• JOSÉ ASUNCIÓN SILVA, POETA, BIOGRAFÍA

    JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (1865-1896)

    Durante un siglo colombianos y extranjeros han leído la obra de José Asunción Silva con sincero interés. Han expresado su admiración en páginas que iluminan aspectos de su poesía y su novela y que establecen, a lo largo de estos cien años, las modalidades de recepción crítica de una de las más notables creaciones literarias colombianas.

    Aun cuando ya se han hecho tres recopilaciones de trabajos críticos sobre Silva |y en los últimos años la biografía pionera de Alberto Miramón se ha visto superada por nuevos aportes, entre los que se destaca el libro de Ricardo Cano Gaviriatodavía subsisten multitud de miradas sin recopilar que nos permiten medir la sugerente resonancia de su escritura. Y la forma como ella se ha estudiado mediante muy diversos análisis.

    Cómo en muchos casos, su obra se convierte en un simple pretexto para trasmitir los intereses de la hora y cómo en una segunda vuelta del tiempo todos esos análisis se van adhiriendo como pólipos a la desnuda música de sus versos, otorgándoles la pátina de una riqueza más honda. De un eco que se prolonga y modifica a través de oyentes dispersos en el tiempo y en el espacio! ¿Por qué el mismo poema suscita reacciones tan variadas? No se trata tan sólo de un ejercicio universitario, como, con tanta agudeza, propuso I. A. Richards en |Lectura y crítica (1929, versión española, 1967) sino, en cierto modo, de un corte longitudinal a lo largo de nuestra historia literaria y sus repercusiones en todo el ámbito de la lengua española.

    Tales reacciones van desde quienes conocieron a Silva y permanecieron dentro de la órbita de una personalidad singular y un drama humano que marcaría, por mucho tiempo, cualquier aproximación a sus textos, enturbiados por el escándalo de su muerte, hasta los estudiosos que revalúan hoy una novela como |De sobremesa y la sitúan, de lleno, dentro de la renovación modernista y sus preocupaciones esotéricas. Cada época proyecta sus intereses al poner énfasis, en los mismos renglones, sobre quien los redactó o en la buscada autonomía de tales textos.

    Entre esos dos puntos operan ensayistas hispanoamericanos como Rufino Blanco Fombona y Ventura García Calderón, o poetas como el español Francisco Villaespesa, tan influido por Silva, el nicaragüense Salomón de la Selva, el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y los colombianos León de Greiff y Germán Pardo García, quienes desde su ademán creativo asediaron el mundo de Silva, en pos de sus propias imágenes personales, como es obvio, pero también como un reconocimiento franco de quien los urgía y conmovía con la sinceridad entrañable de su poesía, en especial el "Nocturno", por antonomasia, piedra de toque de cuantos escriben sobre su obra.

    De todos modos, en este repaso de textos, que atiende tanto a las peculiaridades de la ciudad que lo vio nacer -caso del historiador Indalecio Liévano Aguirre- como a los conflictos sociales, económicos y políticos que un español como Juan de Garganta resume, en 1947, revisando la bibliografía disponible hasta la fecha, es factible concluir reafirmando el valor innegable de su aporte, ya nunca más regateado al lado de las figuras centrales de su tiempo, como es el caso de Rubén Darío y José Martí, cuyas obras leyó, asimiló e hizo suyas incluso hasta la parodia.

    II

    ¿Quién fue entonces este poeta singular? Hijo de una familia acomodada de origen andaluz, su padre, Ricardo Silva, era un escritor costumbrista dueño de un almacén bogotano, como varios de su época, que importaba de Europa artículos de lujo.

    Después de la muerte de su padre, Silva verá quebrar tal negocio y sufrirá el embargo que su abuela materna le declara luego de padecer 52 ejecuciones judiciales. Verá también morir a Elvira, su hermana más querida, y en el naufragio del vapor |L´Amerique desaparecer lo que consideraba más valioso de su obra literaria. A pesar de tales desdichas muchos continuaron aludiendo a la belleza de su figura, la elegancia de sus maneras y la pulcritud de su camisa. Un dandy nazareno que buscaba ser fiel, hasta el final, al desapego apolíneo, sintetizado en esta frase: "Antes me verán muerto que pálido".

