GUILLERMO VALENCIA, VIDA Y POESÍA
GUILLERMO VALENCIA: TRES IMÁGENES (1873-1943)
La primera imagen es la de un joven de mostacho romántico y mirada ensoñadora que llega a una Bogotá finisecular como secretario del general Rafael Reyes y allí retoma la rica tradición poética colombiana y le confiere un renovado esplendor. En 1987, con ocasión del primer aniversario de la muerte de José Asunción Silva, declama ante su tumba su poema "Leyendo a Silva", el cual se inicia con las estrofas antes citadas. La breve y trágica vida de Silva, sellada por el suicidio y la musicalidad incomparable de su poesía, lo habían convertido en una figura mítica. Silva, el iniciador, el último nacido del viejo cisne y Leda, como lo llama Valencia, sería una referencia magnética para este joven de Popayán. Luego de estudiar en el seminario sus griegos y latines, sus padres de la Iglesia y su historia antigua, descubría, en aquella también remota capital sudamericana, algo de los esplendores decadentes de un siglo que moría, con el disparo de Silva en su corazón, y algo también del pragmatismo reformista con que el general Reyes buscaba las soluciones prácticas y los hombres de acción, llamando luego a colaborar, durante su gobierno, a elementos del rival partido liberal. Valencia, quien se definía a sí mismo como "conservador por estética", lograba en sus poemas establecer una profunda empatía con el precursor, al formular, en un verso preciso, el carácter del poeta: "Amando los detalles, odiar el universo/sacrificar un mundo para pulir un verso". El poeta, el más concreto de los seres, aspira a la totalidad. A que toda las cosas se conviertan en palabras para darles así su última y más perdurable resonancia. La de una memoria que se renueva cada vez que volvemos a leer el poema. "Tener la frente en llamas y los pies entre el lodo;/querer sentirlo, verlo y adivinarlo todo". Lo que Valencia decía sobre Silva lo decía también sobre sí mismo. Los textos que/por entonces escribió hablaban de Oriente, de Grecia y Roma, la Edad Media y el Renacimiento, de Nerón, Miguel Ángel y Durero. De la transición del mundo pagano al orbe cristiano. Y también, cómo no, del conflictivo mundo que tenía allí delante. Dos años después de declamar "Leyendo a Silva" ante su tumba, recitará "Anarkos", por primera vez, en el Teatro Colón de Bogotá. Ese largo poema donde los perros, los mineros y los artistas se unen, en su marginalidad, opondrá a la dinamita del anarquismo las enseñanzas sociales de la Iglesia a través de la encíclica |Rerum Novarum, de León XIII. Como en el caso del poema dedicado a Silva, Valencia operaba por contrastes y su desarrollo se basaba en tesis, antítesis y síntesis. Sólo que más allá del de bate ideológico que lo sustentaba, la mirada de Valencia se sentía atraída, en este como en otros textos, tanto por el deleite sensual de Salomé como por el rayo demoledor de una sentencia bíblica. Por los mármoles romanos como por la palabra de Cristo. Trataba, como poeta, de presentar las dos caras del asunto y dejar que, más allá de sus simpatías, la imparcialidad insobornable de la poesía dirimiese el conflicto. Sólo que el mundo ideal hacia el cual Valencia dirigía sus aspiraciones -"quien pudiera volar a donde brota/la savia de tus mármoles, Atenas"- contrastaba, y en qué forma, con el real mundo de esa Colombia de guerras civiles y fracciones hirsutas, donde una poesía suntuosa, difícil y saturada de referencias culturales como la suya, no parecía tener demasiado sentido. En todo caso cuando apareció |Ritos (1899), su primer libro, y en realidad el único, transcurría la Guerra de los Mil Días y 200 ejemplares del mismo que eran remitidos a Valencia, entonces en París, pasaron a formar parte del morral de los soldados que combatían en Palonegro, al ser decomisados en el combate naval de "Los Obispos", en el río Magdalena. El joven reconocido y consagrado en la capital extendía, de este modo tan involuntario, su eco por otras regiones del país, y el ávido turista que en el café |Katisaya de París intercambiaba libros con Oscar Wilde y recibía el espaldarazo de Rubén Darío, padre y maestro mágico del modernismo, en una de sus crónicas para |La Nación de Buenos Aires, volvería a Colombia a sumergirse en las turbulencias de las luchas políticas para ser en dos ocasiones, 1918 y 1930, candidato derrotado a la presidencia por el cual votaron 216.000 y 240.000 personas respectivamente, cifras significativas para la época. Y para comprobar reconfortado que, cuando salía a los balcones de las plazas a explicar su programa de gobierno, recibía la insólita petición por parte del público de que recitase. Tal fervor no era indiscriminado: le pedían que recitase "Anarkos". Ese largo poema de una docena de páginas que su propio autor consideraba "un editorial en verso" y que cuando una falla de su memoria lo obligaba a detenerse, buscando la rima mnemotécnica, toda la multitud, en coro, salvaba el bache y así, de modo colectivo, proseguía su sinuoso curso. Los asistentes al mitin político no eran tan ajenos al canto de los bardos decadentes, "con el azul cuaderno bajo el ala", y la luz del ideal en la mirada. Aunque nadie lo crea así era la Colombia de aquel entonces y los que hoy se asombran de cómo aquel país, regido por poetas y gramáticos, subsistió, no captan quizá cómo la gente transfería sus ideales de conocimientos y horizontes más amplios a la figura ya entonces anacrónica del vate, tan ciego para los avatares de la