• BARBA JACO, ENSAYO CRÍTICO SOBRE SU VIDA Y OBRA

    Miguel Ángel Osorio Benítez, Main Ximénez, Ricardo Arenales, Porfirio Barba-Jacob, fueron los nombres que sucesivamente usó el poeta colombiano conocido por el último de ellos. Aún cuando nunca publicó por iniciativa propia un libro de poemas, tres recopilaciones de sus versos se hicieron mientras estaba vivo. Editadas en México, Guatemala y Colombia, llevaban los títulos de |Canciones y elegías (1932), |Rosas negras (1933) y |La canción de la vida profunda y otros poemas (1937).

    Su obra, compuesta en realidad por unos 150 poemas, de los cuales se conservan 120 en la confiable edición preparada por Fernando Vallejo , es una buena muestra de cómo los últimos hálitos de la renovación modernista se personalizaban, con intensidad melódica, en una figura que padecía simultáneamente el lastre de un y lenguaje ya vuelto convención. Era un modernista rezagado, como lo ha llamado Octavio Paz. Por ello, y si toda obra completa es forzosamente desigual, la de Barba-Jacob lo es aún más.

    Allí se perciben los ecos evidentes de Rubén Darío, en composiciones rutinarias como la dedicada a Barranquilla, o en sus largas parábolas de reyes y campesinos, o en sus relatos, tan de época, de mujeres fatales. Hay en Barba-Jacob mucho de abalorio y de joyas de fantasía. Pero hay también, en este "desalado peregrino", la incontrovertible certeza de lo que sintió intensamente y escribió con brío. Más allá de lo declamatorio, consustancial a un período en que los recitales de poesía eran parte esencial del |modus vivendi del poeta, dicha altisonancia no alcanza a sepultar a un auténtico creador.

    ¿Qué advertimos en una primera lectura? Primero el mundo idealizado de la infancia y de la granja campesina, como lo atestigua uno de sus poemas más conocidos, "Parábola del retorno", en el cual el adulto que es Barba, acompañado por el niño que fue, se interrogan por lo que ya no existe más, su perdido paraíso:

    Señora, buenos días; señor muy buenos días...
    Decidme, ¿es esta granja la que fue de Ricard?
     ¿No estuvo recargada bajo frondas umbrías?
     ¿No tuvo un naranjero, y un sauce, y un palmar?
    El viejo huertecito de perfumadas grutas
    donde íbamos... donde iban los niños a jugar,
    ¿no tiene ahora nidos y pájaros y frutas?
    Señora, ¿y quién recoge los gajos del pomar?

    Esta poesía, que mira hacia la infancia como un agua redentora, borboteo onomatopéyico de juego de niños -"din-dán", "traque-que-traque", tal como lo hacían antes Pombo y Silva-, se va cargando poco a poco con toda la vitalidad errabunda de su existencia de poeta maldito: "El orgullo de ser, ¡oh América!, el Ashaverus de tu poesía", como dice en "El son del viento", un poema afín a los "Cantos de vida y esperanza" de Rubén Darío.

    En este marco surgen otros temas: su carne "ansiosa y opulenta", iluminada por un rojizo resplandor diabólico, sus contradicciones vitales, su homosexualismo, sus dudas y desfallecimientos, su alegría y su pavor ante la nada, su afán de perdurar y su aguda conciencia en torno al fracaso que implica todo existir. Proceso que ilustra un verso: "Mi mal es ir a tientas con el alma enardecida".

    Preguntas existenciales que, como sucede en "La estrella de la tarde", uno de sus más logrados poemas, sólo obtienen como respuesta un "Nunca sabremos nada", y una inmersión en el espectáculo que brinda la naturaleza, reconciliándonos con ella en su contemplación pacífica. Su infancia campesina y su vocación de maestro de escuela confluían así en un cuestionar incesante y en una idealización del paisaje.