    Las anécdotas nos lo muestran sensible e irónico, avanzado para su tiempo pero unido de modo irremediable con su entorno, que lo vio vivir durante treinta y un años y le dictó muchas de las pautas de su conducta. Un viaje a Europa y una estadía en Caracas, como miembro de la legación colombiana, constituyen sus dos únicas salidas al exterior, igualmente decisivas: adquirió distancia. Supo de otras formas de convivencia. Se sintió sólo y escribió para comunicar ese misterio que une a todos los hombres.

    Una última y fracasada aventura comercial -el montaje de una fábrica de baldosines de cemento- y una cena final, con diez amigos, cierra la breve novela de su existencia. Luego de ella, y vestido con elegancia, se dispararía un tiro en el corazón: el lugar preciso que un médico amigo le había señalado días antes. No vio publicada su obra.

    Tales elementos darían origen a una catarata inagotable de medallones románticos, agravados por unos supuestos amores con su hermana, y harían de su silueta la de un maldito o, por lo menos, un "raro", para usar la terminología impuesta por Darío. Tal sustrato se percibe en múltiples aproximaciones a Silva. La leyenda será consustancial a su figura. Ni la más objetiva de las lecturas puede prescindir de tales datos.

    Pero el ser alejado del mundo, víctima de la ensoñación, impráctico para los negocios, era también el miembro de una familia liberal atraído pragmáticamente por la pragmática política conservadora de Rafael Núñez. Al elogiar los versos de Núñez, Silva buscaba conservar su puesto diplomático o, si era posible, mejorarlo.

    Lo apasionante, en todo caso, fueron sus contradicciones y la forma como se trasmutaron en un música verbal de nitidez mágica. No era un hombre al margen de las tensiones sociales de su pequeño mundo, de las herencias y los pleitos del sectarismo político y las heridas no cerradas de varias guerras civiles. Pero era, ante todo, un poeta. Pudo escribir sobre los fantasmas difuntos que la bruma de su ciudad natal insinuaba en torno suyo.

    Algo de esto había visto Laureano García Ortiz en 1896 al decir:

    Si bien es cierto que Silva era de naturaleza sensible en grado extremo, y de una sensibilidad que no iba siempre en vía y a paso normales, igualmente es cierto que jamás apareció en él indicio alguno |sentimental; murió, según todo lo hace creer, en ejercicio de una libre y fría volición, como ponían fin a su vida las
    fuertes naturalezas del paganismo 

    Esa fuerza para hacer suyo el destino también se percibe en, sus versos: trascienden su época convertidos en imagen aún válida.

    Si en la adolescencia comienza a ayudar a su padre en el negocio familiar y a los 18 años fue incorporado como socio, teniendo que habilitarle la edad, su interés por la poesía se mantendrá alerta a lo largo de estos años y la literatura francesa, como apunta Sanín Cano, estará siempre presente dentro de su horizonte intelectual.

    Pero ese afrancesamiento, consustancial al latinoamericano de la época, no eludía, en ningún momento, el humus cultural que su medio le proporcionaba. El cual, como lo ha sintetizado Malcom Deas refiriéndose al período de hegemonía conservadora entre 1885 y 1930, podía resumirse así:

    cuidar la lengua es preservar la comunicación con el mundo hispanoparlante,

    añadiendo, al referirse a Miguel Antonio Caro:

    La preocupación por el idioma no se derivaba del temor al aislamiento aunque Colombia estuviera aislada, ni del menguante nivel de comunicación con los mexicanos, chilenos o argentinos, que le importaban poco. Me parece que el interés radicaba en que la lengua le permitía la conexión con el pasado español, lo que definía la clase de república que estos humanistas querían .

    No fue Silva, como se dijo, un solitario aislado en su torre de marfil. Sí un hombre de carácter que sabía trazar distancias y que trató, en prosa y verso, de lograr que los modos de percepción de la realidad se hiciesen más sutiles, al trascender el debate que muchos de sus poemas plantean -el peso de la herencia hispánica, el drama de las guerras civiles, el papel de Bolívar- hacia una dimensión más compleja e íntima, de innegable universalidad. Fue crítico de su herencia, pero lo mejor suyo es la consubstanciación entre la palabra y un clima que sin la palabra no subsistiría envuelto entre las nieblas del deseo.