vida práctica como lo debió ser Homero y lo sería Borges años más tarde, y le pedían, en esta forma, diera un sentido más puro a las palabras de la tribu. Le pedían, también, que fortaleciera con estos versos su memoria colectiva y desarrollara ante gentes quizá analfabeta un espejismo irresistible: la tentación de la belleza. Aquella que los sacaba de sí mismos y los obligaba a mirar con más detalle el mundo, lejos de sus agobiantes preocupaciones cotidianas. Ir más allá, oponiéndose a las sombras. Sin abandonar lo cotidiano, esclarecer su intimidad. Como en "Hay un instante", la poesía habla por sí misma, en su gratuito desinterés, y no requiere de citas ni del epígrafe de ninguna autoridad. Nos abre los ojos hacia una realidad más intensa que la anodina realidad de todos los días, sin por ello hacernos perder el sabor de su milagro diario. Tal fue el logro de Valencia en sus mejores momentos, hable de un crepúsculo, o de la muerte de su mujer, en su inolvidable soneto "A Josefina". Valencia encarnó así todas las apasionantes contradicciones del político que, herido por la ingratitud, se refugiaba en la poesía o en la traducción de la misma -Baudelaire, Mallarmé, D'Annunzio y Hoofmansthal-, y el poeta curioso y sensual que, dispersándose entre variadas sugestiones, no dejaba de estar atraído por la mayor: el fuego fatuo del poder. Mirando hacia el pasado, el hidalgo payanés cantaba en su hacienda de Belalcázar a sus antepasados, ennoblecidos por la corona española o fusilados por sus ansias de libertad. A esa tradición se aferraba para entender mejor su actual perplejidad. La de quien, gracias a la poesía, había obtenido todos los frutos, salvo la presidencia de la república. Sólo que no había nunca demasiado tiempo para recordar, en este sosiego contemplativo, la anterior emoción. Al convertirse en hombre público, la historia no dejaba de llamar a su puerta y la intimidad pudorosa que asomó tan pocas veces, preservada al margen de tantos versos de ocasión, debía volcarse hacia el compromiso público, hable de Bolívar o de Miguel Antonio Caro, de Córdoba o de Popayán, o defienda la pena de muerte ante el Senado. La tribuna del orador se trocaba en cátedra y púlpito y el pueblo, en tantos casos pobre y afligido ante la desaparición de los mejores, se aferraba al esplendor sonoro de esas joyas verbales con que el orador engalanaba sus párrafos y veía así desfilar, exaltados, los héroes y caudillos de su historia. Las incipientes leyendas de un país recién hecho sobre las cuales todos, por haberlas conocido, tenían algo que decir, y así la oración fúnebre se convertía en punto de referencia, memorizado y debatido hasta en los más remotos confines. A la imagen del poeta debemos añadir la del orador y recordar, siquiera, el momento en que Valencia, ante el cadáver de quien fuera su adversario político desde las filas liberales, Rafael Uribe Uribe, vilmente asesinado, se levantaba sobre su propio dolor y en la marea del arrebato componía imprecaciones perfectas: El poeta exquisito era también el orador eficaz y su pompa todavía resuena acercándonos esta segunda imagen: la del hombre que durante muchos años fue la voz de Colombia y propugnó, por encima de tantas tumbas, una convivencia civilizada a través de esa cultura, católica, apostólica y romana, que era la suya. Un bálsamo, no siempre eficaz, ante tantos sectarismos fratricidas, tantas vanidades y tantos orgullos heridos. Tantas desigualdades sociales, nunca bien asumidas. En 1941 el diario El Espectador realizó una encuesta acerca de cuál era el poeta más popular de Colombia. Valencia ganó por una amplia mayoría: el 46 por ciento. Le seguían Porfirio Barba- Jacob y Eduardo Carranza con apenas un 9.5 por ciento. Este demócrata reinaba imperial sobre la poesía de su patria, dos años antes de su muerte, y los jóvenes impacientes, como Eduardo Carranza, podían acercársele y reprocharle la frialdad de sus poemas recibiendo la respuesta que su insolencia merecía: "Amigo, en las más altas cumbres hace frío". El país de frases continuaba intacto y Valencia, entonces, se envolvía en su capa de hidalgo y se retiraba, convertido en el símbolo de su ciudad, Popayán. Consustanciado con ella, Valencia paseaba su mirada irónica y su barbilla pugnaz, manteniendo vivas las tradiciones. Aquella, por ejemplo, que hablaba de cómo allí estaba enterrado Don Quijote. Por ello, en un último avatar, Valencia dejaba atrás al poeta sofisticado y al orador relampagueante, para metamorfosearse detrás de una figura mucho más próxima y mucho más humana, por ser quizá una figura literaria. Hablaba de Don Alonso Quijano, alias Don Quijote. No es insólito, entonces, que haya un busto suyo en el Colegio Colombiano Miguel Antonio Caro, de Madrid, sito en la Avenida Séneca. Su talante corresponde a tales nombres. Forma parte de la fructífera tradición poética colombiana que no ignora el aporte hispánico, para llevarlo más allá. Una tradición que recordaba así Gabriel García Márquez, en sus raíces pedagógicas y populares, aún no perdidas del todo. En un momento dado Valencia fue la poesía. Por eso hoy está vivo y nosotros también estamos vivos recordándolo. Una prueba más, si hiciese falta, de cómo Colombia, a través de su poesía, resiste y perdura.
RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página: http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010) I
Leyendo a Silva
II
Hay un instante...
III
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