    Barba incorpora además a su figura poética los rasgos de un paria, estéril como árbol que no da frutos, pero a la vez rebelde  e insumiso, "entre vanos amigos e impulsos desleales".

    De este modo, en este torbellino trashumante que fue su existencia, surge la conciencia de que su gran obra no habría de ser escrita: "Si ya mi juventud presiente la cercana/hora otoñal, de fuerza menguante o abolida" ("La hora cobarde").

    Sin embargo, todo su vaivén vital parece concentrarse en la música asonante de su "Canción de la vida profunda", su poema más conocido, en el cual la ondeante volubilidad de los estados de ánimo y la perpetua inestabilidad del .ser humano se tornan  armonía y prosadia en las siete estrofas de la "Canción":

    Hay días que somos tan móviles, tan móviles,
    como las leves briznas al viento y al azar.
     Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría.
     La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
    Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
    como en abril el campo, que tiembla de pasión;
    bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
     el alma está brotando florestas de ilusión.
    [...]
    Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
     en que levamos anclas para jamás volver;
    un día en que discurren vientos ineluctables...
     ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

    Las palabras típicas del vocabulario modernista, "undívaga", "próvido", y el uso reiterado de los signos de admiración no elevan el tono de su poesía a un enrarecimiento ininteligible. Por el contrario, en sus poemas más notables -"Parábola del retorno", "La estrella de la tarde", "Canción de la vida profunda", "Elegía de septiembre", "Lamentación de octubre", "Los desposados de la muerte", "Balada de la loca alegría", "La reina" o "Futuro"- la intensa carga vital es la que garantiza su capacidad de comunicación. No era necesario que recalcase: "Mi poesía es para hechizados". En sus mejores momentos su arrebato patético, "Desprecio de mí mismo: ¡estoy llagado!", supera la autocrítica personal y se trueca en intuición generalizada. La muerte, la nada que a todos nos cerca, terminará por convertirse en esa "Reina, rencorosa y enlutada". Lo afligente de toda existencia individual se ha vuelto así la certidumbre última que es el idioma. Se ha encarnado en un símbolo.

    Enrique González Martínez, el poeta modernista mexicano que lo conocía bien y que le dedicó varios poemas, escribió estas palabras: "Alma solemne, sólo el humorismo le está vedado [...]. Hay en su obra un gemido de angustia, una sed insaciada que le turba el goce de la contemplación y la jocundidad de vivir. No es pesimista, sino ávido, y su avidez se transforma en suplicio espiritual y clamor persistente [...] El gemido, como el de Prometeo, es angustioso y viril. Su erotismo es amargo, siente el dolor de lo efímero y la resignación del hastío. Nada hay más grande sino la muerte" . Esta muerte a la que Barba opone sus coros de alegría.

    En uno de sus pocos sonetos, "Sapiencia", formula su estética: "Bruñir mi obra y cultivar mis vicios". Pero lo que en dicha afirmación hay de desplante no nos hace perder de vista al otro Barba, artesano del verso. El mismo que por su trabajo con la palabra logra trasmitirnos la precisa intensidad de su visión. "Yo tuve el ensueño", como dice en la "Elegía de septiembre", o "¡todo pudo ser mío!", como recuerda en "La dama de cabellos ardientes". Un hombre, en definitiva, que luego de sentir muy próxima la inasible plenitud, contempla, atónito y dolido, su caída. Un romántico que debe renacer, cada día, a partir de las heridas que él mismo se ha infligido: sus ilusiones, sus ímpetus, sus brutales apetitos, hechos trizas. Convertidos en hastío.

