• AURELIO ARTURO, MÁXIMO POETA DEL SIGLO XX

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    AURELIO ARTURO, GRAN POETA DEL SIGLO XX

     

    Aurelio Arturo (La Unión, Nariño, 1906 – Bogotá 1974).

    Poeta puro, a pesar de su breve obra es el menos contaminado de motivos y sentimientos ajenos a la lírica; la mirada a la tierra y el rigor estético predominan en quien, como Octavio Paz, en materia de escritura prefería las fuentes íntimas a los océanos clamorosos.

    Su poema “Morada al Sur”, que incluimos en esta muestra de su obra,  figura en todas las antologías.

    PALABRA

    Cabelleras y sueños confundidos

    cubren los cuerpos como sordos musgos

    en la noche, en la sombra bordadora

    de terciopelos hondos y olvidos.

    Oros rielan el cielo como picos

    de aves que se abatieran en bandadas,

    negra comba incrustada de oros vivos,

    sobre aquel gran silencio de cadáveres.

    Y así solo, salvado de la sombra,

    junto a la biblioteca donde vaga

    rumor de añosos troncos, oigo alzarse

    como el clamor ilímite de un valle.

    Ronco tambor entre la noche suena

    cuando están todos muertos, cuando todos,

    en el sueño, en la muerte, callan llenos

    de un silencio tan hondo como un grito.

    Róndeme el sueño de sedosas alas,

    róndeme cual laurel de oscuras hojas

    mas oh el gran huracán de los silencios

    hondos, de los silencios clamorosos.

    Y junto a aquel vivac de viejos libros,

    mientras sombra y silencio mueve, sorda

    la noche que simula una arboleda,

    te busco en las honduras prodigiosas,

    ígnea, voraz, palabra encadenada.

     

    SILENCIO

    Todavía

    Cantaba una mujer, cantaba

    sola creyéndose en la noche,

    en la noche, felposo valle.

    Cantaba y cuanto es dulce

    la voz de una mujer, esa lo era.

    Fluía de su labio

    amorosa la vida...

    la vida cuando ha sido bella.

    Cantaba una mujer

    como en un hondo bosque, y sin mirarla

    yo la sabía tan dulce, tan hermosa.

    Cantaba, todavía

    canta...

     

    MORADA AL SUR

    I
    EN LAS NOCHES MESTIZAS que subían de la hierba,
    jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,
    estremecían la tierra con su casco de bronce.
    Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

    Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.
    La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.
    (Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
    sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

    Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.
    Una vaca sola, llena de grandes manchas,
    revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,
    es como el pájaro toche en la rama, "llamita", "manzana de miel"

    El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.
    Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,
    con majestad de vacada que rebasa los pastales.
    Y un ala verde. tímida, levanta toda la llanura.

    El viento viene, viene vestido de follajes,
    y se detiene y duda ante las puertas grandes,
    abiertas a las salas, a los patios, las trojes.

    Y se duerme en el viejo portal donde el silencio
    es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

    Al mediodía la luz fluye de esa naranja,
    en el centro del patio que barrieron los criados.
    (El más viejo de ellos en el suelo sentado,
    su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).

    No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño
    se enredaba a la pulpa de mis encantamientos.
    Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
    al sur el curvo viento trae franjas de aroma.

    (Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos
    de la nodriza, el sueno me alarga los cabellos).

     

    II
    Y AQUÍ principia, en este torso de árbol,
    en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
    la casa grande entre sus frescos ramos.
    En sus rincones ángeles de sombra y de secreto.

    En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.
    Pero cuando las sombras las poblaban de musgos,
    allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos,
    sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

    Entre años, entre árboles, circuida
    por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,
    casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,
    a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.

    En el umbral de roble demoraba,
    hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
    el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,
    demoraba entre el humo lento alumbrado de remembranzas:

    Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas
    del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo asombrosas ramas.
    Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,
    yo ascendí, yo subí a las montañas donde un grito
    persiste entre las alas de palomas salvajes.

    Te hablo de días circuidos por los más finos árboles:
    te hablo de las vastas noches alumbradas
    por una estrella de menta que enciende toda sangre:

    te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria
    que cae eternamente en la sombra, encendida:

    te hablo de un bosque extasiado que existe
    sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa
    violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

    Te hablo también: entre maderas, entre resinas,
    entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:
    pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
    hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
    por los bellos países donde el verde-es de todos los colores,
    los vientos que cantaron por los países de Colombia.

    Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto a cielos,
    que tiemblan temerosos entre alas azules:

    te hablo de una voz que me es brisa constante,
    en mi canción moviendo toda palabra mía,
    como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente,
    toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

     

    III
    EN EL UMBRAL de roble demoraba,
    hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
    un viento ya sin fuerza, un viento remansado
    que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio.

    Y yo volvía, volvía por los largos recintos
    que tardara quince años en recorrer, volvía.

    Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando
    temblando temeroso, con un pie en una cámara
    hechizada, y el otro a la orilla del valle
    donde hierve la noche estrellada, la noche
    que arde vorazmente en una llama tácita.

    Y a la mitad del camino de mi canto temblando
    me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,
    con tanta angustia, una ave que agoniza, cual pudo,
    mi corazón luchando entre cielos atroces

     

    IV
    DUERME ahora en la cámara de la lanza rota en las batallas.
    Manos de cera vuelan sobre tu frente donde murmuran
    las abejas doradas de la fiebre, duerme.
    El río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca,
    y su voz es tan vasta y su voz es tan llena.
    Y le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo
    de tu aliento saludable, llenas la atmósfera.
    Soy el profundo río de los mantos suntuosos.

    Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido
    suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su follaje negro.

    No eran jardines, no eran atmósferas delirantes. Tú te acuerdas
    de esa tierra protegida por una ala perpetua de palomas.
    Tantas, tantas mujeres bellas, fuertes, no, no eran
    brisas visibles, no eran aromas palpables, la luz que venía
    con tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas ardientes.
    ¿Era tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa, tu sangre ?

    Todos los cedros callan, todos los robles callan.
    Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa,
    hay un caballo negro con soles en las ancas,
    y en cuyo ojo líquido habita una centella.
    Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:
    "Es el potro más bello en tierras de tu padre".

    En el umbral gastado persiste un viento fiel,
    repitiendo una sílaba que brilla por instantes.
    Una hoja fina aún lleva su delgada frescura
    de un extremo a otro extremo del año.
    "Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida".

     

    V
    HE ESCRITO un viento, un soplo vivo
    del viento entre fragancias, entre hierbas
    mágicas; he narrado
    el viento; sólo un poco de viento.

    Noche, sombra hasta el fin, entre las secas
    ramas, entre follajes, nidos rotos—entre años—
    rebrillaban las lunas de cáscara de huevo,
    las grandes lunas llenas de silencio y de espanto.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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