogado, de dedicó al quehacer político, siendo parlamentario, cumplió diversas misiones diplomáticas en Perú, Cuba y México. A los 30 años en su libro de versos “Tierra de promisión” publica sonetos de lograda arquitectura formal y estilo parnasianos, con singulares descripciones de la vida de los Llanos Orientales, logrados con sorprendente serenidad lírica.

    Su nombre es inmortal por “La Vorágine”, calificada de “novela nacional por excelencia” donde el estilo de su prosa y serenidad casi impasible, describe la vida en las caucherías de las selvas del alto Amazonas. Con esta novela el mundo conoció por primera vez el drama oscuro e ignorado del cauchero indígena, esclavo contemporáneo de la civilización blanca. Rivera pudo escribir esta obra gracias a sus observaciones en el terreno de los sucesos siendo miembro de la comisión de límites entre Colombia, Venezuela, Brasil y Ecuador, que le dió oportunidad de recorrer el Orinoco, el Negro y el Casiquiare e internarse en las selvas amazónicas.


     

    LOS POTROS


    Atropellados, por la pampa suelta,

    los raudos potros, en febril disputa,

    hacen silbar sobre la sorda ruta

    los huracanes en su crin revuelta.


    Atrás dejando la llanura envuelta

    en polvo, alargan la cerviz enjuta,

    y a su carrera retumbante y bruta,

    cimbran los pindos y la palma esbelta.


    Ya cuando cruzan el austral peñasco,

    vibra un relincho por las altas rocas;

    entonces paran el triunfante casco,


    resoplan, roncos, ante el sol violento,

    y alzando en grupo las cabezas locas

    oyen llegar el retrasado viento.

     

    LA VORÁGINE (fragmento inicial)

     

    Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores ni de la confidencia sentimental ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino de amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.

    Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos -tediosos de libertad- se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

    Alicia fue un amorío fácil; se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros.

    -Yo moriré sola -decía-: mi desgracia se opone a tu porvenir.

    Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente:

    -¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor.

    ¡Y huimos!

    Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente al insomnio.

    Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos límites, veía parpadear las estrellas. Los follajes de las palmeras que nos daban abrigo enmudecían sobre nosotros. Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la transparencia del aire. Al lado de mi chinchorro, en su angosto catrecillo de viaje, Alicia dormía con agitada respiración.

    Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiadoras:

    ¿Qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad? ¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une lo anuda el hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta criatura lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el ideal no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo, ¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y aunque ahora recibas el calor de su sangre y sientas su respiro cerca de tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos, de ella como de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte.

    En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi energía desmayara ante la responsabilidad de mis actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio de la manceba. Poco empeño hubiera sido el poseerla, aun a trueque de las mayores locuras; ¿pero después de las locuras y de la posesión?...

     

    Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando las cabalgaduras.

    Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugitivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la vía para esquivar el encuentro con los transeúntes, campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro paso interrogándome conmovidos:

    -Patrón, ¿por qué va llorando la niña?

    Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté romper el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión. Por las afueras del pueblo pasamos la primera noche, y desviando luego hacia la vega de río, entre cañaverales ruidosos que nuestros jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una enramada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo sentimos gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se cocía la miel cruzaban intermitentes las sombras de los bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres aderezaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para calmarle la fiebre.

    Allí permanecimos una semana.

    El peón que envié a Bogotá a caza de noticias, me las trajo inquietantes. El escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de mis malquerientes; comentábase nuestra fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta del amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención tenía este remate: "¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un hombre como tú busque el desierto?"

    Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y le instó con zalemas a que le mostrara algunas de las monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, "en lo que no había nada de malo, dada la tirantez de la situación". Al siguiente día partimos antes del amanecer.

    -¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?

    -¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿Para qué me trajiste? Porque la idea partió de ti. ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!

    Y de nuevo se echó a llorar.

    El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de su fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los días que me conoció. Ella se había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque, con quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el vejete por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuantiosas dádivas y estrechó el asedio ayudado por la parentela entusiástica. Entonces, Alicia, buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.

    Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, quería casarse con ella.

    ¡Déjame! -repitió, arrojándose del caballo- ¡De ti no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos un alma caritativa! ¡infame!, nada quiero de ti.

    Yo, que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo replicarle a una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente mudo, en tanto que ella, sentada en el césped, con mano convulsa arrancaba puñados de yerba...

    -Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.

    -¡Nunca!

    Y volvió los ojos a otra parte.

    Quejóse luego de descaro con que la engañaba:

    -¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es ahora, ¿qué será después? ¡Déjame! ¡A Casanare, jamás, y contigo, ni al cielo¡

    Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole sus celos con un abrazo de despedida. ¿Si quería que la abandonara, tenía yo la culpa?

    Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación, vimos descender por la pendiente un hombre que galopába en dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi brazo.

    El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo en la mano.

    -Caballero, permítame una palabra.

    -¿Yo? -repuse con voz enérgica.

    -Sí, su mercé. -Y terciándose la ruana me alargó un papel enrollado- Es que lo manda notificar mi padrino.

    -¿Quién es su padrino?

    -Mi padrino, el alcalde.

    -Esto no es para mí -dije, devolviendo el papel, sin haberlo leído.

    -¿No son, pues, sus mercedes, los que estuvieron en el trapiche?

    -Absolutamente. Voy de intendente a Villavicencio, y esta señora es mi esposa.

    Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.

    -Yo creí -balbuceó- que eran sus mercedes los acuñadores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino estaba en el campo, pues sólo abre la alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora soy comisario...

    Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el rostro con la gasa de¡ sombrero. El importuno nos veía partir sin pronunciar palabra. Mas de repente montó en su yegua, y acomodándose en la enjalma que le servía de montura, nos flanqueó sonriendo:

    -Su mercé, firme la notificación para que mi padrino vea que cumplí. Firme como intendente.

    -¿Tiene usted una pluma?

    -No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contrario, el alcalde me archiva.

    -¿Cómo así? -respondíle sin detenerme.

    -Ojalá su mercé me ayude, si es cierto que va de empleado. Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel; y luego, a falta de comisario, me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me dicen Pipa.

    El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra relatando sus padecimientos. Pidióme la maleta de la ropa, y la atravesó en la enjalma, sobre sus muslos, cuidando de que no se cayera.

    -No tengo -dijo- con qué comprar una ruana decente, y la situación me ha reducido a vivir descalzo. Aquí donde sus mercedes me ven, este sombrero tiene más de dos años, y lo saqué de Casanaré.

    Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos.

    -¿Ha vivido usted en Casanare? -le preguntó.

    -Sí, su mercé, y conozco el llano y las caucherías del Amazonas. Mucho tigre y mucha culebra he matado con la ayuda de Dios.

    A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus recuas. El Pipa les suplicaba:

    -Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.

    -No "cargarnos" eso.

    -Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de la señora -le dije en voz baja- Siga usted conmigo, y en la primera oportunidad me da a solas los informes que puedan ser útiles al intendente.

    El dichoso Pepe habló cuanto pudo, derrochando hipérboles. Pernoctó con nosotros en las cercanías de Villavicencio, convertido en paje de Alicia, a quien distraía con su verba. Y esa noche se picureó, robándose mi caballo ensillado.

    Mientras mi mentoria se empañaba con estos recuerdos, una claridad rojiza se encendió de súbito. Era la fogata de insomne reflejo, colocada a pocos metros de los chinchorros para conjurar el acecho del tigre y otros riesgos nocturnos. Arrodillado ante ella como ante una divinidad, don Rafo la soplaba con su resuello.

    Entre tanto continuaba el silencio en las melancólicas soledades, y en mi espíritu penetraba una sensación de infinito que fluía de las constelaciones cercanas.

    Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se había hundido irremediablemente la mitad de mi ser, y ya debía iniciar una nueva vida, distinta de la anterior, comprometiendo el resto de mi juventud y hasta la razón de mis ilusiones, porque cuando reflorecieran ya no habría quizás al quién ofrendarlas, o dioses desconocidos ocuparían el altar a que se destinaron. Alicia pensaría lo mismo, y de esta suerte, al par que me servía de remordimiento, era el lenitivo de mi congoja, la compañera de mi pesar, porque ella iba también, como la semilla en el viento, sin saber adónde, y miedosa de la tierra que la esperaba.

    indudablemente, era de carácter apasionado: de su t triunfaba a ratos la decisión que Imponen las cosas irreparables. Dolíase otras veces de no haberse tomado un veneno.

    -Aunque no te ame como quieres -decía-, ¿dejarás de ser para mí el hombre que me sacó de la inexperiencia para entregarme a la desgracia? ¿Cómo podré olvidar el papel que has desempeñado en mi vida? ¿Cómo podrás pagarme lo que me debes? No será enamorando las campesinas de las posadas ni haciéndome ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto es lo que piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me conoces. ¡Tú responderás!

    -¿Y sabes que soy ridículamente pobre?

    -Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El amparo que ahora te pido no es el de tu dinero, sino el de tu corazón.

    -¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte de manera espontánea? Por ti dejé todo, y me lancé a la aventura, cualesquiera que fuesen los resultados. ¿Pero tendrás valor de sufrir y confiar?

    -¿No hice por ti todos los sacrificios?

    -Pero le temes a Casanare.

    -Le temo por ti.

    -¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!

    Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavicencio la noche que esperábamos al jefe de la gendarmería. Era éste un quídam semicano y rechoncho, vestido de caqui, de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.

    -Salud, señor -le dije en tono despectivo cuando apoyó su sable en el umbral.

    -¡Oh, poeta! ¡Esta chica es digna hermana de las nueve musas! ¡No sea egoísta con los amigos!

    Y me echó su tufo de anetol en la cara.

    Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en el banco, resopló, asiéndola de las muñecas:

    -¡Qué pimpollo! ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Soy Gámez y Roca, el general Gámez y Roca! Cuando eras pequeña te sentaba en mis rodillas.

    Y probó a sentarla de nuevo.

    Alicia, inmutada, estalló:

    -¡Atrevido, atrevido! -Y lo empujó lejos.

    -¿Qué quiere usted? -gruñí, cerrando las puertas. Y lo degradé con un salivazo.

    -¿Poeta, qué es esto? ¿Corresponde así a la hidalguía de quien no quiere echarlo a prisión? ¡Déjeme la muchacha, porque soy amigo de sus papás, y en Casanare se le muere! Yo le guardaré la reserva. ¡El cuerpo de¡ delito para mí, para mí! ¡Déjemela, para mí!

    Antes que terminara, con esguince colérico le zafé a Alicia uno de sus zapatos, y lanzando al hombre contra el tabique, lo acometí a golpes de tacón en el rostro y en la cabeza. El borracho, tartamudeante, se desplomó sobre los sacos de arroz que ocupaban el ángulo de la sala.

    Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don Rafo y yo huimos en busca de las llanuras intérminas.

    -Aquí está el café -dijo don Rafo, parándose delante del mosquitero- Despabílense, niños, que estamos en Casanare.

    Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio.

    -¿Ya quiere salir el sol?

    -Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va llegando a la loma. -Y nos señaló don Rafo la cordillera, diciendo-: Despidámonos de ella, porque no la volveremos a ver. Sólo quedan llanos, llanos y llanos.

    Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la madrugada, un olor a pajonal fresco, a tierra removida, a leños recién cortados, y se insinuaban leves susurros en los abanicos de los moriches. A veces, bajo la transparencia estelar, cabeceaba alguna palmera humillándose hacia el oriente. Un regocijo inesperado nos henchía las venas, a tiempo que nuestros espíritus, dilatados como la pampa, ascendían agradecidos de la vida y de la creación.


     

     

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    Lista de comentarios

    OHAN DAVID OSPINA LOSADA16/02/2010 22:33:10

    MUY BUENA ESTA PAJINA GRACIAS AQUI ENCONTRE UNA TAREA GRACIAS AL CERADOR GRACIAS

    1

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