    Las causas, como él mismo lo dice, bien pueden ser las drogas, la concupiscencia, la voluptuosidad y la lujuria, pero el motivo quizá sea aún más elemental y terrible: el simple hecho de vivir, y dirigirse ahora, de modo inexorable, a la disolución y al olvido. De ahí su pavura, como repite, y los plazos cada vez más cortos que la existencia le impone: "¡Pero la vida está acabando,/y ya no es hora de aprender!", concluye su "Lamentación de octubre". Poeta que ve la inexpresada maravilla y que lucha para que ella se perciba a través de un lenguaje propio, en medio de la retórica de la época: tal su dilema. Ya en 1920, en "La divina tragedia", había anticipado el conflicto: "Tampoco los príncipes de la lengua me dieron mi desatada libertad, sino que yo me la tomé y a mí me sirve para escribir como me da la gana, yo pomposo, yo romántico, yo engreído, yo delirante, yo prestidigitador". Y en sus "Claves", de 1930, que sirve de prólogo a |Canciones y elegías, dirá: "Luché por trascender la retórica 'modernista'; por volar libremente hacia la forma pura, simple, de inagotable virtud germinal". Reconociendo, cómo no, "que debemos a Rubén el sentimiento de la aristocracia formal como una conquista democrática".

    Así toda la obra de Barba oscila entre ese ideal elevado, de refinamiento artístico -"codicié la estrella", encendí lámparas ante "El ara del ideal", tuve "hambre de azul" o sentí "pensamientos de inspiración divina"- y ese otro tipo de impulso, terrestre y sombrío, que abarcaba tanto el alcohol y la marihuana como el homosexualismo y que, haciendo de su existencia un anecdotario más patético que pintoresco y no por ello desprovisto de ingenioso cinismo, le dictaría también algunas de sus canciones más jubilosas y libres. Allí donde la culpa se ha diluido en música y el arrebato eufórico aplaca todo remordimiento, acrecentando su goce. El caso de su "Balada de la loca alegría":

    Mi vaso lleno -el vino de Anáhuac-
    mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
    soy un perdido -soy un marihuano-
    a beber, a danzar al son de mi canción...
    [...]
    ¡Ah de la vida parva que no nos da sus mieles
    sino con cierto ritmo y en cierta proporción!
    ¡Reíd, danzad al soplo de Dionisos que embriaga el corazón!
    La Muerte viene, todo será polvo
    bajo su imperio; ¡polvo de Pericles,
    polvo de Codro, polvo de Cimón!

    ¿Qué es poesía?, se preguntaba en su "Canción en la alegría". "El pensamiento divino hecho melodía humana", se responde. Por ello el principio que regía la búsqueda de su libertad expresiva era "la sustitución de las relaciones lógicas por las relaciones melódicas". Lo cual, como lo ha recordado Fernando Vallejo, lo lleva a emplear un curioso método de composición:

    En un esfuerzo de concentración iba acomodando el acento y sobre el acento las palabras. Venía primero el zumbido del ritmo y la música del verso, luego la distribución de los acentos y por último la colocación de las palabras. Caso único en la lírica española, Barba-Jacob alcanzaba así el dominio casi absoluto de la onomatopeya .

    La música como fuerza que dará vida a todos esos moldes vacíos -mundo, hombres, cosas-, presos de una gran mudez. Barba intenta conferirles vida con su palabra, impedir que desaparezcan, insuflarles su ilusión juvenil. Encontrar, para ellos como para él, "norma y destino". Como él mismo lo dice en un poema revelador, "En la muerte del poeta Porfirio Barba-Jacob", la suya es una tragedia grotesca y sin sentido. Al Barba posmodernista le habían trocado todas las músicas. De ahí que se autoflagele llegando a la más grotesca de las ironías: "¡Qué miquito tan ridículo!". El drama ha sido un drama "horrible, ruin y frustrado"  |.

    El hombre que se había arruinado poco a poco, dilapidando su herencia verbal, y cuyo cuerpo ya olía mal -ese lenguaje desueto vuelto sudario indesarraigable- abandonaba, como una serpiente que muda su piel, sus sucesivos nombres, queriendo rehacerse a sí mismo a partir de cero. La ilusión de cambiar de identidad a medida que cambiaba de país, en su peregrinaje centroamericano. Sólo que niño, adolescente o maduro, siempre lo acompañaba su "roto, cansado, viejo corazón" y su "egregia Musa", que ya no creía en nada, "ni aun en la poesía", como escribe en su "Canción de la hora feliz". Por ello, en "La reina", insistiría en el mismo motivo: "Mi Musa fue de dioses engañada".