    III

    Ismael Enrique Arciniegas recuerda su participación en las reuniones que se realizaban en la imprenta de José María Rivas Groot. Allí donde se compiló |Víctor Hugo en América y en las cuales participaban Julio Flórez, Diego Uribe, Federico Rivas Frade, los hermanos León Gómez, Joaquín González Camargo y Carlos Arturo Torres, el ensayista de los |Idola Fori. En ellas Silva leyó "Ars", su definición estética, y páginas en prosa.

    Allí se acordó publicar un libro colectivo de poesía con el título de Arpas amigas que luego se convertiría en |La lira nueva (1886), cuyo prólogo, firmado por Rivas Groot, sintetiza el idea firmado por Rivas Groot, sintetiza el ideario del poeta del momento en tres palabras-temas: "Cristo, la Re pública y la Naturaleza".

    Un ideario que no coincide exactamente con el de Silva. El suyo era más amplio, sí, pero también más ceñido a la propia fuerza expresiva de su trabajo verbal. No era un teórico de la reconciliación histórica con España. Era un creador que transformaba la lengua española y le hacía decir:

    El verso es vaso santo. Poned en él tan solo
    Un pensamiento puro,
    En cuyo fondo bullen brillantes las imágenes,
    Como burbujas de oro de viejo vino oscuro.

    En dicha tertulia se rechazaban los versos agudos y esdrújulos. Las octavas bermudinas, las octavas reales, las sextillas que puso de moda el doctor Rafael Núñez. Se vivía, en consecuencia, dentro del debate vital del idioma. De sus modos de conjurar una realidad fugaz.

    En una Bogotá "aletargada y brumosa" la vida literaria podía ser muy intensa, mezclada con las pasiones políticas, las preocupaciones gramaticales y los "sueltos", con pseudónimo, que todos los periódicos acogían, recogiendo chismes y maledicencias: así lo ha rescatado Enrique Santos Molano en |El corazón del poeta (1992). Otra biografía de Silva donde se palpa la estrecha ligazón entre el poeta y su mundo.

    La vida social, dentro de los comprensibles límites de una ciudad que sólo en 1900 alcanzaría los 100.000 habitantes, desplegó en torno suyo la secuencia de cenas y bailes, escenario este último de varios de sus poemas, como lo corroboran la crónica humorística de Clímaco Soto Borda y las propias crónicas de Silva, v.gr. la dedicada a la fiesta de los Koop (1887) .

    La doble vida del joven de sociedad que buscaba compaginar sus actividades de comerciante y poeta, no queriendo que las segundas interfiriesen en el crédito que los prestamistas le otorgaban para subsistir a él y su familia en la primera, será una constante y explica quizá el sarcasmo de sus "Gotas amargas".

    Exudaba lo que había visto y padecido. Hacía público el malestar que le producía tal conflicto y la estrechez burguesa de su clase social leyéndolas, en confidencia, a los amigos más íntimos. Mantenía la dualidad que corresponde al creador en sociedades de incipiente capitalismo, impedido de concretar, a cabalidad, su vocación.

    Ese "filósofo engarzado en un petimetre" que había retrata do Pedro Emilio Coll con pechera blanca y zapatillas de charol, debió sufrir demasiados chistes malévolos y responder con varia das frases hirientes, para terminar marginado en el cementerio de los suicidas. Pero, de otra parte, estuvo próximo, en la tertulia de su padre, en las relaciones familiares, en las colaboraciones periodísticas, en el mostrador de su almacén, a lo decisivo de la sociedad de su tiempo: la que ejercía el poder. La que firmaba los nombramientos en el exterior.

    Pero reconociendo esa unión entre persona y sociedad, entre entorno y familia, lo importante es también subrayar la ruptura. Si no estaríamos preguntándonos lo mismo que Luis López de Mesa se preguntó en 1928:

    ¿Para qué un Silva empleado de segunda categoría en un banco, subalterno de un ministro agreste o diputado por las derechas del hirsuto gamonalismo provinciano.

    Silva rompió y a través de su poesía reestableció el vínculo, en un nivel mucho más profundo. Se convirtió en símbolo de Colombia, como lo denomina Alejandro Vallejo, al señalar cómo el "Nocturno", al igual que "La canción de la vida profunda" de Barba-Jacob o "Las cigüeñas", de Valencia, encierran "algo que a todos nos es propio".

