ANTONIO JOSÉ ÑITO RESTREPO
Antonio José Restrepo nació en Concordia en 1855 y murió en Barcelona en 1933. En 1927 publicó El cancionero de Antioquia en el que incluyó más de mil coplas recogidas en su comarca natal y algunas de otras regiones de Colombia.1 Con esta obra la poesía popular se ve enriquecida por temas que estaban vedados por una pacatería de origen clerical, aceptada de buen grado por los cenáculos literarios, tanto de la prosa como del verso. Esos temas se abrieron paso en nuestras letras como armas de provocación y son, principalmente, las creencias religiosas planteadas como un asunto revisable; las clases sociales y el origen del poder, ridiculizados; y el tema del sexo, del acceso carnal y de las relaciones de pareja tratados en forma expresa, insistente, con gracia resalada e inagotable. Buen ejemplo son estas cuartetas, de las cuales las dos primeras son atribuidas por El Cancionero (pág. 124) a Francisco Ignacio Mejía (Tío Pacho):
Admiro el desembarazo
De mujer tan peregrina
Que si así cierne la harina
¡Cómo será su cedazo!
¿Qué se casan? Ya lo sé.
¿Para qué? No se me responde.
Pero esa chica ¿por donde?
Y ese muchacho, ¿con qué?
Yo quise una prima hermana,
Una tía y una sobrina;
El viejo se me escapó
En el zarzo ´e la cocina.
Méteme el dedo en… la boca,
sacarás argollas de oro;
méteme toda la mano
y encontrarás el tesoro…
Sacadas de una comarca campesina y minera, desfilan por las páginas del Cancionero diversas formas de la poesía menor: cuartetas, redondillas, décimas, con diferentes metros y rimas, algunas salen con toscas asonancias, otras con rima musical:
Una niña me dijo
en Salamina:
¿Cuándo va por el niño
que ya camina?
En ésta que es su obra principal y en otros escritos, Restrepo mantiene la preceptiva sobre las formas que siguieron los versificadores, anónimos o de nombre conocido y que nutren el inmenso venero de la poesía popular en Antioquia. En página 63 encontramos: “Las coplas son casi siempre en asonantes, aunque abundan también en consonantes. El octosílabo cantable es el único metro admitido, menos para la famosa tonada de guabina, en que es de regla la seguidilla de siete y cinco sílabas, suprimiendo generalmente los últimos tres versos…” En pág. 249: “…invariablemente la estrofa cantable antioqueña es el octosílabo del romance castellano”. Reclama el respeto por esas formas y cuenta –con mucha gracia– de un pueblerino respetable “que no leía versos si no eran en estrofas cuadraditas como los bocadillos de Vélez”. No se piense que la suya es una propuesta sobre cuartetas acartonadas sino que el respeto por la métrica permite multitud de licencias en el contenido, como en estas dos cuartetas, que traen una transposición la primera, y un juego de letras, la segunda:
Mañana al trapiche voy,
a pie, pero tempranito,
a beber totuma en miel
con mano Juan y quesito.
De las cosas que me dan
la que más me gusta a yo,
una p con una i
y una c con una o.
También recoge el Cancionero ejemplos de métrica más suelta, como estos versos, sacados de los muchos que se cantaban con tonada de guabina:
Dile, niña, a tu madre
que no sea boba;
que me tranque la puerta
con una escoba…
Unos sentimientitos
tengo que darte
cuando estemos a solas
en cierta parte.
Justo me quiere,
yo quiero a Justo.
Justo me cela,
yo celo-a-Justo.
1 Restrepo Antonio José, El cancionero de Antioquia, Editorial Bedout, Medellín,1971.
II PARTE
También Antonio José Restrepo (Ñito), en sus escritos sobre el tema, establece la raigambre de la poesía menor en Antioquia, como heredera del romance y de la copla españoles. Desde su adolescencia recogió en las minas, veredas y fondas del Suroeste de Antioquia un acervo de tradición oral que, acompañado por música, conservó en su memoria prodigiosa, enriqueció con sus propias aportes, organizó por temas y publicó durante una larga vida de conferencista y escritor. En 1911 leyó en Bogotá un extenso trabajo sobre la Poesía Popular en Colombia en el cual enseña que esta poesía “brota de todas partes y no sale de ninguna; la oímos dondequiera, aprendemos sus versos y tonadas (…) jamás se dejó poner a raya de nadie, corrió en sátiras mordaces y en desalmados cuartetos, no se vendió tampoco al poderoso, y estuvo a toda hora en boca de los truhanes y del ignorante vulgo”.
Momento propicio para el verso es el de la trova, que surge entre dos repentistas que, acompañados de tiple u otro instrumento, intercambian cuartetas de tono menor sobre alguna anécdota del momento, temas de amor y desamor o entelequias por aclarar. “Cantan trovando, lo que debe entenderse respondiéndose uno a otro y hasta tres o cuatro parejas en redondel”. En el Diccionario Folklórico de Antioquia se transcribe un intercambio de trovas que Ñito tuvo con un campesino de Sonsón, a quien le salió con ésta:
Dijo la niña Isabel
Cuando con Juan se midió
¡no somos iguales!, no
tiene un dedo más que yo.
Le contesto el joven juglar:
Juan si tiene un dedo más,
la niña Isabel decía…
¡pero siempre deseosa
del dedo más que él tenía!1
Sin apartarse de las pautas impuestas por estos y otros precursores, van surgiendo poetas dedicados o cultivadores ocasionales que hacen narraciones en verso sobre las fiestas, las tragedias, la riqueza, la pobreza y sobre el filón inagotable de tipos populares y personajes cuestionables. La corriente de los escritos se mezcla con las creaciones de tradición oral, nacidas y trasmitidas bajo tonadas musicales que les confieren sello propio: la guabina, la caña, el gavilán, el caracumbé, el salgaelsol, el fandanguillo, la cartagena, el bizarro, la quebradita, la tirana, el gallinazo, el bambuco, los monos, el mapalé, el currulao. (Estos tres últimos propios de las tierras bajas).
1 Sierra García Jaime, Diccionario folklórico antioqueño, segunda edición: Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1995.
Concordia, Antioquia, tierra de Ñito
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