    Al percibir "¡la realidad, la realidad!" como un reflejo apenas, "una ilusión entre los oros de mi espejo", la poesía de Barba sólo podía hallar asidero en una realidad interior. Como el mismo Barba lo razonaba en "La divina tragedia": "Yo antes veía el crepúsculo. Después supe que el verdadero crepúsculo es el que está en lo íntimo de nosotros...".

    Realidad interior que va desde la exacerbación de los sentidos, "en los abrazos férreos de una pasión inicua", a la recuperación esperanzada de un ideal trascendente, como en el caso de "Acuarimántima", un largo y pretencioso poema donde Barba, a través de Main Ximénez, busca resumir toda su trayectoria, perpetuándose "en la virtud del canto". Aún cuando allí se dan "el arduo afán [...] por resolver el canto en melodía" y el enfrentarse a fondo con la dolorosa irrealidad que lo circunda:

    ¡Sé digna de este horror y de esta nada,
    y activa y valerosa, oh Alma mía!

    el resultado no es del todo feliz, ni logrado en su totalidad. El propio Barba ya había hablado de su "genio a relámpagos" y de cómo "mis fugas [...] amenguaban en mí la capacidad de la inteligencia; extinguían la impulsión creadora". Allí, sin embargo, retoma con acierto sus raíces:

    Yo descendí de la antioqueña cumbre,
    de austera estirpe que el honor decora,
     el alma en paz y el corazón en lumbre,
    y el claro sortilegio de la aurora
    bruñó mi lira y la libró de herrumbre.

    Asume sus dudas: "Un no sé qué... que túrbame el sentido", y sus perennes dualidades: "Ser yo, no ser, en sucesión alterna". Sólo que la febril inquietud que lima su vigor le hará sentir hasta qué punto "el tiempo es breve y el vigor escaso". Su meditación sobre la vida, sobre su propia vida, concluye, más que en suma, en resta:

    Sólo el amor de un vago viento vano
    volando en los velámenes expira.

    Un viento americano, como diría Gastón Baquero, "informe, violento, inestable, dominado por la natuRALEZA que aún agita esa docena de "Antorchas contra el viento" que son sus mejores poemas, entre los que hay que destacar "Futuro". El cual tiene la acerada intensidad lacónica de los epitafios, resumiendo esa huida constante de sí mismo que fue su vida y esa contradictoria tensión que le dio a la vez energía y muerte a su poesía, todo ello dentro de una erguida concreción verbal.

    Oigamos, entonces, a Barba, comprendiendo, por fin, su voz más pura. Aquella que encarnó en auténtica poesía y pudo, por ello, preveer su segura perdurabilidad.

    Decid cuando yo muera... (¡y el día esté lejano!):
    soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,
    en el vital deliquio por siempre insaciado,
     era una llama al viento...
    Vagó, sensual y triste, por islas de su América;
    en un pinar de Honduras vigorizó el aliento;
    la tierra mexicana le dio su rebeldía,
    su libertad, sus ímpetus... Y era una llama al viento.
    De simas no sondadas subía a las estrellas;
    un gran dolor incógnito vibraba por su acento;
    fue sabio en sus abismos -y humilde, humilde, humilde-
    porque no es nada una llamita al viento...
    Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
    que nunca humana lira jamás esclareció,
    y nadie ha comprendido su trágico lamento...
    Era una llama al viento y el viento la apagó.

     

    RECONOCIMIENTO. Textos e imágenes, Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Colombia, publicación digital en la página:

    http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/hispo/hispo3.htm

    (Búsqueda realizada el 11 de febrero de 2010)

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