    Pero el carácter representativo de Silva, como uno de los mas altos logros de nuestra cultura, en la plenitud de sus versos y la amargura final de su existencia, cancelada con un gesto que tiñe de dolor retrospectivo todos sus actos anteriores, no nos impide intentar comprenderlo más allá del mito, al revisar el mayor número posible de puntos de vista sobre su humanidad y su escritura. Eduardo Zalamea, en 1946, señalaba:

    Se diría que nuestra literatura no ha llegado a la madurez necesaria para analizar la vida de nuestros grandes poetas.
    ¿En dónde el libro que nos muestre el verdadero Silva y el que despoje a Caro de su clámide clásica para que podamos verle en su humana desnudez y el que nos revele el secreto del genio de Pombo y el que aclare la penumbra que vela el rostro de Flórez, y el que nos entregue completo a Barba-Jacob y el que nos dé la cabal medida de Valencia?

    Mucho se ha avanzado en tal sentido, pero aún faltan varias piezas del mosaico. De todos modos hoy conocemos mejor ese mundo de Silva ante los avances historiográficos y la voluntad esclarecedora de las sucesivas aproximaciones a su trayectoria. Lo cual impone, por cierto, un retorno a su poesía, que no supera las 220 páginas, y a su prosa, que no va más allá de las 160 cuartillas. Tomando en cuenta, como hoy lo hace la crítica, su rigurosa conciencia de artista y lo novedoso de su novela-ensayo-diario íntimo.

    Las numerosas variaciones críticas en torno a Silva podrían llevarnos a desalentadoras conclusiones sobre el tedio de la vida académica, pero el cambio de atención de su poesía a su novela y de su drama personal al estado general de las letras hispanoamericanas durante el modernismo, y la sociedad en que se dio, es un buen síntoma. Enriquece la vista.

    Además, el requisito previo de conocer cuanto se ha escrito sobre Silva resulta imprescindible. Quizá ya allí, en aquel olvida do estudio, estaban las bases de la interpretación que hoy se nos brinda como muy renovadora, en enrevesada terminología. En todo caso, es curioso oír hablar de Silva, desde la intuición como desde el prejuicio. Es esclarecedor, en definitiva, ver cómo los otros leían a Silva. Esas miradas aumentan nuestro asombro ante la belleza de tantas de sus líneas.

    En todo caso, desde los 44 textos sobre Silva que con ayuda de Santiago Mutis y Mauricio Pombo rescatamos en Bogotá para la edición de |Poesía y prosa de 1979 y los 15 textos que en 1988 agrupé, desde Buenos Aires, en |José Asunción Silva, bogotano universal, el interés prosigue. Sigo fiel al primer trabajo crítico que escribí: una aproximación a Silva publicada en la revista Arco de Bogotá.

    Vale la pena recalcar el valor propio de Silva y la forma como se apreció su contribución a la literatura hispanoamericana. Feliz contrapunto de admiración y análisis técnico de sus estructuras. Esclarecimiento de su secreto personal y contemplación del ámbito que lo circunda.

    Estas lecturas de Silva terminan por multiplicar la pluralidad de sentido que alberga una obra como la suya y reconocen, con honesta autocrítica, cómo la auténtica poesía siempre dice un poco más (o un poco menos) de lo que los críticos intentan hacerle decir.

    Podemos entonces citar el hermoso verso de Silva -"Si aprisionaros pudiera el verso/Fantasmas grises cuando pasaís"- como epígrafe adecuado. La crítica será siempre inferior a la poesía. Son los poemas de Silva los que, en definitiva, justifican estas mediaciones críticas y los que subsisten intactos más allá de tan tos asedios. La poesía, iluminada por las palabras que la circundan, termina por celebrar, en solitario diálogo compartido, su voz única. Así sucede, por ejemplo, con sus "Midnight Dreams":

    Anoche, estando solo y ya medio dormido,
    Mis sueños de otras épocas se me han aparecido.
    Los sueños de esperanza, de glorias, de alegrías
    Y de felicidades que nunca han sido mías
    Se fueron acercando en lentas procesiones
    Y de la alcoba oscura poblaron los rincones
    Hubo un silencio grave en todo el aposento
    Y en el reloj la péndola detúvose al momento.
    La fragancia indecisa de un olor olvidado,
    Llegó como un fantasma y me habló del pasado.
    Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
    Y oí voces oídas ya no recuerdo donde.
    Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
    Se fueron alejando sin hacerme ruido
    Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra
    Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra..

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)


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